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Redacción 17 de mayo de 2018 Enviar a un amigo
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Luis torras 

El libro de Eli Pariser El filtro burbuja (Taurus, 2017) aborda el problema fundamental de la privacidad, la seguridad y la transparencia en Internet, probablemente la mejora tecnológica más importante de la Historia desde la aparición de la maquina de vapor. Se trata de un libro muy bien escrito, ágil, de fina inteligencia, -sensible a la complejidad el fenómeno humano-, y apoyado en una gran variedad de interesantes fuentes.

En un primer momento, Internet prometía un mundo más plano, descentralizado, democrático y moderno. Era el triunfo de lo descentralizado, del mercado, por encima de lo burocratizado. Internet ha favorecido una erosión «poderes centralizados» y ha favorecido un mayor empoderamiento (esa palabra tan en voga y tan mal utilizada por polítologos; empodera el mercado no el «político»), lo que ha permitido un «mayor control sobre nuestra propia vida», como afirmaba Esther Dyson, pionera de la Red. No en vano detrás de la revolución digital subyace un importante movimiento ‘libertarian’, incorformista y de contracultura (véase Fred TurnerFrom Counterculture to Cyberculture). Sin embargo, todas estas promesas han topado con límtes y no pocos problemas.

En el mundo digital, la seguridad, la privacidad y la transparencia siguen siendo importantes. Poco a poco, y al igual que sucedió con la economía industrial, la nueva economía generó sus propios gigantes: estamos en un escenario más plano, pero seguimos necesitando de «Facebooks» y «Googles» para filtrar, ordenar y, sobretodo, validar la gran cantidad de información que consumimos a diario procurando que sea un dieta equilibrada y que no se nos indigeste. En esta nueva era de la (sobre)información los datos son el «nuevo petróleo». Sin embargo, es un recurso del cúal hoy por hoy solo se pueden beneficiar unas pocas empresas «agregadoras», -desde Twitter a AirBnB o Uber-, encargadas de centralizar todos estos datos (filtrar y sesgar), para a la postre poder monetizar este nuevo activo, generalmente, al margen del usuario final, materia prima en todo este proceso.

El pacto implícito en la Red consiste en mejores servicios a cambio de información, pero se trata de un acuerdo asimétrico y opaco y que en cambio, esta en condiciones de ejercer una cada vez mayor influencia en la manera en la que nos informamos o nos comunicamos con el resto del mundo. Una influencia creciente de la que muchas veces no somos conscientes.

Los grandes players de Internet se defienden -y en parte con razón- de que sin la personalización y los filtros Internet dejaría de ser útil: sería peor que buscar una aguja en un pajar o un pistacho entre centenares de cascaras. Netflix, por ejemplo, cuenta con más de 140.000 referencias; sin filtros sobre lo que le puede gustar a cada perfil, sería una plataforma impracticable. Muchos lectores hemos descubierto auténticas joyas gracias Amazon hoy convertido en (casi) el mejor de los libreros. Para su fundador el visionario y transformador Jeff Bezos, Amazon no quería ser una «tienda de libros» sino una pequeña compañía de «inteligencia artificial» (el valor lo daba el algorítmo que permite mejor conocer al usuario y ofrecerle cada vez mejores productos). Esta misma tecnología la utiliza Google (fundada por dos matemáticos obsesionados con la IA) para, en vez de ordenar preferencias y gustos del usuario, jerarquizar páginas en Internet. Desde 2010 el popular buscador utiliza hasta 57 variables del usuario (desde ubicación, tipo de navegador, paginas consultadas con anterioridad), para adaptar las búsquedas al perfil del usuario.

El crecimiento del buscador a otras áreas, por ejemplo el lanzamiento de Gmail, sirven alpropósito. de conocer mejor el perfil del usuario para así mejorar los resultados del motor de búsqueda. Facebook (que desde 2010 alimenta el portal de noticias del The Washington Post y del The New York Times), Instagram, Twitter o WhatsApp, se han convertido en grandes «pozos de petróleo», en este caso de datos, con miles de usuarios. Estamos inmersos en una gran carrera por ver quién capaz de captar más y mejor información de un número cada vez mayor de usuarios. Más información equivale a un mejor conocimiento de los perfiles, mejores algoritmos, de manera que podemos ofrecer mejores servicios (oferta más personalizada) al usuario. El usuario se convierte en el contenido.

El triunfo de la información es total, pero la necesidad de filtros (buscadores y todo tipo de algoritmos) resulta ineluctable para ordenar toda esta información y no quedar literalmente sepultados por ella. La gran rivalidad entre Google y Facebook, dos de las mayores compañías que pugan por el liderazgo en las redes, es simplemente una lucha por captar más usuarios y tener una mejor información sobre ellos.

El problema es que todos estos filtros se nos aplican sin que nosotros seamos conscientes de ello. De esta forma, el sesgo inducido por esta creciente Inteligencia Artificial influye enormemente en la manera en la que nos aproximamos a la realidad sin que nos demos cuenta como señaló ya en su día Cass Sunstein. En muchos casos, ni la propia empresa sabe conoce el impacto real del sesgo aplicado por el algoritmo que va cambiando según acumula cada vez más y más datos y aprendiendo de la propia experiencia.

El reto es la gran opacidad y poco control de todo este proceso por parte del «teórico» cliente, convertido hoy en producto desechable. Además, estos filtros se edifican sobre los propios sesgos y limitaciones que acumula por defecto la propia mente humana (véase, por ejemplo, el excelente de Daniel KahnemanPensar deprisa, pensar despacio). Lluve sobre mojado. Estos sesgos tienen múltiples implicaciones que van más allá de como seleccionamos como nos informamos, también cómo creamos/innovamos, cómo definimos nuestra identidad o cómo nos cumunicamos con los demás y también tienen importantes limitaciones. Un filtro, -aunque sea inferido a partir de grandes cantidades de datos-, al final, no es más que una manera de «estereotipar», como acuñó Walter Lippman, lo que choca forntalmente con el «problema de inducción», formulado por David Hume en el s. XVIII.; investigaciones seguidas luego (entre otros) por Karl Popper y, más recientemente, Taleb en su popular libro El cisne negro. Tema complejo que el libro enamrca con solvencia.

El libro de Pariser explora todos estos nudos gordianos que ha ido acumulando Internet, repasando su historia reciente, mostrándonos algunos de los dilemas que tenemos por delante, así como el impacto que se deriva de todo ello. El coste marginal cero, la crisis de atención de los usuarios por el aluvión de noticias, el auge de la inteligencia artificial en todos los recobecos de la red, la falta de jerarquía en el mundo digital, o el cada vez más complejo reparto del poder entre lo centralizado y lo descentralizado son solo algunos de los elementos del complejo mosaico que nos dibuja el autor para aproximarnos una imagen más completa de Internet. Pariser concluye: “a medida que la tecnología dirige cada vez mejor nuestra atención, tenemos que observar atentamente hacia dónde la esta dirige.”

En 1965, el polifacético científico y escritor Isaac Asimov escribía en uno de sus relatos de ciencia ficción: «Todos los datos recogidos habían llegado a su término final. Nada quedaba por recoger. Pero todo lo recogido tenía que ser completamente correlacionado y unido en todas sus posibles relaciones.» La visión de Asimov ya esta aquí.

Un gran libro, imprescindible para navegar por Internet que ya es lo mismo que navegar por la vida.

En el mundo digital, la seguridad, la privacidad y la transparencia siguen siendo importantes. Poco a poco, y al igual que sucedió con la economía industrial, la nueva economía generó sus propios gigantes: estamos en un escenario más plano, pero seguimos necesitando de «Facebooks» y «Googles» para filtrar, ordenar y, sobretodo, validar la gran cantidad de información que consumimos a diario procurando que sea un dieta equilibrada y que no se nos indigeste. En esta nueva era de la (sobre)información los datos son el «nuevo petróleo». Sin embargo, es un recurso del cúal hoy por hoy solo se pueden beneficiar unas pocas empresas «agregadoras», -desde Twitter a AirBnB o Uber-, encargadas de centralizar todos estos datos (filtrar y sesgar), para a la postre poder monetizar este nuevo activo, generalmente, al margen del usuario final, materia prima en todo este proceso.

El pacto implícito en la Red consiste en mejores servicios a cambio de información, pero se trata de un acuerdo asimétrico y opaco y que en cambio, esta en condiciones de ejercer una cada vez mayor influencia en la manera en la que nos informamos o nos comunicamos con el resto del mundo. Una influencia creciente de la que muchas veces no somos conscientes.

Los grandes players de Internet se defienden -y en parte con razón- de que sin la personalización y los filtros Internet dejaría de ser útil: sería peor que buscar una aguja en un pajar o un pistacho entre centenares de cascaras. Netflix, por ejemplo, cuenta con más de 140.000 referencias; sin filtros sobre lo que le puede gustar a cada perfil, sería una plataforma impracticable. Muchos lectores hemos descubierto auténticas joyas gracias Amazon hoy convertido en (casi) el mejor de los libreros. Para su fundador el visionario y transformador Jeff Bezos, Amazon no quería ser una «tienda de libros» sino una pequeña compañía de «inteligencia artificial» (el valor lo daba el algorítmo que permite mejor conocer al usuario y ofrecerle cada vez mejores productos). Esta misma tecnología la utiliza Google (fundada por dos matemáticos obsesionados con la IA) para, en vez de ordenar preferencias y gustos del usuario, jerarquizar páginas en Internet. Desde 2010 el popular buscador utiliza hasta 57 variables del usuario (desde ubicación, tipo de navegador, paginas consultadas con anterioridad), para adaptar las búsquedas al perfil del usuario.

El crecimiento del buscador a otras áreas, por ejemplo el lanzamiento de Gmail, sirven alpropósito. de conocer mejor el perfil del usuario para así mejorar los resultados del motor de búsqueda. Facebook (que desde 2010 alimenta el portal de noticias del The Washington Post y del The New York Times), Instagram, Twitter o WhatsApp, se han convertido en grandes «pozos de petróleo», en este caso de datos, con miles de usuarios. Estamos inmersos en una gran carrera por ver quién capaz de captar más y mejor información de un número cada vez mayor de usuarios. Más información equivale a un mejor conocimiento de los perfiles, mejores algoritmos, de manera que podemos ofrecer mejores servicios (oferta más personalizada) al usuario. El usuario se convierte en el contenido.

El triunfo de la información es total, pero la necesidad de filtros (buscadores y todo tipo de algoritmos) resulta ineluctable para ordenar toda esta información y no quedar literalmente sepultados por ella. La gran rivalidad entre Google y Facebook, dos de las mayores compañías que pugan por el liderazgo en las redes, es simplemente una lucha por captar más usuarios y tener una mejor información sobre ellos.

El problema es que todos estos filtros se nos aplican sin que nosotros seamos conscientes de ello. De esta forma, el sesgo inducido por esta creciente Inteligencia Artificial influye enormemente en la manera en la que nos aproximamos a la realidad sin que nos demos cuenta como señaló ya en su día Cass Sunstein. En muchos casos, ni la propia empresa sabe conoce el impacto real del sesgo aplicado por el algoritmo que va cambiando según acumula cada vez más y más datos y aprendiendo de la propia experiencia.

El reto es la gran opacidad y poco control de todo este proceso por parte del «teórico» cliente, convertido hoy en producto desechable. Además, estos filtros se edifican sobre los propios sesgos y limitaciones que acumula por defecto la propia mente humana (véase, por ejemplo, el excelente de Daniel KahnemanPensar deprisa, pensar despacio). Lluve sobre mojado. Estos sesgos tienen múltiples implicaciones que van más allá de como seleccionamos como nos informamos, también cómo creamos/innovamos, cómo definimos nuestra identidad o cómo nos cumunicamos con los demás y también tienen importantes limitaciones. Un filtro, -aunque sea inferido a partir de grandes cantidades de datos-, al final, no es más que una manera de «estereotipar», como acuñó Walter Lippman, lo que choca forntalmente con el «problema de inducción», formulado por David Hume en el s. XVIII.; investigaciones seguidas luego (entre otros) por Karl Popper y, más recientemente, Taleb en su popular libro El cisne negro. Tema complejo que el libro enamrca con solvencia.

El libro de Pariser explora todos estos nudos gordianos que ha ido acumulando Internet, repasando su historia reciente, mostrándonos algunos de los dilemas que tenemos por delante, así como el impacto que se deriva de todo ello. El coste marginal cero, la crisis de atención de los usuarios por el aluvión de noticias, el auge de la inteligencia artificial en todos los recobecos de la red, la falta de jerarquía en el mundo digital, o el cada vez más complejo reparto del poder entre lo centralizado y lo descentralizado son solo algunos de los elementos del complejo mosaico que nos dibuja el autor para aproximarnos una imagen más completa de Internet. Pariser concluye: “a medida que la tecnología dirige cada vez mejor nuestra atención, tenemos que observar atentamente hacia dónde la esta dirige.”

En 1965, el polifacético científico y escritor Isaac Asimov escribía en uno de sus relatos de ciencia ficción: «Todos los datos recogidos habían llegado a su término final. Nada quedaba por recoger. Pero todo lo recogido tenía que ser completamente correlacionado y unido en todas sus posibles relaciones.» La visión de Asimov ya esta aquí.

Un gran libro, imprescindible para navegar por Internet que ya es lo mismo que navegar por la vida.


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