lunes,23 mayo 2022
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Reflexiones en torno a la guerra de Ucrania desde la educación

Apostando por una nueva epistemología para la paz

Director Instituto Emergente de Investigación en Formación de Profesionales de la Educación (IFE.uma), Universidad de Málaga
La actual situación de invasión de un país soberano pone al descubierto las miserias sobre las que está construida la sociedad moderna. Entre otras, una epistemología que no ha sabido concitar modos de relación colaborativa, sino competitiva. Se necesita una apuesta por una nueva epistemología, centrada en los valores democráticos y en el principio de la existencia, como forma de generar una cultura de paz, a nivel universal

No es fácil decir algo con sentido en un contexto en el que se ha perdido la razón. En los miles de años de historia de la humanidad parecería que no hemos sido capaces de resolver los problemas de otra manera que a palos. Particularmente me sobran las razones de uno y otro lado: lo que encuentro inadmisible es que las intransigencias de los políticos se paguen con la sangre de seres humanos. La vida humana debería ser el valor más alto, que habría que dejar siempre a salvo. Nada vale tanto.

El fracaso de la educación.

Ante hechos como estos suelo hacerme la misma reflexión: son el reflejo de un fracaso de los sistemas educativos. Sin duda también lo es del sistema económico, cultural, político, … En cualquier caso, la educación tiene a su cargo, en las sociedades modernas, la construcción de una moral ciudadana, sobre la que debería erigirse un sistema de valores basados en el respeto a la vida, la equidad, la justicia y la solidaridad. No parece que sea así.

Las reformas educativas se empeñan en poner el énfasis en los currícula y, últimamente, en las competencias. Su orientación es esencialmente técnica y neoliberal, pensando más en el futuro laboral que en el personal y colectivo. Los sistemas educativos modernos se montan sobre dos patas: la capacitación para el sistema productivo y la formación ciudadana para la participación en la sociedad. Los diferentes tiempos han ido modificando su sentido; bien por las sucesivas revoluciones industriales, bien por los cambios en el orden internacional: globalización, migraciones, deslocalización de la producción, etc. El escenario actual es que una de estas dos patas, la ciudadanía, se ha caído, dejando solo el interés productivo como objetivo de la educación.

De estos errores vienen estos lodos. La educación, antes que un proyecto económico, es (debería ser) un proyecto moral. Esto es, supone proyectar un modelo de sociedad sobre el que construir nuestros actos y nuestros pensamientos. Lo que se vive en la cotidianidad de la escuela pone en juego esta moral, creando las condiciones para su desarrollo en la infancia y juventud. Por tanto, su resultado es propio del orden que se genera en la misma. Resulta importante, de este modo, una reflexión acerca de esta experiencia y cómo está conformando la moral ciudadana del estudiantado. Asímismo, en tiempos de propuestas de cambio sobre la profesión docente, es importante pensar la enseñanza como una actividad moral y no solo competencial.

El orden escolar

Me atrevería a marcar 3 condiciones que se están dando en los sistemas escolares actuales, relevantes para la conformación de esta moral. Primero, un discurso en torno a la verdad, propio del racionalismo técnico. El interés práctico se coloca por encima del interés ético y se conforma una moral utilitarista, a la vez que jerarquizada. Segundo, un discurso en torno al orden, basado en relaciones de autoridad a partir de la construcción de una idea de disciplina vinculada a un bien superior. Normalmente esto comporta sumisión y dependencia. Por último, un discurso en torno a la homogeneidad, que implica la uniformidad de las actuaciones y de los pensamientos, que suponen, en definitiva, formas de exclusión del diferente y de competencia por el éxito.

No es aventurado, por tanto, hablar de una experiencia escolar caracterizada por la jerarquía, la autoridad(cuando no directamente el poder), la utilidad, los protocolos, el orden y la exclusión, entre otras. De esta forma, la virtud que representa avanzar en la construcción del conocimiento, en el amor al saber y, en consecuencia, el desarrollo de un pensamiento crítico, queda mermado o mediado por esta experiencia. Se aprende lo que se vive. Por tanto, más allá de un currículum, asimilamos un modelo social que se orienta hacia prácticas que no favorecen la inclusión, la solidaridad o la convivencia pacífica y democrática. Se necesita un cambio de modelo que permita construir subjetividades cooperativas, solidarias y respetuosas con la diferencia y la diversidad. La experiencia escolar actual no favorece una cultura de la paz. Parecería más bien que nos prepara para nadar en un mar de tiburones.

Una epistemología para el conflicto

En este sentido es en el que entiendo el fracaso de la escuela: No hay una construcción de una moral para la paz. La visión del mundo que se perfila apunta hacia la competitividad, la confrontación, la exclusión, desde la creencia en una verdad incuestionable a la que sometemos nuestra voluntad. En realidad, creo que no hubo un cambio de epistemología,cuando los revolucionarios del siglo XVIII y XIX hicieron el giro hacia la modernidad. Se dio fin a un orden absolutista, por la voluntad de dios, a un orden racionalista por la voluntad de la verdad. Propia y excluyente. Los principios epistemológicos y ontológicos de ambas propuestas siguen siendo los mismos. Cambió el formato, no el contenido.

La revolución francesa se construyó desde la guillotina; así como las revoluciones subsiguientes lo hicieron desde las guerras nacionalistas u otros formatos igualmente cruentos. El orden occidental se ha asentado en conflictos armados, dentro y fuera de sus propias fronteras. La épica militar sigue formando parte del imaginario social. Desde la racionalidad liberal se han aniquilado o esquilmado culturas, subvertido fronteras, imponiendo economías, etc. No parece que hayamos cambiado mucho desde las luchas tribales. En cualquier caso, esta es la lógica sobre la que se ha construido la epistemología escolar y social en la que nos movemos.

Una epistemología de la paz

La educación sigue siendo un bien necesario y un trampolín único para generar un cambio moral en la sociedad. Para ello es preciso pensar y generar otra racionalidad, desde otra epistemología que entienda de otro modo el sujeto, el mundo, la comunidad y el conocimiento. No significa solo cambiar los contenidos que se enseñan. Qué también. No obstante, el conocimiento validado actualmente es el conocimiento de destruir para conocer; de carácter extractivo, como diría B. De Sousa Santos; y domesticado por su utilidad para el sistema productivo. Es también un conocimiento centrado en la individualidad, por tanto, egocéntrico y egoísta.

Frente a esto, entiendo que una epistemología “otra” tiene que ver con generar otra forma de relación con el conocimiento, desde la diferencia, la inter-culturalidad y la co-construcción. Supone romper con el principio de verdades universales, hegemónicas y homogéneas. Por tanto, deberíamos empezar a considerar el conocimiento como situado en un proceso colaborativo de co-construcción colectiva. De este modo, la discrepancia no sería un problema, sino una posibilidad de mejora y enriquecimiento mutuo. Se trata de pensar la existencia (de la humanidad junto con el medio natural), como lo que nos une y nos identifica.

Busquemos una oportunidad para la paz desde la escuela

Esta ruptura epistemológica, desde la radicalidad de la misma concepción del conocimiento y su relación con lo comunitario y la co-construcción colectiva del mundo, posiblemente daría otra oportunidad a la humanidad. Propongo, pues, reconstruir el conocimiento y la experiencia escolar desde una epistemología de la paz. Quizás le estaríamos dando una oportunidad a la humanidad como proyecto colectivo.

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