jueves,21 octubre 2021
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El G-20 intenta evitar otra crisis global

Infolítico
El grupo de los 20 países más desarrollados y emergentes, casi el 85% de la economía mundial, intenta hoy y mañana, en su cumbre anual de Cannes, evitar el contagio de la crisis griega y europea al resto del mundo, mediante una acción más coordinada para el crecimiento global. Es muy improbable que lo logre.

Para ello haría falta un gobierno mundial de la globalización, una integración política a mayor escala, mientras la lograda por la eurozona y la UE encallan de nuevo ante la tragedia de Grecia, donde el anuncio de referéndum para diciembre se ha topado con la suspensión de la ayuda europea e internacional. Pero los intereses económicos en juego, señalados por el compás de espera de los mercados, tratarán de encontrar el consenso necesario para impedir una recaída en el agujero de 2008, del que solo han escapado hasta ahora los países emergentes.

Esta cumbre política informal, precedida como las últimas de la UE por otra del eurogrupo, tiene ya más alcance y poder efectivo que las asambleas formales de la ONU. Además de participar los 20 jefes de Estado o de gobierno de dicho grupo del Fondo Monetario Internacional (FMI), acuden representantes de otros diez países invitados, entre ellos el presidente del Gobierno español, de las instituciones financieras internacionales y de grandes empresas y sindicatos, reunidos en foros paralelos. Pero hasta ahora no ha logrado gobernar la globalización, que se enfrenta por falta de una regulación mundial a una crisis similar a la que provocó la recesión del 2008 y la consiguiente necesidad de una coordinación de inyecciones monetarias y fiscales. Entonces impidieron el paso de la recesión a la depresión, aunque introdujeron a Europa en su actual crisis de deuda, iniciada cuando hace casi dos años se descubrió que Grecia debía cerca de 300.000 millones (el 120% de su PIB), el doble de lo reconocido públicamente.

Al intentar desde entonces sucesivos rescates condicionados a ajustes fiscales que han elevado aquella deuda al 150% del PIB, la eurozona y el conjunto de la UE ha mostrado una debilidad nada exclusiva, pues hoy se extiende a toda la economía global: falta un gobierno europeo y, además, un gobierno mundial. El problema es que las alternativas que se configuran en los dos niveles son imitaciones de gobiernos económicos. No solo la eurozona o el conjunto de la UE seguirán instaladas en esta crisis mientras no avancen en la unidad política. Similar problema afecta al conjunto del mundo, pues esta crisis no responde a los modelos clásicos de la economía. Es sobre todo una crisis de gobierno o regulación de la última oleada globalizadora.

Efectivamente, resulta demasiado simplista endilgar a la actual crisis su origen en las hipotecas norteamericanas de alto riesgo, la burbuja financiera propiciada por la especulación, la deuda u otras derivadas. El nuevo paradigma científico de la complejidad y el caos se ciñe como anillo al dedo a explicaciones mucho mas acordes con la realidad de creciente interdependencia, a respuestas más estructurales y holísticas, a soluciones que se extiendan al todo además de a sus principales partes y relaciones.

Aunque no hay unanimidad en las interpretaciones más al uso de las crisis económicas, porque –razones de ideología aparte– tampoco todas las crisis son iguales, cada vez se impone con más claridad la importancia que tienen en su actual configuración los elementos políticos:

La actual dista de ser una crisis meramente shumpeteriana, atribuida a la aparición de innovaciones capaces de desplazar a las producciones basadas en tecnologías anticuadas. Al contrario, mas que ser la innovación una causa, todo parece indicar que puede y debe precipitar su salida, como ya ocurrió con claridad tras la recesión de los años setenta, cuando se crearon incentivos suficientes para que estallara a continuación la revolución digital con el fin de sustituir paulatinamente la economía tradicional de la materia movida por la energía por la nueva economía de la información movida por el conocimiento. No son casuales los temores a una segunda burbuja de las TICS, ahora auspiciada por la web 2.0. Los calentones de precios del petróleo y otras materias primas y alimentos incentivan ahora tanto o más que entonces los grandes cambios en ciernes respecto a la energía y sus redes, la biotecnología y la genética, con grandes implicaciones en salud y alimentación.

Tampoco es una crisis solo de carácter keynesiano, debida a desajustes entre la demanda y la oferta, ante lo cual la receta era que el gobierno debe de frenar o impulsar la demanda para evitar o inflación (en el primer caso) o deflación y paro (en el segundo). Los desajustes a los que hemos asistido en los últimos años residen más en el ahorro y la inversión real que en las administraciones públicas y sus deudas, aunque al final hayan sido estos últimos su manifestación más ostentosa y el motivo de casi todo el debate político.

Menos todavía podemos hablar con pleno rigor de una crisis marxista, resultado de la caída de la tasa de ganancia del capital instalado o de desajustes entre sectores productores de bienes de capital, de producción o de consumo, que pueden dar lugar a sobreproducción o subconsumo. Si hemos visto cierta caída de la tasa de ganancia bancaria, cuya reconversión para curarse de los excesos de la desregulación ha contaminado como otras veces al conjunto de la economía, o la generalización de problemas en una parte de las pequeñas y medianas empresas. Pero esa no ha sido la única ni principal causa, sino quizá un acelerador-transmisor aún más importante que el propio de la revolución digital. Las acciones de los grandes grupos cotizados en las bolsas registran máximos históricos de beneficios por acción, además de expectativas de que se mantendrán durante el próximo año, a pesar de que en la ultima semana primero Alemania y después los EEUU hayan coincidido en recortar a la mitad sus respectivas previsiones de crecimiento económico (ambas a un entorno del 1%) por efecto de la crisis europea, mientras que la OCDE casi mantiene las globales en el 3,8%, si bien condicionadas a la resolución de la crisis del euro.

Esta crisis tiene mucho mas que ver con las atribuidas a la regulación. A esas situaciones en que las respuestas institucionales crean un fuerte desequilibrio entre las distintas esferas de actividad y consumo, hasta el punto de necesitar de nuevas normas e instituciones para superarlas. Dicen los teóricos de esta ultima perspectiva que, mientras esa falta de respuesta se registra, el sistema económico entra en fase de creciente inestabilidad, en cada vez más frecuentes episodios problemáticos.

Mas que a la irrupción de nuevas tecnologías capaces de dejar obsoleto el sistema productivo, más que a políticas desequilibradoras de demanda y oferta (déficits fiscales fuertes o tipos de interés bajos) o que la contraen demasiado (por fiscalidad abusiva o tipos altos), todo parece indicar que la creciente brecha de desigualdad y los desequilibrios entre la inversión y el consumo han roto un patrón de distribución del excedente, aunque sin impedir el proceso de acumulación ni evitar que los intereses de los nuevos actores coincidan con la regulación del sistema. Lo que se ha dado es una conjugación de diversos de esos procesos al mismo tiempo.

La convierte en mayor el haber afectado a las tres dimensiones de las finanzas, al devenir en la más política de las crisis financieras. Pero las finanzas, pese a su empuje, no son más que un espejo de acumulación y gestión de los flujos reales de renta y poder, gracias a sus funciones de control de la eficiencia técnica y asignativa, a los que han unido la redistribuidora de los recursos, cada vez más haciendo competencia a unos estados cuyos líderes los han entregado a los leones del actual circo global.

Aunque desde la política no se le haya puesto suficiente freno, todos sentimos cada vez mas la actual deriva como una cuestión de interdependencia. Unos reiteramos que si cae Grecia, caerá el euro y toda la UE. Pero también tiene muchas bazas de afectar esa suerte a toda la economía mundial. Hay, por tanto, que agradecerle al inspirador del ultimo disparate griego que ponga este hecho en evidencia con la máxima crudeza, cuando el G-20 va a iniciar hoy jueves en Cannes su ultima reunión anual.

Si de verdad busca soluciones efectivas, este G-20 tendrá que reunirse más, como en el 2008 y 2009. Y además de reunirse, llegar a acuerdos. Y además, institucionalizados. Y además, crear instituciones útiles. Y al fin que esas entidades funcionen como un efectivo gobierno mundial.

No es tan difícil como parece, siempre que no haga como los dos últimos años, al evitar las cumbres al máximo nivel para aparentar una ilusoria normalidad. Pueden y deben utilizar como embrión un FMI del que un G-20 fortalecido se convierta en poder ejecutivo. Pero hará falta también la integración de otros instrumentos o poderes políticos: el legislativo, el judicial. También de contrapoderes que funcionen y no se instalen en el fracaso del FMI, que acaba de reconocer que desde el 2000 al 2007 no solo fue incapaz de oler y analizar los riesgos de esta crisis, sino que incluso alentó la burbuja. Pero al menos esa institución global reconoce su fracaso. La prensa ni siquiera es global, como tampoco la política, aunque urge que ambos den también el paso necesario. Que avance la necesaria conciencia de efectiva interdependencia mundial.

Si llegara a fracasar totalmente este G-20, el mundo volvería al siglo XIX, aunque con una estructuración del poder o de las instituciones mucho mas deficiente que entonces, por tanto con mayores conflictos económicos y políticos. Devaluaciones competitivas y proteccionismo por doquier para buscar salidas nacionales. El capital hizo entonces su internacional, mientras fracasaba la del trabajo.

Tras una de las diversas reuniones ministeriales que han precedido a esta cumbre decíamos que el clamor para que la eurozona y la UE se salven no se había traducido en apoyos multilaterales, sino en la más política de las crisis financieras. Pero ahora el riesgo global es mayor que cuando hace un año se celebraba la prevista Cumbre del G-20 en Seúl. Entonces se había extendido el temor global a una guerra de divisas y las principales tesis previas mantenidas por los grandes medios eran la ruptura de G-20, el fracaso de la reunión sin mas consecuencias, o el acuerdo para la vuelta a algún tipo de patrón monetario con el oro de referencia. Si entonces impidieron con los mínimos y difíciles consensos sortear aquella amenaza de extensión del proteccionismo, ahora no tienen mas remedio que afrontar el problema del contagio del referéndum griego a toda la eurozona y la UE, avanzando en la reforma del sistema financiero internacional, el mercado de divisas, los flujos de capital y la creación de una tasa sobre transacciones financieras que frene el actual capitalismo de casino desreglado y sirva para pagar parte de los efectos de las crisis bancarias provocadas por burbujas especulativas.

 

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