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LIBROS
"La armadura del Rey" sale este 15M en catalán y 18M español

Censura y autocensura de prensa y universidad ocultaron la corrupción del Rey, según el nuevo libro

Portadas del libro en catalán y español

La corrupción moral, económica y política en torno al Rey emérito es desvelada en un nuevo libro publicado este 15 de marzo en catalán y anunciado el 18 de marzo en español con ebook por 3,32 euros.Una prepuplicación de parte de la obra describe, con citas a una veintena de periodistas y medios, cómo los poderes de la personalidad, propiedad, instituciones, amenazas, compensaciones y persuasiones contribuyeron a la censura y autocensura de prensa y universidad durante el reinado de Juan Carlos I
Redacción 15 de marzo de 2021 Enviar a un amigo
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La prepublicación de parte del libro La armadura del Rey. Un relato explosivo sobre la situación actual de la Monarquía española  en el diario Público este domingo, bajo el titulo "Cebrián: El rey daba fiestas a las que acudíamos directores de diarios y medios, relata numerosos episodios de censura y autocensura de la prensa y algunos otros de la universidad en España, como fue el caso de uno de los libros que tuvieron dificultades de difusión tras aparecer bajo pseudónimo con parte de los contenidos de la tesis doctoral de la profesora de la Universidad Complutense de Madrid Rebeca Quintáns López, leída en 1997 bajo el título Discursos del Rey (1969-1996). Análisis lingüístico pragmático y aprobada por un tribunal calificador que integraban María del Pilar Palomo Vázquez (presidenta de la misma UCM.), Carmen Caffarel Serra (secretaria, doctora en lingüística hispánica y catedrática de comunicación audiovisual en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, quien 7 años después sería nombrada directora general de RTVE entre 2004 y 2007 del primer gobierno del PSOE de Zapatero y luego directora del Instituto Cervantes durante el segundo), María Dolores de Asís Garrote (profesora como la primera en el mismo Departamento de Literatura Española), José Portolés Lázaro (del departamento de Filología de la Universidad Autónoma de Madrid, UAM),y  Tomás Albaladejo (también de la UAM, Departamento de Lingüística y Filosofía de la Ciencia).

La obra relata que periodistas de investigación, autores de los libros con detalles inéditos del Rey evitaban incluir contenidos que les podían causar problemas, además de que sus obras luego tuvieran dificultades de publicarse. Las cautelas aconsejaron utilizar un seudónimo para poder seguir trabajando en la publicación del libro con información de la tesis de Rebeca Quintáns, autora de Un rey golpe a golpe, quien lo firmó en 1999 como Patricia Sverlo y cuyo director de tesis en la UCM previamente le obligó a quitar el capítulo sobre el golpe de estado del 23-F, tema considerado por la obra nuclear en el sostenimiento de la monarquía española. Algo similar sucedió con los libros también críticos del comportamiento de Juan Carlos I a cargo de autores de tan diversa extracción ideológica como la periodista del Opus Dei  Pilar Urbano; el también periodista Manuel Soriano, nombrado director de Telemadrid tras llegar a la presidencia de la Comunidad Esperanza Aguirre, en la citada tesis doctoral aparecido en 1999, el del político del PNV Iñaki Anasagasti en 2008, el previo del periodista de economía y primer presidente de la asociación profesional APIE José García Abad en 2004 u otro del también periodista de investigación Juan Luis Galiacho, actual editor y director de ElCierredigital.com, autor de la primera exclusiva española con fotos del romance de Juan Carlos con Marta Gaya y posteriormente del caso Urdangarin.

El nuevo libro incluye declaraciones y hechos de los principales periodistas y editores de prensa durante el reinado de Juan Carlos I, desde Juan Luis Cebrián, director de EL PAÍS y luego presidente de PRISA;Luis María Ansón, predidente de ABC y luego de la Real Academia Española como Cebrián, quienes cenaban frecuente y confidencialmente con el Rey en compañía de sus respectivos editores Polanco y Luca de Tena, o el director de la revista Época Jaime Campmany, medio adquirido por el banquero Mario Conde precisamente para controlar las primeras publicaciones. Ha sido escrito  por la periodista de Público Ana Pardo de Vera; la directora del programa 360 grados de ETB, Eider Hurtado; y el corresponsal de TV3 en Madrid, Albert Calatrava, realizado el domingo, quienes se basan en declaraciones de altos cargos en ejercicio de las más altas instituciones del Estado,  amigos y confidentes del monarca emérito, y muchos y variados personajes de los ámbitos políticos, empresariales y mediáticos del pasado y el presente.

A través de este amplio elenco de fuentes, la obra está dotada de gran interés periodístico o e incluso de rigor académico a la hora de describir la interrelación de las fuentes atribuidas al poder por la literatura científica  (la personalidad de los actores, la propiedad,y las organizaciones o instituciones de todo tipo) como suss intrumentos (amenazas, compensaciones y persuasiones). Se trata como dicen los autores del relato de una «responsabilidad colectiva» en el blindaje de un rey y sus actos, la prueba contundente de esa «responsabilidad colectiva» reconocida por todas y cada una de las personas entrevistadas.  En el poder de la personalidad incluso psicológica de Juan Carlos de Borbón coinciden muchos citados en destacar su carácter campechano. La propiedad es descrita también como fundamental para las acciones y omisiones de los editores, al tiempo que la aparición en escena de algunos empresarios  como Javier de la Rosa y Mario Conde, luego sometidos a problemas judiciales, resulta fundamental también para entender hasta qué punto los problemas de la Monarquía, muy alejados de los que plantea la obra de autoayuda El caballero de la armadura oxidada, empezaron o al menos se acentuaron con el inicio de esos procesos judiciales,  coincidentes paradojicmente con las primeras difusiones confirmando la presunta corrupción moral y económica del Rey paradojicamente. Con ellas se interrelaconan también los actores institucionales y amenazas, compensaciones y persuasiones asimismo presentes en la comprensión del poder.

Texto íntegro de la prepublicación 

La obra cuenta con total claridad y amenidad cómo tales fuentes e instrumentos atribuidos al poder desde numerosas perspectivas teóricas, según tesis doctorales como la antes vinculada, hicieron posible el blindaje de la monarquía española desde que el 23 de febrero de 1981 un golpe militar fallido sirviera para alumbrar el juancarlismo. Aunque el libro nace de profesionales relacionados con el grupo de prensa del empresario catalán Jaume Roures, que en los últimos meses realiza una campaña para retirar el titulo de emérito al Rey, este no es un libro contra la monarquía, y esto hay que dejarlo claro porque todavía hoy poner el foco sobre la institución monárquica se interpreta como un ataque que provoca el repliegue de todas las fuerzas del Estado en su defensa. Así lo dice su prepublicación en el digital de Roures Público, donde además puede leerse textualmente lo que sigue sobre La armadura mediática del Rey Juan Carlos I:

«No se podía publicar, la política aquí contaba mucho, el grupo editorial tiene una línea que no te puedes saltar y sus intereses son enormes.» Miguel Ángel Gordillo, subdirector de Interviú

Los periodistas y los propietarios de los medios de comunicación supieron mucho o poco sobre lo que pudiera afectar a la Corona durante décadas, pero se mantuvieron callados. Ante las evidencias que apuntan las investigaciones judiciales sobre Juan Carlos I entonan un mea culpa discreto. Hubo un pacto de silencio, aunque la mayoría de los profesionales implicados sostiene que ese pacto fue tácito, movido por el objetivo de no dañar a la institución monárquica. 

Los pactistas de los primeros años dan forma a la armadura

Después del 23-F la Corona se erigió como garante y salvadora de la libertad, y en virtud de tal consideración todos los poderes se unieron en su defensa. «Hubo una especie de asunción tácita por parte de todas las fuerzas políticas y de los medios de opinión, un pacto no escrito para no discutir sobre la monarquía como forma de Estado y enturbiar el debate público con un debate sobre la Corona.» Quien habla es uno de los hombres más poderosos en el ámbito mediático, Juan Luis Cebrián, director del diario El País desde su fundación en 1976 hasta 1988, cuando pasó a ser consejero delegado del Grupo Prisa, el emporio mediático que acabó presidiendo. Ha sido, sin duda, uno de los hombres más influyentes de España y estuvo junto a Juan Carlos I desde que accedió al trono. Le acompañó en sus primeros viajes oficiales por China y Alemania. 

Las relaciones entre los responsables de los medios que estaban escribiendo la historia eran habituales, según reconoce Cebrián: «Calvo Sotelo nos reunió varias veces a los directores de los periódicos. Además, el rey daba fiestas a las que acudíamos todos, directores de diarios y medios». 

Son unas reuniones que se han continuado repitiendo, ya fuera para compartir impresiones con un destacado líder internacional o para intercambiar opiniones sobre el momento político y social. A las convocatorias de la Zarzuela nunca faltaban los directores del ABC, El País, la agencia Efe y La Vanguardia. El silencio fue una premisa compartida durante, al menos, veinticinco años, según apunta Cebrián: «Como director del periódico percibía que era importante actuar así. Las amenazas de golpe de Estado seguían, el Ejército era franquista y tenía un poder inmenso. Después del 23-F, las cosas cambian. Ya no hay militar que se atreva a salir a la calle y ver a los socialistas en el poder normalizó la democracia española». Siente que todos contribuyeron a dejar atrás una etapa negra: «Francisco Fernández Ordóñez me llamó un día para pedirnos que no asistiéramos a las recepciones reales vestidos de esmoquin porque los comunistas y socialistas no lo vestían, “y no conviene que se sientan discriminados”. Ese era el ambiente». 

El rey viaja en aquellos primeros años de democracia por muchos países y siempre le acompañan los mismos periodistas, y los medios tienen equipos estables destinados a unas misiones internacionales de escaso contenido político o empresarial. 

Jaume Roures era productor de TV3 en aquellos viajes que le llevaron de una parte a otra del planeta. De esas experiencias pudo extraer una buena colección de anécdotas y pocos titulares informativos, pero tuvo la oportunidad de saber cómo era el rey y su relación con la reina. «Recuerdo entre mis primeros viajes una misión a Zaire. El presidente Mobutu organizó una recepción en un palacio de Kinsasa, cargada de folclore africano y guiños al anfitrión. Apareció una bailarina con un ajustado vestido de leopardo cantando temas de Julio Iglesias en suajili. 

Al rey, sentado junto a la reina, aquello le encantó y casi hubo que pararle los pies. Ahí ya empezamos a conocer el carácter del “campechano” —recuerda Roures. El rey se mostraba tal como era y los periodistas trataban de sacar su mejor cara—. También le vimos cabreado en ocasiones. Si la reina llegaba tarde le pegaba unas broncas impresionantes delante de todos.» 

Sin embargo, el protocolo era estricto y el guion de lo que se podía contar estaba muy delimitado. «No podías mostrar a los reyes comiendo o bebiendo. No había margen para improvisaciones.» El productor catalán pudo comprobar de primera mano qué ocurría si llegaba a trascender alguna imagen fuera de lo previsto. 

En junio de 1985, una amplia comitiva mediática acompaña a la reina Sofía a Canadá. El príncipe Felipe se gradúa de bachiller en una de las trece mejores escuelas privadas del mundo, el Lakefield College School. La matrícula cuesta un millón y medio de pesetas cuando Flip, como le conocen sus compañeros, termina el COU. «No ha sido un año excesivamente duro, aunque creo que el nivel de exigencia es un poco superior al de España», afirma el príncipe de Asturias durante la ceremonia de graduación, que se celebra en los jardines del colegio. El ambiente es informal, la familia real se mezcla entre los padres y madres de los 239 alumnos de la promoción del 1985. Todos disfrutan. La reina, que luce una chaqueta de lino blanco y una falda de seda azul con lunares, baila con el teniente coronel que se encarga de la seguridad del príncipe. Las cámaras de TV3 captan el momento y el equipo de Roures envía las imágenes a Barcelona. «Me pareció que la imagen era entrañable, humanizaba a la reina. Grabamos y enviamos sin ninguna mala intención. Pero se montó un lío importante. Aquella imagen de la reina fuera de protocolo no sentó nada bien.»

Aquellos eran viajes institucionales, casi turísticos, nada atractivos informativamente. «Supongo que habría agendas privadas a las que nosotros no accedíamos», reflexiona Roures cuando le preguntamos si pudo ver algún indicio en aquellos viajes de las prácticas irregulares que se investigan años después. 

En cualquier caso, si el rey hubiera hecho algo fuera de lugar, nunca habría trascendido. El empresario considera que el pacto de silencio que sigue vigente nace en la Transición: «Es parte del envoltorio del sistema, no es solo defender a Juan Carlos y a la monarquía, es de fondo. Ahora, aunque se demuestre que Felipe VI ha mentido, la protección de la que goza no permite que se cuestione al rey y mucho menos la institución. 

Nunca se ha puesto en cuestión la monarquía. Este blindaje forma parte de los lastres de la Transición, que ya implica un maridaje entre la prensa y el régimen que se mantiene hasta hoy. A cambio de esa colaboración activa, lograron formar parte del sistema. Si se observa quiénes son los accionistas de PRISA o de algunas entidades bancarias, se entiende todo». 

Los periodistas de la Transición guardan la llave de muchos de los secretos que forjaron la armadura del rey. Una defensa que se realiza, en el caso de periodistas como Pilar Urbano, por convicción. «Hay una época en la que queremos salvar al rey, queremos salvar la democracia», reconoce.

Como columnista en el ABC, disponía de una buena agenda política que le permitió estar al cabo de todo lo que ocurría, aunque no todo se podía publicar, por prudencia y por respeto a la institución: «Yo supe de los líos amorosos del rey, pero no lo conté porque tenía mucho respeto a la reina y porque me parecía que España quedaba muy mal con un rey mujeriego. Ahí sí, nos hemos censurado. Por no dañar a la reina y por no manchar una Corona que era infinitamente mejor que cualquier político. Prefiero que me represente un señor que garantiza la estabilidad interior y especialmente la exterior, la que atrae el dinero y mueve a las empresas. Cuando un rey descuelga el teléfono, se ponen todos los líderes mundiales. Por este valor superior, yo me he censurado».

Cuando le preguntamos por la censura de medios y editoriales, Pilar Urbano sostiene que solo le han censurado en dos ocasiones: después del 23-F, cuando el ABC quería salvar a Milans y Armada, alargaban sus textos con nombre, apellidos y cargos completos de los militares a fin de que no quedara espacio en la columna para recoger las implicaciones. La segunda vez mucho más grave: le fueron vetados del manuscrito de un libro once folios en los que se recogían conversaciones grabadas por el CESID sobre los GAL. Asegura que «en esas conversaciones, que pude confirmar con fuentes suficientemente acreditadas como para publicar algo tan importante, quedaba clara la acción de Felipe González, Narcís Serra y Emilio Alonso Manglano sobre los GAL, pero también que el rey da el impulso. El impulso fue soberano, y como se implicaba al rey, esos once folios fueron censurados por la editorial».

En 1991 el coronel Juan Alberto Perote sacó del CESID, al menos, siete cintas en las que el rey Juan Carlos conversaba con ministros como José Barrionuevo o con su amigo Zourab Tchokotoua, según publica El País en 1995. Algunas de esas grabaciones de los servicios de inteligencia fueron filtradas o vendidas a la prensa.

Pilar Urbano pudo conocer el método del rey para ayudar a los empresarios en sus negocios por el relato de exministros que comprobaron cómo se desarrollaban esas influencias en el palco del Bernabéu: «Se aprovechaba el descanso para muñir negocios. El rey agarraba del brazo al ministro de Fomento, de Industria o de Obras Públicas y le acercaba donde estaban los grandes empresarios de OHL o Ferrovial, pidiendo que les facilitara el camino. Pero esto lo supe años después porque me lo contaban Arias Salgado o Álvarez Cascos».

Los periodistas tenían acceso a fuentes del entorno de Juan Carlos I tan directas como Mario Conde, aunque el banquero solía advertir: «Si lo publicas, lo negaré». Cuando salta el escándalo KIO, Javier de la Rosa, condenado por apropiarse indebidamente quinientos millones de dólares, señala que el rey se ha quedado con cien, una cifra que se repite. «De ahí, cien para mí», le habría dicho el monarca, según le contó el empresario a Pilar Urbano, a quien también le confirmaría el hecho el jefe de la Casa del Rey, Sabino Fernández Campo, que tuvo que hacer de intermediario en aquel asunto. Juan Carlos I entró un día en su despacho molesto y le dijo: «Oye, Sabino, que Javier [de la Rosa] solo me ha pagado ochenta, faltan veinte». El «error» no tardaría en resolverse porque el rey le pidió a Sabino que acudiera a la oficina que tenía Javier de la Rosa en la Castellana para decirle «que ya estaba todo». Los primeros ochenta millones se los habría dado el propio empresario al rey en mano en un hotel de Londres. 

En la construcción de esa armadura mediática tuvo un papel protagonista el fiel escudero de la institución monárquica, Sabino Fernández Campo. Era quien trataba directamente con el mundo de la información. Antes de publicar, la prensa le consultaba cualquier tema importante que afectara a la familia real y Sabino les convencía de que no publicar era mejor para todos. «Este tema no conviene» era una de sus frases más repetidas.

Sabía ganarse a los periodistas revelándoles secretos intrascendentes, con los que aseguraba su silencio, y fue así como consiguió neutralizar durante años al cuarto poder. En una ocasión, llegó a comprar una información sobre Juan Carlos I, poco comprometida, pero en 1985 ningún detalle de la vida privada del rey podía hacerse público. Se trataba de las cuarenta y siete cartas de amor que le escribió siendo príncipe, en 1958, a la condesa Olghina di Robilant. La condesa guardó aquellas pruebas de amor juvenil e intentó hacer negocio ofreciéndoselas al entonces director de La Revista, Jaime Peñafiel. Pedía ocho millones de pesetas, y Sabino, en cuanto se enteró, le entregó a Peñafiel un maletín para que se hiciera con la exclusiva, a fin de que nunca fuera publicada, según reveló Manuel Soriano en La sombra del rey.

El control sobre lo que se publicaba era mucho más sutil. «No había imposiciones, pero te llamaban Sabino o Almansa y ya sabías lo que podías o no tocar. El pacto de silencio lo montan los directores de los medios y lo controlan los jefes de la Casa del Rey», explica un veterano periodista que siguió de cerca las andanzas del monarca. 

Sabino fue fundamental conteniendo a los medios, pero más importante fue aún el trato que dispensaba el rey a periodistas, políticos y empresarios. José García Abad admite que nadie escapaba al efecto de ser halagado por un rey: «Era muy seductor, cercano, te llamaba Pepe y te desarmaba. Es una de las armas que utilizó para conseguir la complicidad de la prensa». De esta forma, cuando en el año 2004 el periodista publica La soledad del rey, Juan Carlos, con esa cercanía que derribaba todas las defensas, le hace saber que no ha gustado en la Zarzuela. 

El 12 de octubre, en plena celebración en el palacio, se le acerca en un corrillo y le dice: «Pepe, qué disgustos me das, la reina está desolada». El rey solo quería dejar claro que estaba haciendo daño a alguien que le apreciaba.

La relación del rey era fluida con los propietarios de los grandes medios, según recuerda García Abad: «En aquellos años, con un abanico mediático más reducido y tradicional, sin tantos digitales como tenemos hoy, los propietarios de los grandes medios decidían y era muy fácil controlar a la prensa hablando con los dueños. Es cierto que los periodistas no hicieron ningún esfuerzo por investigar, pero es que sabían que no podrían publicarlo. La clave es que había una imposibilidad práctica de sacar informaciones sobre la Corona. Era algo impensable. Nos autocensuramos. Considerábamos que la monarquía no estaba consolidada y no queríamos desestabilizar».

Otro de los grandes nombres mediáticos, que estuvo al frente del diario ABC durante más de una década, Luis María Ansón, ha reconocido que en los años noventa se producían reuniones secretas en las que el único tema sobre el que había consenso era la monarquía. De puertas para afuera, Luis María Ansón, el más monárquico de los periodistas, y Juan Luis 

Cebrián eran rivales irreconciliables, pero compartían objetivos en encuentros discretos. Según relata Ansón  en una entrevista de 2020 a El Confidencial, cenaban de manera habitual en casa de Jesús Polanco, el fundador y propietario del grupo PRISA: «De vez en cuando nos poníamos de acuerdo en unas cenas que organizaba Jesús Polanco en su casa, a las que asistíamos Cebrián, Guillermo Luca de Tena y yo. Esas reuniones eran más bien secretas. El ABC definía lo que iba a hacer el centro-derecha, y El País dirigía el centro-izquierda. Cebrián defendía la monarquía, pero a partir de ahí casi todo era enfrentamiento». 

Sin duda, para que la armadura funcionara, fue fundamental que hasta quienes se decían republicanos defendieran la monarquía. Entre sus aliados destacaba Jesús Polanco, que pasó de no tener apenas relación con el monarca a convertirse, junto a Felipe González, en uno de sus pilares. «Si el diario El País toma una actitud beligerante en contra de la monarquía, la monarquía está jodida», llegó a decir el empresario en una demostración de fuerza que no resultaba desmedida, según recoge Jesús Cacho en El negocio de la libertad. La relación con el monarca se estrecha a raíz del editorial de El País del 20 de noviembre de 1992, en el que, con el título «¿Qué hace el Rey?, el rotativo critica la asistencia de Juan Carlos a un acto gastronómico organizado por el ABC, el eterno rival. El monarca se da cuenta de que tiene a Polanco descuidado y empieza a llamarle personalmente, a invitarle a la Zarzuela, a demostrarle que es uno de los hombres importantes del país. Polanco cae en la red, y El País no tendría nunca una actitud beligerante hacia la monarquía. 

Por su parte, en el ABC y La Vanguardia la información sobre el jefe del Estado no se abordaba desde las páginas de política o economía, sino que la cubrían corresponsales con plaza permanente en todos los ámbitos, «expertos en la Corona», que conocían el protocolo y nunca recogieron ningún detalle fuera de lugar. 

La relación entre el rey emérito y el propietario de La Vanguardia era tan estrecha que, ante cualquier información inconveniente, Juan Carlos llamaba directamente a Javier Godó. En enero de 2004, José Luis de Vilallonga firmó un artículo en La Vanguardia titulado «Bufones reales», en el que cargaba contra el entonces príncipe Felipe, a cuya boda «no iría ni aunque le invitaran». El texto no sentó bien a la familia real y el rey Juan Carlos llamó al conde de Godó para manifestárselo. Vilallonga solo tuvo tiempo para publicar un artículo más en el diario, y se cortó la colaboración que mantenía desde hacía trece años. 

La relación entre la Corona y La Vanguardia se refuerza aún más cuando el rey promociona al conde de Godó dentro de la nobleza, entregándole el máximo título nobiliario. En 2008, lo distingue como Grande de España, coincidiendo con el ciento vigesimoquinto aniversario del diario.

No había margen para fisuras en el muro de contención del diario monárquico, pero en 2012 todo cambia. La histórica manifestación de la Diada de 2012 abre una grieta enorme. El rey Juan Carlos I considera que el periódico ha apostado por la vía soberanista y está abandonando su posición monárquica y española, y hace explícito su malestar personalmente, y también a través de intermediarios, a los máximos responsables del diario. Lo hace en un tono muy severo, y supone un antes y un después en la relación con La Vanguardia. Automáticamente se convierte en objetivo de medios de comunicación y de políticos de Madrid, que la consideran una amenaza para la estabilidad del Estado. 

Las primeras grietas

Durante los primeros diez años de reinado el rey es absolutamente intocable, pero a finales de la década de 1980 nacen dos nuevas publicaciones que necesitaban hacerse un hueco en el mercado, y a partir de ese momento la competencia entre los medios abre algunas grietas en la armadura.

En 1988 Julián Lago apuesta fuerte con el lanzamiento de la revista Tribuna de Actualidad, y el titular de una portada —«Así se forran los amigos del rey»— rompe el tabú sobre el monarca, reforzado por una fotografía en la que Juan Carlos da una palmada afectuosa a Manuel Prado, ambos sonrientes, sobre un texto que habla de la fructífera relación del rey con millonarios como el príncipe Zourab Tchokotoua. El reportaje no sienta bien en la Zarzuela. Dos años más tarde, la revista vuelve a la carga con otro atrevido reportaje: «Los líos de la Corte de Mallorca». 

El Mundo le sigue la estela con una crónica titulada «Un verano en Mallorca», con la que Pedro J. Ramírez critica al rey por no interrumpir sus vacaciones para involucrarse en una salida diplomática a la crisis desatada por la invasión de Irak en Kuwait. El ataque viene de un diario que tan solo lleva un año en el mercado y trata de convertirse en el referente del control a las instituciones del Estado. Ese día los ejemplares se agotan. Según cuenta el propio Ramírez, Sabino le llama al día siguiente. «Apenas llevábamos diez minutos en su despacho de la Zarzuela cuando se abrió la puerta, entró el rey y me planteó sonriendo la más nítida de las disyuntivas: “Bueno, qué… ¿amigos o enemigos?”. Pocos minutos después remató la faena 

con una referencia pinturera a mi destitución como director de Diario 16 año y medio antes: “Es verdad que le dije a Juan Tomás de Salas [el propietario del periódico] que no se sentara a mi lado mientras tú siguieras siendo el director, pero no pensé que fuera a ser tan tonto de hacerme caso”.» 

Tal y como relata el director de El Mundo en la carta abierta «La prótesis», publicada en este diario el 22 de abril de 2012, Juan Carlos I le ganó con aquellas maneras: «Aunque yo hubiera sido el más cínico de los folicularios, la campechanía del jefe del Estado, ese salir dando la cara al encuentro de los problemas, su desparpajo hasta para convertir una metedura de pata en elemento de complicidad con el perjudicado, su cercanía al preguntarte por la familia o hacerte depositario de confidencias políticas, me habrían ganado para su causa. Cuando mis hijos eran pequeños nos regaló uno de sus golden retriever y le pusimos de nombre Rex». 

Aquellas críticas acaban haciendo perder la paciencia del rey. 

En el discurso de Navidad de 1990, dirige, por primera vez, un toque de atención a los medios de comunicación: «Una democracia avanzada no se entendería sin el equilibrio de la veracidad de la información y el mayor respeto a la libertad de expresión». En el tradicional mensaje televisado, el rey se enfrenta a la prensa y lo hace en contra del criterio de sus asesores y aconsejado, al parecer, por el Gobierno de Felipe González. El Ejecutivo socialista está harto de informaciones que le relacionan con la corrupción y la guerra sucia, y Juan Carlos se suma a la crítica mediática.El mensaje no es igual para todos. Cuatro días después, coincidiendo con la conmemoración de los primeros cinco mil números de El País, el monarca firma una felicitación en portada en la que deja claro su querencia por el diario de PRISA: «Siempre he estado seguro de que, como Rey, podría contar con El País en cada ocasión en que la historia reciente lo requería; es decir, cotidianamente, en los momentos más graves y en los más livianos». El rey aprovecha la felicitación para «saludar a toda la prensa española». Con este mensaje de reconciliación trata de sellar la armadura. 

Dos años después se abrirá la primera grieta importante, que pone en evidencia la falta de control sobre la doble vida del rey, ante la que los súbditos permanecen ajenos. Es entonces cuando estalla el escándalo Marta Gayá, sobre el que no se escribía por considerarlo del ámbito privado. Sin embargo, en junio de 1992 una frase en el Congreso de Felipe González convierte el asunto amoroso en crisis política e institucional. El presidente está a punto de nombrar a un nuevo ministro de Exteriores, tras la dimisión de Francisco Fernández Ordoñez, cuando un periodista le pregunta si había consultado con el rey Juan Carlos el nombramiento. «El rey no está.» Son solo cuatro palabras, pero sacuden el tablero. Ante el revuelo generado, se filtra una versión que no hace más que avivar la polémica. Dos días después, el 19 de junio, El País publica la versión del Gobierno en una breve reseña con la que disculpa dicha ausencia afirmando que estaba siendo sometido a un chequeo médico rutinario en una clínica suiza y que ello justificaba la consiguiente dejación de sus funciones institucionales. El rey no está y encima está enfermo. La bola sigue creciendo.

En realidad, Juan Carlos se encuentra con Marta Gayá en Suiza, donde su amante se recupera de una fuerte depresión en una clínica especializada. Pero contar la verdad es impensable. Sabino sale desmintiendo la enfermedad del rey, al que sitúa de vacaciones.Sin embargo, Pedro J. Ramírez ve la oportunidad y se pone a investigar. El lunes 22 de junio, El Mundo abre portada a tres columnas explicando que «El rey Juan Carlos se encuentra de nuevo fuera del territorio. Regresó el sábado a Suiza inmediatamente después de entrevistarse con González». A esta edición, llena de críticas y artículos de opinión, le siguen nuevas entregas a lo largo de todo el verano. Se abre la veda mediática. Por primera vez, la vida privada del jefe del Estado se transforma en asunto político. En un gesto inédito, algunos medios piden al rey que rinda cuentas sobre sus actividades, mientras que los más monárquicos, como el ABC, observan el fuego desde la barrera, con el silencio como consigna. 

Ese mismo 1992 la revista especializada en la realeza Point de Vue dedica un extenso reportaje de ocho páginas a la vida privada del monarca, y la italiana Oggi habla de Marta Gayá como «la compañera sentimental del rey Juan Carlos». Los ecos de estas publicaciones llegan a la dirección de la revista Época, donde trabajaba el periodista de investigación Juan Luis Galiacho: «Yo estaba en Mallorca, me llamó el director adjunto Miguel Torres y me dijo que había que sacarlo. Yo ya tenía el camino avanzado, me había acercado a su círculo de confianza. Lo más difícil fue conseguir una foto, porque ella siempre estaba muy protegida. Al final, conseguimos una que no tenía mucha calidad, pero lo importante es que fuimos el primer medio español en hablar de las relaciones íntimas del rey». 

¿Por qué la revista Época se atrevió a desafiar a la monarquía? 

Quizás que su director fuera Jaime Capmany, de trayectoria falangista y no precisamente monárquico, tuvo algo que ver. Sin embargo, ni el más republicano podía con la capacidad de persuasión de Sabino Fernández Campo, que, tras la publicación, entra en acción y llama directamente a Capmany: «Te pido por favor que no saques más, la reina no para de llorar, te lo pido como persona, no como el jefe de la Casa del Rey, la mujer está hecha polvo». Suplicando de esta manera consiguió, según Galiacho, frenar una segunda parte, que habría sido un bombazo. 

Época se convierte en una publicación peligrosa, por lo que Mario Conde compra un buen paquete de acciones. Recuerda Galiacho que, tras la operación, trasladaron la sede de la revista a un edificio de Banesto: «Mario Conde quería controlarlo todo». Y por supuesto, deseaba garantizar al monarca que Época no volvería a darle problemas: «Los amigos del rey eran los que tenían el poder, si te metías con el rey, te metías con ellos». 

Conde también llegó a tener una participación en El Mundo, con cuyo director mantenía una estrecha relación. Cuando le llegan las quejas del rey por las publicaciones de aquel verano de 1992, el banquero ve la oportunidad de librarse de Sabino Fernández Campo. «La sombra del rey», como le denomina Manuel Soriano en su biografía, es un controlador incómodo para los amigos del rey. Conde convenció a Juan Carlos de que Sabino estaba en el origen de las filtraciones a la prensa. Medios como Diario 16 apuntaron a su vez que el banquero estaba detrás de la publicación de Point de Vue, pero el monarca creyó a Mario Conde, que vio reforzada su versión por el director de El Mundo. Pedro J. Ramírez dejó caer ante Juan Carlos que Sabino le había comentado en alguna ocasión que consideraba necesario sugerir al rey, a través de la prensa, que estaba vigilado, según explica Soriano en su libro

Censura y autocensura, todo encaja en la armadura

El nuevo jefe de la Casa Real, Fernando de Almansa, mantiene la política de opacidad comunicativa desde que asume el cargo, en 1993. Pero, además, el blindaje mediático no puede entenderse sin la intervención del CNI, que trabaja a las órdenes del Gobierno. «Si el felipismo no quería que se tocara, no se tocaba a nadie —apunta el periodista Juan Luis Galiacho, que atribuye a la eficacia de la inteligencia del Estado el éxito del pacto de silencio—. Los servicios secretos en aquellos años trabajaban muy bien para mantener la monarquía, investigaban al rey para tenerlo todo atado. El equipo de Manglano era la leche. A mí me llegó a contar la operación que hicieron sobre Bárbara Rey. Fue increíble». 

De nuevo, Manglano y las cintas del antiguo CESID, que habría pagado tres millones de euros de los fondos reservados entre 1996 y 1997 por el silencio de su amante artista, según publicó en 2017 OKdiario. La relación que mantuvo con Juan Carlos I quedó documentada en unas cintas magnetofónicas y de vídeo.

Miguel Ángel Gordillo, subdirector del semanario Interviú durante veinticinco años, puede acreditar la existencia de esas cintas. No olvida el escandaloso contenido de aquel material: «Yo estuve en un chalé escuchando las cintas con las conversaciones entre Bárbara Rey y Juan Carlos. Y salí de allí con los pelos como escarpias. El contenido era muy fuerte, sexualmente muy explícito. Cuando llegué a Interviú dije: “Si hacemos un serial con esto —y daba para varios fascículos— tenemos asegurado un millón de copias todas las semanas”. Aquello podía vender más que los desnudos de Lola Flores». Pero enterró aquellas cintas para siempre: «No se podía publicar, la política aquí contaba mucho, el grupo editorial tiene una línea que no te puedes saltar y sus intereses son enormes». 

No ha sido el único material sensible que ha tenido entre manos Gordillo antes de guardarlo en un cajón. En 1995 la revista italiana Novella 2000 publicaba unas fotos en las que se veía a Juan Carlos bronceándose desnudo en la cubierta de un barco. Aproximadamente un año antes, esas fotografías habían sido ofrecidas a Interviú. Su subdirector, Miguel Ángel Gordillo, fue citado en un VIPS de Madrid. Su interlocutor le puso sobre la mesa unas imágenes que lo dejaron sin palabras. Juan Carlos tomaba el sol en su yate Fortuna, tumbado sobre unas colchonetas azules y con un gorro blanco como única indumentaria. Boca arriba y boca abajo, todo bien visible. «Me ofrecieron las fotografías —explica Gordillo—, como una exclusiva mundial, es decir, que, si compras y no publicas, tampoco pueden venderse fuera. Y los servicios secretos podían estar por medio. Aunque el interés de la agencia era puramente económico. Pedían cincuenta millones de pesetas. Llamé directamente a Antonio Asensio,presidente del Grupo Zeta y me dijo que no quería ni verlo.»

Era la reacción que esperaba Gordillo, lógica en 1994: «Asensio sabía que iba a pagar un montón de millones por algo que no podría publicar. Habría sido una locura, te echas a todos encima, empezando por el Gobierno. Yo también lo vi así». 

La autocensura funcionó durante décadas. Periodistas y autores evitaban publicar contenidos que les podían causar problemas. Las cautelas llegaron hasta el punto de utilizar un seudónimo para poder seguir trabajando. Es el caso de Rebeca Quintáns, autora de Un rey golpe a golpe, que firmó como Patricia Sverlo. La periodista gallega había realizado la tesis doctoral sobre los discursos del rey en la prensa, y ya entonces fue objeto de censura por parte de su director en la universidad. Le obligaron a quitar el capítulo sobre el 23-F, tema nuclear en el sostenimiento de la monarquía. 

Más allá de esta significativa anécdota, la cuestión es que Quintáns ya tenía experiencia en la investigación y mucha documentación sobre la figura del monarca. El periodista gallego afincado en Euskadi Pepe Rei pensó en ella para trabajar en un libro. En 1999 acometieron esta tarea en un clima que recordaba al de la clandestinidad: «Nos compramos unos móviles de tarjeta para hablar y yo solo lo hacía con Pepe. Tenía miedo a las consecuencias, porque era freelance y una publicación de este tipo podía cerrarme todas las puertas en Madrid. Temía pasar a una Rebeca Quintáns, autora de Un rey golpe a golpe, que firmó como Patricia Sverlo. La periodista gallega había realizado la tesis doctoral sobre los discursos del rey en la prensa, y ya entonces fue objeto de censura por parte de su director en la universidad. Le obligaron a quitar el capítulo sobre el 23-F, tema nuclear en el sostenimiento de la monarquía. 

Más allá de esta significativa anécdota, la cuestión es que Quintáns ya tenía experiencia en la investigación y mucha documentación sobre la figura del monarca. El periodista gallego afincado en Euskadi Pepe Rei pensó en ella para trabajar en un libro. En 1999 acometieron esta tarea en un clima que recordaba al de la clandestinidad: «Nos compramos unos móviles de tarjeta para hablar y yo solo lo hacía con Pepe. Tenía miedo a las consecuencias, porque era freelance y una publicación de este tipo podía cerrarme todas las puertas en Madrid. Temía pasar a una lista negra. Por eso, Pepe me dijo que firmara con seudónimo y él asumiría toda la responsabilidad», explica Rebeca Quintáns. 

El libro fue un bombazo, y Pepe Rei se hartó de firmar ejemplares en la Azoka de Durango, la feria del libro vasco, de 2000. Quintáns asegura que no recibieron ningún comentario o respuesta de la Casa Real, aunque sospecha que el cierre de la revista Ardi Beltza un año después y la detención de Pepe Rei, por orden del juez Garzón, pudo tener que ver con publicaciones incómodas. Se corrió la voz de que Pepe Rei era el verdadero autor y Rebeca Quintáns no desveló que ella era Patricia Sverlo hasta catorce años después. Hoy todavía quiere mantener en secreto el sentido oculto tras este seudónimo. Un rey golpe a golpe circuló con éxito, incluso, a nivel internacional, aunque grandes distribuidoras como El Corte Inglés se negaran a comercializarlo. 

Algo parecido le ocurrió a Iñaki Anasagasti con su primera publicación, Una monarquía protegida por la censura, un título paradigmático. Cuenta el exportavoz parlamentario del PNV que escribió el libro, en el año 2008, por encargo: «Se pusieron en contacto conmigo desde una editorial para proponerme que contara todas las presiones que había sufrido por ser de los pocos diputados que cuestionaba la monarquía. Acepté, me puse a trabajar y entregué el manuscrito. Pasaron tres meses y me llamaron para comunicarme que no se iba a editar. Sin más explicaciones». No fue hasta algún tiempo después que supo qué había ocurrido. «Me contaron que habían mandado mi manuscrito a la Zarzuela, donde se vetó su publicación.» No obstante, Anasagasti consiguió publicar con otra editorial. 

El ejemplar vio la luz en 2009, aunque no llegó a distribuirse del modo habitual. «Lo que pasó después fue extraño. No podías encontrar el libro en los lugares de mayor difusión, como los aeropuertos.» El exdiputado sospecha de alguna maniobra para que el libro no llegara a los principales puntos de venta.

El control sobre lo que se dice o se publica sobre la monarquía suele ser sutil. Cuando en 2002 José García Abad empieza a trabajar en su libro La soledad del rey, se pone en contacto con la secretaria de la Casa Real para informarle y buscar información. Asunción Valdés, que era entonces la directora de Relaciones con los Medios de Comunicación de la Casa del Rey, responde con evasivas. Según cuenta Abad, ella argumenta que «ve muy complicado que nadie participe». El autor llama entonces a Alberto Aza, jefe de la Casa del Rey, y le contesta: «Tú sabes que hay cosas de las que es mejor que ni me entere». 

En 2004, momento en que sale el libro, el interés de la Zarzuela se centra en saber si piensa seguir en esa línea. Además del comentario que le hace el propio monarca el 12 de octubre para tratar de marcar sus defensas ganándose su confianza, Abad revela que la estrategia pasa por enviar como mensajeros a terceros: «Me mandaron de emisarios a tres periodistas. Tres veces vinieron colegas tratando de enterarse de si tenía más. Querían saber si iba a seguir dando la vara». 

La armadura del rey no solía hacer ruido. Ni siquiera cuando El Jueves publicó la portada sexual de los príncipes que fue secuestrada se pronunció la Zarzuela, que trasladó que nada tenía que ver con la denuncia de la Fiscalía, según informó El País el 21 de julio de 2007. Y eso que la dirección de la revista reconocía que ya había recibido alguna vez «algún toque» de la Casa Real que les habría pedido «una reflexión» sobre la manera en la que se trataban los asuntos relacionados con la Corona.

Son muy pocos los casos en los que desde la Zarzuela se han manifestado abiertamente ante informaciones o publicaciones que pudieran querer frenar. Una de esas raras ocasiones fue la de una emisión de TV3 a mediados de los noventa. El aclamado Mikimoto presentaba en aquellos años el programa Persones humanes. El 20 de enero de 1994 se encontraba entre los contertulios del late night el escritor Quim Monzó, que hizo una sátira sobre la falta de actividad de la realeza española, con mención especial a la infanta Elena, que no salió bien parada. La broma sentó tan mal que el jefe de la Casa del Rey, Fernando Almansa, envió una carta expresando su indignación y pidiendo explicaciones al presidente del ente público, que se disculpó, igual que hizo el president de la Generalitat Jordi Pujol. La Corporació Catalana de Ràdio i Televisió abrió una comisión de investigación sobre posibles responsabilidades para determinar si hubo mala intención a la hora de preparar el programa. 

Pero el episodio no termina aquí. Un mes más tarde, El peor programa de la semana, el espacio que presentaba en TVE El Gran Wyoming y dirigía Fernando Trueba, es censurado por la televisión pública española. El motivo: el protagonista de esa noche es Quim Monzó. La dirección de la televisión trata de convencer al equipo directivo de que cambien al invitado, pero se niegan y argumentan que su participación es conocida desde hace semanas. Esa noche La 2 emite una reemisión de los Carnavales de Tenerife. Casi una década después, en 2002, un programa de TV3 vuelve a situarse en el punto de mira de la Zarzuela. Set de nit, presentado y dirigido por Toni Soler, recibe quejas por la imitación del rey Juan Carlos que hace el actor Toni Albà. La dirección de la Corporació traslada al equipo de Soler que «los programas satíricos han de abordar el tema de la Monarquía con contención, porque representa al Estado español». Al director general de la CCRTV, Miquel Puig, le preguntan en el Parlament si TV3 está recibiendo presiones de la Casa Real. Puig ni confirma ni desmiente estas informaciones y sostiene que lo que sí está recibiendo son quejas de espectadores molestos con el trato que se le da al monarca, según recogió La Vanguardia. 

Una semana después, El Mundo explica que estas supuestas quejas también habrían llegado a la Casa Real, la cual «como un mero transmisor, hizo que las misivas de protesta llegaran al director de TV3». En consecuencia, sí hubo quejas de la Zarzuela a la televisión pública catalana. Set de nit dejó de emitirse tres meses después.

Estos precedentes pudieron marcar lo que ocurrió en la primavera de 2010. TV3 anunció el estreno del documental Monarquía o república, que no se emitió, sin embargo, hasta dos años después, tras modificar parte de los contenidos y en un momento muy diferente. Los autores de este trabajo, Montse Armengou y Ricard Belis, comenzaron a prepararlo en 2009. 

El rodaje se extendió durante, al menos, medio año, en el que pudieron contrastar posturas a favor y en contra de la monarquía entre un amplio abanico de periodistas, políticos y personas cercanas a la institución. Era, por tanto, de dominio público que estaban trabajando sobre este tema. Por eso, la sorpresa cuando se frenó el estreno fue mayúscula. 

La emisión del documental ya había sido anunciada mediante nota de prensa a todos los medios. Ricard Belis explica que estaban ultimando los detalles para el estreno: «Tuvimos la brillante idea de hacer la presentación en el palacio de Pedralbes, donde se quedaba el rey cuando venía a Barcelona. Se lo trasladamos al responsable de comunicación de TV3 y este pidió ver el documental. Supongo que después de visionarlo fue directo a dirección a advertir de que era peligroso, porque se frenó en seco». 

A partir de ahí, los autores entran en un periodo que recuerdan con dolor, en el que sienten que su profesionalidad se pone en entredicho, y no terminan de comprender las verdaderas razones por las que la cinta no puede emitirse.

Armengou relata cómo se precipitaron los hechos: «Enseguida nos llamaron de la dirección de la televisión, que ocupaba Mònica Terribas, y la explicación que nos dieron es que no era lo que esperaban. Nos sorprende porque llevábamos meses trabajando en ello, pero nos dicen que no se puede emitir así. Y ahí entramos en un bucle muy doloroso porque nunca se nos dijo de una manera clara cuál era el problema. Si quizás hubo algún tipo de llamada o presión, no se nos trasladó, siempre se puso el énfasis en que eso de esa manera no podía salir». Ambos recuerdan los siguientes meses como una pesadilla, con constantes subidas al despacho de dirección. 

El caso llega a la comisión de control de la ahora denominada Corporació Catalana de Mitjans Audiovisuals del Parlament, donde la directora de TV3 defiende que la emisión del documental ha sido suspendida «porque requiere de un enfoque distinto». Mònica Terribas asegura ante la comisión parlamentaria que «la televisión pública debe plantear el debate dando libertad al ciudadano y cuando responda a estos criterios se tirará adelante». 

La explicación oficial se centra en que el trabajo no está a la altura de las exigencias de la cadena. Los autores, de larga y premiada trayectoria, no dan crédito. Armengou se niega a creer tal argumento: «Llevábamos muchos años haciendo documentales, con una gran aceptación, con reconocimientos nacionales e internacionales, y que justo en este tema lo hiciéramos tan mal como para que no se pudiera emitir no se lo tragaba nadie. Puedo asegurar que este fue posiblemente uno de los trabajos más equilibrados de nuestra carrera, con posturas a favor y en contra, en la misma proporción. Ni siquiera entrábamos a plantear un problema de posible corrupción del que nos hablaban algunos interlocutores. En el Parlamento balear se había preguntado sobre el caso Nóos y no quisimos entrar en esa cuestión. Nos autocensuramos porque sabíamos que estábamos ante un tema tabú. Pero conseguimos mucho y en el año 2010 habríamos sido pioneros con un documental así. Se perdió una oportunidad de oro, porque para cuando se emitió ya había estallado todo y se le había echado demasiada agua al vino». 

Trabajado a lo largo de 2009, el documental recoge la que sería probablemente la última entrevista con Sabino Fernández Campo, que se suma en el bando de los defensores a nombres destacados como Luis María Anson, Paul Preston, Gregorio Peces-Barba, Santiago Carrillo o Simeón II de Bulgaria. Entre los republicanos, expresaban su posición Joan Tardà, Iñaki Anasagasti, Amadeo Martínez Inglés o Toni Albà. Estuvieron a punto de conseguir que participara Mario Conde, pero en el último momento, y con la cita ya cerrada, canceló misteriosamente la entrevista. 

Los autores se esforzaron, desde luego, por equilibrar el documental con todas las posiciones. Pero «el enfoque» no terminaba de gustar. Hicieron cambios, pero tampoco pasó el filtro. Les pidieron una nueva versión y amenazaron con negarse a poner su firma, según cuenta Belis: «Dijimos que podían cambiarlo más, pero nosotros no lo firmaríamos. Y se nos negó ese derecho. Si no llevaba nuestra firma, no salía. Tuvimos que llamar a los entrevistados para explicarles que no se iba a emitir y entre los republicanos empezaron a hacer ruido». Llegaron a organizarse manifestaciones en la plaza de Sant Jaume. Después de varios meses de lavados y retoques sin que el trabajo quedara listo para su visionado público, fue guardado en un cajón. 

Monarquía o república vio la luz, finalmente, dos años después, en 2012, cuando tras el caso Nóos, la cacería de Botsuana y las primeras grandes movilizaciones independentistas en Cataluña, la mentalidad respecto a la monarquía era ya muy diferente. Justo antes de que cambiara la dirección de TV3, se emitió el trabajo de Armengou y Belis, quienes consideran que pese a todo «no podía quedar en un cajón como censurado». A ambos les cuesta incluso recordar el episodio más doloroso de su carrera. «Que la directora de tu cadena diga en sede parlamentaria que el tuyo no es un buen trabajo duele mucho —subraya Armengou—. Se nos hizo mucho daño y nunca se nos explicó realmente qué pasó.»El blindaje de la Corona implica evitar informaciones o minimizar escándalos, aunque al final resulten incontenibles. Antes de que estallara el caso Nóos, Juan Luis Galiacho sufrió una censura directa de una exclusiva. El periodista de investigación fue el primero en hablar sobre el caso Urdangarin, pero la información fue eliminada de un plumazo. 

Una mañana de junio de 2010, Galiacho se encontraba en los estudios de la cadena Cope en Madrid. En medio del programa matinal en el que participaba dijo que tenía «un bombazo». Ante la expectación generada apuntó que «podía ser la primera vez que se investigara a la Casa Real». El periodista había tenido acceso al primer auto del juez José Castro, que ordenaba investigar la empresa de Iñaki Urdangarin. Inmediatamente el titular saltó a la web de la emisora, destacado como exclusiva. Pero no duró ni dos minutos. Galiacho cree que el presidente de la COPE estuvo detrás de tan rápida maniobra: «Alfonso Coronel de Palma me lo censuró. Lo mandó quitar el presidente de la cadena, que tenía relación directa con la Casa Real, pues su hermano es cuñado de Marichalar».

No ha sido la única traba que ha encontrado Juan Luis Galiacho para poder informar sobre asuntos incómodos para la familia real: «Cuando preparaba Los herederos del gran poderquise hablar sobre Iñaki Urdangarin y no me dejaron. No querían que hubiera un capítulo que mirara a la Zarzuela. Tuve que recurrir a figuras retóricas. Aludiendo a “los otros borbones” y fórmulas similares conseguí calzarlo en las últimas páginas. En España los grandes temas de investigación se han contado en los libros, que era donde podíamos publicar lo que nuestros medios no nos permitían. Saber, se sabía todo, se tenía, pero luego no se publicaba».


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