miércoles,27 octubre 2021
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Azul del cielo más allá de nubes y de tormentas

El Envés
Más allá de todas las penalidades que nos afectan, el cielo nunca deja de resplandecer. A veces, el cielo se nos muestra completamente azul, mientras que otras, lo ocultan la niebla, las tormentas o las nubes. Pero el cielo azul sigue estando ahí/allí, en torno, aunque puede parecer oculto tras las nubes de la ignorancia o la tempestad del enfado, la violencia y el miedo

En estas dos semanas de duelo que estamos padeciendo con nuestros hijos y amigos, es natural que busquemos algo de luz en los viejos maestros y en la sabiduría más sencilla y alcanzable para cualquier ser humano; y más en estos momentos de sufrimiento imposibles de contar ni de explicar ni casi de creer que son una realidad y no una pesadilla de la que habremos de despertar… en vano. (Todavía, muchas noches me levanto para beber agua y voy de puntillas para no hacer ruido y que no se despierte; y al meterme en la cama, aún me cobijo en la ilusión de que me encuentro dentro de una pesadilla de la habré de despertar… y siento mis mejillas húmedas mientras trato de respirar consciente y adecuadamente.)

Por eso, entre el silencio, los paseos, la meditación, el traslado de casa y las lecturas que me apetecen y sosiegan están estas palabras del maestro tibetano Thich Nhat Hanh, del que algunas veces os he contado algunas de sus reflexiones. Escribo para mis amigos rdm, por eso me atrevo a compartir con ellos lo que nos pueda procurar alivio en esta necesaria elaboración del duelo.

Más allá de todas las penalidades que nos afectan, el cielo nunca deja de resplandecer. A veces, el cielo se nos muestra completamente azul, mientras que otras, lo ocultan la niebla, las tormentas o las nubes. Pero el cielo azul sigue estando ahí/allí, en torno, aunque puede parecer oculto tras las nubes de la ignorancia o la tempestad del enfado, la violencia y el miedo. Pero la plena consciencia, el aprender a respirar bien, a concentrarnos en el caminar y en lo que algunos modernos llaman mindfulness y que no es sino ser conscientes de nosotros mismos, de la realidad, de los demás, del entorno, de nuestras ocupaciones y de la amenazada naturaleza.

La plena consciencia, sabia y prudentemente compartida con verdaderos maestros en gran parte de las tradiciones espirituales, religiosas o de la sabiduría natural en los pueblos de los más diversos tiempos, ayuda a cobrar conciencia de que, por más nublado, brumoso o tormentoso que sea el día, el cielo azul siempre se halla presente más allá de las nubes y las dificultades, por duras que sean.

Tenemos que recomenzar cada día porque ayer ya pasó, el futuro es una hipótesis de trabajo y lo que cuenta es el aquí y el ahora, el saberse ( de sapere, degustar) y aceptarse, reconocerse y quererse a uno mismo y a los demás en los personales procesos de transformación porque, con Hegel, somos lo que no somos, sino lo que estamos siendo. De ahí, que debamos esforzarnos en admitir nuestras transgresiones, y bañarnos en las aguas de las más importantes tradiciones espirituales que afirman la necesidad de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Procurar desprendernos de todo odio, resentimiento y orgullo o malentendidos para empezar, una vez más, con una mente fresca y un corazón renovado y “a la escucha”, como dijo el joven Salomón cuando en sueños se le ofreció que pidiera lo que más quisiera y él dijo: “Leb shomá, Adonai, El Saddai” o Dame, Señor, un corazón a la escucha.

Todo lo que hemos estado buscando, de una u otra forma, puede ser encontrado en el momento presente. Es posible llegar a percibir, aquí y ahora, ese mundo mejor, más solidario, justo y comprensivo, con nuestros ojos, nuestros pies, nuestros brazos y nuestra mente. La condición indispensable es liberarnos de nuestros miedos, de la desesperación, del enfado y de los apegos. La práctica de la plena consciencia nos permite reconocer la presencia de la nube, la niebla, y la tormenta sin olvidarnos del cielo azul que se oculta detrás de ellos. Tenemos la suficiente inteligencia, valor y estabilidad para expandir nuestras capacidades y las de todos aquellos que “compartimos el medio en el que vivimos, nos movemos y somos”, lo puso Lucas en boca de Pablo.

Cuando sabemos cómo mirar con ojos misericordiosos a los demás, y cómo sonreírles con la comprensión, estamos contribuyendo a que se manifieste una sociedad renovada, solidaria y bien anclada en esta tierra de la que formamos parte integral. Y cuando aprendemos a respirar conscientemente, estamos contribuyendo a esa transformación o metanoia, de la que hablan los sabios por experiencia propia. No se trata de “arrepentimientos por culpas o no digamos pecados”, sino de una auténtica transformación, que es el significado de metanoiete que alguien tradujo hace siglos por “hacer penitencia: penitemini”. Buena nos la armó y por desgracia, mucho influyó en el desarrollo de estas sociedades en las que padecieron y padecimos tantos seres humanos durante siglos de “progreso” y “desarrollo” social y económico. Durante más de 40 años dediqué gran parte de mi vida a estos temas al desarrollar mi asignatura “Historia del pensamiento político, económico y social”, trufado de fantasías, mitos, pseudo religiones y tabúes sin fin. Aún ahora padecemos el poder de los “banksters” y de los “poderes fácticos” de turno.

No podemos dejarnos vencer por la desesperación, el desaliento, el conformismo y no digamos ya la desesperación. No. Hoy es siempre todavía, porque podemos si creemos que podemos; tantas veces me habéis escuchado en clase o leído en libros y artículos que cuando una persona cabal, anhela algo apasionadamente termina por conseguirlo, de una forma o de otra. Pensemos en el auténtico significado de cabal, anhelar y apasionadamente (de patior).

Sí, yo así lo quiero creer y aprender de los sabios que han sido y que en el mundo existen, quizás más cerca de lo que pensamos. No juzguemos a la ligera ni confundamos los términos del lenguaje, de las costumbres, religiones o de las modas. Volemos más alto, más lejos y en nuestro propio medio social y ambiental.

La desesperación es la gran tentación de nuestra época. Aislados somos vulnerables y tenemos miedo. Hasta confundimos temor, algo sano y prudente, con miedo a lo desconocido o trapichondeado (valga el palabro). Si nos creemos una gota de agua nos evaporaremos antes de llegar al océano; pero si nos acercamos como lo hace un río, es decir, si lo hacemos como una comunidad de seres vivos, animales y humanos, medio ambiente y sus formas, seremos como un río que se sabe océano. Eso es, como la ola que se sabe mar y océano y cosmos. El mar no tiene olas.

Todos podemos servirnos de algo que nos recuerde (pasar de nuevo por el corazón, cor-cordis) que el cielo azul sigue siempre con nosotros. Que vale la pena aprovechar las oportunidades de dolor, sufrimiento, triunfos o logros … para recuperar nuestra auténtica personalidad. Al sabernos uno con todo, con todos y con el medio en el que “vivimos, nos movemos y somos”. La desesperación no puede entrar en nuestros proyectos y proyecciones por dura que sea la prueba por la que, personalmente o como comunidad social, estemos pasando.

“Inclínate junco mientras pasa la riada”.

 

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