viernes,28 enero 2022
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Felicidad Interior Bruta

Economía Zen
Las metáforas condicionan de manera decisiva e invisible nuestra forma de percibir la realidad, pensar y actuar. Si el lenguaje nunca es neutro, las metáforas son el elemento más tendencioso de todos.

Años antes de hacerse famoso como gurú de la comunicación con sus libros ‘No pienses en un elefante’ y ‘Puntos de reflexión’, el norteamericano George Lakoff coescribió en 1980 un librito sobre lingüística hoy casi desconocido titulado ‘Metáforas de la vida cotidiana’.Lakoff elaboró con el filósofo Mark Johnson una tesis provocadora: que las metáforas condicionan de manera decisiva e invisible nuestra forma de percibir la realidad, pensar y actuar. Si el lenguaje nunca es neutro, las metáforas son el elemento más tendencioso de todos. 

Lakoff y Johnson demuestran con un ejemplo ingenioso hasta qué punto nos dominan las metáforas: para nuestra cultura, discutir es combatir. En castellano, como en otros idiomas, aceptamos sin rechistar la metáfora “una discusión es una guerra” y la confirmamos mediante un vocabulario belicista y una lógica de confrontación, en la que un interlocutor ataca los puntos débiles del adversario, dispara su arsenal dialéctico y mina los argumentos del otro, que puede atrincherarse en sus posiciones, defenderse o contraatacar, hasta que alguien se impone y gana. Imagínate cuán distinto sería discutir si perteneciéramos a una cultura donde rigiera la metáfora “una discusión es un baile”. Los interlocutores tendrían que colaborar entre sí y marchar al compás, y primaría la armonía sobre la victoria, el ritmo sobre la refutación, el goce estético sobre el dialéctico.

Solemos dar por supuesto que nuestra calidad de vida viene determinada por nuestro bienestar material. Sí, salud y amor también importan, pero solemos asumir que lo decisivo es el dinero y las cosas que podemos comprar con él. La evidencia de que muchos pobres son felices y muchos ricos infelices no logra cuestionar nuestra metáfora cultural de “más dinero es mejor”. ¿O sí? Hay gente que está evolucionando hacia un postmaterialismo y mide el bienestar en términos no monetarios. Si como personas nuestra aspiración máxima es ser felices, como sociedad nuestro anhelo colectivo debería ser procurarnos esa felicidad. ¿No es obvio? Tan obvio como que la función del político es procurar que la gente sea feliz, más feliz o, uf, menos infeliz. Llámame ingenuo, pero te prometo que yo estoy en política porque creo en eso.

Un diminuto, atrasado y modestísimo país asiático constituye el paradigma de esa transgresión benéfica de valores. Bután, un reino budista encaramado al Himalaya y tan pobre, aislado y poco moderno que en comparación su paupérrimo vecino Nepal parece desarrollado, nos brinda un ejemplo hermosísimo e inspirador. Bután no acepta la metáfora “el bienestar es prosperidad material” y propone como alternativa “el bienestar es felicidad”. No se trata de un gesto simbólico.

Desde los años 80, el gobierno butanés ha perfeccionado como indicador del bienestar de su pueblo una especie de felicímetro, un medidor de la felicidad de los ciudadanos extraído de 72 indicadores basados en cuatro valores esenciales, cultura, paz social, medio ambiente y buen gobierno, sin olvidar factores como bienestar psicológico, salud, educación, biodiversidad, uso del tiempo y vitalidad de la comunidad. Este felicímetro sustituye oficialmente a lo que en el resto del mundo llamamos PIB. En Bután, en vez de Producto Interior Bruto, miden su Felicidad Interior Bruta. Y ojo: pese a su total precariedad material, un estudio de la universidad inglesa de Leicester ha revelado que el pueblo de Bután es el octavo más feliz del mundo, por delante de Estados Unidos.

Es curioso que Bután instituyera la Felicidad Interior Bruta 20 años antes que la democracia. Para ellos, alcanzar la democracia es consecuencia de perseguir la felicidad. Un caso insólito y conmovedor el del monarca absoluto Jigme Wangchuck, que lleva años luchando para dejar de serlo y que los ciudadanos decidan los asuntos públicos: en 2005 Wangchuck elaboró una Constitución democrática, en 2006 abdicó en su hijo, en 2007 organizó un simulacro electoral nacional para enseñar a la gente a votar y el pasado marzo culminó la democratización con sus primeras elecciones multipartidistas. Claro que quedan detalles por pulir: 45 de los 47 parlamentarios elegidos pertenecían al partido ‘monárquico’, y su contendiente el partido ‘popular’ sólo logró dos escaños. Los ‘populares’ dimitieron por vergüenza, y el ex rey tuvo que convencerles de que regresaran al Parlamento. A sus puertas, una multitud se manifestaba pacíficamente por la vuelta a la monarquía absoluta.

Si en Bután han podido cuestionar las metáforas heredadas, si allí han decidido medir la riqueza no en dinero sino en felicidad, ¿qué no podríamos conseguir nosotros?

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