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A aquel que consuela. Cómo superar la muerte de un ser querido


No se debe olvidar que los procesos de duelo por la muerte de un ser querido no pueden ahorrarse ni precipitarse. Cerrados en falso, acaban convirtiéndose en fuente de perniciosas patologías. Aquí no cabe recurrir a recetas mágicas que nos ahorren el dolor de la separación.
El Envés 16 de julio de 2019 Enviar a un amigo
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“A aquél que consuela”
Cómo superar la muerte de un ser querido
Superar el duelo por la muerte de un ser querido no es nada fácil. Afrontar una pérdida nunca es sencillo de encarar. Toda despedida nos requiere de un tiempo para acostumbrarnos a la nueva situación.
A lo largo de la vida, hemos comprendido que ésta es una permanente despedida: decimos adiós a nuestra infancia, a nuestra juventud, a metas que soñamos y jamás alcanzamos, a unos hijos que llenan de alegría y esperanza nuestros hogares y que, alcanzada su madurez, los abandonan para formar el suyo propio, nos despedimos del vigor del que hemos disfrutado en algunas épocas y que, con el paso del tiempo, nos va abandonando de forma tan imparable como imperceptible.
Que todo ello va acompañado de un cierto grado de dolor parece innegable. Hay que aprender a convivir con él y a tratar de transformarlo, poco a poco, en parte de nuestra biografía, en una vivencia que configura nuestro yo y conforma nuestra identidad. Porque si es verdad que las despedidas nos introducen en los predios de las angustias y las incertidumbres, no es menos cierto que los seres humanos atesoramos capacidades que nos permiten elaborarlas para proseguir más fuertes y más maduros nuestro camino, para crecer hacia el interior y alcanzar una más clara conciencia de nuestras posibilidades y de nuestras limitaciones.
Los adioses más tristes, las despedidas más penosas a las que nos enfrentamos los seres humanos, son aquellas que ponen el punto final a la presencia de quienes amamos y por quienes nos sentimos queridos. La muerte de un ser querido es un trance por el que, más pronto o más tarde, todos vamos pasando. No conozco a nadie, sobre todo entre aquellos que han alcanzado esa edad que llamamos madurez, que no haya saboreado ese cáliz de amargura que supone, para la mayoría de los mortales, la muerte de familiares o amigos.
La separación definitiva e irremediable de personas con las que mantuvimos vínculos emocionales poderosos, de seres queridos que nos confortaban con su sola presencia y ocupaban un lugar de privilegio en las mejores estancias de nuestro corazón, constituye una experiencia universal de tintes ciertamente dramáticos.
La muerte, en efecto, como hecho biológico que pone punto final a la vida, es en sí mismo un acontecimiento traumático que desencadena una sucesión de pensamientos y de reacciones impregnadas de una fortísima carga emocional. De nada sirve ignorarlo.
Algunas muertes sobrevienen como resultado de un proceso natural que va anticipando, paulatinamente, en forma de disminución de vigor físico o decadencia psicológica, el desenlace definitivo. Aunque sumamente penosa, porque nos obliga a asistir en primera fila al declive imparable de una persona muy cercana a nuestros afectos, la muerte de un ser querido muy anciano o con una grave enfermedad degenerativa es generalmente bien aceptada como acto final de un proceso vital al que nadie puede sustraerse. El acompañamiento al ser querido que finalmente nos abandona, nos ha permitido adelantar, de alguna manera, el duelo, aminorando así la profundidad de la herida cuando se produce el desenlace definitivo.
Otras muertes, sin embargo, por inesperadaspoco naturales, en función de la edad en que se producen, o traumáticas, atendiendo al cómo acontecieron, dejan heridas profundísimas y de difícil cicatrización. Tienden a seguir sangrando al ritmo que marcan ciertos «tiempos fuertes» como cumpleaños, fiestas señaladas o eventos familiares que avivan la memoria del difunto.
Son estas muertes inesperadas o traumáticas (y en especial, los suicidios) las que nos sumergen en un pozo de dolor, nos desgarran el alma, interrumpen de forma brusca el natural fluir de nuestra existencia, nos envuelven en las sombras del desconcierto y, sobre todo en los momentos iniciales, paralizan nuestra vida e introducen en nuestro ánimo la insidiosa creencia de que ésta ha perdido parte de su sentido.
Superar la muerte de un ser querido sólo es posible desde una auténtica experiencia de duelo. Señalan algunos autores que sólo así podremos incorporarnos al gran ciclo vital humano que significa nacer y morir, decir adiós a lo que acaba y a quienes nos abandonan, y saludar, al mismo tiempo, a la vida que continúa y se renueva permanentemente empujándonos hacia el futuro.
La muerte, aunque pueda parecer contradictorio, es la otra cara de la vida. Involucra al difunto y a quienes le sobreviven en una de las más profundas experiencias: la que reconoce por igual el carácter inapelable y, al margen de las creencias religiosas, definitivo de la muerte y, al mismo tiempo, la continuidad imparable de la vida. Reconocernos como parte de este proceso constituye una de las tareas más complejas, más dolorosas y, consecuentemente, más difíciles de cuantas debemos afrontar a lo largo de nuestras vidas.
Muy a pesar de que en nuestras sociedades postmodernas existe una tendencia cada vez más generalizada a ocultar la muerte, a desterrarla de nuestros entornos más familiares, a negarla, en la medida de lo posible, desde que existe la cultura humana los hombres han recurrido a ritos funerarios que les ayudaban a tomar conciencia de la desaparición del difunto y de los retos de reestructuración que ésta implicaba para su entorno. Cumplen, pues, una importante función. Permiten, por un lado, cerrar el tipo de vinculación mantenido hasta ahora y buscar otro modelo de relación con el fallecido que nos permita tenerlo presente de forma no traumática, de forma serena, como alguien que formó parte de nuestras vidas y cuyo recuerdo nos reconforta. Alguien que no pretendemos borrar de nuestra existencia, sino que irá ocupando, poco a poco, su lugar en el libro de nuestra memoria y en el santuario donde siempre están presentes aquellos a quienes hemos amado.
Pero el proceso de duelo por la muerte de un ser querido no se reduce a los ritos funerarios. Se inicia con ellos y se prolongará a lo largo del tiempo. Si se vive con serenidad y madurez, ayudará a reconciliarse con la vida, a encontrar razones para seguir adelante y a recuperar ilusiones que nos empujen a encarar con esperanza el futuro.
Porque el difunto por significativo que haya sido el papel que haya ocupado en nuestro universo emocional, es una parte muy importante de nuestra vida, pero sería insano hacer de él el eje en torno al cual ha de girar toda ella. Traicionaríamos a quienes siguen estando a nuestro lado y a quienes debemos afecto y solicitud si, por una fidelidad mal entendida hacia el que partió, debilitamos los lazos que nos ligan a nuestros más próximos, perdemos interés por cuanto les concierne y hacemos del fallecido el centro de nuestras conversaciones, de nuestras emociones y de nuestros recuerdos.
Esto, que puede ser natural cuando pierdes a alguien, en los momentos iniciales del duelo, se convierte en disfuncional y patológico cuando se prolonga indefinidamente en el tiempo mucho más allá de lo que sensatamente puede estimarse como razonable.
En algunas tumbas de la antigua Mesopotamia se encontraron, junto a los difuntos, unas pequeñas vasijas en las que se habían recogido las lágrimas vertidas por ellos. En este acto o ritual tan simple se reconocía el significado emocional de la pérdida, de la muerte de un ser querido, del profundo dolor que ésta había causado a los supervivientes, muy certeramente simbolizado en las lágrimas enterradas, el palmario reconocimiento de una profundísima aflicción. Pero al abandonar las lágrimas junto al muerto, expresaban también un inequívoco mensaje de amor a la vida. Sepultando junto al cadáver las lágrimas por él derramadas, probablemente daban por cerrado un capítulo doloroso de sus vidas. Lo importante a partir de ahora sería ya el futuro.
Enterrado el muerto, se inicia una nueva etapa que exigirá capacidad de adaptación, fortaleza para superar la tentación del abatimiento y confianza en que será posible recuperar la estabilidad emocional y los deseos de abrirse, de nuevo, a las llamadas de la vida.
Los profesionales que han dedicado más atención al estudio del duelo por la muerte de un ser querido apuntan algunas pistas que pueden ayudar a adaptarse a las pérdidas y a reorganizar las vidas personales o de los sistemas familiares que han podido quedar desestructuradas tras el fallecimiento del ser amado. Es necesario darse permiso para expresar y compartir toda esa catarata de sentimientos, a veces contradictorios –tristeza, enfado, ira, decepción, alivio, rabia, depresión- que se hacen presentes, por regla general, tras el fallecimiento de alguien que haya significado mucho para quienes le sobreviven. Darse permiso para estar mal, necesitado de consuelo, vulnerable. Aceptar, reconocer y compartir todo ese torbellino de emociones es el primer movimiento que permitirá situar al difunto en una nueva dimensión y ayudará a ir superando la amargura de su pérdida.
Cuando se prohíbe, más o menos expresamente, que afloren los sentimientos más negativos o más dolorosos con el pretexto de que así se protege a los más débiles emocionalmente o en la falsa creencia de que lo que no se expresa no hace daño, se comete un grave error. Los duelos silenciados, aplazados o disimulados suelen ser más difíciles de superar y, con mucha frecuencia, se manifiestan, como alerta Reilly, en conductas sintomáticas.
Porque no se trata de olvidar, ni mucho menos de borrar de nuestra conciencia el recuerdo de quienes nos abandonaron. Se trata de que ocupen un nuevo espacio que nos permita hacerlos presentes con naturalidad, con paz, con serenidad y hasta con gratitud por tantos momentos de vida compartidos, por tanto, intercambio de afectos y de cariños, por tantos inolvidables recuerdos que los mantendrán siempre vivos en nuestra memoria.
Es profundamente terapéutico hablar con naturalidad de la persona fallecida y admitir que el hecho de que ya no esté físicamente a nuestro lado no quiere en absoluto decir que no vaya a ocupar para siempre un lugar en nuestro corazón y en el rincón mejor cuidado de nuestro universo afectivo.
En cualquier caso, un duelo sano exige el esfuerzo por retomar cuanto antes las actividades cotidianas y recuperar los hábitos y las costumbres que se habían venido manteniendo.
En algunos casos, la idealización del muerto, la sensación de fracaso, el miedo irracional a otras pérdidas o la creencia de estar traicionando su memoria cuando tratamos de recuperar las ganas de vivir o cuando experimentamos de nuevo una tenue alegría o notamos que se ha asomado a nuestro rostro un atisbo de sonrisa, nos puede dificultar el esfuerzo por mantener los vínculos con familiares y amigos y seguir con nuestros compromisos.
Pensar que ya todo se ha acabado porque una persona querida ha fallecido es una falsa idea que debe ser revisada. Tampoco conduce a ningún sitio, salvo a la desesperación o la impotencia, caer en dinámicas auto inculpadoras o perderse en un laberinto sin salida en busca de razones que expliquen por qué una muerte de un ser querido nos haya podido coger más de sorpresa.
Tanto organizar la vida en torno a la memoria del difunto como idealizar su recuerdo, convirtiendo el hogar en una especie de capilla donde sus fotos o los objetos que nos lo hacen presente lo invadan todo, son una forma de evocación inadecuada que conduce al sufrimiento estéril y un tanto patológico. La clave está en llegar a comprender que lo verdaderamente sano es normalizar la vida, integrando en ella, con la mayor naturalidad que sea posible, el luctuoso suceso que nos ha sobrevenido.
No es fácil, en cualquier caso, el manejo sano de las despedidas, sobre todo de algunas despedidas. Se impone la paciencia con uno mismo y la disposición a no quemar etapas, a darse tiempo. Dicen los psicólogos expertos en esta materia que los procesos de elaboración del duelo por la muerte de un ser querido duran, por lo común, de uno a dos años.
Sólo cuando estos plazos se prolongan más de lo razonable o la vivencia de la pérdida mantiene la intensidad de los primeros momentos, podremos pensar que estamos rozando lo patológico y aconsejar recurrir a la ayuda de los profesionales de la Psicología.
En cualquier caso, no se debe olvidar que los procesos de duelo por la muerte de un ser querido no pueden ahorrarse ni precipitarse. Cerrados en falso, acaban convirtiéndose en fuente de perniciosas patologías. Aquí no cabe recurrir a recetas mágicas que nos ahorren el dolor de la separación. Habrá que confiar en el valor analgésico del paso del tiempo y en sus efectos terapéuticos.
No está de más, en este sentido, concluir con una reveladora anécdota protagonizada por Voltaire: cuentan que este gran filósofo ilustrado, tras haber perdido a su único hijo, estuvo a punto de morir de dolor. Una buena amiga encargó que le confeccionaran una lista con todos los reyes que habían perdido a sus hijos y, cuando dispuso de ella, se la leyó, en cuanto tuvo ocasión, al filósofo. Éste la escuchó con atención y le pareció muy exacta…, pero no por eso dejó de llorar.
Pasado algún tiempo, volvieron a verse y ambos se asombraron al comprobar que su ánimo estaba mucho más sereno y hasta volvían a hacerse presentes algunas expresiones de finísimo humor. De común acuerdo hicieron erigir una estatua al Tiempo que en su pedestal llevaba grabada la siguiente inscripción: «A aquél que consuela». No creo que Voltaire hubiera olvidado a su hijo. Pienso más bien que, con el transcurrir de los días, había ido integrando su pérdida. Había encontrado, probablemente, la fórmula de cómo superar la muerte del ser querido, que le permitía convivir con su dolor y hacer compatible una forma nueva de presencia del hijo amado con un reencontrado apego a la vida que, para él, todavía continuaba.
José Carlos Gª Fajardo, en duelo por su esposa Valle, ha querido aprovechar y difundir este magnífico trabajo de J. J. RUIZ, Terapeuta familiar, publicado en A VIVIR.
 

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