lunes,18 octubre 2021
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Javier Laquidain, entre los mejores

Cuestión de estilo
Ha muerto un periodista. Pero también, el Laqui. El primero, un profesional como la copa de un pino. El segundo, un compañero excepcional.

Estas navidades, ya en el hospital, se ha ido despidiendo, por WhatsApp, con el coraje que definía su carácter, con la certeza de lo inevitable. Un tipo duro, pero al mismo tiempo sensible. A mí me sorprendía su sentido del humor, algo brusco, que también lo definía. Estos últimos años he tenido con él una relación de cercanía en parte sobrevenida (en el Consejo Editorial de Ibercampus.es) y en parte propiciada por las compañeras periodistas con las que en los años ochenta del siglo pasado compartimos calle en las manifestaciones contra Maravall, el ministro de la LODE, para informar a los lectores de nuestros medios. En 1983, cuando aterricé en ABC y me pusieron en la incipiente sección de Educación, la referencia era el diario Ya, donde Javier Laquidain afilaba sus lapiceros como lanzas. Fueron años duros, a pie de calle, como digo, de mucha contestación por parte de estudiantes y de sectores educativos diversos, universitarios y no universitarios. A Maravall le sucedió Solana y a Solana, Rubalcaba: de la LODE a la LOGSE. Laquidain y su equipo informaban con rigor y sin piedad. Periodismo del mejor.

 

Con la desaparición del Ya de la Editorial Católica, al final de la década de los ochenta, le perdí la pista profesional, aunque ABC ganó con la incorporación de su mejor discípula, María Isabel Serrano.

 

Me lo volví a encontrar a finales de los noventa. Él dirigía desde hacía unos años la Oficina de Comunicación de la Pontificia Comillas (ICAI-ICADE). A mí me había llamado el rector Rafael Puyol para hacerme cargo del Gabinete de Prensa de la Universidad Complutense. Los dos, en la Asociación Universitaria de Gabinetes de Comunicación (Augac). ¡Feliz coincidencia!, que aproveché más de una vez para pedir su (ya) sabio consejo. Nunca me defraudó. A la veterana experiencia en la información universitaria desde fuera, se sumaba ahora el saber hacer con criterio para proyectar desde dentro, con acierto, los valores de la institución. Laqui sabía escuchar.

 

Él se jubiló y yo dejé la comunicación institucional. Pero ya no dejaríamos de vernos. Empezaba la etapa de amistad, con las cenas eventuales propiciadas por Begoña Francoy, de tantas complicidades, con Paloma Larena y María Isabel Serrano, compañeras y también grandes amigas. Esos encuentros donde él oficiaba. Con mucha ironía, las más de las veces. Con autoridad natural, siempre.

 

Llevarlo al Consejo Editorial de Ibercampues.es, donde ya colaboraba en su condición de asesor de comunicación de la Real Academia de Doctores de España, fue, a mi modo de ver, un gran acierto de Gustavo Matías. Me enteré de su nombramiento sobre la marcha y me sumé con entusiasmo a la bienvenida. Por desgracia, para todos nosotros, y también para los lectores del periódico, ha sido un tiempo breve. Pero intenso. Con requerimiento y sin requerimiento ha trabajado con nosotros. Con pulso y con nervio. Un periodista. Un excelente periodista. Y también un gran tipo. Una bellísima persona.

 

Eres amigo y compañero, me dijo en su despedida personal el 23 de diciembre pasado. Gracias, Laqui.

 

Hasta siempre.

 

Javier Badía

 

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