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Regreso al pasado

NY 1929: del «martes negro» de la Bolsa a la Gran Crisis

Futurolandia
Ahora que hablar de crisis y recesión se ha hecho habitual, me gustaría poder hacer uno de mis retornos al pasado, a Nueva York en aquellos días de finales de octubre de 1929 y vivir de cerca el pánico de aquella crisis bursátil de Wall Street que se contagió a muchos países en forma de profunda recesión económica y aún se recuerda con temor.

 El célebre distrito financiero de Nueva York está cerca de Broadway. El edificio de la Bolsa ocupa toda una manzana y tiene su entrada por Wall Street esquina a New Street. Según puede observar, desde la amplia galería para visitantes con capacidad para varios cientos de personas, su planta baja era un patio de operaciones compuesto por 17 corros para la negociación de acciones. Desde allí divisaba toda la amplia sala, aunque el que tenía más cerca era el corro 13 en que se cotizaban empresas como American Tobacco o Nevada Copper.

En el extremo sur de la sala, a mi izquierda y enfrente de la entrada principal, estaba la tribuna en que se situaba el superintendente de operaciones, William Crawford. A los lados, la bandera de barras y estrellas de EE.UU. y la azul del estado de Nueva York. Encima, uno de los tableros luminosos que, estratégicamente distribuidos, iban informando de la marcha de las cotizaciones. A la derecha del púlpito de mando del superintendente, un gong que marcaba el inicio y el cierre de la sesión al ser golpeado con un martillo.

Aunque no pude visitar otros pisos, me indicaron que había oficinas para más de 1.000 telefonistas, 500 recaderos, 300 operadores de tubo acústico, 900 corredores y otros 200 empleados. Naturalmente, el edificio incluía diversos servicios tales como el médico y hasta un selecto restaurante exclusivo para los miembros del club. Múltiples teletipos enlazaban la Bolsa de Nueva York con otras bolsas y oficinas de diversas ciudades de EE.UU. o del resto del mundo.

 

Era el jueves 24 de octubre de 1929,aún cinco días del célebre "martes negro". A las 10 en punto, Crawford hizo sonar el gong que anunciaba el inicio de la sesión. Inmediatamente, en todos los corros y alrededor de los mostradores de contratación se observaba la gran tensión con que iniciaba su andadura la Bolsa de Nueva York.

A las diez y tres minutos la contratación era animada y parecía que iba a ser un día más de una bolsa inestable pero sin grandes problemas. Veinte minutos después, la venta de un gran paquete de 20.000 acciones de General Motors, con una pérdida de casi un dólar por acción puso algo más nerviosos a todos lo que asistían al espectáculo, como protagonistas o como simples observadores, como era mi caso.

A las once y media se habían perdido las normas habituales de etiqueta que prohibían “correr, maldecir, empujar o ir sin chaqueta”. Todo el mundo grita, todos quieren vender. El teletipo acumula ya un retraso de cerca de una hora respecto a las operaciones que van apareciendo. Los inversores de todo tipo, grandes o pequeños, especuladores o prudentes ahorradores, se van enterando poco a poco de que la situación es peor de lo que imaginaban.

Según comentaban algunas personas recién llegadas a la tribuna de visitantes, en los bancos se estaban formando las colas más largas que podían recordarse. Delante de la Bolsa se congregaban grupos cada vez más numerosos de personas inquietas.

Los rumores crecían y eran progresivamente más pesimistas. Se decía que el propio presidente de EE.UU., Herbert Hoover, iba a intervenir personalmente y que, posiblemente, la Bolsa cerraría. Se comentaba que la situación era incluso peor en otras bolsas del país y que estaban ya cerrando las de Chicago y San Francisco.

De acuerdo con la descripción de otro de los recién llegados, varias furgonetas de policía habían bloqueado el tráfico de automóviles en la esquina de Wall Street con Brodway y decenas de policías estaban tomando posiciones por todo el distrito financiero. Un grupo de policías cubría la entrada del número 23 de Wall Street, donde se encontraba la conocida Casa Morgan, uno de los más potentes grupos financieros del país. Otro tanto ocurría en el número 44 donde se localizaban las oficinas centrales del Bank of America.

La policía intentaba imponer orden ante cientos de personas humildes que habían ido allí para comprobar si su dinero estaba seguro. Al parecer, el distrito financiero de Nueva York era un campo de batalla con varios cientos de policías tratando de evitar que los nervios pudieran terminar en desórdenes de todo tipo.

Al medio día empezaron a llegar algunos rumores más optimistas. Se decía que se había constituido un fondo de apoyo a la Bolsa por un grupo de banqueros en que estaba Morgan, Chase, Guaranty Trust, Bankers Trust y First National Bank. En conjunto, unos recursos de más de 6.000 millones de dólares, según dieron a conocer rápidamente teletipos, radio y los periódicos vespertinos. Los rumores y las operaciones de apoyo tuvieron su efecto y poco a poco las caídas fueron interrumpiéndose e incluso hubo algunas alzas aisladas.

A las tres de la tarde sonó el gong de cierre de operaciones. Varias horas más tarde, aún los teletipos seguían con sus largas cintas de recogida de las últimas cotizaciones. Los corredores de bolsa se reponían del mayor susto de su vida profesional, empapados en sudor y muchos de ellos con sus trajes y camisas, normalmente impecables, arrugados cuando no destrozados.

La caída bursátil no había hecho ma1s que empezar. Se habían negociado casi 13 millones de títulos y se calculaba que las pérdidas del día, sobre el valor inicial al comienzo de la sesión, superaban los 6.000 millones de dólares, con alguna recuperación en las últimas horas. Pero el mensaje oficial, que todos los protagonistas querían transmitir, era unánime: ¡Lo peor ya ha pasado!. Sin embargo, yo sabía bien que se trataba de los ilusos deseos de quien trata de escapar mentalmente de una tragedia que se le viene encima. Se pedía calma a todos los pasajeros con una suave música de fondo, mientras que el barco se hundía.

El mayor problema no era el de los boquetes que se habían abierto en el casco, sino cómo se multiplicaban los efectos de las vías de agua. Porque lo que producía un pánico generalizado a los inversores no eran las pérdidas de parte de sus ahorros. El gran drama estaba en haber comprado a crédito o “al margen”, como se decía.  Muchos habían adquirido títulos poniendo en efectivo sólo un porcentaje reducido del valor de la operación, por ejemplo el 10%, y comprometiéndose a unos pagos mensuales por el resto del crédito.

Durante años el sistema había funcionado muy bien para el inversor. Con una bolsa al alza, la valoración creciente de las acciones compradas cubría con creces las necesidades de pagos a cuenta y constituían la propia garantía del crédito. El efecto de millones de operaciones de compra por volumen diez veces superior a los ahorros disponibles, había supuesto un amplio periodo de crecimiento de cotizaciones, en que comprar hoy pagando mañana era siempre un negocio.

Al caer las cotizaciones, por el contrario, el valor de las acciones ya no suponía suficiente garantía para el crédito y debían añadirse nuevos valores. En caso contrario, los bancos que habían concedido los créditos podrían liquidar su inversión bursátil (con pérdida) e ir contra el frustrado accionista por la diferencia de valor.

Los primeros en caer, aquel jueves 24 de octubre, eran los pequeños inversores sin recursos adicionales para cubrir el nuevo margen de garantía. Para muchos de ellos podía suponer la ruina. Pero la situación podía afectar progresivamente a los grandes inversores institucionales y, ante el incumplimiento de sus compromisos, a los propios bancos que habían intervenido en la concesión de créditos para aquellas inversiones bursátiles en tiempos de alzas.

La realidad es que, en este viaje, de viernes a lunes poco había que añadir. Ya no se podía acudir a la tribuna de visitantes, que estaba cerrada ante los acontecimientos, posiblemente con la intención de evitar gritos y tumultos dentro del propio edificio de la Bolsa.

Después de la ligera recuperación del jueves por la tarde, el viernes fue un día relativamente normal con una negociación elevada de acciones pero sin grandes caídas. La sesión corta del sábado discurrió en ese ambiente de incertidumbre.

Durante todo el fin de semana pude comprobar que el pasado pánico bursátil seguía siendo el tema de conversación en la calle y en edificios públicos de todo tipo. Los periódicos y las emisoras de radio transmitían continuamente declaraciones de prudente ánimo.

El presidente Hoover creyó necesario quitar tensión, relativizando la importancia de los asuntos financieros: “El negocio fundamental del país es la producción y distribución de productos y ahí tenemos una base firme y próspera”. El presidente de General Motors valoró como «saludable» el reajuste bursátil. Y así continuaba la interminable serie de declaraciones de políticos, banqueros y otros hombres de empresa que querían dar ánimos a sus afligidos compatriotas.

Hasta una pitonisa de gran fama en aquellos tiempos, Evangeline Adams, que días atrás había pronosticado un “crac” bursátil, ahora celebraba sesiones colectivas en una amplia sala, anunciando la buena nueva de una futura recuperación. Una semana más tarde se supo que la adivina había perdido 100.000 dólares en la bolsa y que mandaba vender a cualquier precio mientras repartía a su público optimismos de futuro.

Entre los expertos, las opiniones estaban más divididas y venían sucediéndose, desde hace meses, desacuerdos que incluso terminaban en enfrentamientos personales. El más conocido era el que mantuvieron Irving Fisher, el prestigioso economista y profesor de la Universidad de Yale, con Roger Babson, un economista profesional cercano al mundo financiero. Hace sólo una semana, Fisher había hecho una de esas predicciones que uno querría borrar de su currículum personal: “Espero ver dentro de unos meses a la bolsa mucho más alta de lo que está hoy”. En el extremo contrario Babson se erigió en «profeta de la baja» y anunciaba, con unas semanas de adelanto, caídas de 60 a 80 puntos en el índice bursátil. Esos éxitos de predicción, cuando alguien los tiene, son de los que no se pueden olvidar.

Aquel domingo Trinity Church, la iglesia más cercana al edificio de la Bolsa, estaba completamente llena. Los más creyentes buscaban consuelo, pedían consejo o incluso buscaban un apoyo divino para corregir la marcha de los acontecimientos.

El lunes, 28 de octubre, todos parecían estar más animados. Se comentaba que en las oficinas de los agentes de cambio se habían acumulado muchos miles de órdenes de compra. Sin embargo, el día transcurrió en línea con el pasado jueves, con una tendencia mantenida a la baja que no se quebró hasta finalizar la sesión a las tres de la tarde. Los teletipos volvieron a tener hasta cerca de dos horas de retraso sobre lo que ocurría en el parquet.

Yo no quería perderme la vivencia personal del que sería el histórico «martes negro», el día en que se hundió la bolsa. Los periódicos que pude hojear a primera hora de la mañana apostaban por una situación estable sostenida, en particular, por el apoyo de los grandes bancos del país. Como se podría comprobar en pocas horas, los fondos inyectados para la compra de acciones no podrían compensar el torrente de ventas que presionaban las cotizaciones rápidamente a la baja.

No me dejaron pasar, al seguir clausurada la tribuna de visitantes, pero la puerta de entrada a la Bolsa era también un lugar privilegiado de observación, permanentemente alimentado por noticias de dentro, rumores del exterior y el propio protagonismo de algunos de los congregados fuera.

A las 10 de la mañana, en el momento de abrir la Bolsa, éramos ya varios cientos los que nos apilábamos ante sus puertas. Codo con codo parecía que unos a otros nos transmitimos una corriente de nerviosismo, de expectación, de ansiedad, … En sólo media hora empezaron a circular las primeras noticias: las ventas se tragaban, de golpe, cualquier dinero que llegaba al parquet; los corredores estaban descompuestos; todo el mundo chillaba; había desmayos y los servicios médicos internos del edificio no daban más de sí. Se hablaba de varios miles de millones de dólares perdidos en apenas 30 minutos. A las once, según algunas confidencias, “el rugido de voces preñadas de acentos de ira, desesperación y derrota continuaba dominando la Bolsa de Nueva York; grandes paquetes de acciones eran ofrecidos por lo que quisieran dar”.

Y según avanzaban los acontecimientos, la situación se deterioraba también fuera del edificio. Todo el distrito financiero estaba desconcertado por el atasco de comunicaciones que le impedía conocer con detalle la marcha real de los acontecimientos. Poco a poco, Wall Street y sus alrededores se llenaban de una multitud que llegaría a ser de muchos miles de personas. Desmayos, histerias colectivas, lloros y rezos. Un cielo nublado y una fina lluvia persistente eran el telón de fondo de tanta desesperación.

Cuando abandonaba, a punto de cerrar la sesión, aquella multitud de la que me había sentido parte durante horas, sabía que el desastre tendría consecuencias durante años y que terminaría afectando a la mayoría de países del mundo.

En unos días se habían desvanecido unos 50.000 millones de dólares, casi tanto como lo que le había costado al país la I Guerra Mundial. Ahora habría que liquidar viviendas, automóviles y artículos de lujo comprados a plazo. Muchas familias deberían prescindir del servicio doméstico y reducir su consumo de todo tipo de productos. Con menos ventas, las empresas que no habían quebrado financieramente, deberían reducir producción y despedir empleados.

Cien dólares invertidos en bolsa antes de iniciarse la crisis, habrían reducido su valor a poco más de 10, unos años mas tarde.

Había tenido la triste oportunidad de vivir de cerca el inicio de la mayor crisis del mundo moderno. En EE.UU. una gran recesión económica llevaría al país a producir por un valor de casi la mitad, al cabo de cuatro años. El mundo entero debería pagar la factura.

Unos años después, los norteamericanos se reían de sí mismos contando algunos chistes macabros como el del regalo de un revolver con cada compra de acciones del grupo financiero Goldman Sachs o el del recepcionista de hotel que ante la petición de una habitación, pregunta: ¿“La quiere para dormir o para arrojarse a la calle”?

Antonio Pulido twitter.com/PsrA

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