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Dos retroposts sobre la Guerra Civil

Paralelismos traumáticos: Sánchez Dragó, José Antonio, y otros fusilamientos


Recojo aquí dos retroposts sobre la guerra civil —sobre el espantoso verano de 1936, hace ochenta años. Ahora que el cadáver de Lorca sigue reapareciendo sin aparecer, una inquietante presencia fantasmal o ausencia que simboliza la huella todavía viva de las muertes de la guerra. Y de quienes las dieron por buenas, a veces como reacción traumática. De estos traumas y fantasmas de la (post)postguerra puede ser buen ejemplo el libro de Fernando Sánchez Dragó "Muertes Paralelas", que aquí comento.
Vanity Fea 19 de agosto de 2016 Enviar a un amigo
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 (Retropost 1: 28 de mayo de 2006)

Me acabo de comprar Muertes paralelas (Planeta, 2006), libro en el que Fernando Sánchez Dragó reconstruye la muerte de su padre Fernando (Sánchez) Monreal, asesinado por los falangistas en el verano de 1936, y vuelve sobre la manera en que ese hecho ha marcado su vida irremediablemente.

Me lo he comprado porque mi abuelo, Ángel García Benedito, maestro nacional y hombre bueno, fue también asesinado por los falangistas ese mismo verano de 36, dos meses antes, a pocos días del infame 18 de julio. Promete ser una lectura interesante. Todas las familias españolas están marcadas por la Guerra Civil, así que no creo que haya una afinidad tan espectacular en este caso, ni en el paralelismo de su padre con José Antonio Primo de Rivera que da título al libro de Sánchez Dragó. Pero sí hay claro, elementos en común. También cosas que matizar.

Se pregunta Sánchez Dragó por los asesinos de su padre:

¿De qué Falange estamos hablando? ¿En qué medida eran falangistas auténticos, camisas viejas, los energúmenos y recién llegados que impusieron por doquier, en toda la extensión de la zona nacional, durante los dos primeros meses de la guerra, su inicua ley del gatillo? ¿A qué tipo, a qué facción, a qué clase de Falange, en suma, pertenecían los asesinos de Fernando Monreal y Luis Carreño?

    Responde Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza y autor de varios libros sobre la guerra civil (Entre ellos, escrito a medias con Santos Juliá, Víctimas de la Guerra Civil, Madrid, 1999), en una entrevista de enero de 2003 recogida por Montse Armengou y Ricard Belis en su obra, ya citada por mí, Las fosas del silencio. Éste es su testimonio:

     "Cuando se produce la sublevación militar en julio del 36, Falange es un grupo minoritario que, a diferencia de otros partidos fascistas europeos, como el italiano y el alemán, no ha creado una organización de masas ni ha tenido éxito en la movilización política dentro del sistema democrático. A partir de julio del 36, Falange es un partido que crece en tromba, porque mucha gente —católicos, ex-votantes de la CEDA, etc.— se sienten protegidos por este partido que crea una imagen de violencia y exterminio de los rojos. Hay una parte de imagen y otra que es real. Sin ninguna duda, Falange es un partido de promoción de la violencia, que la pone en práctica durante el llamado terror caliente del verano del treinta y seis. Actúan de verdugos de muchas de las víctimas que estamos analizando en los últimos años. El ejército tiene que intervenir algunas veces, porque los falangistas se están extralimitando en sus funciones." (Ob. cit., pp. 53 y 54).

    Y añaden de su cosecha los autores del libro citado:

"Falange Española era un grupúsculo político que en las elecciones de febrero de 1936 recibió tan sólo cuarenta y cinco mil votos y no obtuvo ningún diputado. Su estética uniformada, el culto a José Antonio Primo de Rivera y la utilización que Franco hizo de ella inflaron la presencia y la influencia de la formación. No es de extrañar que algunos investigadores opinen que aquel partido de estilo fascista y paramilitar se creó a medida para el golpe del 18 de julio. Ello resulta verosímil si pensamos en el papel que los camaradas de Falange desempeñaron en detenciones, torturas, violaciones, paseos, mareos, limpias y toda la terminología inventada para designar una sola cosa: asesinatos en los cuales se disputaban el protagonismo con los militares y la Guardia Civil. Joan M. Thomas, historiador que ha investigado a fondo la Falange, cree que una mayoría del partido participó con entusiasmo y por iniciativa propia en la represión, sobre todo en los primeros tiempos de la guerra." (Ob. cit. pp. 54 y 55).

(Sánchez Dragó, Muertes paralelas 222-24)

 

Sobre la descripción de Casanova, aclararé que no la cito, (ni yo ni Sánchez Dragó, supongo) con ánimo de negar que grupos criminales/terroristas del bando contrario hayan cometido actos comparables— probablemente incluso más numerosos antes de la guerra, y menos reprimidos ésos por las autoridades del Frente Popular. Sí matizaría, estando de acuerdo con esta descripción en términos generales, que el calificativo de "verdugo" (aplicado hoy con frecuencia también a los terroristas etarras o islamistas) está invariablemente mal empleado. Un verdugo ejecuta a un reo por mandato legal tras un proceso judicial; estos falangistas eran grupos terroristas no amparados por ninguna legalidad que ni yo, ni Casanova, ni Sánchez Dragó supongo, reconozcamos. De ahí que el término esté mal utilizado para describir a esas pandillas falangistas: eran asesinos, no verdugos. Un verdugo es lo que hubieran merecido ellos, en un mundo mejor ordenado. 

Continúa inmediatamente Sánchez Dragó, comentando la exposición de Las fosas del silencio:

Bien. . . o mal. O las dos cosas. Separemos el trigo de los datos de la paja de las opiniones. Todo lo que dice Julián Casanova es cierto, o lo parece, aunque no sobraría recalcar que la promoción de la violencia llevada a cabo por la Falange fue posterior al Alzamiento [tch tch, ese lenguaje . . . ] y no —en contra de lo que la propaganda izquierdista, [sic la coma] ha conseguido infundir en muchas molleras de ésas, tan abundantes, a las que nada importa deglutir ruedas de molino- anterior a él. Al Alzamiento, decía. . . [re-sick] (Sánchez Dragó, 224).

Supongo que cada uno cuenta la guerra según le va. Pero debería informarse más Sánchez Dragó antes de pontificar así sobre la inocencia original de la Falange. A mí desde luego me deja un tanto escéptico . . .

Tampoco es de recibo, sino que antes bien suscita indignación, la mía al menos, lo que Armengou y Belis hacen al dar por buena —no es de extrañar, dicen— la delirante opinión, sostenida, al parecer, por algunos investigadores, cuyos nombres no citan (aunque con esta observación no esté poniendo yo en duda su existencia, seguro que los hay, y a chorro) de que la Falange se creó,  vivir para oír, ¡a medida para el golpe del 18 de julio! Ni que decir tiene que los signos de indignación, que no, en modo alguno, de admiración, son míos. (Sánchez Dragó, 224)

Aquí critica Sánchez Dragó el hindsight bias que supone el ver en la fundación de la Falange una prefiguración de la Guerra Civil. Y pasa a culpar al vandalismo del Frente Popular el crecimiento del desorden que llevó a la espiral de violencia. Bien, desde luego la fecha del 18 de julio no aparece en el acta fundacional de la Falange. Pero, habida cuenta de los precedentes fascista y nazi, ¿alguien puede dudar que estaba entre los sueños, delirantes quizá entonces, de la Falange, el hacerse con el poder al estilo camisa parda, negra, o azul, y arramblando con el régimen, comunista o demócrata, que hubiese en su momento? ¿Se iban a suprimir los partidos, y "el capitalismo", y se iba llevar a cabo el programa joseantoniano, sin usar la violencia? Vamos, hombre. . .  menos indignación, y más clarividencia, que estás escribiendo memoria histórica, no desmemoria. Los demócratas escaseaban en el 36, tanto en la derecha como en la izquierda; ambas estaban más que dispuestas a hacerse con el poder por la fuerza, y a llevar a cabo lo que ambas denominaban una Revolución—que ya se sabe que no son pacíficas. Y quienes sí eran demócratas en teoría, y debían haber sabido mantener la ley y gobernar con justicia, tampoco lo supieron hacer, y se dejaron llevar por sectarismos y favoritismos. E indultaron a golpistas de toda especie.

Pero lo de Sánchez Dragó es un caso de trauma político profundo—para acabar en este libro declarando su admiración a la Falange actual y a la de José Antonio, a las que por una extraña maniobra mental no asocia apenas con la Falange que realmente existía en 1936. Sobre las raíces de esta pirueta conceptual, y de la simbología traumatizada que subyace a ella, puede verse mi comentario en el artículo "Paralelismos traumáticos".

Pero quieras que no, tiene que reconocer Sánchez Dragó algunas durísimas verdades . . .  que de eso va su libro, se supone:

Pero es, efectivamente, y por desgracia, exacto lo que los dos autores en cuestión dicen acerca del triste y bárbaro papel que motu propio [proprio, más propriamente] desempeñó la Falange, o quienes por falangistas se despachaban [¿¿?? —ah. ¿igual eran rojos, o esperantistas?], en los primeros meses del conflicto.

    Será, concluyen Armengou y Belis, "posteriormente cuando comiencen las discrepancias al ver algunos falangistas que el objetivo de Franco de exterminar al enemigo se perpetúa: algunos camisas azules creen que esa aniquilación puede ser contraproducente para el partido y para su proyecto de España, más integrador [tras la desintegración del enemigo y del chivo expiatorio, será]; el propio Manuel Hedilla, jefe de la Junta Provisional de Falange, dirige a sus subordinados una circular en la que les advierte:

’Insisto con el máximo interés en que las operaciones de represión se controlen con todo celo, no cumpliendo otras órdenes que las dictadas por las autoridades competentes [tiene chiste esto de las ’autoridades competentes’]. Es menester evitar que sobre la Falange se eche una fama sangrienta que pueda perjudicarnos en el porvenir. No se castigará a nadie sin averiguación de sus antecedentes y sin orden de la autoridad competente’." (Ob. cit., p. 55)

Lo malo —lo malo, se sobrentiende, para mi padre y, en consecuencia, también para mí —es que la circular de Hedilla no se cursó hasta el 29 de septiembre. ¡Demasiado tarde, una vez más, para que de ella se beneficiaran Monreal y Carreño! [¿y más gente, se sobreentiende? Aunque los criterios de Hedilla para el asesinato organizado administrativamente eran también muy inclusivos]. Pero, en todo caso, y por eso cito lo que cito, siguen cuadrando al dedillo las cuentas relativas a lo cerca —horas, días, dije— que anduvo mi padre de salvar el pellejo.  Ya sé que los quejíos de plañidera emitidos a pitón pasado no sirven para nada, ni, menos aún, resucitan al difunto, pero una y otra vez, tenaz, machacona, estalla y tabletea, dentro de mí esa pueril exclamación, más propia de espectadores de partidos de fútbol o de jugadores de lotería que de adultos dotados de sentido común y criterio, que reza:
—¡Huy! ¡Por un pelo!
O por un palo: el de la portería.

En el caso de mi abuelo, ni pelo ni cabellera. Fue el primer asesinato de la comarca. Quizá hubiera podido escapar a Francia, como mi otro abuelo, con la cuadrilla de requetefachas pisándole los talones. . .  Pero claro, no tenía ninguna razón para escapar de nadie—de nadie racional. Y mucho confía Sánchez Dragó en el "orden" que puso Hedilla (ná menos . . . ). No debería. Los fusilados por orden de la Autoridad golpista están igual de fusilados.

Y es que, por infantil que parezca mi reacción, eso es exactamente lo que me sugiere el cúmulo de datos y opiniones, procedentes de los dos bandos en liza, con los que sin proponérmelo, y en desorden, al hilo de la concepción y la elaboración de este libro, me he ido topando hasta llegar a la convicción —la tengo— de que en la zona nacional, como mínimo y quizá tambien en la otra, pero de eso hoy por hoy no estoy seguro (más bien me inclino por lo contrario), la represión ciega, indiscriminada, injustificada, indocumentada, de quienes no eran combatientes sino pueblo a secas, y vestían de paisano, se detuvo muy pronto, en la segunda mitad del mes de septiembre, debido a la confluencia de tres vectores: la llegada a las cárceles de los efectivos de la Cruz Roja, el férreo control establecido a partir de un determinado momento por las fuerzas armadas y la toma de conciencia de los mandos de la Falange genuina [¿¿los buenos?? ¿¿ya había dos Falanges??] respecto a las atrocidades que como perros rabiosos sin correa, vacuna ni bozal estaban perpetrando sus  supuestos  conmilitones. [El supuestos juro que es de Sánchez Dragó; el Times 18 es mío).

Wikipedia: En 1944 fuentes del Ministerio de Justicia aseguraron que unos 190.000 prisioneros murieron o fueron ejecutados en prisión. Como se ve, hay opiniones para todo. . . La represión y exterminio, ya no desorganizados, sino sistemáticos, continuaron durante años. A mí el convencimiento aparente de Sánchez Dragó de que tras unos meses sólo hubo muertos en combate, o la cortina de humo que se echa ante los ojos con las ejecuciones legales del franquismo, no sé, me parecen un tanto pasmosos. 

"¿Conmilitones? Bueno, bueno . . .  Dejémoslo, con grima y rima fácil, en matones, en killers,  en sicarios a sueldo, que en muchos casos, aunque no, desde luego, en todos, ni siquiera podían esgrimir en su descargo el nauseabundo atenuante de que obedecían órdenes o la coartada ideológica, aún más repulsiva, de que actuaban así para extirpar la mala hierba del país, orear la atmósfera y salvar la patria. Lo digo con la autoridad que para ello me confiere otro dato, otra certeza casualmente aportada por el zigzagueo de las lecturas, conversaciones e investigaciones que preceden o corren paralelas al alumbramiento de este libro. Me refiero a la horripilante hoja de pagos reproducida por Armengou y Belis en su tantas veces por mí citada obra y relativa a la contabilidad llevada a cabo por la delegación de Falange Española en el pueblo sevillano de Los Corrales durante varias semanas del año de 1936 (Ob. cit., p. 264). En ella, taxativa y contundentemente, con modos, modales, pelos y señales que no dejan mucho espacio para la duda, se incluyen "listados con nombres de personas que reciben dinero de la tesorería local de la Falange. Llama la atención que algunas personas percibieran en distintas épocas unas cantidades que eran considerables en la época, pero aún sorprende más que la cifra de treinta y cinco pesetas, que se repite con frecuencia, fuera el precio que se consideraba que correspondía cobrar por asesinar a alguien. Si tenemos en cuenta que en Los Corrales murieron asesinadas setenta y ocho personas y que los nombres de quienes cobran son los que distintos testimonios apuntan como los de quienes se ocupaban de llevar a los detenidos al cementerio —donde los ejecutaban después de haberles hecho cavar su propia fosa— el documento resulta revelador en lo tocante a la responsabilidad de elementos de la Falange en aquellos crímenes". (Ob. cit., p. 56)

     ¡Siete duros! Un pastón. Se entiende que hubiese tantos animales dispuestos a convertirse en asesinos. Todo necio confunde valor y precio.

     ¡’No, no! ¡qué digo! ¿Siete duros? Muchos más, porque ése era el precio per cápita, y podían ser bastantes las cabezas de ganado —como a tales, de hecho, las consideraban y trataban— que en cada limpia, en cada operación de higiene ideológica, eran conducidas al matadero.

     Me pregunto si cobraron los asesinos de mi padre esa u otra cantidad y lo que, caso de ser así, hicieron con ella. . . ¿Irse de putas? Seguro que no. Iban, entonces, muy baratas, y para eso, además ya disponían, y por añadidura gratis, de sus respectivas madres.

     Aunque fuesen unas santas.

     "Pablo Uriel tenía veintidós años y la carrera de médico recién acabada cuando, aquel aciago julio de 1936, se desencadenó la guerra. . . "

     Pertenecen estas líneas al prólogo añadido por Ian Gibson a la excelente obra de narrativa autobiográfica No se fusila en domingo (Pre-Textos, Valencia, 2005), en la que el médico citado —que era, por cierto, de Soria, como yo llegué a serlo, ya talludo, por vía de generosa decisión municipal— evoca las vicisitudes de su existencia, y algunas de las de España durante el mismo período, en los años de la guerra civil. Viene a cuento, me parece, reproducir ahora algunos párrafos de su libro: (Sánchez Dragó, 226-28)

Con este testimonio de Pablo Uriel narra Sánchez Dragó, por vía interpuesta, el asesinato de su padre, mejor que en propia voz. Es sorprendente en el texto que sigue, valiente y estremecedor, y a la vez consciente de la importancia del lenguaje, cómo continúa, sin embargo utilizando el vocabulario de los terroristas para describir sus crímenes, a la vez que denuncia esa infección del lenguaje ("verdugos", "paseos", "ejecuciones"). Y con esos párrafos de No se fusila en domingo termino yo este [primer] post tan largo y tan hablado por vía interpuesta. Son éstos:

    "El papel de verdugos y ejecutores se asignó en Zaragoza a los falangistas y a la Guardia Civil. En la ciudad existían pocos falangistas antes del 18 de julio, pero sus filas fueron engrosadas rápidamente por miembros de otras organizaciones de derechas. Se podía seguir muy bien el proceso mental que les conducía a la pendiente de las ejecuciones. En la práctica, todo falangista intervino alguna vez en esos asesinatos, considerados por sus jefes como actos de servicio a la patria. Si el acto daba lugar a una conmoción psíquica de rechazo o repulsión, el hombre se enrolaba en seguida en alguna unidad combatiente y marchaba al frente, ansiando una lucha más noble. Aquellos que descubrían en disparar sobre un hombre indefenso una fuente de placer quedaban adscritos de modo permanente a las escuadras de verdugos. [Verdugos a sueldo de un régimen fascista, asesino y traidor, repito: no verdugos sin más]. Poco a poco, por un mecanismo de selección, fueron quedando en la retaguardia agrupaciones de jóvenes sádicos a los que se dio amplios poderes para la limpieza. Ellos usaron y abusaron de estos poderes, entre la complacencia hipócrita de las personas de orden, que no mancharon sus manos de sangre pero señalaron a las víctimas, desentendiéndose luego de la suerte que pudieran correr.

    "En sus cuartelillos, estos jóvenes degenerados elaboraban la lista de sus víctimas cada noche; a estas listas se añadían otras, facilitadas por la policía o el ejército. Al anochecer iniciaban sus correrías, recogiendo de las cárceles o de sus domicilios a las piezas sobre las que iban a disparar. Al volante de sus camiones o de grandes turismos Buick o Chrysler de los años treinta, disfrutaban en sus cortos viajes del contacto estremecedor con sus víctimas, en un placer anticipado del agudo y supremo goce de disparar sobre aquellos hombres, mujeres o niños que morían de una manera tan fácil.

    "Al principio quedaban los cuerpos allí, en las canteras o en las cunetas de las carreteras, a la vista de todos. Luego intervino ya la máquina administrativa y esos cuerpos eran recogidos y enterrados en los cementerios próximos o llevados a la fosa común del de Zaragoza.

     "Otros pasaron antes por la sala de anatomía de la Facultad de Medicina de Zaragoza, donde sus datos fueron registrados, y de allí salieron en su último viaje al cementerio o la incineración Los que dejaban su nombre en el registro necrológico de la facultad tenían siempre el mismo diagnóstico: traumatismo craneal.

     "Todos los vencedores colaboraron con los verdugos falangistas con su conformidad. Los muertos no tenían un nombre, ni unas circunstancias personales; eran ’rojos’. Las muertes no eran muertes, eran ’paseos’. Y la fuerza de las palabras desempeñó un buen papel en aquella conformidad.

     "Los hombres que no ejecutaban denunciaban, y, al enterarse de que el denunciado hab’a sido paseado, imaginaban en seguida que su denuncia habría servido para descubrir en la víctima otros horrendos delitos. Aquel denunciado había resultado ser un rojo perdido, y la hora de la justicia había sonado en España.

     "La aquiescencia de la Iglesia costó miles de vidas. Conocía mejor que nadie la cuantía de víctimas cada noche, puesto que los sacerdotes asistían a las ejecuciones. Jamás se preguntó si aquellas muertes ilegales eran o no lícitas. No se habló de ello en los púlpitos, y si algún sacerdote lo hizo fue pronto llamado al orden por sus superiores. Si reincidió fue detenido. Algunos religiosos de un convento próximo a la cárcel ingresaron en las celdas porque se habían permitido pedir clemencia desde sus púlpitos y porque sus palabras llenaron el templo de fieles que buscaban un consuelo.

     "Aunque es muy triste decirlo, muchos de estos sacerdotes encontraron en las ejecuciones un placer inconfesable. Algunos por curiosidad, otros por deleite y unos pocos por cumplir allí una misión trascendente, acudían de buena gana a presenciar los asesinatos.  Esta colaboración gustosa sólo se vio enfriada por algún incidente peligroso, como el ocurrido durante unas ejecuciones en las canteras de Casablanca. Uno de aquellos rojos, en el momento crítico, pasó sus manos esposadas por encima del haz de los faros del coche que iluminaba la escena. Los verdugos, ya nerviosos por la ceremonia, se asustaron ante aquel revuelo inesperado, y dispararon generosamente sus fusiles. Aquel sacerdote murió abrazado a su rojo.

    "Algunos de estos falangistas, al regreso de sus orgías, acudían a un confesor ya designado para ellos. Allí vertían la confidencia de sus pecados de esa noche y recibían la absolución. No eran confesiones muy ortodoxas, puesto que no se les exigía la contrición indispensable, pero la conciencia quedaba así adormecida y las orgías podían continuar en noches sucesivas. El confesor solía preguntar a su confidente si había sentido odio hacia aquellos hombres que se había visto obligado a matar en cumplimiento de su deber patriótico. La respuesta era siempre negativa, ¿por qué razón iba a sentir odio por aquel desconocido?

     "El ejército, salvo en los pocos casos de consejos de guerra, no intervino directamente en las ejecuciones, al menos en Zaragoza. Pero cuando deseaba deshacerse de algún soldado políticamente desafecto, no vacilaba en entregárselo a la Falange para que lo castigase de la única forma como sabía. El Ejército sí es culpable del asesinato de prisioneros de guerra, sobre todo si éstos pertenecían a las Brigadas Internacionales. En este caso el fusilamiento era inmediato y automático. (Ob. cit., pp. 63 y 66)

[Sánchez Dragó: ] Hasta aquí, la de cal. Más adelante, en el mismo libro, la de arena . . .

     "Las primeras horas ese día habían sido una confirmación gozosa de todas mis previsiones. El comportamiento del ejército republicano con sus prisioneros era exactamente el que yo había esperado: el que había anunciado a todos los que temían caer en manos del enemigo.

    "Pero a partir de las nueve o nueve y media de la maana, me enfrenté de pronto con unos hechos para los que no estaba preparado. El comportamiento bochornoso del ejército republicano me proporcionó una decepción que es, sin duda alguna, la mayor que he sufirdo en mi vida. Yo estaba preparado psicológicamente para soportar la crueldad de los franquistas; la encontraba consecuente con los esquemas previos. Pero encontrar esa misma brutalidad en el campo de mis amigos fue una experiencia cuyas consecuencias pesaron sobre mí durante muchos años." (Ob. cit., p. 371)

    Sobran las apostillas. Sobran también, y más, si cabe, las banderías, los sectarismos, los posicionamientos ideológicos.

    ¡Qué asco!

(Sánchez Dragó, Muertes paralelas 226-31, citaba No se fusila en domingo, de Pablo Uriel)

 

(PS: pongo este comentario en el Blog de Fernando Sánchez Dragó: 

Sobre el paralelismo de las muertes, comparto y respeto la voluntad de Vd. de evitar partidismos, cainismos, etc. etc. y dar estopa a ambos bandos, que en ambos hubo muchos que la merecen.

Sin embargo, creo que los paralelismos están mal elegidos, y más para elegir figuras emblemáticas para la portada. Es excesiva la desigualdad entre una pandilla de fascistas dando "paseos", es decir, asesinando a ciudadanos no combatientes, y un poder legítimamente elegido, en tiempo de guerra, condenando a muerte al líder de una banda fascista, golpista y terrorista. Aunque se esté en contra de la pena de muerte; aunque el juicio no tuviese garantías.

No es lo mismo, y no es un paralelismo aceptable. A mi abuelo también lo asesinaron los falangistas, y si escribiese un libro podría ponerlo en la portada, en "paralelo", con algún pobre cura asesinado por milicianos, pongamos. Nunca, por supuesto, con José Antonio Primo de Rivera, jefe de los que tanta gente asesinaron. En fin, prefiero pensar que es un exceso de ecuanimidad por su parte, si tales excesos son posibles.

—oOo—



 
(Retropost 2: Sábado 19 de agosto de 2006)




 Ya hablé en un post anterior de Muertes paralelas, de Fernando Sánchez Dragó, y de lo forzado que me parecía alguno de los paralelismos que sirven de base al libro. Me ha gustado, sin embargo, como libro sobre la guerra civil española y sus consecuencias y la memoria de la misma y sus traumas, ejemplificados en el propio autor.

Es el libro una self-begetting novel de las que decía Steven G. Kellman, un libro que cuenta la historia de cómo llegó a ser escrito, y que, aún más, cuenta cómo quien lo escribe llega a ser quien es mediante la escritura de este libro. Escribe Sánchez Dragó con el siguiente planteamiento: tras muchos años de ignorar la figura de su padre, asesinado por los falangistas al comenzar la guerra civil, se ha dado cuenta, por diversas coincidencias y señales procedentes quizá del más allá, de que el destino de su padre y el suyo están estrechamente entrelazados, de que su padre es la persona más importante de su vida, "el personaje de más importancia, sustancia y trascendencia en la vida de su hijo" (583). Así, el hijo se da cuenta de que ha de escribir un libro para sacarlo del olvido, o para sacárselo del cuerpo, o para terminar de metérselo en el cuerpo quizá. Hace un seguimiento paso a paso de los últimos días de su padre, y más panorámicamente de toda su vida, y de la propia, y de la de su familia entera, con el trasfondo del país en la guerra y la posguerra. Analiza la manera en que su propia personalidad es producto de la herencia y de las circunstancias traumáticas que marcaron su infancia, y en suma busca "desamordazar y regresar" al difunto mediante un proceso de escritura intenso, superponiendo a esa escritura la investigación y la rememoración de su relación fantasmática con su padre, y de toda la carrera, personalidad y destino propios. Viene a concluir Dragó que él es quien es porque mataron a su padre--si no, es probable que hubiera seguido sus pasos en el periodismo y hubiese terminado dirigiendo la agencia Efe, y siendo un desdichado ejecutivo, o quizá un ciudadano Kane, en lugar del hippy feliz y anárquico que es. Aunque no parece haber razón para temer eso, si creemos que "todo lo que, bueno o malo, sucede a un hombre, a una persona, es culpa o mérito de su temperamento y de su conducta" (77).

Es un libro pues contradictorio, y también excesivo, divagante, desordenado, desvergonzado, que pasa de lo emotivo a lo carcajeante y a lo absurdo o ridículo de manera deliberada sin gran orden ni concierto; tan pronto es conmovedor como no puede callarse una asociación de ideas deliberadamente grotesca, o desbarra con interpretaciones disparatadas; todo con frecuentes repeticiones que van y vienen por oleadas o en espiral creciente, conforme vamos entendiendo y conociendo mejor al narrador y a su familia y obsesiones. Como digo lo he pasado bien leyéndolo, a pesar de su longitud desmedida, de las repeticiones o hipótesis inútiles, y de las abundantes ideas marulas del autor-narrador.

Me ha interesado especialmente la dimensión traumática de la historia, y el sentido de ritual funerario de la escritura:
 
"no es necesario (... ) abrir las fosas de la guerra civil que bajo tierra, selladas por el polvo de catorce lustros, duermen, ni encomendar a Aixa la tarea de cepillar, asear y peinar la calva calavera de su abuelo, porque éste, Fernando Monreal, periodista de brillante porvenir, director de la agencia Febus, esposo de Elena, padre del autor de esta tragedia, denunciado por un primo de su cónyuge, encarcelado y condenado por un colega, asesinado a los veintisiete años de edad por un pelotón de hijos de puta y españolito de corazón helado por la barbarie del país bicéfalo en el que tuvo, como tantos otros, la desgracia de nacer, ha sido desenterrado, salvado y liberado por su hijo, que descendió al Hades en su busca, y lo encontró, y contó su historia, y glorificó su memoria, y al hacerlo le devolvió la vida" (659).

El significado político de esta historia hoy es bien expresado por el autor cuando dice que "pocos españoles hay que no lleven un dolor semejante en el fondo de su almario" (59).

Ahora bien, el trauma familiar de Sánchez Dragó, si bien es compartido con muchos españoles, a la vez es vivido y analizado de modo muy particular por el autor. No me convence el análisis que hace de su propio trauma: hay demasiada palabrería y demasiado bailoteo hipotético alrededor, y un montón de hojarasca de sincronías y reencarnaciones y destinos que para mí no son sino síntomas de un cráneo mal amueblado y muy frívolo con las ideas y con el orden de las cosas. No voy a ponerme a analizar el carácter de Sánchez Dragó, pero creo que no sorprendo a nadie si digo que me parece arrollador, egocéntrico, narcisista, fascinado consigo mismo y que le encanta escucharse (vaya, todo eso menos lo de arrollador debería hacérmelo recomendable al menos como alma gemela). Es un libro muy hindsight biassed, que toma una historia llena de imprevistos, casualidades y contingencias, y la organiza para reelaborar un relato de trayectos vitales preorganizados en el más allá y simetrías vitales compensadas según las necesidades fantasmáticas del autor, con el fin de explicar y justificar el presente. La creencia en destinos, sobre todo destinos especiales, en coincidencias asombrosas diseñadas para enseñarle lecciones, en iluminaciones y caídas del caballo, etc., son todos síntomas de alguien que cree desde muy adentro que la realidad está organizada en torno suyo, algo de lo que evidentemente no se llega a curar mediante la escritura de este libro.

Más interesante me ha parecido pues la manera en que Sánchez Dragó escenifica el trauma de modo espontáneo, un trauma no superado mediante la escritura, como querría hacernos creer, sino por el contrario profundamente asentado, quizá más asentado que nunca tras el proceso de escritura. Me refiero a las simpatías profundamente derechistas (hippy-falangistas, por ser más preciso) de alguien cuyo padre fue asesinado por los falangistas en la guerra. Claro que Sánchez Dragó siempre ve esa circunstancia como un tanto paradójica o contradictoria: su padre no era un "rojo", y especula que muy probablemente habría hecho rápida carrera bajo el régimen de Franco, en caso de haber sobrevivido (muy plausible suena esto).

El libro empieza con el autor en sus años mozos e inconscientes. El autor, a decir propio, no termina de hacerse adulto hasta que escribe este libro. Era entonces, a mediados de los cincuenta, un rojillo comunistoide, o más bien tenía un síndrome adolescente de revuelta contra su familia de derechas y contra el franquismo paternalista y sofocante; y es al ser arrestado por el célebre comisario Conesa cuando éste le espeta, revelación para él, que a su padre no lo mataron los rojos sino "nosotros" (sería borde el comisario), los nacionales. Segunda vuelta de tuerca al trauma. Ya no sabe el futuro autor contra quién tiene que rebelarse; en todo caso, aún no ha tenido lugar su caída del caballo y su descubrimiento del misticismo oriental, que aquí aúna con el retorno a la figura de su padre.

Primer toque de atención de los desbarres mentales del autor es su simpatía por la figura de Queipo de Llano: "Queipo, y eso le honra y, a mis ojos, le encumbra, ni era un político ni se metía en política, tanto menos en politiquerías" (105)—¡pues menos mal! Porque sólo dio un golpe de Estado, claro que eso no debe ser meterse en política para Sánchez Dragó. En Queipo reconoce una especie de anarquista de derechas como él. Pues con los jipis del calibre de Queipo, ojo, digo yo.

Pero el episodio más revelador viene con la fascinación que siente el autor por José Antonio Primo de Rivera. Lo elige para la portada de su libro, detalle que le afeé en su blog, y es de hecho la principal "muerte paralela" de las que supuestamente estructuran el libro. A decir verdad, el libro es una serie de estructuras contradictorias en pugna, porque según confiesa el autor, fracasa en su intento de escribir un auténtico libro sobre su padre y José Antonio. Así pues, esa estructura se entrecruza con otra que divide el libro en tres secciones: la primera, "el padre", la segunda "la madre" y la tercera "el hijo", o sea él mismo. Pero la sección de José Antonio Primo de Rivera se embute de manera un tanto improcedente en la sección de "la madre", con lo cual tenemos a continuación del padre real, el padre imaginario, o el doble quiástico del padre, José Antonio Primo de Rivera. Porque el autor quiere enfatizar que al igual que su padre no era de izquierdas, José Antonio no era de derechas, sino un revolucionario, y acabó fusilado por el bando revolucionario... Cuenta asimismo sus simpatía por la Falange renovada (que distingue de la franquista como el blanco se distingue del negro)... pero ay, no puede evitar el problema de que a su padre no lo mató ni esta falange renovada a la que Sánchez Dragó da conferencias, ni la falange oficialista de Franco, sino la única que existía por entonces, la de José Antonio Primo de Rivera... un hecho con el que autor pugna por no enfrentarse. Serían falsos falangistas, advenedizos, los que mataban a la gente, no auténticos falangistas, seres puros, idealistas, al menos tal como se definen a sí mismos en la obra de José Antonio... En fin. Que aquí veo yo el auténtico y profundo trauma de Sánchez Dragó: un trauma que no es un trauma, por estar ya cicatrizado y asimilado; es ya la forma en que ha crecido el árbol, una estructura de personalidad, y unas reacciones viscerales asentadas de antaño ante la iconografía y retórica de la extrema derecha española.

Recuerdo que en la escuela de mi pueblo, en la época franquista, figuraban, a la izquierda y a la derecha del crucifijo, los retratos de Franco y de José Antonio. Franco como la realidad, lo que ERA (una gloriosa realidad según la autorrepresentación del régimen); José Antonio era la posibilidad frustrada, lo que PUDO haber sido, pero también era el más allá, el mártir, el santo, un ser de sobrenatural pureza que velaba sobre el presente desde un lugar privilegiado. Sánchez Drago, a la vez que reacciona (como casi toda España) contra la pequeñez espiritual, la mezquindad siniestra y la dantesca mediocridad de Franco, conserva intacta la otra parte del binomio, al parecer sin caer en la cuenta hasta qué punto es una construcción del propio franquismo que abomina, y parte esencial de su mitología. Refuerza la figura de José Antonio con lecturas de primera mano, de las que sale tanto más convencido. Convencido a priori y por necesidad, pues José Antonio es, a un nivel profundo, y como lo demuestra al estructura de su libro, el alter ego de su padre, la dimensión sobrenatural, trascendental y secreta de su padre; lo que su padre hubiera sido si hubiera sido un gran hombre, y no sólo el que fue (un hombre dinámico, pragmático y sin ideario político). Sánchez Dragó tampoco tiene ideales políticos, abomina de España, que es una ciega pelea a bastonazos entre rojos y azules; pero si los tuviera, en esa dimensión transcendental y secreta, serían los de José Antonio, o los de la actual Falange a la que admira y desea una suerte que augura no tendrá, dada la realidad de España (que por eso, por esa realidad, es Sánchez Dragó anarco-jipi, y no falangista, pero también por su carácter, y, en fin, que su identificación con José Antonio es una identificación con un ideal imposible y sobrehumano, un superyó). Hasta intenta hacer de José Antonio, no sólo "claro varón de España" sino poeta... esos son los mejores, los de obra puramente hipotética.

Con respecto al "Alzamiento", es ambiguo Sánchez Dragó, como lo es hoy gran parte de la derecha que lo contrata (aparte de las conferencias a la Falange, la televisión de Madrid aparece como su empleo más estable recientemente). La sublevación franquista tuvo lugar "contra el gobierno legal—pero dudosamente legítimo, porque la violencia imperante y la parcialidad de sus planteamientos lo deslegitimaban" (312). También justifica las llamadas de José Antonio al uso de la violencia, intentando quitar hierro a sus frases, y aceptando al parecer que "no hay más dialéctica admisible que la dialéctica de los puños y las pistolas cuando se ofende a la justicia o a la patria" o cuando se insulta a nuestros sentimientos (390). Hay que destacar también, por ser ecuánimes, que dice por otra parte que la condena a muerte de José Antonio fue, si bien injusta, comprensible dadas las circunstancias. (Tanto más me sorprende que insista pues en ponerlo de figura paralela con su padre, ejemplo de muerte a todas luces injustificable e incomprensible para quien no quiera ponerse del lado de los asesinos).

Estamos marcados por la guerra. "No son, amigo Delibes, las guerras de nuestros antepasados. Son también, las de ahora mismo y serán algún día las de nuestros descendientes. ¡Maldita Iberia!" (406). El mal nacional, la envidia, recibe esta formulación: "tienen mis compatriotas—y cualquiera que despunte en algo, yo mismo, bien lo sabe y padece—la muy puñetera y palurda manía de encasillar al prójimo y de negarle a priori, y a machamartillo, toda posibilidad de sacar los pies del plato y de transitar por caminos diferentes, aunque no por fuerza opuestos, a los que les tienen asignados" (421). Con frecuencia es elocuente Sánchez Dragó a la hora de describir los caracteres típicos nacionales, sus pequeñeces y sus abominaciones grandes y pequeñas.

Pero, revenons à nos moutons, es interesante cómo "la verdad se inventa" según dice el autor citando a Machado (448); si eso es cierto de la verdad histórica, tanto más de la "verdad" más subjetiva que necesita el narrador. Así, Sánchez Dragó se enteró siendo hombre joven de que a su padre lo habían matado los falangistas, pero la verdad que necesitaba en su esquema emocional era otra (la que había recibido, de hecho....). Tanto más a medida que desandaba simpatías políticas para volver a una derecha bastante derechista, tras su sarampión comunista. Necesitaba que su padre fuera de los buenos, no de los rojos (y no era de izquierdas... así que tanto más corregible la historia). En una novela autobiográfica, Las fuentes del Nilo (1986) imagina la huída de su madre y propia del Madrid republicano "en una avioneta falangista que volaba a ras de suelo". Es, novelando la realidad, lo que le pedía el cuerpo. Analiza cómo su madre regresó a la España de su clase social, de su entorno, de su vida entera... pero no se aplica a sí mismo ese mismo razonamiento. O se indigna con los milicianos que habían destrozado el mobiliario de su casa en Alicante al ocuparla; tras denostarlos y preguntarse "¿qué habría sido del país si semejante gentuza se hubiese llevado el gato de la victoria militar al agua?" se excusa con este sorprendente razonamiento:
 
"Lo siento. Sé que en la otra bandería de la guerra se perpetraron atrocidades análogas, pero no con las casas y las cosas de los míos. ¿Acaso no es lógico salir por los fueros de mi gente? Es la voz de la sangre la que aquí habla por mi boca" (499)
 
—esto, en una narración centrada en el asesinato de su padre por los de la otra bandería... es, como poco, un lapsus sorprendente.

Otro episodio traumático significativo es el relativo a su hermanastro. Hijo del segundo matrimonio de su madre, matrimonio sin amor, se obsesionó y enloqueció con la idea de que en realidad era hijo del primer marido de su madre. "Diciéndolo de otra forma: quería ser hijo del amor, no del desamor, como en la triste realidad lo era, y bailando en ese alambre enloqueció" (533). Una triste historia, pero que a su manera viene a reforzar los ecos traumáticos que resuenan en las propias obsesiones del autor: este también quiere ser hijo de la derecha, y no de la España roja, y de ahí su obsesión con el paralelismo y analogía entre su padre y José Antonio Primo de Rivera, y el retorno casi compulsivo e histérico a la figura de este último. Aludiendo a su hermana mayor, que murió de cianosis tras el nacimiento, lo expresa así:
 
"Y ese niño, que no nació azul, aunque tal fuera luego (y lo siga siendo, cada vez más) su color favorito, fue Dioni" 
 
(Dionisio es su alter ego ficcionalizado y corregido). Azul, pues, como el cuaderno de Aznar, o como la camisa de José Antonio, y por voluntad propia de darse forma a sí mismo volviendo una y otra vez al origen que era cierto poéticamente, si no literalmente.

Termina el libro entre escenas de excavaciones en las Fosas de la Memoria, con estudiosos identificando los cuerpos de fusilados anónimos en la guerra civil, y regresando a los traumas para curarlos ceremonialmente: "el familiar, para recuperarse del trauma de la desaparición del ser querido, necesita 'cerrar el duelo', y eso sólo se consigue recuperando los restos del familiar desaparecido y dándole una sepultura digna" (608). Pero el autor ya no está interesado en los restos literales de su padre; ha recogido y reelaborado a su manera sus scattered textual bones, y le da pagana sepultura en su libro, fundiéndolo de manera más satisfactoria no cabe con una recreación de su propia personalidad, la recreación a la que estaba "destinado" tras la original creación de su persona que habría de nacer póstumamente. En una imaginativa sesión de psicoanálisis mediúmico con su amigo Jodorowski, llega a la certidumbre de que si su padre no vivió la vida que parecía tener destinada, es porque la vivió reencarnado en su hijo (en versión corregida y aumentada, menos oficinista...). La identificación con el padre a través de la reencarnación es desde luego una buena solución para desenterrar y regresar al muerto, para quien se la pueda creer. Aún va más allá Sánchez Dragó, y llega a concluir lo siguiente, paradigma de la reconciliación consigo mismo y con los hechos y hasta con los actores de la muerte de su padre:
 
¿Significa, lo que acabas de decirme, que yo debo la buena marcha de mi vida, su encarrilamiento, los éxitos alcanzados en ella, a la muerte de mi padre?
—Sí, sí, sí...
— En ese caso, maestro Jodorowsky, estaría obligado a admitir que el crimen cometido con mi padre, malo para él, fue bueno para mí y que , desde ese punto de vista, debería, incluso, estar agradecido a las personas que lo asesinaron.

Así el libro invierte su proyecto, y pasa a celebrar y justificar la muerte del padre, incluso a recrearse en ella de modo autocrítico. Pero entre esta frase y las loas a José Antonio y la Falange hay una relación traumática que el texto, aun en sus piruetas más grotescas, evita ver. Demasiado pronto "mató al padre" Sánchez Dragó (630)—fue una muerte en falso, no conocía a su padre y así mal pudo matarlo, y por tanto sigue, matándolo imaginativamente sin lograr salir de su adolescencia ni aun en la vejez, y siempre lo mata en falso, mientras el padre fantasmático, muerto pero eternamente joven, José Antonio Primo de Rivera, lo contempla impasible desde su retrato.
   
—oOo—


José Angel García Landa es miembro del Grupo de Investigación Consolidado H69 HERAF: Hermenéutica y Antropología Fenomenológica, un proyecto de la Universidad de Zaragoza que cuenta con el apoyo institucional y financiero del Gobierno de Aragón y del Fondo Social Europeo.
 

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