domingo,22 mayo 2022
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Con Fray Luis de León en la Universidad de Salamanca, siglo XVI

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En mis viajes por el tiempo no podía faltar una visita a alguna universidad. Pensé inicialmente en trasladarme al siglo XIII y conversar con alguno de los grandes maestros de sus centros recién fundados.La cultura tradicional, que durante siglos habían mantenido los monjes en los conventos, más como puros copistas que como partícipes en el pensamiento de la época, había ya desembocado en la creación de las primeras Universidades o Estudios Generales, dependientes de las órdenes mendicantes.

Las primeras universidades europeas se habían establecido en Salerno, Bolonia, Montpellier, París, Modena u Oxford. En la Península sólo existían las universidades de Palencia, Salamanca, Valencia y Sevilla.  Ya sabemos que, incluso en esos primeros tiempos, los estudios en las diversas universidades no se limitaban, en exclusiva, a doctrina o filosofía. En muchas se incorporan las enseñanzas del trivium (gramática, retórica, dialéctica) y del quatrivium (aritmética, geometría, música y astronomía, más rudimentos de física, química y medicina).

Pero las universidades (inicialmente Estudios Generales) nacen vinculadas a la Iglesia, que trata de controlar así la evolución de las ideas para evitar perversiones indeseables. En París, en 1210 un sínodo episcopal había prohibido los comentarios de Averroes a textos de Aristóteles. En 1215 los nuevos estatutos de la Universidad prohíben la enseñanza de la filosofía aristotélica, aunque en París se reúnen muchos de sus seguidores. En 1270, el obispo de París, Tempier, ha hecho pública una lista de trece proposiciones que no pueden enseñarse. En 1277 habrá aumentado hasta doscientas diecinueve.

Con estos antecedentes y tras barajar opciones, cambié mi plan inicial de ir a la Universidad de París en el siglo XIII por la de Salamanca a finales del XVI, lo que me permitiría conversar con un catedrático indómito como Fray Luis de León.

Salamanca en 1570 tendría unos 25.000 habitantes, menos de 3.000 «pecheros» que pagaban impuestos, unos 1.000 hidalgos y del orden de 7.000 estudiantes en su prestigiosa Universidad, fundada en 1244, es decir hace más de tres siglos. En aquellas fechas la Universidad disponía de once cátedras de Filosofía y Lógica, diez de Cánones, diecisiete de Gramática y Retórica, siete de Medicina, siete de Teología, cuatro de Griego, dos de Hebreo y Caldeo, una de Música y una de Astronomía.

Desde hace cinco años una de las cátedras de Teología, la Durando, la desempeña Fray Luis de León.Para empezar, también él descendía de judíos conversos y era indomable en la defensa de sus convicciones, algunas de ellas no demasiado ortodoxas para el pensamiento de la época, lo que terminaría dando lugar a un proceso por parte de la Santa Inquisición.

En la Universidad de Salamanca, donde él es catedrático, hay una gran pugna doctrinal (e incluso personal) entre agustinos, su Orden, y dominicos. En 1571, dos dominicos lo denuncian a la Inquisición (que maneja su Orden) por presuntas desviaciones heréticas. Desmenuzarán durante cinco años el texto de sus lecciones de clase y las proposiciones incluidas en la polémica Biblia de Vatablo, que él ha contribuido a editar en Salamanca . Se trataba, en último término, de acabar con la tendencia de una interpretación bíblica abierta que se defendía cada vez más en la Universidad. En 1577 reanuda, por fin absuelto en un largo proceso de 1.750 días, sus clases en Salamanca con esa frase que ha hecho historia: “Decíamos ayer…”.

Para comentar estos y otros acontecimientos había solicitado una entrevista con Fray Luis, que me esperaba en el Colegio Mayor de San Bartolomé. Tras las presentaciones y saludos habituales, le pregunté directamente por estos enfrentamientos. La respuesta fue tajante:

-Desde hace tiempo tengo desavenencias públicas con dominicos y jerónimos, en especial por disputas en mi oposición de cátedra y en mis juicios como miembro de los tribunales posteriores en que intervine, aparte de ciertas discrepancias ideológicas. Pero lo que verdaderamente se dilucidan no son asuntos de fe sino más bien rencillas de cátedra, amores propios heridos y, por supuesto, dineros contantes y sonantes. Enemigos míos son esos ganapanes, felices con los doscientos ducados, más otros gajes e influencias que les proporciona la cátedra, a cambio de farfullar lecciones rutinarias. Individuos que después que han habido sus cátedras no tienen cuidado de estudiar ni aprovechar a los estudiantes.

Los doscientos ducados de una cátedra en Salamanca no eran, desde luego, ninguna cantidad despreciable. Como referencia inmediata, el propio Fray Luis había reconocido que muchos estudiantes de Salamanca vivían con sólo un par de ducados al mes.

En la conversación salieron  otros múltiples temas, como la alta proporción de religiosos; la comparación entre la Universidad de Salamanca y otras nacionales y extranjeras; o los recuerdos de su tesis doctoral y de su oposición a cátedra.

Según admitió Fray Luis, las vocaciones religiosas muchas veces eran simple motivo de supervivencia. En un latín macarrónico, un dicho popular conocido decía que “si arribas al monacatum, garbanzum aseguratum”. Pero además, para una familia acomodada la vía religiosa era norma social el utilizarla para segundones e hijas. El mayorazgo, al concentrar todos los bienes de una herencia indivisible, era toda una garantía para el primogénito, pero los otros hijos varones debían buscarse la vida y para las hijas era preciso disponer de una buena dote para su casamiento. Más barato era una dote para un monasterio.

Conocía Fray Luis el caso de la Madre Teresa de Jesus, que entró a las carmelitas de Ávila con una dote de 200 ducados. Lo cierto es que por auténtica vocación o por razones de supervivencia era bastante factible que en una familia con tres o cuatro hijos, como era habitual, al menos uno siguiera carrera religiosa, bien en la iglesia secular o en la regular (reglada) de las diferentes ordenes de monasterios y conventos. En total se calcula que en España habría unos 40.000 curas, 25.000 frailes y otras tantas monjas.

Respecto a la comparación entre Universidades, Fray Luis admitía el prestigio internacional de la de la Sorbona, con sus nuevos métodos de enseñanza, al que llaman «modus parisiense». Comparativamente reconocía que allí se realizaba una enseñanza más personalizada, estimulando la participación de los alumnos con todo tipo de preguntas. Además, los costes por asistir a sus clases eran comparativamente más baratos, promoviendo el acceso de gentes de toda condición, nobles o plebeyos.

La indignación de Fray Luis llegó a un alto punto cuando pasó a comentar el decreto por el que, ya hace unos años, se prohibía a los españoles estudiar en universidades extranjeras. A pesar de todo, algunos nuevos vientos parece que soplaban en las universidades españolas de más reciente creación, como la de Alcalá. Fray Luis, que había estudiado en ella, ponderaba la visión del Cardenal Cisneros al establecerla, y destacaba que la mayoría de los maestros admiraban y seguían en sus enseñanzas a Erasmo de Rótterdam, el principal de los humanistas y una fuente de ideas renovadoras.

En mi caso y como profesor universitario, estaba interesado en los recuerdos de Fray Luis sobre su tesis y su oposición a cátedra.

-Mira, hijo mío, mi graduación la tuve a los treinta y tres años aquí en Salamanca y según las normas tradicionales de pasar la noche en vigilia en la capilla de Santa Bárbara. Al alba y ante los maestros defendí mis proposiciones, durante toda la mañana y parte de la tarde, en relación con mi tesis sobre el Libro de las sentencias de Pedro Lombardo. Al final los maestros mostraron sus bolas de votación y todas llevaban la letra A, no habiendo ninguna R de reprobado. Salí, como era costumbre por la puerta grande de la catedral, escoltado por maestros y amigos con seis trompetas y otros tantos atabales según autorizan los estatutos de la Universidad. Renuncié, en cambio, al también habitual caballo ricamente enjaezado, así como a que se corriesen toros. No hubo comida con los examinadores ya que cuando el grado es de Sagrada Teología se sustituye, por respeto, con un tanto en dinero.

-¿Y en relación con la cátedra? -le pregunté.

-La cátedra fue harina de otro costal. Aquel mismo año oposité a la de Biblia, a la que nos presentamos ocho candidatos, y no fui elegido. Un año y medio después me presenté, con otros seis opositores, a la de Teología dedicada a Santo Tomás y la obtuve con mucho exceso de votos: 108 frente a los 55 del segundo. Algunos de mis contrincantes eran dominicos y nunca me perdonaron mi plática final en que me despaché a gusto contra ellos, aparte de que conmigo perdían el casi monopolio que tenía su orden en Salamanca. Hace cinco años decidí presentarme a la cátedra Durando que gané frente al candidato dominico. Ahora entenderá por qué puedo tener algún proceso futuro por parte de “su” Santa Inquisición.

Al terminar este breve relato de mi entrevista virtual con Fray Luis no puedo dejar de pensar en que aquella docta Salamanca de que hablaban, tenía poco que ver con la situación cultural de la España profunda, en que la mayoría de la población seguía siendo analfabeta. Peor aún; aprender a leer y escribir costaba unos cuatro reales por niño y mes, es decir unos 5 escudos al año, cifra fuera de las posibilidades de la mayoría de las familias.

Como Teresa de Jesús está también en Salamanca, no pienso perder la oportunidad de hablar también con esta mística, más cercana a la gestión empresarial de lo que muchos suponen. Pero eso será otro día.

Antonio Pulido twitter.com/PsrA 

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