viernes,19 agosto 2022
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Humor y Comunicación Política

¿Cuándo llegará el Humor a la Política?

Humor y Comunicación Política
¿A que necesitamos humor en la vida política? Si definimos una necesidad como la distancia que existe entre la situación tal como la vivimos y tal como nos gustaría vivirla, desde luego que acertamos al decir que el humor es uno de los factores que faltan en la comunicación política actual.

También lo echamos de menos en muchos sectores de la sociedad en los que debería estar presente. Y aquí incluyo la televisión. Todos los días podemos ver programas en los que los presentadores piensan creen que tienen gracia, pero la deben de tener tan escondida que parece como si se tratara de crear un ambiente en el que el público estuviera condicionado para reírse y aplaudir. La única excepción que encuentro es el humor de El Gran Wyoming. En el digital La Voz Libre, ya me he ocupado sobre el fenómeno de este presentador.

Desde luego, mala comunicación política es la de los políticos que intentan pasar como humor la mercancía del humor de pantomima. Es un recurso propio de quienes piensan que tienen gracia y carecen de ella.

La política exige un humor de cierta altura intelectual. Es más, los políticos deberían aprender lo que aconsejaba el gran Baltasar Gracián: “tener buenos repentes”. En una época en la que los medios imponen su ley, los empresarios, los políticos, los clérigos, los militares han de adaptarse a los “soundbites” o “bocados de sonido”, es decir, a intervenciones de 9 segundos. Pueden estar seguros de que, si practican esta modalidad de hablar, saldrán en los medios. Si no, los que editen lo programas podrán prescindir de ellos. Pues bien, escojan ustedes cualquier día, cualquier momento del día, cualquier político de cualquier partido, y después de escucharles, cuenten si han visto un destello de humor en cualquier de sus declaraciones. No creo ser injusto si me adelanto a sus respuestas y exclamo «¡Qué horror tan ridículo!»

¿Cómo lograr exponer una idea en 9 segundos?

Afortunadamente, el asunto está inventado desde hace muchos años. Sobre todo, en las grandes comedias de cine norteamericanas. Me refiero a los “wisecracks”, las réplicas vivaces e ingeniosas, las «agudezas y arte de ingenio», tal como las llamaba Baltasar Gracián, que sirven para hacer pensar, para refutar un argumento, para ridiculizar una posición, para pinchar a los pomposos, vacuos, ridículos e impostores.

Hay una gran paradoja en las réplicas inteligentes. Los “wisecracks” en el cine resultaban muy “sexys”, porque suprimían las referencias sexuales explícitas. Por eso, cuando a partir de 1968, el sexo se hizo explícito verbal y visualmente, desapareció casi todo el humor en el cine. Yo había intuido esto hacía tiempo- tampoco hay que estrujarse el cerebro para comprobarlo-, pero me lo confirmó un Prólogo de Rosemarie Jarski, una de las mayores expertas en “wisecracks” (Jarski, 1998).

Entre las réplicas inteligentes de los políticos, la que prefiero es de Winston Churchill: «Hitler pensó que Inglaterra era un pollo al que iba a retorcer el cuello. Pues ¡qué pollo! Y ¡qué cuello!». 

Y también aquélla de Franklin Delano Roosevelt cuando le preguntaron en una rueda de prensa sobre los títulos valores. «La situación es ésta: Un 6% de propietarios tienen el 96% de los valores. Es como si la cola de 6 pulgadas de un perro tuviera que tirar de las 96 pulgadas restantes. ¡Desde luego que esa cola tendría una gran potencia!».

Algunos autores norteamericanos se han dedicado a sistematizar las mejores opiniones humorísticas de sus senadores y Presidentes. Desde luego, todas ellas podrían incluirse en Diccionarios de Citas (Blaider, 2005; Yarwood, 2004; Pine, 2002). Sin embargo, cuando Yarwood ha teorizado sobre el humor para interpretar su gran trabajo de recolección de anécdotas, el resultado ha sido un simple intento. Parece preferir a Peter Berger no porque sus ideas sobre el humor sean importantes, sino porque ha sido el último autor que se ha ocupado del humor. Mejor dicho, de repetir las teorías sobre el humor (Yarwood, 2004: 5-17). De esta manera, ha incurrido en lo que David Hackett Fischer llamaba «falacia de la novedad», que consiste en apelar a la modernidad, a lo más reciente o a la juventud. No hay una conexión causal o lógica necesaria entre modernidad y excelencia.

Creo que Yarwood hubiera logrado más profundidad si hubiera seguido la línea de Koestler, que expuse el otro día. Y desde luego, prefiero el libro Treasury of Humor, de Isaac Asimov. ¡Qué gran libro!. Y lo que son las cosas: Cuando pedí permiso a la Editorial para publicar un capítulo de este libro en un número especial de CIC Cuadernos de Información y Comunicación, dedicado al Humor, la Editorial exigió una cantidad tan exagerada que tuve que desistir. ¡Y eso que el libro llevaba bastantes años sin editarse!. Pensé en escribir a la viuda de Asimov para que intermediase con la Editorial, pero rechacé la idea, porque si la Editorial se mostraba inflexible, yo hubiera contribuido a que la viuda se llevase un gran disgusto. Seguro que ella quería que los pueblos que hablan español conociesen mejor las ideas de su marido. Y sin embargo, los dólares lo impedían.

Conviene ver dos series excelentes de humor: Sí, Ministro y Sí, Primer Minisro

En mis clases de Comunicación Política, animo continuamente a los estudiantes a que se dediquen a la política, si ven que tienen capacidades para hacer planes y programas que beneficien a todos. Y les recomiendo que vean todos los capítulos de Sí, Ministro y Sí, Primer Ministro, a las que ya me he referido en mi artículo anterior. Los guionistas de esa serie fueron Jonathan Lynn y Anthony Jay. Crearon varios personajes que están a la altura de los de las grandes obras clásicas e, incluso, en muchos casos, los superan. Sobre todo, Sir Humphrey Appleby, el Secretario Permanente, un auténtico maestro en salidas ingeniosas. También, el Ministro de Asuntos Administrativos y después Primer Ministro, James Hacker y su Secretario Privado, Bernard Woolley.

Los títulos de estas series son las palabras con las que pronuncian Sir Humphrey Appleby y/o Bernard Woolley al final de cada episodio respondiendo a las intervenciones de James Hacker.

La BBC emitió las dos series entre 1980 y 1988. Tuvieron un éxito tan extraordinario que las programaron también televisiones de 85 países (Ahora es fácil adquirir estos episodios en DVD). Después, los guionistas, Jonathan Lynn y Anthony Jay, novelaron los guiones. Y de nuevo, el éxito fue extraordinario. Durante tres años estuvieron en las listas de los diez libros más vendidos.

La Editorial Ultramar tradujo las novelas con los siguientes títulos: Sí, Ministro, Sí Presidente y No, Presidente (estos dos últimos, poco afortunados, pues en el Reino Unido no hay Presidente de Gobierno, sino Primer Ministro).

Sí Ministro consta de 21 Episodios; Sí, Primer Ministro, de 17. Es decir, sólo 38 episodios que, comparados con el número de los que componen las series de televisión de éxito, parecen conformar un número muy reducido. Hay dos diferencias fundamentales entre los episodios de televisión y la versión novelada de éstos: a) los autores acuden al recurso de los diarios que dejaron James Hacker y Sir Humphrey Appelby y a las entrevistas que realizaron al superviviente Sir Bernard Wooley; b) los autores comentan, entre corchetes, lo que les parece en muchos momentos el lenguaje y la acción de los personajes. Es decir, la metacomunicación, tal como la entendieron Paul Watzlawick, Janet Beavin y Don Jackson, en su libro Pragmática de la Comunicación humana. Los autores establecen una comunicación con el lector –lo cual que no ocurre en los episodios de televisión- para indicarnos cómo debemos tomar los contenidos de los personajes.

No quiero ser exhaustivo ni exagerado en mi juicio, pero considero que esta serie puede informar y formar más sobre la Política y sobre la Comunicación Política que la inmensa mayoría de los libros que sobre estos temas estudian los alumnos de los diversos niveles de la enseñanza. 

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