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Paley, Lamarck, Vico y el Génesis

El orden natural y la complejidad, 1: Paley


En una serie de posts (sobre Paley, Lamarck, Vico, y el Génesis) examinaremos la noción de orden natural en su relación con el desarrollo del pensamiento evolucionista. Mostramos primero la debilidad inherente al argumento creacionista de William Paley, preparando el terreno para centrarnos en una intuición central para la teoría evolucionista: la idea de que la racionalidad requiere que los fenómenos complejos vayan precedidos por fenómenos simples, y que deriven de ellos.
Vanity Fea 30 de marzo de 2019 Enviar a un amigo
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El orden natural y la complejidad (Paley, Lamarck, Vico, y el Génesis). 1. Paley
 
Examinamos aquí la noción de orden natural en su relación con el desarrollo del pensamiento evolucionista. Mostraremos primero la debilidad inherente al argumento creacionista de William Paley, preparando el terreno para centrarnos en una intuición central para la teoría evolucionista: la idea de que la racionalidad requiere que los fenómenos complejos vayan precedidos por fenómenos simples, y que deriven de ellos. En próximas entregas examinaremos el desarrollo de esta noción en la biología evolucionista de Lamarck y en el evolucionismo cultural de Vico. Un examen considerado de la Gran Cadena del Ser y de los relatos míticos de creación como el Génesis nos muestra que esta racionalidad se asienta en formas de pensamiento previas al evolucionismo—es decir, que el pensamiento complejo de la teoría evolucionista deriva de nociones más simples, proto-evolucionistas, que pueden hallarse en sitios tan remotos como los mitos de origen creacionistas. Comentaremos también, en relación a la obra de Vico, los problemas perspectivísticos inherentes al estudio del desarrollo del pensamiento evolucionista, en concreto la distorsión retroactiva.
 
El orden natural y la complejidad:
1. Paley

En su obra Natural Theology (1802) William Paley expone el razonamiento básico de lo que era el creacionismo generalmente aceptado en sus días, y de lo que hoy es la llamada teoría del "diseño inteligente"—que como teoría científica está, por tanto, a la altura de 1802. Y ya por entonces Paley no era un vanguardista, precisamente. El célebre razonamiento de Paley para justificar el diseño inteligente comienza con este ejemplo. Imaginemos que paseando encontramos una piedra, y nos preguntamos, cómo es que está allí la piedra. No parece absurda la respuesta que dice que la piedra está allí "desde siempre", que simplemente "está allí". Pero que si, en cambio, encontramos un reloj, esa respuesta es absurda. No podemos decir que "el reloj está allí desde siempre" porque en un reloj reconocemos orden, diseño, una inteligencia que lo ha fabricado. Por tanto nos preguntamos cuándo lo fabricó, cuándo lo puso allí, estudiamos el funcionamiento de sus piezas y "para qué" son así, etc. Reconoceríamos en el reloj la obra de un artífice. Ahora bien, continúa Paley, si descubriésemos que el reloj era mucho más complejo de lo que habíamos pensado, y viésemos que era capaz de fabricar él mismo otros relojes como él, no renunciaríamos al razonamiento anterior, ni nos contentaríamos con decir "ah, bueno, entonces el reloj estaba allí porque lo había hecho otro reloj". Antes bien, supondríamos que el artífice que construyó el reloj original era mucho más hábil e inteligente de lo que habíamos creído en primer lugar. Sigamos su razonamiento durante un par de párrafos.

 
"Aunque ahora ya no sea probable que el reloj concreto que había encontrado nuestro observador haya sido hecho directamente por la mano de un artífice, sin embargo esta alteración no afecta en modo alguno a la inferencia de que en un origen había habido un artífice que había trabajado y se había cuidado de la producción. El argumento basado en el diseño permanece como era. Los indicios de diseño y de agenciamiento no quedan más explicados ahora de lo que lo estaban antes. En la misma cosa, podemos preguntar por la causa de diferentes propiedades. Podemos preguntar por la causa del color de un cuerpo, de su dureza, de su calor, y estas causas pueden ser todas diferentes. Estamos preguntando ahora por la causa de esa supeditación a una función, esa relación con una finalidad, que hemos observado en el reloj que tenemos ante nosotros. No queda respondida esta pregunta, diciéndonos que lo produjo un reloj anterior. No puede haber diseño sin un diseñador, agenciamiento sin un agente, orden, sin elección, disposición, sin nada capaz de disponer; supeditación y relación a un propósito, sin algo que pudiera tener la intención de un propósito; medios adecuados a un fin, y que desempeñan su función para llevar a cabo ese fin, sin que el fin haya sido jamás contemplado, ni se hayan dispuesto los medios con vistas a él. La disposición, la colocación de partes, la supeditación de medios a un fin, la relación de instrumentos con una función, implican la presencia de inteligencia y de mente. Nadie, por tanto, puede creer racionalmente que el reloj insensible, inanimado, del que surgió el reloj que ahora tenemos ante nosotros, pudiera ser la causa adecuada del mecanismo que hay en él y que tanto admiramos—que pudiéramos decir realmente que había construido el instrumento, dispuesto sus partes, asignado sus funciones, determinado su orden, acción y dependencia mutua, combinado sus diversos movimientos en un resultado único, y además un resultado conectado con las utilidades de otros seres. Todas estas propiedades, por tanto, quedan tan inexplicadas como lo estaban antes.
"La conclusión a que parecía llevarnos el primer examen del reloj, de su mecanismo, construcción y movimiento, era que tenía que haber tenido, como causa y autor de esa construcción, un artífice que entendía su mecanismo y diseñó su uso. Esta conclusión es invencible. Un segundo examen nos presenta un nuevo descubrimiento. Hallamos que el reloj, como resultado de su movimiento, produce otro reloj similar a sí mismo, y no sólo eso, sino que percibimos en él un sistema u organización calculado especialmente para este propósito. ¿Qué efecto tendría este descubrimiento, o cuál habría de tener, sobre nuestra inferencia previa? ¿Cuál, como ya se ha dicho, sino el de aumentar sin medida nuestra admiración hacia la habilidad que se había dedicado a la formación de semejante máquina? ¿O bien, en lugar de esto, habríamos de repente de volvernos a una conclusión opuesta, a saber, que no había tenido que ver en todo este asunto ni arte ni habilidad alguna, aunque todas las demás evidencias de arte y de habilidad siguen siendo las que eran, y se les ha añadido ahora a las demás esta última y suprema obra de arte? ¿Puede esto mantenerse sin caer en el absurdo? Pues esto es el ateísmo."

La muestra de diseño en la que está pensando Paley es la anatomía de los seres vivos, y la adaptación de sus funciones al medio ambiente. Pone el ejemplo del ojo del pez, cuya forma "tiene en cuenta" para su correcto funcionamiento el índice de refracción distinto del medio acuático en el que vive, si se le compara con el ojo de los animales terrestres. Esta adaptación al medio dio mucho que pensar a Darwin, que estudió el libro de Paley, como miles de personas de su generación y de todo el siglo XIX. La adaptación al medio es ciertamente uno de los puntales de la teoría de la evolución, aunque Darwin daría del "mecanismo" una interpretación completamente contraria a la de Paley. Darwin comenzó como estudiante de teología y creyente en Dios y en el "diseño inteligente" de Paley, pero evolucionó hacia lo que Paley equipara a una posición absurda, el ateísmo. En el orden natural, en la estructura de los seres vivos, no se encuentra según el darwinismo ninguna prueba de diseño inteligente: hay reloj pero no hay relojero, ni ciego ni manco. El orden y el diseño, por complejos que puedan parecer, son productos espontáneos de la naturaleza; lo simple da lugar a lo complejo. Entre la piedra que Paley encuentra razonablemente carente de diseño, y el reloj, hay una serie de pasos de complejidad creciente, pero ninguno dependiente de intención, consciencia o diseño, y eso es lo que llamamos evolución: la creación del orden complejo a partir del orden simple—pues orden sí hay en una piedra.

Darwin propuso una explicación para esa formación espontánea de orden—la selección natural, explicación aunque insuficiente sí importante. Pero la trascendencia de la figura de Darwin es en cierto modo inmerecida. Con Darwin, es cierto, se convenció la comunidad científica, o los biólogos más bien, de que no procedía recurrir al diseño inteligente como explicación en biología. Pero Darwin por supuesto no inventó la idea de evolución. Su mismo abuelo la había propuesto en Inglaterra, y Diderot lo había hecho anteriormente en Francia. El hecho de proponer una teoría evolutiva no conllevaba sin embargo extraer todas las consecuencias de esa "falta de diseño y de diseñador". Quizá tampoco Darwin las extrajese; al menos sí fue extremadamente prudente a la hora de no causar ofensas deliberadas con sus opiniones en círculos religiosos—una cuestión ésta en la que los evolucionistas de hoy en día son más beligerantes y explícitos, o menos temerosos. El razonamiento central de la teoría de la evolución—a saber, que hace innecesaria la hipótesis de un diseño previo, pues el orden simple puede dar al orden complejo—tampoco fue obra de Darwin, sino de evolucionistas con peor prensa mediática, como Lamarck, cuyo razonamiento examinaremos en otro artículo.

Pero volviendo antes a Paley, observemos que su argumento contiene, de modo seguramente involuntario, un punto débil. Comienza con la tesis (quizá for the sake of the argument) de que una piedra no es prueba de diseño inteligente, pero que un reloj sí lo es. Ahora bien, como decimos, una piedra también exhibe orden. Con lo cual el argumento de Paley tiene este flanco débil: si demostramos que del orden simple se puede pasar al orden complejo por evolución gradual y espontánea, y Paley ha admitido que el orden simple no es prueba de diseño inteligente, entonces todo el argumento del diseño inteligente se derrumba. La postura fuerte, a la que en justicia parece señalar Paley, sería decir que también la piedra es prueba de diseño inteligente. Como decimos, la contraposición de la piedra y el reloj es más ilustrativa que de fondo, en Paley. En su interpretación fuerte o radical, lo que está diciendo (y de hecho dice) Paley es que no hay orden sin inteligencia. Es decir, toda regularidad en la Naturaleza es una prueba de inteligencia y diseño. Pero este argumento, ahora bien asentado en la roca, también flojea. Pues al perder la contraposición entre lo obviamente diseñado y lo obviamente no diseñado, se pierde por el camino también la obviedad del argumento. Donde todo está igualmente diseñado, no hay por qué maravillarse de las complejidades del diseño complejo: el diseño simple sería igualmente determinante. Y sin embargo, las regularidades simples de la naturaleza no son de por sí tan conclusivas como prometía ser el argumento comparativo y contrapositivo de Paley. Paley identifica orden con propósito, pero—¿basándose en qué? En las obras humanas reconocemos el propósito, la intención, pero la obviedad de esto se va diluyendo conforme pasamos a fenómenos más simples. Paley propone reconocer orden, diseño y propósito, obviamente, en el diseño de los seres vivos. El estudio de la biología se volvería así en una prueba de la grandeza e inteligencia de Dios. Pero para ello es necesario que el orden complejo no pueda provenir espontáneamente del orden simple. Si todo el mecanismo del universo funciona como un gigantesco reloj, el relojero se retira más allá de donde podemos verlo, y lo que los escolásticos llamaban causas secundarias pasan a explicar toda la realidad humanamente relevante. La Naturaleza funciona sola, y Dios se retrotrae más allá del Big Bang, donde realmente ya está fuera del horizonte de acontecimientos y no tiene relevancia alguna para la vida humana. Si el diseño es demasiado perfecto, el diseñador comienza a ser superfluo, pues no ha de intervenir en ningún momento, y desaparece a todos los efectos. Como decía Laplace, se convierte en una hipótesis innecesaria.

El razonamiento de Paley es pues ambiguo: a la vez reposa en la tesis de que todo orden es divino e intencional, y en la tesis de que hay algunos tipos de orden que son intencionales y otros no. Plantea también unos curiosos interrogantes lógicos y narratológicos, en lo referente a la identificación de "propósitos"—en un razonamiento que partiendo de efectos producidos, presupone intenciones de producirlos. Vemos, y por tanto el ojo es "para" ver. El razonamiento evolucionista llevado a sus últimas consecuencias no acepta este tipo de finalismos, y los declara engañosos. El ojo no es "para" ver, sino que "ha resultado" que ve. Además el ojo hace otras cosas, es multifuncional—en los humanos sirve también, por ejemplo, para comunicarse, aunque no se haya formado "para" comunicarse. Es lo que Stephen Jay Gould denomina la exaptación, un principio evolutivo muy importante que hay que sumar a la adaptación al medio y a la selección natural. La exaptación es especialmente ofensiva, como principio evolutivo, para los razonamientos basados en el diseño inteligente, pues enfatiza los aspectos caóticos, imprevisibles, contingentes, de la evolución.



 
 


Resulta, pues, que la postura fuerte de Paley le llevaría a decir que no puede haber regularidad en la Naturaleza sin diseño inteligente; y lo absurdo de esta postura se aprecia cuando se ve que es igualmente sostenible, o no menos evidente, la contraria: que no puede haber irregularidad en la Naturaleza sin diseño inteligente. En los fenómenos irregulares, imprevisibles, en la ruptura de la secuencia de causa y efecto, es en donde otros han querido ver la prueba de fenómenos inteligentes como el libre albedrío. Donde todo es orden establecido, donde todo es causa y efecto, no hay demostración posible de inteligencia. Así pues, el razonamiento de Paley se encuentra abocado a admitir dos premisas indeseables para la ciencia:

- No puede haber orden en la Naturaleza (de no ser por intervención divina).

- El orden complejo no puede derivar del orden simple (de no ser por intervención divina).


Ambas premisas hacen a Dios necesario en toda ciencia, pero lo hacen necesario en igual medida desde el primer momento y en cada uno de los pasos—con lo cual podemos decir que Dios es tan superfluo como necesario en esta argumentación. La ciencia más bien se olvida de los paréntesis, y prefiere trabajar con estas dos premisas contrarias a las de Paley:

- Hay orden en la naturaleza.

- El orden complejo deriva espontáneamente del orden simple.

Por supuesto el argumento del reloj de Paley nos conduce a una regresión infinita, pues si bien queda explicado el artefacto no queda explicado el artífice, pero tal es la naturaleza de las explicaciones teocéntricas: remiten toda la complejidad a un principio, y toda explicación de causas secundarias se vuelve en cierto modo irrelevante, pues el universo entero ya se encuentra implícito en la primera causa, en Dios. Pocos teístas se conforman con un Dios que no entienda ni planifique el universo, y que se limite a crear átomos y las leyes de su funcionamiento, dejando todo funcionar luego por sí solo, sin previsión ni planificación, sin que sus intenciones lleguen hasta la creación de los humanos y fines todavía más trascendentes, y planes de oscura complejidad. Si se admite la complejidad infinita ya al principio, sin necesidad de explicarla—¿para qué cortarse? Lo extraño es que se considere luego necesario dar cuenta del funcionamiento de los fenómenos naturales, más allá de la explicación de que "Dios así lo quiso y así lo hizo".

La ciencia, por supuesto, funciona con otros presupuestos, sean cuales sean las creencias de los científicos más allá de su área de competencias local. Lo que hace la ciencia es hilar unos fenómenos con otros, identificar las regularidades en el funcionamiento de los fenómenos naturales y derivar los fenómenos de orden complejo a partir de los fenómenos de orden simple, sin hacer entrar en ello atribuciones de intencionalidad ni presuponer una finalidad en el orden de las cosas—ni siquiera en el diseño de los seres vivos, que tan obviamente intencional era para Paley.

 
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