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I+D+I
Infertilidad

Cuando no se puede, siempre nos quedará la ciencia


Casi 800.000 parejas españolas, una de cada seis, tienen dificultades para concebir hijos. Muchas de ellas recurren a alguno de los 172 centros especializados de nuestro país. Sólo en 2006 han nacido 12.000 bebés por diferentes métodos de reproducción asistida. Mientras esta especialidad médica se ha transformado en un negocio –tener un niño en un centro privado puede costar hasta 25.000 euros–, expertos consultados por Magazine ofrecen sus consejos para que no fracase el método natural. Entre ellos, no obsesionarse, practicar algún deporte y «hacerlo» durante la ovulación en días alternos.
Elmundo.es 8 de enero de 2007 Enviar a un amigo
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Carmen y José salen de la clínica cogidos de la mano, sonrientes y hablándose al oído. Carmen tiene 38 años y José 36. Ella es infértil. Lo supo antes de casarse. Él, un tipo cachas al que le gusta subir montañas, tiene los espermatozoides perezosos. Que sean vagos no es culpa de nadie. Puede que del estrés y la vida moderna, quién sabe. El caso es que «así no había manera...», bromea Carmen entre risas a pie de acera. Como si de pronto los malos ratos vividos se hubieran esfumado de su joven memoria. Al fin y al cabo, hoy es un día grande para ambos. Después de dos tratamientos fallidos de fecundación in vitro, Carmen está por fin embarazada. Y lo de menos, tercia José, es el sexo de su futura criatura. «No hemos pasado por este calvario, ella sobre todo, por el capricho de tener un niño o una niña. Lo único que queremos es ser padres... Como todo dios».

Ellos son una más de las 800.000 parejas españolas –una de cada seis– que, según la Sociedad Española de Fertilidad, tienen dificultades para concebir hijos. Casi 200.000 más que seis años atrás. Sin embargo, no se trata de un fenómeno puramente español. De hecho, a nivel mundial los problemas de fertilidad afectan al 15% de las parejas. Y el porcentaje no para de crecer.

Pero no hay que desanimarse. La buena noticia es que el 30,7% de las que hoy se someten a técnicas de reproducción asistida consiguen un embarazo. Un éxito superior incluso al del método natural, pues de cada 100 parejas sin problemas de fertilidad que intentan procrear por sí mismas, sólo 25 lo consiguen el primer mes. Tal vez ha sido así desde el principio de los tiempos. O quizás sea porque nuestras semillas (óvulos y espermatozoides) han ido a peor con los años. De todo hay. Lo cierto es que, desde el nacimiento de Victoria-Anna Sánchez, el primer bebé español concebido en una probeta del Instituto Dexeus de Barcelona en 1984, las clínicas de fertilización –155 privadas y 27 públicas– se han convertido en templos de esperanza para quienes aspiran a la paternidad. Jóvenes y no tan jóvenes, como Ana Rosa Quintana (alumbró mellizos a punto de cumplir los 49 años), Madonna (tuvo su segundo hijo con 41) o Geena Davis (dió a luz gemelos con 48) y muchas otras mujeres anónimas han podido ser madres pasados los 40. Un sueño y también un lucrativo negocio.

Cada ciclo o tratamiento de fecundación cuesta alrededor de 4.200 euros, a los que hay que sumar 2.400 de medicación. Y lo peor es que no siempre se canta ¡eureka! a la primera. A veces pueden ser necesarios hasta seis ciclos para conseguir el ansiado embarazo. Carmen, preñada al tercer intento, se dejó algo más de 25.000 euros. Y aunque no le duele, dice, su enorme deseo de ser madre la ha empeñado para unos añitos. «Con los 800 euros que gano en el supermercado, malamente pago el crédito que tuve que pedir al banco».

La otra opción, más lenta y traumática, es acudir a un hospital de la red sanitaria pública y esperar turno. Todo gratis, eso sí. El inconveniente es que hay que ponerse a la cola: tres o cuatro años de espera para iniciar el proceso. Demasiado tiempo quizás para una mujer cuyo horizonte fértil se va difuminando con el paso del tiempo. Porque a partir de los 35 años, cuando las españolas más solicitan la fecundación asistida, las células germinales entran en declive: la oportunidad de embarazo es menor y el riesgo de aborto y de defectos congénitos en los bebés aumenta. «Esto se debe, en muchos casos, a la mala calidad de los embriones. No hay milagros. Es una de las facturas más dolorosas que ha de pagar la mujer», explica Alfonso de la Fuente, director del Instituto Europeo de Infertilidad.

La edad de la mujer, aunque se piense lo contrario, no es el único elemento que desencadena la infertilidad. Las causas más comunes por las que las parejas recurren a la probeta se distribuyen a partes iguales: el hombre es responsable en un 40% de los casos; otro 40% se debe a la mujer, y el 20% restante, a los dos.

A Eugenio, 38 años, casado desde hace dos, le tranquiliza este reparto. Tiene fresco el día en que a su mujer le dijeron que no podría tener hijos porque su semen no valía. Fue hace siete meses. «Me quedé helado. Mudo. Me sentí el hombre más inútil de la Tierra. Lo hablé con un amigo que había pasado por lo mismo y me dijo que a él también le afectó. No me extrañó nada... Siempre iba de macho con las tías».

Eugenio tuvo que tragarse el orgullo. La única opción que le quedaba para ser padre estaba dentro de un bidón de acero, a 196 grados bajo cero. «Al ver aquellas bolitas blancas metidas en una especie de pajitas, como las de los refrescos, lo primero que me vino a la cabeza fue un pensamiento de rechazo. ‘¿De quién sería aquel semen?’, me pregunté. ‘¿Estaría sano el hombre?’. Ahora estoy feliz, pero al principio tienes muchas dudas», remata el peluquero, a quien la paternidad, prevista para Reyes, le ha hecho olvidar los momentos de incertidumbre. Suele ocurrir. «El hombre, cuando el problema es suyo, lo encaja peor que la mujer. Se siente más culpable. Los hay incluso que confunden su infertilidad con la impotencia», aclara la doctora Silvia Lobo.

Bajón psicológico

El despacho en el que Lobo recibe en la clínica Ginefiv de Madrid, una de las más renombradas de la ciudad, es una mezcla de confesionario y gabinete psicológico. «Atención al paciente», reza en el cartel de la puerta. Esta doctora lleva una década al lado de las parejas. Y en ese tiempo, dice, ha visto de todo. A unas felices, y a otras que se derrumban después de haber fracasado tras el primer intento de fecundación. «Hay mujeres que no quieren salir de casa, hablar con la gente, ni siquiera ver a la familia». Es la peor parte del tratamiento. Cuando ya sólo queda aferrarse a las palabras. Entonces Lobo se transforma. Deja a un lado la bata blanca y se convierte en esa amiga inesperada. Visita a las pacientes, queda con ellas para pasear, las anima, hace que cada una se sienta como una futura madre. «Jamás doy por perdida una pareja», dice con orgullo.

En la pared de su modesto despacho, cargado de láminas de anatomía en color que usa para enseñar el proceso de la fecundación asistida a las parejas, cuelgan las pruebas. Decenas de fotografías de niños cuyos padres han sufrido lo suyo para traerlos al mundo. Y entre ellas, la de un pequeño robusto y de ojos grandes, en la que se lee: «Gracias por haberme ayudado a nacer. Lian». El número de Lianes crece de manera imparable. Tres de cada 100 niños nacidos el año pasado en España –unos 12.000 en total, según el Instituto Valenciano de Infertilidad– son hijos de la ciencia.

El nacimiento, en 1978, de Louise Brown marcó el despegue de la fecundación artificial en el planeta. La historia de esta niña probeta inglesa se había iniciado el año anterior cuando sus padres, Lesley y John Brown, para ver realizado su deseo de tener hijos, decidieron probar una nueva técnica experimental en la que llevaban años trabajando dos científicos ingleses, Patrick Steptoe y Robert Edwards. La idea consistía en utilizar el esperma de John para fertilizar un óvulo extraído a su esposa mediante un método de cultivo especial. Y funcionó.

Louise fue concebida en una probeta en noviembre de 1977 (hace ya 29 años) y nació el 25 de julio de 1978 en el Kershaw Hospital de Oldham (Inglaterra). Comenzaba así la era de la fecundación in vitro, una era prodigiosa que ha alumbrado más de 1,5 millones de niños en todo el mundo, según la Sociedad Europea de Reproducción Humana, entre ellos más de 100.000 españoles.

De todo sexo y condición. Bebés de lesbianas, de casadas, de viudas o de vírgenes embarazadas por inseminación... ¿Dónde está límite? ¿Será la clonación el siguiente paso? «No hay que llegar a tanto», dice tajante la doctora Victoria Verdú, de Ginefiv. «Está próximo el día en el que podremos congelar los óvulos y madurarlos sin necesidad de medicamentos. Esto va a ayudar a cientos o miles de mujeres que puedan quedar estériles después de una quimio o una radioterapia contra el cáncer, y a aquéllas que por cualquier motivo deseen retrasar su maternidad».

Y no sólo eso. «Se está estudiando la forma de madurar los espermatozoides de manera artificial e incluso in vivo, trasplantando células de varones a testículos de animales. Puede parecer ficción pero a largo plazo quizá se consiga».

De hecho, la investigación con animales podría dar la clave. Un equipo de científicos liderado por el biólogo Tim Karr, de la Universidad británica de Bath, ha logrado identificar 381 proteínas en el esperma de la mosca de la fruta (Drosophila melanogaster), cuyas versiones son comparables en los humanos y en los ratones, lo que, en declaraciones de los investigadores a la revista Nature Genetics, podría ayudar a explicar algunos de los misterios de la infertilidad.

Más edad

Pero no son únicamente cuestiones científicas las que explicarían el problema. Si en 1987 el porcentaje de mujeres que daba a luz después de los 35 años era del 10,9% del total, en 2003 ya se había multiplicado por dos (21,5%). Y a partir de esa edad (35-40 años), cada nuevo cumpleaños supone menor tasa de embarazos. Los óvulos van a menos en calidad y cantidad. Y los espermatozoides, pese a gozar de mayor longevidad, se vuelven en cierta manera más perezosos. No hay marcha atrás. La posibilidad de un embarazo natural en estos casos es sólo del 5%. Aunque no siempre se cumple la regla. «Puede haber mujeres que a los 40 tengan la misma probabilidad que otras de 35», puntualiza el doctor Juan G. Álvarez, director del Centro de Infertilidad Androgen de A Coruña. «Esto va a depender sobre todo de la idiosincrasia genética de cada mujer y de cómo se haya cuidado a lo largo de la vida», añade el especialista, autor, además, de Cómo vencer la infertilidad (La Esfera de los Libros) y, desde 1992, profesor de biología reproductiva de la Harvard Medical School, de Boston.

Isabel, murciana de origen pero criada en Barcelona, tenía claro que lo de ser madre le llegaría tarde. Antes quería sacar adelante su empresa de bisutería y reponerse de algún que otro fracaso sentimental. «Ya tocaba», dice. Con 41 años, pareja recién estrenada y la adopción de una niña en marcha, Isabel se está preparando para acoger por segunda vez en su vientre el fruto de un embrión fecundado con el esperma de su novio.

El óvulo lo puso de forma anónima una inmigrante polaca de 28 años. Y para evitar males mayores, Isabel ha pasado por lo que se conoce como diagnóstico preimplantacional, una nueva técnica aprobada recientemente en España con la que se consigue reducir ampliamente los abortos debidos a alteraciones cromosómicas o enfermedades hereditarias. «Llevo gastado un capital en médicos. Menudo negocio. Si no fuera porque es mi última oportunidad de parir un hijo...».

El precio

Isabel tiene un enfado monumental. Hace dos años que pidió consulta en un hospital de la Seguridad Social y aún está esperando a que le den cita. Según sus cálculos, ya se ha gastado 24.000 euros en clínicas privadas. «Algunas te venden fantasías. Te dicen que todo va ir muy bien y muy rápido y luego ves que no es así. Influye mucho la suerte. No todos los cuerpos son iguales, ni tampoco los médicos. Los hay que te cobran hasta por respirar en la consulta».

La otra solución es ponerse en manos de la sanidad pública, con el agravante de que la espera va de 18 meses a tres años. Actualmente, cerca de 10.000 mujeres están pendientes de que se les atienda en una de las 27 unidades de reproducción asistida del Sistema Nacional de Salud.

Pero si no le convence tanta espera, no le quedará más remedio que correr con todos los gastos de la sanidad privada, como hace la mayoría, teniendo en cuenta que el servicio público de salud no le reembolsará después ni un mísero euro. A fin de cuentas, España no es Australia, el único país del mundo donde el Estado se hace cargo de los gastos sin límite alguno (y a la vez, uno de los más críticos con los métodos de captación de pacientes).

«Este es un sector dominado por el marketing», explica el profesor de Ética Médica Amin Abboud, de la Universidad australiana de Nueva Gales del Sur. «Los médicos se dedican a vocear sus tasas de éxitos y su tecnología avanzada con el propósito de convencer a parejas infértiles, dispuestas a pagar grandes sumas de dinero con tal de tener un niño».

Amin sustenta sus palabras en un reciente estudio científico, In vitro fertilisation for unexplained subfertility (Fertilización in vitro para una baja fertilidad no explicada), publicado en 2005, en el que se sostiene que la fecundación in vitro no es más eficaz que otros tratamientos. Dice más: muchas parejas que recurren a esta técnica podrían concebir de manera natural con sólo tener paciencia. Incluso, añade el informe, entre las mujeres de 35 a 39 años, el grupo más difícil, se dan embarazos en el plazo de dos años en nueve de cada 10 casos.

Madres abuelas

La posibilidad abierta por las técnicas de reproducción asistida –que incluso convierten en madres a mujeres postmenopáusicas– y el empeño de algunos médicos en batir récords ha alumbrado uno de los fenómenos más polémicos de la reproducción artificial humana: el de las madres-abuelas.

Primero fueron las de 40, pero luego esa edad fue aumentando, hasta superar la barrera de los 60 años. Esta carrera por conseguir el embarazo más tardío se dio sobre todo en Italia y tuvo como principal protagonista al ginecólogo Severino Antinori, quien en 1994 entró en el libro Guiness de los récords cuando una de sus pacientes, Rosanna Della Corte, tuvo un niño a los 63 años, un récord que, sin embargo, se ha visto superado posteriormente.

En abril de 2003 una mujer india de 65 años dio a luz a un niño tras serle implantado un embrión de su sobrina. Y, en enero de 2005, la rumana Adriana Iliescu se convirtió en madre primeriza a los 67 años. Sus deseos de alumbrar hijos cuando su edad es la más indicada para atender nietos sigue siendo fuente de graves conflictos éticos y legales.

A Carmen, José o Isabel poco les dicen estas historias. Tampoco quieren saber de récords ni aspiran a figurar con sus nombres en ningún libro. «Yo sólo quiero verle la carita a mi hijo», subraya Carmen, aunque para ello tenga que empeñarse. Es el precio de ser hoy madre.


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