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La coranacrisis: un futuro de incertidumbres


Cuando algunos países apenas se habían recuperado de la Gran Recesión de 2008 y la situación económica internacional era de gran inestabilidad, apareció, a finales de 2019, la crisis sanitaria de la Covid19, de consecuencias sanitarias y económicas todavía imprevisibles.
Transitar por Eurolandia 13 de octubre de 2020 Enviar a un amigo
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La actual crisis no ha sido provocada por factores económicos sino por la naturaleza. No es la primera de origen natural. A lo largo de la historia han existido otras muchas y con graves consecuencias económicas. Baste recordar la Peste antonina del año 165; la Peste de Justiniano, del 541; la Peste negra, de 1346; la mal llamada Gripe española, de 1918, el Virus de Inmunodeficiencia Adquirida (VIH), de 1981, etc.

La pandemia que padecemos ha sido provocada por un virus, de la familia de los coronavirus, que afecta a humanos y algunos animales, habiéndose trasmitido de éstos a los primeros. Su nombre obedece a su composición, formada por una comunidad de virus que tienen una especie de corona alrededor del núcleo del central del mismo. La Organización Mundial de la Salud (OMS) lo ha bautizado como Sars-CoV-2 por su  proximidad al SARS (Severe acute respiratore syndrome o Síndrome respiratorio agudo severo), que se propaga, entre otros medios, por contacto entre personas. La enfermedad contagiosa que lo transmite, recibe el nombre de Covid19 (Coronavirus disease 2019 ).

La Covid19 se detectó en el mercado mayorista de mariscos de la ciudad china de Wuhan, a mediados de diciembre de 2019 y la OMS la declaró como pandemia el 11 de marzo de 2020. Desde Wuhan se transmitió a otras partes de China y Hong Kong, a países limítrofes (Corea del Sur, Japón, Singapur, Taiwán, Tailandia, etc.) y a Europa, vía Milán, Turín y París; y desde esos focos, a la práctica totalidad del mundo.

El colapso sanitario que originaba obligó a las autoridades públicas a restringir, entre otras libertades, la de movimiento de las personas, lo que, en términos redondos, ha afectado aproximadamente a la mitad la población mundial. El primer gobierno que decretó la cuarentena fue el chino, el 23 de enero de 2020, circunscrito a la provincia de Hubei, a la que pertenece la ciudad de Wuhan. España declaró el Estado de Alarma a escala nacional, el 14 de marzo de dicho año, obligando a la población a uno de los confinamientos más duros entre los países europeos.

Operando con las estadísticas del Coronavirus Resource Center de la Johns Hopkins University, a 6 de octubre de 2020, la covid19 había infectado, hasta esa fecha, a 35.687.343 personas en el mundo, de las que 1.048.742 habían fallecido y 26 871 025 se habían recuperado. En términos absolutos, los países con más infectados habían sido, por este orden: Estados Unidos (7.722.746), India (6.754.179), Brasil (4.970.953), Rusia (1.237.504), Colombia (869.808) Perú (832.929) y España (825.410). Esos siete países representan el 28,1% de la población mundial, pero sus afectados, suponían hasta esos momentos el 65,0% del total mundial y los fallecidos el 55,5%. Si tomamos el número afectados por cada 100.000 habitantes, en ese grupo de países el primer lugar lo ocupaba Perú con 2.603,7 casos y el último la India con 499,2 (España con 1.758,4, ocupaba el cuarto lugar). Por número de fallecidos, también por cada 100.000 habitantes, el primer lugar correspondía igualmente a Perú con 102,9 y el último a India, con 7,7 (España ocupaba el tercer lugar, con 69,2). Entre los países que más éxito han tenido en combatir la pandemia (muertos por cada 100.000 habitantes), se encuentran, por este orden: Angola, Antigua y Barbuda, Afganistán, Argelia, Alemania, Albania, Arabia Saudí, Armenia, etc. A la vista de los resultados, puede decirse que, hasta esa fecha, los países desarrollados no han tenido, en general, más éxito que los subdesarrollados en su combate.

Para controlar la expansión de la pandemia, la mayor parte de los países han sacrificado temporalmente gran parte de su actividad económica. Solo se han mantenido activas las estrictamente necesarias, tales como las agrarias y cadena alimentaria, las de otros bienes y servicios de primera necesidad, las relacionadas con la sanidad (centros hospitalarios, farmacias, ópticas y productos ortopédicos), productos higiénicos, combustibles, telecomunicaciones, comercio electrónico y pocas más. En esta tesitura, ha entrado en juego el debate sobre el binomio salud-economía, ¿cuál de ellos debe atenderse con prioridad? En realidad, se trata de un falso dilema porque ambos son necesarios para subsistir, lo que obliga a combinarlos en las proporciones adecuadas.

Las restricciones en la oferta, automáticamente se han trasladado a la demanda. La limitación de la movilidad de la población (que se hace máxima en el caso de confinamiento domiciliario) y la incertidumbre que ha despertado la situación sobrevenida, han afectado gravemente a la demanda en todos sus componentes, y de manera especial a los que su elasticidad de la renta-consumo es más elevada (superior a 1), casos, por ejemplo, la demanda de automóviles, de ocio y cultura, restauración (bares, restaurantes, hoteles), etc., actividades, todas ellas que generan gran cantidad de empleo.

Es obvio que la crisis económica durará hasta que no se consigan los tratamientos adecuados para combatir la sanitaria, entre ellos una vacuna que inmunice a la población. Según la OMS, en estos momentos se están investigando unas 180 vacunas de las que ‎‎35 ya se están fase de ensayo humano, aunque ninguna de ellas -según este Organismo-, estará plenamente operativa antes de 2022. Aún es pronto para evaluar el impacto económico de la crisis sanitaria, aunque se vaticina que pueden ser superiores a los que originó la Gran Depresión de 1929.

La incertidumbre es tal que, hasta el momento, los principales organismos internacionales, apenas se arriesgan a realizar previsiones más allá de 2021. Las publicadas para 2020 sobre la economía mundial, son muy negativas. Por ejemplo, las caídas del PIB que estima el FMI, en su Informe de Perspectiva Financieras de la Economía Mundial para octubre de 2020 en los principales países, es la siguiente (en % respecto a 2019): España, - 12,8; Italia, - 10,6; India, - 10,3; Francia Reino Unido, - 9,8; México, - 9,0; Sudáfrica, - 8,0; Canadá, - 7,1;  Alemania, - 6,0;  Brasil, -5,8; Japón,5,3; Rusia, - 4,1, etc. Para el único país importante que prevé un crecimiento positivo, aunque sea pequeño, es China, 1,9.

El caso de España es muy llamativo: encabeza todos los rankings en caída del PIB entre los países desarrollados para 2020. Estimaciones que también las confirman, con ligeras diferencias, los organismos españoles más acreditados: Banco de España, BBVA (Banco Bilbao Vizcaya Argentaria), FUNCAS (Fundación de las Cajas de Ahorros), AIReF (Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal), etc. España es, en fin,  uno de los países que hasta el momento peor ha gestionado la crisis sanitaria, lo que se atribuye principalmente a la descapitalización que sufrió la sanidad en la crisis de 2008; a los errores iniciales del gobierno en la toma de decisiones y, sobre todo, a la mala coordinación entre el gobierno central y los autonómicos; y por supuesto también al comportamiento social. La vertiente económica es muy negativa, aunque en este caso, sí se han tomado medidas rápidas y adecuadas, muchas de ellas consensuadas con las fuerzas sociales; la mala situación obedece en buena parte, a la desequilibrada estructura productiva de la economía española, con un peso muy destacado en las actividades más castigadas por la crisis: las situadas en el sector de los servicios como son, por ejemplo, el turismo (un monocultivo en determinadas zonas), la hostelería, el ocio y la cultura, etc. con gran peso en el PIB y en el empleo. 

 La respuesta que están dando los países a la coronacrisis, en particular los desarrollados, está siendo muy rápida. En general, consiste en arbitrar políticas muy expansivas en lo fiscal (incremento del gasto público) y en lo monetario (proporcionar liquidez abundante a través de los bancos centrales). Entre ellas y con carácter transitorio (mientras la economía esté asistida artificialmente en la incubadora), se encuentran las ayudas a los cesantes de empleo y otros programas sociales; la suspensión temporal de impuestos, incluidas las contribuciones a la Seguridad Social; la suspensión del pago del alquiler y gastos de agua y luz para pymes con problemas; la creación de fondos de solidaridad financiera para emprendedores, pymes y trabajadores independientes; la suspensión, también temporal, de los plazos de las hipotecas; la concesión abundante de créditos a empresas a través de instituciones crediticias públicas (o bien con garantía pública de los préstamos privados); la protección de empresas –en particular de las grandes de sectores estratégicos-  de ataques en bolsa, recurriendo, llegado el caso, a la participación pública en sus capitales o incluso a la nacionalización; el reforzamiento del sistema sanitario y los servicios de protección civil, etc.

  En fin, la crisis del coronovirus ha sometido al mundo a una gran incertidumbre económica. Se prevé que se incremente el proteccionismo –que se evitó en la Gran Recesión de 2008-, que los precios sean más inestables, que aumenten las desigualdades sociales y las migraciones, etc.; y, si sabemos ya con certeza que habrá mucha más deuda pública y privada, que se hará una aplicación masiva de las nuevas tecnologías y que el teletrabajo ha llegado para quedarse.

  La crisis también ha puesto de manifiesto que es necesario enfrentarse con urgencia a algunos de los problemas que ya existían y eran conocidos, pero sobre los que se actuaba con lentitud; y ha sacado a la luz otros nuevos que también es necesario abordar. El modelo económico que emerja de esta crisis, será diferente al que hemos conocido hasta ahora. Entre los principales retos que se presentan, están entre otros, los siguientes:

- Lucha contra el cambio climático. Existe ya suficiente evidencia científica que demuestra que de no mediar políticas de reducción de emisiones de CO2 (los 10 países más ricos son responsables de más del 70% de las mismas y China ocupa el primer lugar), la temperatura media mundial aumentará entre 1,1 °C y 6,4 °C a lo largo del siglo XXI; los riesgos se consideran ya irreversibles si se superan los 2 °C sobre los niveles preindustriales. Las consecuencias que se derivarán, algunas ya se está viendo, son bastante graves: fenómenos climáticos más extremos (lluvias intensas, sequías prolongadas, grandes olas de calor, etc.), incremento del permafrost (deshielo del subsuelo de las tierras árticas, que ya se ha iniciado), aumento de incendios forestales y desertización, desaparición de glaciares y subida del nivel del mar, variaciones en la distribución -incluso extinción- de especies de fauna y flora, incremento de plagas y otras enfermedades, etc. Si seguimos maltratando a la naturaleza como hasta ahora, vendrán otras pandemias y quizás más devastadoras que la actual porque, como escribe Noah Harari en su magnífico libro Sapiens:
 
“Al utilizar los humanos su poder para contrarrestar las fuerzas de la naturaleza y subyugar al ecosistema a sus necesidades y caprichos, pueden causar cada vez más efectos colaterales no previstos y peligrosos”.
 
El Informe Stern de 2006 (realizado a demanda del gobierno británico), estima el coste anual de la gestión del calentamiento del planeta en torno al 1 % del PIB mundial; pero la no actuación, podría elevarlo entre el 5-20% de dicho PIB. Por lo tanto, el debate actual entre salud y economía en un futuro próximo será sustituido por el de medio ambiente y economía.

- Incremento de la deuda pública. Es un hecho constatable que esta crisis está incrementando la deuda pública de todos los países del mundo, lo que llevará a más inestabilidad en los mercados financieros y una mayor carga fiscal para los ciudadanos. Y, probablemente, conduzca a tensiones inflacionistas en los próximos años, ahora mitigadas por la reducción de la actividad económica.

- Aumento de la desigualdad. Se prevé un importante incremento de las desigualdades entre Estados y entre los ciudadanos. Esta crisis beneficiará más a las grandes empresas, principalmente a las tecnológicas y farmacéuticas (que se localizan en países desarrollados); y, castigará más a las actividades de menor valor añadido (que mayormente se sitúan en los subdesarrollados). Entre las 1.600 millones de personas que, según la Organización Internacional del Trabajo (OMT), se podrían ver afectadas en el mundo por pérdidas de horas de trabajo como resultado de la pandemia, se encuentran los miembros más vulnerables de la sociedad: los que se emplean en la economía informal y muchos de ellos en el turismo. También se incrementará la brecha digital, lo que afectará gravemente -ya lo está haciendo- a la educación; la falta de infraestructura física y cultural, está impidiendo en la actual pandemia que casi la mitad de los estudiantes del mundo puedan acceder a internet, y los más afectados son los países pobres y las capas sociales más bajas en los ricos.

- Repliegue de la globalización. La crisis también nos enseña que tal vez hemos ido demasiado lejos en la globalización y en la deslocalización de la producción, que el Estado débil (la supresión de regulaciones, reducción de impuestos, precarización de los salarios, etc.) origina un elevado coste social.

  No se espera que en un futuro se produzcan cambios radicales en el proceso globalizador, pero sí en alguna de sus vertientes. Es el caso de la deslocalización industrial, un proceso que ha beneficiado mucho a China, India y otros países asiáticos y de otros lugares, como por ejemplo, a México. Las favorables condiciones que ofrecían (sobre todo en coste de mano de obra), han cambiado bastante y esta pandemia las ha acelerado. Los salarios se han ido incrementando (claramente en China) y la robotización ya permite producir en los países desarrollados a costes similares a los deslocalizados; la lejanía entre la producción y el consumo aumenta los costes de transporte y, sobre todo, la inseguridad en el abastecimiento, como ha demostrado la coronacrisis que, en sus inicios, obligó a cerrar temporalmente muchas de las plantas de producción en China, entre ellas las de productos farmacéuticos y sanitarios. El proceso de relocalización ya se ha iniciado: más de 350 empresas (unas 200 europeas y  150 estadounidenses), lo han hecho o están en trámites, o bien han paralizado sus planes de inversión (caso de automovilísticas norteamericanas).

  Mientras el proteccionismo en bienes puede incrementarse, la globalización puede expandirse en aquellas actividades que permitan el teletrabajo, que son cada vez más: en el futuro las empresas contratarán su mano de obra allí donde se encuentre. El teletrabajo, acelerado por la pandemia, incrementará la deslocalización de los trabajadores, nacionales y extranjeros.

- Menos multilateralismo y más proteccionismo. Estados Unidos, el adalid del nuevo orden internacional tras la SGM, no ha cesado de ponerlo en cuestión desde los años setenta en adelante (recuérdese el cambio en las reglas del FMI), apostando por el unilateralismo y el bilateralismo frente al multilateralismo.

  Con Trump se han superado todos los límites imaginables, al romper o cuestionar la mayoría de los grandes consensos mundiales en la búsqueda de un mayor proteccionismo para EE.UU. Comenzó con la retirada de EE.UU, en enero de 2017, del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica; en junio de 2017, se retiró del Acuerdo de París contra el cambio climático; en diciembre de 2017, abandonó el Pacto Mundial de la ONU sobre Migración y Refugiados; en mayo de 2018, lo hizo con del Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio (INF), firmado con Rusia en 1987; y, en diciembre de 2018, abandonó la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura). Trump también ha criticado duramente, incluso con amenazas de retirada, a la OMC y la OTAN; y ha obligado a renegociar, en 2018, el Tratado de Libre Comercio para América del Norte (TLCAN)
- Incremento de las tensiones entre China y Estados Unidos. Desde los años ochenta hasta la crisis sanitaria de 2019, China ha tenido una etapa ininterrumpida de intenso crecimiento que le ha llevado al segundo lugar del mundo en PIB: en 2017, representó el 16,3% (tras EE.UU, con el 24,5%). En dicho año era también el primer exportador (con el 12,8% del total mundial) y el segundo en importaciones (10,2%), invirtiendo los papales con EE.UU (8,7% y 13,4%, respectivamente).

  El superávit comercial de China frente a Estados Unidos es muy elevado (ascendió, en 2018, a 323.000 millones de dólares), saldos que, en buena parte, ha utilizado para la compra de bonos estadounidenses y otros activos. China es el principal acreedor de deuda pública de dicho país; y le está disputando la hegemonía en todos los terrenos, al que superará en un futuro no muy lejano.

La llegada de Trump al poder ha tensionado mucho la situación entre ambos países (y también, aunque en menor medida, la ha extendido a otros). En 2018, EE.UU le declaró la guerra comercial a China bajo el argumento de que realizaba prácticas desleales en el comercio. Una larga lista de productos importados de China (cuyo valor ascendía a 50.000 millones de dólares), fueron sometidos a un arancel del 25%; en reciprocidad, China hizo otro tanto con sus importaciones americanas. Como resultado, el déficit comercial de Estados Unidos frente a China se redujo respecto de años anteriores: en 2019 fue de  295.800 millones de dólares, pero ambos países lo acusaron en sus tasas de crecimiento del PIB.

  Al conflicto comercial, ha seguido el tecnológico, en este caso alegando razones de seguridad nacional, por su posible uso militar. En mayo de 2019, Google anunció –por presiones de la administración Trump- que dejaría de suministrar a la empresa china Huawei, actualización de sus aplicaciones. Y ha proseguido con el principal cliente de Huawei, la también empresa pública china Semiconductor Manufacturing International Corporation (SMIC), el mayor productor de semiconductores de este país; para impedirlo, el Departamento de Comercio americano, exigirá a las empresas estadounidenses que trabajen con SMIC una licencia para exportar sus productos a la mencionada compañía.

En conclusión, el mundo económico que se avecina será diferente y probablemente no mejor que el que hemos conocido hasta ahora. La globalización proseguirá pero experimentará cambios, sobre todo en la deslocalización de la producción de actividades esenciales, que serán más protegidas por los Estados. La digitalización, la robotización y otras tecnologías, alcanzarán unas dimensiones hasta ahora desconocidas. Se prevé que se incrementen las desigualdades económicas y, como resultado, las migraciones y los conflictos sociales.

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