El EEES (llamado Proceso de Bolonia) busca construir un espacio de estudios superiores en Europa por el que los estudiantes puedan moverse con garantías de reconocimiento de su currículo.
Uno de los aspectos más interesantes Proceso de Bolonia es su apuesta por la mejora en la forma de enseñar, de manera que la docencia no se limite a las típicas clases magistrales, en las que el alumno toma pasivamente apuntes, sino que realmente exige una implicación más activa de ambas partes.
Ahora, aunque parezca sorprendente, una parte de la polémica despertada por Bolonia deriva del énfasis en que el estudiante realice actividades para poner a prueba los conocimientos que va adquiriendo, o dicho de otro modo, para adquirir progresivamente las competencias que deberá poseer cuando se gradúe.
Así, lo que se propone es reforzar su adquisición de conocimientos mediante la asimilación personal y la propia experiencia. Y para conseguir esa madurez en los estudiantes, los nuevos estudios exigen la realización obligatoria de un trabajo de fin de grado, al tiempo que se propone a las universidades que incorporen un periodo reglado de prácticas externas, previas a la graduación de los estudiantes.
En síntesis, la formación depende no sólo de la duración del plan de estudios, como algunos insisten, sino también de la calidad y de la pertinencia de las materias, de los objetivos y de las actividades programadas. Del mismo modo que no da igual el tipo de atención y los refuerzos que reciba el alumno durante sus estudios.
Estas son, en definitiva, las claves de la innovación docente que se avecina en la que profesor y alumno recuperan el lugar predominante que siempre les ha correspondido y sólo siendo fieles a esa razón de ser de la Universidad, ésta será el referente educativo y creativo que la sociedad europea necesita.
Deberíamos recordar que ir a la Universidad es, ante todo, adquirir una educación, convertirse en una persona preparada para la acción constructiva en la sociedad. Esta preparación conlleva, en el ámbito elegido, la adquisición de ciertas competencias profesionales, pero, sobre todo, el desarrollo de una competencia humana. En este sentido, debemos subrayar la pretensión de la Universidad de convertir a jóvenes en adultos útiles socialmente, con unas bases intelectuales y morales sólidas, ancladas en la virtud y el carácter. Esta formación, además de unos saberes, proporciona al estudiante un conocimiento de sí mismo que se traduce en una actitud ante la vida, el trabajo, y la responsabilidad personal que es cada vez más valorada por los empleadores, hartos, en muchos casos, de lidiar con trabajadores infantilizados, inseguros e irresponsables.
Agustín Probanza Lobo
Vicerrector de Ordenación Académica y Profesorado de la Universidad CEU San Pablo