lunes,6 diciembre 2021
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Poder prepararse para lo que a uno le guste

El Envés
Es pura demagogia pretender que no haya limitación de plazas de acuerdo con el número de profesores bien preparados con aulas, laboratorios y material necesarios para las prácticas. Hablamos de universidades públicas que me parecen las que cuentan con el mejor profesorado.

Es un grave problema que una persona con capacidad suficiente no pueda estudiar lo que le gusta por falta de unas décimas en unas pruebas de selectividad que no siempre reflejan la valía real del candidato. Y una aberración el ingresar en otra facultad para cursar estudios para los que no se siente inclinado, pero para los que le alcanza su nota media. Es pura demagogia pretender que no haya limitación de plazas de acuerdo con el número de profesores bien preparados con aulas, laboratorios y material necesarios para las prácticas.

Hablamos de universidades públicas que me parecen las que cuentan con el mejor profesorado. Algunos prefieren una universidad privada. Será la sociedad la que después deberá examinar y evaluar los títulos obtenidos en unas o en otras. Se acabó el lugar común de que se recibe la misma calidad de enseñanza en todas las universidades. Esto es falso y no se pueden hacer generalizaciones. En las públicas controladas por el Estado hay una calidad de referencia y unas exigencias iguales para todos los estudiantes sin que valga la artimaña de que, por disponer de más recursos económicos, admitan a estudiantes que no superaron las pruebas de la selectividad establecida.

A la universidad tienen que acceder las personas mejor preparadas y con adecuada disposición para la investigación y el trabajo. Es demagógico sostener que todo el mundo tiene esas aptitudes y que todos los ciudadanos tienen que entrar en la universidad.  Estamos pagando las consecuencias desde que se confundió crecimiento económico con bienestar, progreso y calidad de vida. Es un mito funesto el hacer creer que sólo esos estudios “superiores” capacitan a una persona para desempeñar un puesto importante en la vida.

La masificación ha convertido nuestras aulas en guarderías de adultos en espera de ingresar en las filas del paro. Eso produce una enorme angustia con la frustración correspondiente. Después de 40 años de docencia en la Universidad Complutense, me atrevo a afirmar que hay un elevado número de alumnos que nunca deberían de haber entrado en la universidad si hubieran dispuesto de otras oportunidades más adaptadas a sus condiciones personales. Los padres tienen que comprender que querer a un hijo no es obligarlo a que viva con nuestras verdades, sino ayudarlo a que pueda vivir sin nuestras mentiras. Muchos padres exigen de sus hijos lo que ellos no supieron o no pudieron alcanzar. No es ese el camino de la felicidad que brota de una personalidad integrada consciente de sus límites, pero también de sus enormes riquezas que no siempre coinciden con una evaluación académica.

Es preciso revisar la enseñanza secundaria y preparar a los capacitados para efectuar pruebas de acceso a las diversas facultades universitarias. Habría que revisar los planes de estudio y establecer tres años comunes para Ciencias o para Letras, y sólo después hacer la elección de la especialidad de acuerdo con sus aptitudes. Es precipitado tener que tomar una decisión a los 18 años que te condiciona para toda la vida. Vivir es mucho más que un expediente académico. Al igual que no vivimos para trabajar, sino que trabajamos para vivir, tampoco es concebible que la juventud sea una preparación para “producir”, luego pasamos 30 o 40 años “produciendo” y después nos arrinconan en el varadero de los que ya “no producen”.

Hay mil maneras de formarse para poder ser felices con otras actividades que no implican las exigencias de la vida universitaria. A la sociedad y al Estado compete el imaginar y organizar variadas opciones de formación que permitan a los jóvenes madurar en la conciencia del amor, de la búsqueda de la verdad, de la paz como fruto de la justicia y de la solidaridad. Ser feliz es la capacidad de contemplar el universo con mente sosegada ya que “no el mucho saber harta y satisface el ánimo sino el entender rectamente de las cosas”. En definitiva ¿de qué le vale al ser humano poseer mil cosas sino ha aprendido a ser feliz, aquí y ahora, sabiéndose parte de una humanidad solidaria?

 

José Carlos Gª Fajardo. Emérito U.C.M.

 

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