jueves,28 octubre 2021
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Sesión en la Real Academia de Doctores de España

Dieciséis años después del 11-S, no hay soluciones seguras contra el fuego en rascacielos

Redacción
Dieciséis años después del desastre de las Torres Gemelas, a pesar de las medidas que se toman, no hay solución contra el fuego en un rascacielos, porque el diseño contra este elemento está como hace 30 años, según los expertos que han participado en la sesión "Qué derribó las Torres Gemelas", organizada por la Real Academia de Doctores de España

Al exponer los detalles del atentado cometido por los terroristas islamistas, José María Martínez-Val Peñalosa, Presidente de la Sección de Ingeniería de la RADE, destacó uno de especial trascendencia: uno de los aviones que se estrelló contra una de las torres, a unos 750 kilómetros por hora, llevaba una carga de unos 10.000 galones estadounidenses (38.000  litros) de combustible.

 

Una teoría de la conspiración extendió la posibilidad de que hubiera explosivos en las torres. Pero, en realidad, como apuntó Martínez-Val, al haber mucha densidad de energía disponible, los incendios fueron caóticos por la desproporción entre los efectos y los daños. El análisis científico, de acuerdo con las conclusiones del NIST (National Institute of Science and Technology), basados en el conocimiento previo de la resistencia de los metales y los efectos sobre ellos de las altas temperaturas, condujo a la explicación oficial: la alta temperatura generada por los incendios provocados en ambos edificios provocó el fallo de los elementos estructurales de acero, ya debilitados por los impactos de los aviones.

 

La causa última del desastre, como subrayó el académico, fue que a 600 grados centígrados el acero se deforma y, al sobrepasar esa temperatura, fluye como plastilina hasta romperse y, como concluyó el NIST, la estructura desapareció. Lo que diferencia los incendios de las Torres Gemelas es la carga de fuego que aportan los hidrocarburos que contenían los dos aviones, afirmó Martínez-Val.

 

Alertas sin resolver

 

Un acontecimiento de estas características “generó y genera un buen número de alertas, que no están resueltas a día de hoy”, manifestó Antonio Mas-Guindal Lafarga, profesor titular del Departamento de Estructuras y Física de Edificación, de la Universidad Poflitécnica de Madrid.

 

Los edificios actuales, prosiguió este experto, siguen siendo de hormigón armado y pretensado de acero, sin que existan en el horizonte materiales nuevos, y ambos han condicionado el tipo y el número de plantas. No ha habido grandes descubrimientos en el terreno de la mecánica estructural, precisó, aunque sí un gran avance en la capacidad de modelización y análisis.

 

Mencionó Mas-Guindal varios factores que conducen a que un edificio en altura se desestabilice: que no esté bien diseñada su estabilidad, la acción del viento y de los sismos, el vuelco, el accidente y el atentado. Nunca se pensó que esto pudiera suceder en las Torres Gemelas, pero el ataque terrorista pulverizó en pocas horas cualquier pronóstico o previsión, dijo. Los dos edificios estaban dotados de tres tanques de agua de 18.500 metros cúbicos en previsión de incendio. Pero, ni esta ni ninguna de las previsiones que existían sirvió de nada.

 

Al preguntarse él mismo ¿por qué cayeron las torres?, respondió: “Estaban diseñadas a viento y para el impacto de un avión comercial convencional; pero no para las consecuencias de un fuego prolongado, cuyo efecto sobre el acero a tensión lo plastifica en pocos momentos y reduce drásticamente su rigidez. A ello hay que sumar el impacto, la explosión y el fuego. En mi opinión, y al margen de las informaciones vertidas en los medios de comunicación, el causante fue la deflagración producida por el fuel del avión preparado para un largo recorrido. Las fuerzas de elasticidad del impacto excedían la capacidad de carga de la torre por ser de otro orden de magnitud. Hubiera habido tiempo suficiente para evacuarla de no haber fundido pilares importantes en la planta 60, que ocasionaron inestabilidad en las cuarenta y cincuenta que actuaron desaplomadas causando un vuelco imposible de ser contrarrestado por los pilares perimetrales, que debieron independizarse de la fachada por el tipo de unión y el núcleo”.

 

Las medidas que existen no tienen garantías

 

El diseño a fuego en los edificios está como hace 30 años, añadió Mas-Guindal, y este fatal suceso llevará sin duda a producir nuevas investigaciones. “Pero no hay solución al fuego en un rascacielos. Existen medidas, pero nunca garantizadas”, sentenció.

 

Para resumir, el ponente afirmó que deberán diseñarse edificios con otra sensibilidad en las soluciones. Se requiere otra habilidad en el diseño de la estructura y los nuevos materiales abren una era distinta y aportarán soluciones innovadoras. Ha habido adelantos, admitió, pero quedan pendientes muchos problemas de interacción en el diseño, como la posición de ascensores, escaleras y núcleos para determinar el centro de masas y el de esfuerzos cortantes. Siguen latentes los problemas de evacuación y de extinción de un fuego, que no están resueltos porque son inherentes a la escala y la altura, y no al material.

 

Antes de terminar, Mas-Guindal hizo una advertencia inquietante: toda persona que entre en un edificio alto debe saber que tiene un coeficiente de riesgo superior a uno bajo. “No hay soluciones ante el fuego en ningún tipo de material y estructura”. Lo prudente, señaló, sería no edificar en altura ante posibles tragedias por un error fortuito, un incendio no provocado, como el del Winsor de Madrid, o provocado, “pero sería igual que no fabricar trenes AVE por su posible choque, prohibir la Fórmula 1, o tomar un avión. El hombre siempre se ha movido por actividades de riesgo”.

 

En el coloquio, el doctor Amable Liñán, académico electo de la RADE y reconocido experto internacional en materia de combustión, indicó que el impacto del avión sobre una estructura que no estaba preparada para esa eventualidad favoreció la dispersión de la importante masa de queroseno que llevaban las aeronaves, tanto por la zona de la colisión como por los canales de ventilación, huecos de ascensores y espacios verticales. La fuente de ignición estaba garantizada por el impacto, y la llama debió ser de difusión, producida por el lento proceso necesario para que se mezclaran el combustible líquido con el oxígeno del aire. Todo ello causó el desastre, que era inevitable: al arder la gran masa de combustible, se calentó y debilitó la estructura metálica, lo que originó el fallo por bandeo.

 

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