jueves,26 mayo 2022
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Hora de pensar en el dinero social y comunitario

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Keynes, en su análisis crítico del pensamiento económico de su época, orientado por el "laissez faire", utiliza la metáfora del cinturón y la carne que envuelve, para ilustrar la relación entre la vertiente real de la economía (la carne) y su vertiente financiera (el cinturón). Sus ideas ayudaron mucho a estabilizar las economías en todo el mundo y la global durante los últimos 90 años. Pero hay muchos indicios de que las cosas no funcionan. Es hora de pensar en el dinero social y comunitario.

Si el cinturón es demasiado estrecho, se estrangula el crecimiento de la economía real,  al resultar insuficiente su financiación. Pero, también, si se ensancha en exceso la masa monetaria se mermará la capacidad de respaldar a esa moneda mediante los activos subyacentes de la economía real, la moneda perderá valor, se devaluará frente a otras monedas.

Este efecto se verá compensado si la incorporación de nueva moneda al circuito financiero sirve de ayuda a la economía real que envuelve, por ejemplo, mediante ganancias de competitividad.

En el caso de las monedas complementarias, ejemplos prácticos consistirían en acortar tramos de intermediación vacua en las cadenas de valor agroalimentarias[1] (aproximando al productor y al consumidor), también la agrupación de pequeños distribuidores (comercio) para el acceso conjunto a centrales de compra, etc.

Por el contrario, si la entrada de moneda complementaria no ejerce una función catalizadora sobre las actividades económicas, la moneda perderá su valor de uso, se devaluará. Retendrá tan solo la función simbólica de legitimación identitaria de un pequeño ecosistema, pero tendrá un impacto muy limitado dentro del propio circuito.

A su vez, si una moneda complementaria aspira a ser un referente común para diversos ecosistemas, tendrá que dotarse de una figura compartida para su regulación, respaldo y control. Si cada ecosistema aplica sus propias reglas y estructuras de gobernanza, no podrán dotarse de una moneda común, ya que la irrupción de moneda proveniente de otro circuito podría generar riesgos sobre el propio, a menos que hubiera un respaldo común de la moneda (cuando eso no sucede, hay que recurrir a la figura del tipo de cambio).

Si la entrada de moneda complementaria no ejerce una función catalizadora sobre las actividades económicas, la moneda perderá su valor de uso, se devaluará

Un símil ilustrativo lo encontramos en aquellas monedas de países cuyo tipo de cambio lo fija el gobierno de espaldas al mercado. La experiencia muestra tozudamente que estas monedas sufren rápidas devaluaciones y provocan la aparición de “mercados negros”, éstos sí regidos por las reglas de la oferta y la demanda.  

Así, la elusión de las reglas de juego del mercado, como ocurre en Cuba al equiparar ficticiamente el precio de un dólar USA al de un peso cubano, neutraliza el poder de su propia moneda, que pierde su valor de uso al no ser de facto convertible, ya que la autoridad monetaria no respalda la conversión de pesos a dólares.

En relación a su valor de uso, podemos observar el caso de algunos pequeños ecosistemas con moneda complementaria, cuya función principal consiste en ejercer una labor simbólica de refuerzo y legitimidad de la identidad grupal y de consolidación de un micro mercado que nace con una oferta casi exclusiva de producto agroalimentario o de artesanía local. En este caso, la moneda es útil para crear o reforzar nexos entre actores que ostentan un marcado ideario común. La agrupación de interés entre personas muy afines facilitará ganancias iniciales de competitividad, pero el alcance será muy limitado ya que en el circuito sólo entrarán los convencidos, será muy complicado traccionar sobre las personas no ideologizadas, más aún si no están sensibilizadas con la “causa circular”.

En nuestra opinión, estas iniciativas son más localistas que glocalistas, ya que su pretendido espíritu global no encuentra una expresión práctica para su conformación y desarrollo.

Si observamos los casos de Cerdeña y Vilanova i la Geltrú, el elemento identitario (muy marcado por una tendencia asimilacionista antes que multicultural) podemos encontrar esas relaciones de gran complicidad en torno a una causa común (en nada inclusiva). Ese sesgo ideológico neutraliza en buena parte la natural aversión del consumidor al riesgo, ya que por tratarse de una causa militante nos movemos en otras coordenadas, son mercados arropados por mor de la producción y el consumo de personas muy alineadas entre sí.

Las posibilidades de ensanchar esos mercados con cualquier ciudadano de a pie son bastante remotas, costará convencerle de la utilidad de la moneda, y si no cuenta con un respaldo que garantice la plena conversión de la moneda complementaria a la moneda oficial de su país, desconfiará de ese sistema, le resultará difícil apreciar sus ventajas. 

La función de las monedas complementarias

La función principal del dinero consiste en reconocer el valor de un bien o servicio. Para que este ejercicio resulte el adecuado, es preciso también internalizar los costes no explícitos[2], es decir, poner precio a las externalidades de corte positivo o negativo que se derivan de los impactos Ambientales, Sociales y de Gobernanza (ASG) de un producto determinado a lo largo de su ciclo de vida, es decir, desde su origen hasta su consumo, facilitando su ulterior reincorporación a un nuevo circuito de circularidad, reutilizando antes que reciclando.

Cabe ejercer una función moduladora en la incorporación de “dinero fresco” en un determinado circuito económico, dotando de una mayor condicionalidad al destino de los fondos, es decir, orientando su aplicación al bien común. A ese respecto, contamos con precedentes cercanos en las respuestas del BCE ante la sequía de crédito, que obligaron a la banca a recuperar sus obligaciones fiduciarias de irrigación de la economía real.

A su vez, la función aceleradora de las tecnologías digitales, exacerbadas en tiempos de pandemia, encaraman al consumidor a nuevos segmentos de las cadenas de valor y le otorgan un gran potencial de impacto sobre las mismas, tanto de forma individual como mediante la acción colectiva.

Nos asomamos a un nuevo campo de juego que incorpora con fuerza la figura del prosumidor, de la mano de la conciencia socioambiental, cuando no trufada de necesidad en tiempos de crecientes desigualdades e inequidades. 

Aprovechar estas oportunidades exige orientar la aplicación de la moneda complementaria hacia productos y servicios circulares, que deberán acreditar debidamente su contribución al bien común mediante el etiquetado o, alternativamente, a través de indicadores de impacto ad hoc.

Con las monedas complementarias, nos asomamos a un nuevo campo de juego que incorpora con fuerza la figura del prosumidor, de la mano de la conciencia socioambiental

A partir de esta metodología, se puede justificar un respaldo a estos productos circulares en base a los ahorros que han generado al erario público por estar libres de efectos negativos que se traducen en incrementos de costes en otras partidas.  

Una posibilidad a estudiar muy seriamente consistiría en proponer a las administraciones públicas que respaldaran la emisión de moneda complementaria para entregar a unidades familiares con niveles de ingresos por debajo del umbral de la pobreza, con la condición de ser aplicada a productos circulares. Se trata de una acción ya experimentada por varios ayuntamientos, añadiendo ahora la capa de la sostenibilidad.

En cambio, la entrega gratuita de moneda complementaria en el circuito, de forma universal y “sin propósito”, se asimilaría a las fórmulas más regresivas de los sistemas tributarios, pues todo el mundo recibiría igual cantidad de moneda, con independencia de su nivel de renta y su situación patrimonial. Además, la podría aplicar indistintamente a cualquier tipo de producto, ignorando las huellas que genera.

La entrega gratuita de moneda complementaria en el circuito, de forma universal y “sin propósito”, se asimilaría a las fórmulas más regresivas de los sistemas tributarios

Tiene sentido la oxidación de la moneda para evitar que la moneda complementaria se remanse dentro del circuito financiero. Pero también, lógicamente, deben establecerse unos tiempos suficientes para preservar el hiperconsumo, no podemos olvidar que una de las “erres” consiste en “reducir”.

Meter la moneda complementaria en la caja de herramientas del bien común 

La agenda 2030 de la UE, cristalizada en el” green deal” y el “recovery plan”, aportan un marco extraordinario para incrementar el valor de uso de una moneda complementaria, mediante la aplicación de estímulos que reorienten los modos de producción y los hábitos de consumo.

Más en concreto, la Economía del Bien Común (EBC) defiende extender el principio muy bien asentado en las políticas de la Unión de “El que contamina paga” con “su otra cara de la moneda”, es decir, “El que descontamina debería ser recompensado”[3].  

Imagen representativa de las monedas sociales o complementarias

Así, herramientas con creciente implantación en aplicación del principio “el que contamina paga”, ya se traducen en políticas públicas de la Unión, como es el caso de la Compra Pública Responsable y de la fiscalidad medioambiental.

En este contexto, la figura de la moneda complementaria, puede contribuir al éxito de estas políticas. No obstante, habría que establecer una fase de experimentación previa, a modo de “sandbox”, circuitos experimentales que contaran en cada caso con el escrutinio de todas las partes interesadas.

Aprender las lecciones del pasado

 

Hasta nuestros días, las experiencias con monedas complementarias siguen resultando muy limitadas, en número y alcance, asociándose la mayoría de ellas a la concesión de crédito mutuo.

Se enmarcan en contextos históricos muy concretos, y su génesis responde a la inmadurez o a los fallos de los mercados financieros.

Moneda social de Barcelona

Hasta el momento, sólo han brindado respuestas puntuales a los mercados de corte tradicional y su credibilidad y confianza han venido de la mano de un respaldo económico (propio o a través de terceros) y/o reputacional, en este  caso, desde la rápida percepción de los logros por parte de la comunidad en que se inserta.

A lo largo de la historia, su mercado de referencia han venido siendo las ferias locales, respaldando en ocasiones el trueque de bienes y servicios mediante el crédito mutuo, cuestión de gran utilidad en economías escasamente bancarizadas, como es el caso de las regiones más deprimidas de Latinoamérica. Desafortunadamente, la falta de infraestructuras TIC y la escasa alfabetización digital condicionan enormemente su alcance.

En la medida que se han ido desarrollando las economías y sus sistemas financieros, las fórmulas complementarias han ido perdiendo su razón de ser, se ha ido diluyendo su valor añadido.

En España, un referente paradigmático lo constituyen las cooperativas de consumo, auspiciadas por las corrientes falangistas en los años de posguerra y autarquía. Facilitaron el acceso a bienes de primera necesidad (agua, suministro eléctrico, alimentación) y, en su desarrollo, crearon secciones de crédito para facilitar liquidez a sus asociados.

Presente y fuyturo de las onedas complementarias

 

Hoy en día, las cooperativas de consumo apenas aportan un valor diferencial frente a otros actores económicos. En su gran mayoría, se acaban confundiendo en el paisaje, adoptan prácticas de mercado similares a las de su competencia. El caso de Eroski es emblemático, ya que emitió preferentes (creó dinero que luego no pudo respaldar) y adoptó las mismas prácticas abusivas hacia sus proveedores que el resto de los grandes distribuidores.

En las economías avanzadas, el rol estimulador que puede ejercer una moneda complementaria tiene obligadamente que engarzarse con nuevos propósitos, revalorizar recursos endógenos desaprovechados y, de la mano del digitalismo, ensamblar ámbitos escasamente relacionados entre sí: espacios culturales, educativos, laborales y de ocio en los entornos locales.

En las economías avanzadas, el rol estimulador que puede ejercer una moneda complementaria tiene obligadamente que engarzarse con nuevos propósitos

El nuevo escenario de políticas públicas en torno a la economía circular va a propiciar la paulatina reasignación del gasto público hacia actividades sostenibles. Como antes apuntábamos, el ahorro de dinero público que se derive de los nuevos circuitos circulares apoyados por una moneda complementaria “con propósito”, se podría aplicar a respaldar a la propia moneda y asegurar su eventual conversión a euros.

A modo de síntesis, planteamos una serie de premisas “de éxito” o, cuando menos, para evitar incurrir en errores de diseño de la moneda:

  • Los nuevos modelos de negocio que asocian una moneda complementaria, no deberían en ningún caso plantearse traslaciones “mecanicistas” de experiencias precedentes, obviando los factores de contexto.
  • Anclaje territorial. No pueden surgir desde la mera ilusión y el  voluntarismo. Tiene que haber un sustrato real previo, unas demandas -implícitas o explícitas- desde el propio territorio. Y deberán contar con recursos profesionalizados. 
  • En su arranque, es importante Identificar productos y servicios muy consolidados en los ecosistemas locales (por ejemplo, productos agroalimentarios km. 0) y animar nuevos servicios en su apoyo (logística).    
  • Es imprescindible otorgar el mayor respaldo posible a la moneda:
    • En cuanto a su conversión a la moneda oficial en circulación
    • En cuanto a su validación técnica (mediante un grupo multiagente ad hoc, altamente cualificado) 
  • Hay que evitar hacer entrega de moneda complementaria (a modo de renta básica) sin que antes se consolide una masa crítica suficiente de actividad productiva y se evidencien ganancias de competitividad. 
  • Es discutible una renta básica universal, el “dinero helicóptero” para todo ciudadano (muy asociado a la tradición liberal), pues resta potencial a su capacidad redistributiva.

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