martes,25 enero 2022
Espacio euroiberoamericano de diálogo sobre la innovación social, profesional y académica
InicioOpiniónEn defensa de los agricultores, una especie en trance de extinción

En defensa de los agricultores, una especie en trance de extinción

Transitar por Eurolandia
España se está quedando sin agricultores porque la profesión de agricultor, además de no estar socialmente muy bien vista, en particular por los urbanitas, no es económicamente rentable. La seguridad alimentaria, entendida ésta como la aspiracion del máximo grado de autosuficiencia en los productos donde económicamente sea posible, rentable y compatible con el mercado comunitario, es un […]

España se está quedando sin agricultores porque la profesión de agricultor, además de no estar socialmente muy bien vista, en particular por los urbanitas, no es económicamente rentable. La seguridad alimentaria, entendida ésta como la aspiracion del máximo grado de autosuficiencia en los productos donde económicamente sea posible, rentable y compatible con el mercado comunitario, es un objetivo deseable al que debe aspirar todo Estado y que actualmente está en entredicho en España. Y desde el punto de vista de la calidad de los alimentos que consumimos, ocurre otro tanto; no han sido pocos los sobresaltos que nos hemos llevamo en este mundo globalizado: aceite de colza, vacas locas, etc.

El agricultor, cualquiera sea la actividad agraria que desarrolle, es un ciudadano que, como autónomo, tiene unos derechos sociales muy limitados: no disfruta de vacaciones, ni de días libres semanales como los demás trabajadores y su pensión de jubilación es muy reducida. Y para colmo de todas sus desdichas, los bienes que produce tienen un precio en origen varias veces inferior al que paga el consumidor, con lo cual sus rentas son muy inferiores a la media nacional.

La creciente desprotección comunitaria del comercio agrario exterior; la falta de interés, de ideas y de instrumentos por parte del Estado y el cúmulo de obstáculos que han introducido artificialmente las Comunidades Autónomas, están causando estragos en la profesión, principalmente entre los ganaderos. A ello se añaden los inevitables intermediarios y, destacadamente, las grandes superficies que, tras su liberalización, actúan prácticamente en régimen de oligopolio imponiendo unos precios de hambre.

La falta de organización de los agricultores les imposibilita para hacer frente a unos y a otros y mientras el Estado, prácticamente vaciado de competencia en materia agraria, los mantiene en la más deplorable indefensión.

Todo lo anterior provoca que los jóvenes continúen abandonando masivamente el campo, que hace años estuvo justificado por el desarrollo económico y el progreso tecnológico, pero que cuando se llega al límite en que no existe reemplazo, como ya esta ocurriendo hoy con unos agricultores muy envejecidos, debe intentarse solucionar el problema. A diferencia de otras profesiones que en un periodo limitado de tiempo se adquieren las destrezas necesarias para realizarlas y hasta cambiar de actividad sin mayor trauma personal, la de agricultor se mama: no puede ser buen agricultor el que no ama a la tierra, a las plantas y a los animales. Y eso lo da la convivencia con el medio y el ejercicio diario de la profesión. Cuando un agricultor abandona su actividad jamás vuelve a ella algo que no ocurre en otras profesiones. Y es que la agricultura no se hace en los despachos sino en la brega diaria.

Una de las posibles alternativas para solucionar este importante problema pasa por comprender que el papel del agricultor es doble: por una parte, y como función primaria y principal, produce alimentos para el consumidor; por otra, tambiénofrece una serie de servicios -gratuitos- que están relacionados con su entorno. Todo ello es lo que se conoce como multifuncionalidad del sector agrario o del agricultor. Dicha multifuncionalidad se manifiesta en las siguientes dimensiones: económica, social, de seguridad alimentaria y ambiental.

La dimensión económica es la tradicional, la de producción de alimentos para el autoconsumo y para el mercado; y es en ésta en la que el agricultor necesita organizarse para hacer frente a los intermediarios. Las otras tres dimensiones trascienden propiamente el ámbito económico y recogen lo que podríamos denominar los elementos no comercializables de la actividad agraria; aquí encajan los sociales (el ocio que mediante el trabajo del agricultor el medio rural nos proporciona a todos), los medioambientales (mantiene limpio y vigilado el entorno) y los de seguridad alimentaria (que el agricultor debe garantizar en términos de calidad y de control estratégico).

En definitiva, el agricultor genera productos que se comercializan en el mercado y por los cuales obtiene unos ingresos; pero además genera otra serie de servicios –los antes señalados- que nadie remunera porque no son comercializables. Por prestar dichos servicios, que son en beneficio de la colectividad, el agricultor requiere de una protección económica especial si se pretende que siga cumpliendo tales funciones. Y por esta labor social el sector público debe garantizarle unas rentas y no sólo buenas palabras.

 

De interés

Artículos Relacionados