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De Colbert a Quesnay. De Luis XIV a Luis XVI


Te invito a visitar conmigo el París de los Tres Luises previos a la Revolución Francesa. De paso podemos conversar con dos referentes de las ideas económicas de la época: del mercantilismo de Colbert a la fisiocracia de Quesnay.
Futurolandia 12 de agosto de 2019 Enviar a un amigo
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Por concretar fechas,  en nuestro vuelo imaginario tomaremos tierra en el París de 1670. En política económica los ojos están puestos en promover la capacidad exportadora de los países y aumentar su poder con grandes reservas de oro y plata. En ese enfoque "mercantilista", Jean-Baptista Colbert tendría un papel destacado como responsable del área económica con Luis XIV.

En esos momentos, el rey francés mueve los hilos de Europa, conjugando su fuerza con una política amplia de alianzas que, a su vez, despierta desconfianzas en otros países y lleva a permanentes conflictos armados. El matrimonio de Luis XIV con la infanta María Teresa de Austria conduce a una supeditación de la política española a la francesa. Ahora, en 1670, después de renunciar Luis XIV a sus pretensiones, por vía matrimonial, a la corona de España o, al menos, a los Países Bajos (Paz de Aquisgran, 1668), está preparando una invasión a las Provincias Unidas (Holanda) con el apoyo de Suecia, algunos estados alemanes y España. El ministro Colbert apoya calurosamente la acción, ante el éxito económico del comercio holandés en Europa a costa de la exportación de bienes franceses.

El mapa geo-político europeo en 1670 señala seis grandes potencias: Francia, Reino Unido, Suecia, Polonia y los imperios ruso y otomano. Este último incluye Turquía, Grecia, Albania, Bulgaria, Servia y Bosnia. El Sacro Imperio Germánico es ya una ficción del pasado rota en pedazos, al igual que la futura Italia.

En el terreno cultural se ha superado ya el punto álgido del Renacimiento. Hace ya más de medio siglo de la publicación del inmortal Quijote. Moliére ha estrenado ese mismo año su ácida crítica a los nuevos ricos en El Burgués gentilhombre.  En el campo científico han pasado las aportaciones metodológicas de René Descartes, Kepler ha diseñado sus lentes astronómicas, Pascal su máquina de cálculo y Torricelli su barómetro de mercurio. Estamos en años de los nuevos desarrollos científicos de Newton o Leibniz y de las corrientes filosóficas de Spinoza o Locke. Por cierto, entre su polifacética actividad, Isaac Newton será unos años más tarde gobernador de la Casa de la Moneda de Londres.

Desde principios de siglo ha venido desarrollándose en toda la Europa católica una nueva visión estilística a la que se conoce como «barroco», fastuosa y sensual, con predominio de las curvas sobre las rectas, de la fantasía y los sentimientos sobre la realidad. Dicen que el nombre de barroco se dio un siglo más tarde (significa piedra irregular en portugués) para caracterizar principalmente lo extravagante en arquitectura de un estilo que da impresión de irregularidad, de rareza e incluso de fantasía. En la guerra de religiones, el barroco sería el estilo buscado para marcar la superioridad de la Iglesia Católica frente a los protestantes, una marca de identidad de la Contrarreforma.

Ahora que vamos al esplendoroso París de Luis XIV, tendremos ocasión de comprobar que el barroco se ha convertido en un «arte de Estado» que tiene por finalidad la glorificación del poder soberano, sea este el de Dios, el papa o, en gran número de ocasiones, del propio rey. Pinturas, esculturas, tapices y alfombras tratan de poner de relieve, en los palacios de la época, el refinamiento del poder absoluto de los monarcas. Versalles podría ser todo un símbolo, como también lo serían la obra de pintores como Rubens, Rembrandt, Vermeer, Bernini, Giordano o Velázquez.

Se estima en cerca de un millón el número de europeos que emigran, a lo largo del XVII, al otro lado de los mares, en busca de las aventuras y oportunidades del Nuevo Mundo. Sólo la reciente epidemia de peste de 1647 a 1652, ha producido la muerte de un millón de personas en España y las tres epidemias sufridas por Francia en la primera mitad de siglo, puedan elevar a dos o tres millones la cifra de muertos en ese país. Aunque la tasa de natalidad es elevada (cuatro o cinco partos por matrimonio), un niño de cada cuatro no llega a cumplir el primer aniversario y poco más de la mitad superan el décimo. Añadamos una guerra de treinta años de duración y otras decenas de conflictos anuales entre países y tendremos una idea de porqué la población europea está relativamente estancada alrededor de los 75 millones, una cifra muy poco por encima de la de hace 100 años.

A pesar de pestes, guerras y otros acontecimientos, lo que sí han ido creciendo son las principales ciudades del mundo. París y Londres son ahora las mayores ciudades de Europa, con medio millón de habitantes cada una. Nápoles ha perdido su supremacía, aunque sigue superando las 200.000 personas, cifra parecida a lo que presenta la dinámica Amsterdam, que ha multiplicado por tres su población desde 1570. En la península, Lisboa es la ciudad más poblada, con unos 150.000 habitantes. Detrás está Madrid, que ha multiplicado por tres o cuatro sus vecinos en los últimos 100 años y ronda los 100.000 habitantes, algo por encima de Sevilla que ha visto disminuir su importancia de emporio económico en la conexión con el Nuevo Mundo, ya que prácticamente no llegan remesas de oro ni de plata.

Ha mejorado el nivel educativo, sobre todo en las ciudades. Parece que en Venecia más de la mitad de sus 100.000 residentes saben ya leer y escribir, aunque en el campo los analfabetos superen con mucho esta proporción y lleguen, en algunos casos, hasta el 95%.

En los países mediterráneos, en particular en España y Portugal, la economía mostraba signos indudables de debilidad. La crisis agrícola de años anteriores se había contagiado a actividades industriales y comerciales. En particular la industria textil, una de las actividades más tradicionales, vio venir encima una crisis sin precedentes ante la pérdida de mercados internacionales. La pujanza económica provenía del norte de Europa, especialmente de esa “república de mercaderes”, como despectivamente describía a las Provincias Unidas el propio Colbert.

Llegado el momento de la audiencia con el ministro de Economía y Hacienda de Luis XIV, reconozco que me sorprendió en muchos aspectos. Sabiendo que era famoso por su jornada de trabajo del orden de 15 horas diarias, me imaginaba más a un funcionario lleno de papeles e ideas que a un político elegante y ambicioso.

Me encontré ante un sofisticado y orgulloso ministro, lejano para el común de los mortales. Su aspecto era de lo más rebuscado, muy propio de los excesos de la corte de un monarca absoluto que quería brillar en todos los aspectos. Unos 50 años, estatura media, peluca de color caoba llena de rizos que le llegaban hasta la mitad del pecho, la típica corbata de la época en forma de un pañuelo plisado de fina seda y una bata de tejido damasquinado con motivos vegetales que le cubría por entero.

El resto de su cuerpo no lo ví durante toda la sesión, ya que se mantuvo sentado detrás de su amplia mesa de trabajo y no se levantó ni para despedirme. Ojos pequeños, vivos y penetrantes; unas cejas que se notaban depiladas; labios finos y boca pequeña que sobresalía aún más por el hoyuelo que tenía en la barbilla.

-Perdone su excelencia mi insistencia en visitarle, pero quería conocer personalmente al hombre que, según dicen en toda Europa, lleva el pulso de Francia -dije, pensando en que mi interlocutor agradecería cualquier tipo de halagos.

Me seguía mirando de arriba a abajo con aire distraído y distante. Así que proseguí mi intervención para evitar un silencio que helaba el ambiente.

-Se que su excelencia trabaja incansablemente en sanear la Hacienda, proteger la industria, promover la potencia naval, mejorar las comunicaciones, defender la cultura, desecar las marismas y crear hospitales o luchar contra la mendicidad, ...

Aquí “monsieur” Colbert me interrumpió con el gesto autoritario de alguien acostumbrado a imponer, en cada momento, sus propias reglas de juego.

-Déjese licenciado de zalamerías y cohetes de artificio y vayamos al grano. ¿Cuál es el motivo último de esta audiencia que ha solicitado?

-Ante todo, me gustaría conocer su opinión sobre cómo medir la salud social y económica de un país y su apreciación sobre la situación de Francia.

-Creo que un país rico debe disponer de grandes cantidades de oro y plata, que son como la sangre que recorre las venas del cuerpo social. Cuando en un país sale más oro del que entra es que está perdiendo fuerza.

-¿Y cómo conseguir que el oro se acumule? -pregunté, procurando aparentar la ingenuidad de un lego de la época.

-Mire, querido amigo, la clave está en tener una gran producción de bienes, en particular de los más valiosos, a fin de cubrir las necesidades internas y tener sobrantes para exportar a otros países que nos pagarán con su moneda, es decir en oro o plata.

-¿Pero cómo conseguir esa gran producción de bienes? -insistí.

-La producción es el resultado de un pueblo trabajador y conocedor de sus oficios, como lo es el francés. Pero al gobierno del Rey corresponde estimular actividades, suplir deficiencias y garantizar el acceso a los mercados exteriores.

-¿Podría ponerme algunos ejemplos?, excelencia.

-Hemos promulgado leyes que protegen nuestra industria de la producción de países extranjeros, estableciendo elevados impuestos a la importación; hemos creado manufacturas reales cuyos productos, de alta calidad, pueden llevar un sello con las armas de Su Majestad; se han constituido varias sociedades, controladas por este gobierno, que integran la compañía Francesa de las Indias Orientales; he prohibido la exportación de cereales para evitar carencias interiores; he reducido al mínimo los derechos de entrada de materias primas necesarias a la industria nacional,...

-Deduzco de sus palabras -interrumpí- que Francia goza de una salud económica envidiable, que garantiza un ministro llamado Jean-Baptiste Colbert al servicio de Su Majestad el gran rey Luis XIV.

-Nuestro Rey, a quien Dios conserve muchos años, es el único artífice del gran imperio francés. Los demás, somos pequeños artesanos del buen gobierno, que aportamos nuestro esfuerzo a la gran tarea común. Pero no crea que todo está resuelto. Un gran país tiene muchos gastos y las guerras aligeran nuestras arcas más de lo que podemos permitirnos.

-Pero estos problemas son comunes a todos los países -afirmé tímidamente.

-Por supuesto. Sin embargo hay algunas naciones que se aprovechan de una situación de privilegio con la que es preciso acabar. En este momento en Europa el comercio marítimo lo realizan unos 20.000 barcos. De ellos 15 o 16.000 son holandeses, entre 3 y 4.000 ingleses y sólo de 500 a 600 son franceses. Puede vuecencia comunicar a quien interese que no estoy dispuesto a mantener esta situación que es injusta, por haberse aprovechado de la buena voluntad internacional de nuestra nación. ¡Francia aún no ha dicho su última palabra en las nuevas rutas comerciales del Atlántico Norte!

Sus palabras finales (con ellas acabó la audiencia) eran vehementes y mostraban la seguridad en sus convicciones del ministro Colbert. Recordé entonces lo que conocía de su recorrido profesional: joven comerciante; a los 30 años pasa a administrar los bienes del cardenal Mazarino, el valido del Rey de aquellos momentos; pocos años más tarde ejerce como inspector de la Hacienda Real y desde hace ya diez años ejerce como Ministro de Economía (yo sé bien que continuará otros trece años más).

Había tenido la gran oportunidad de conocer a un personaje que haría historia. Sus recetas económicas darían al mercantilismo francés (es decir, al comercio internacional como eje principal) el calificativo de «colbertismo»,llegándose incluso a considerar como variantes, la política económica de otros países de la época, como en el caso de Gran Bretaña, una especie de «colbertismo parlamentario» propio de un régimen democrático frente al poder absoluto de la monarquía francesa (en general europea) de aquellos tiempos.

Demos ahora un salto de 100 años, que nos permitirá destacar continuidades y rupturas en el fluir de las ideas políticas y económicas. Verdaderamente París podía considerarse en 1770 la capital del mundo. Así lo atestiguaban sus edificios y   calles, su liderazgo intelectual y su capacidad de atracción para visitantes de los más variados países, clases  sociales y profesiones. Allí podremos encontrar a Voltaire, Rousseau, D`Alembert, Diderot o a los fisiócratas Quesnay, Mirabeau y Turgot en un nuevo viaje por el tiempo de retorno al pasado.

La parte monumental está  garantizada. El paso del tiempo había acumulado en París joyas arquitectónicas como Nôtre Dame(una de las más bellas catedrales góticas), Les Invalides(hogar para soldados inválidos mandado construir por Luís XIV y posterior mausoleo de Napoleón), algunos de los más bellos puentes sobre el Sena  ó plazas que seguirían siendo punto de referencia a lo largo de los años (como la Place de la Concorde, diseñada hace solo 13 años).

Pero Luis XV no estaba dispuesto a dejarse eclipsar por los refinados gustos estéticos de su predecesor. Si este había transformado el antiguo castillo de Versalles en un palacio con grandes salones, fuentes y estanques, Luis XV no iba a quedarse atrás. Añadió nuevas zonas, embelleció el conjunto con residencias para los momentos de asueto, como el Grand y Petit Trianone incluso implantó su propio gusto en todo tipo de mobiliario de palacio (el estilo Luis XV, que sería reconocido a través de la historia como un paso adelante en el recorrido del suntuoso barroco a las exquisiteces del rococó).

Sin embargo, la Francia del momento no estaba representada por el lujo de un monarca absoluto, ávido de placeres, que gobernó durante casi medio siglo entre fiestas y sus amores extramatrimoniales, primero con madame Pompadour y, desde hacia unos años, con madame Dubarry.

París era en 1770, ante todo, un torbellino intelectual que encaminaba al mundo entero hacia la Revolución que, dentro de diecinueve años, cambiaría Francia e irradiaría su transformación político-social a otros muchos países.

Charles Louis de Secondat, más conocido en la historia por ser barón de Montesquieu, había muerto hacía 15 años pero sus ideas eran motivo de discusión en las cultas tertulias parisinas del momento. Su exigencia de división entre los tres poderes (ejecutivo, legislativo y judicial) era revolucionaria en aquel momento. Pero aún lo era más su afirmación de que “en los estados despóticos no existen en absoluto leyes fundamentales; no hay un fundamento legal seguro”.

Ya que Monstesquieu había muerto, mi ilusión era encontrarme con otros pensadores aun en activo. Deambulando por el centro de París podía cruzarme con el excéntrico, rebelde y solitario Rousseau, que tendría por entonces 58 años y acababa de regresar a esta ciudad después de un largo destierro, consecuencia de la feroz reacción que, en ciertos ambientes, provocaron sus ideas. En 1762 había publicado El contrato socialy la novela pedagógica Emilio, ambas obras plenas de ideas provocadoras sobre el escaso futuro de las monarquías europeas o la corrupción y las cadenas que la sociedad y la formación tradicional impone al hombre.

Pero, ¿por qué no iba a encontrar en cualquier momento (en alguna de sus visitas a París desde algunos de sus múltiples exilios) a ese diablillo malicioso (y ya septogenario) de Voltaire, en su día protegido de madame Pompadour y feroz crítico de abusos e injusticias? Incluso era posible que pudiera localizar a los gigantes de la divulgación científica de aquellos tiempos, los directores de los siete volúmenes ya publicados hace una década de la Enciclopedia.D`Alembert tendría en aquel momento 53 años, aunque su esfuerzo intelectual y la frustración ante la acogida inicial de su obra, seguro que le harían parecer mucho mayor. Cuatro años mas viejo era su compañero de aventura, Denis Diderot. Entre ambos habían sido capaces de estimular la redacción de la gran obra de consulta del momento en los más diversos campos del saber.

Pero mi objetivo era mantener una conversación con François Quesnay, médico de la Corte y economista por afición, al que encontraría en la madurez de su pensamiento, con sus 76 años cumplidos.

Inmerso en mis propias reflexiones y continuamente deslumbrado por el París de 1770 y la variopinta multitud que recorría sus calles y plazas, terminé por perderme en mi caminar hacia la dirección que me habían indicado, hasta que me encontré, de golpe, ante la verja de entrada a un magnífico edificio neoclásico. Mi lugar de destino era el palacete del marqués de Mirabeau, anfitrión de numerosas tertulias que se celebraban todos los martes en su residencia.

Aunque mis correrías por el tiempo ya me habían habituado a todo tipo de sorpresas, debo reconocer ahora que me sentí intimidado a mi entrada al coqueto salón (naturalmente estilo Luis XV) en que me esperaba el marqués junto a varios invitados.Con gran ceremonia se fueron acercando a saludarme los cuatro tertulianos presentes hasta el momento en el salón.

-Monsieur, permítame que le presente al barón de Aulne, al marqués de Condorcet, a monsieur Du Pont y nuestro maestro y amigo François Quesnay.

Yo esperaba poder hablar con Quesnay y, naturalmente, contaba con la presencia del marqués de Mirabeau. Pero ahora tenía ante mí otro marqués, un barón y un tal Du Pont de los que no sabía nada. Decidí inclinar ligeramente la cabeza ante el conjunto de invitados y salirme por la tangente con unas palabras de elogio hacia Quesnay, que era el de mayor edad de la reunión, del que yo sabía algo por mis lecturas previas y al que, al parecer, todos respetaban.

-Para mí es un placer conocerles a todos ustedes. En particular mi respeto para usted –dije dirigiéndome a Quesnay-  de quien todo el mundo habla en Europa como un sabio al que llaman “economista”.

Al parecer estas palabras fueron bien acogidas por los presentes y el ambiente se notaba más relajado mientras nos sentábamos en un amplio circulo.Yo sabía que Quesnay había sido el médico de cabecera de la marquesa de Pompadour, hasta su muerte hace ahora seis años. También conocía que, aunque protegido de la Pompadour, el rey le había concedido también su favor, manteniéndole como su primer médico y residiendo, por tanto, en Versalles. Incluso había leído una biografía completa que partía desde su nacimiento en 1694 en una explotación agrícola familiar, hasta su muerte, a los 80 años en 1774, recién iniciado el reinado de Luis XVI.

Ya antes de hablar con él, sabía que era un hombre de firmes convicciones, con la curiosidad de un investigador y la fortaleza de alguien que se había hecho a sí mismo. Quedó huérfano a los 13 años y no aprendió a leer hasta casi esta edad. Pasó de ser un barbero-cirujano de la época, a un prestigioso miembro de la nueva Real Academia de Cirugía de Francia. Ante la deformación que progresivamente afectó a sus manos como consecuencia de la gota, decidió hacer su reconversión como médico y así fue escalando prestigio y poder. El favor real le permitió disponer del tiempo y la seguridad necesarios para satisfacer su curiosidad por el papel social de la agricultura y otros aspectos de ese campo que se empezaba a conocer como economía.

Nuestro anfitrión, el marqués de Maribau, inició el debate:

-Todos nosotros somos partidarios de los planteamientos de Quesnay y aceptamos, con gusto, que se nos llame “fisiócratas”.

-¿Qué es ser fisiócrata? –pregunté mostrando una cortés ignorancia-.

Aquí ya intervino el maestro y fundador de la escuela:

-Como médico siempre me ha interesado la fisiología y, en particular, el papel de la circulación de la sangre en el cuerpo humano o de cualquier animal. Creo que la circulación de la riqueza proporciona al organismo nacional un vigor similar al que suministra la savia de las plantas o la sangre de los animales. Por similitud con la fisiología decidí llamar fisiocracia a mis reflexiones sobre la producción y consumo de todo tipo de productos.

Aquel noble que me habían presentado como barón de no sé donde, intervino ahora para apoyar la explicación. Más tarde supe que era otro de los protectores permanentes de Quesnay y que llegaría a ser en pocos años el poderoso Ministro de Finanzas del nuevo gobierno de Luis XVI. Ahora Turgot, (como era más conocido), tenía unos cuarenta años y ya transpiraba la autoridad de quien cree que ha nacido para mandar. Cara redonda, nariz amplia, labios finos y expresión amigable.

-Mire, la fisiocracia es una forma de mirar la realidad de un país. Nosotros no creemos en ese “mercantilismo” que adoraban algunos políticos y pensadores hace años, como el ministro Colbert. Defendemos que la base de un país es su agricultura y que es un error tratar de rebajar los precios de los productos del campo para abaratar los salarios en las ciudades y favorecer así a la producción industrial. Hay que dejar libertad de comercio, intervenir poco en las transacciones entre productores y compradores, no dejarse llevar por las presiones corporativas de los gremios, que tratan de fortalecer la industria a costa de la agricultura.

Ahora el que quería intervenir era el que me habían presentado como monsieur Du Pont. Lo hubiera escuchado con más atención de saber que era el más tarde célebre Du Pont de Nemours, ahora con unos 30 años y que dentro de otros tantos fundaría en EEUU una poderosa multinacional química que llegaría a ser una de las principales empresas de mi tiempo.

-Permítame que le hable como periodista de profesión. Hace cinco años fundamos el Journal de l´Agriculture, du Commerce et des Financesque personalmente dirijo y en que difundimos nuestras ideas. En él hemos escrito artículos todos nosotros y muy en especial el señor Quesnay, aunque la mayor parte con seudónimos como M.A., M.H. o M.N.

-¿Un periódico para defender sus ideas? –interrumpí-.

-Así es. Las ideas sólo tienen valor real cuando una sociedad, y en particular sus dirigentes, las aceptan. Queremos que se respeten nuestras máximas generales de política económica y social en un país agrícola, sobre los más diversos aspectos. Quesnay las ha resumido en 30 grandes principios que van desde la necesidad de una autoridad por encima de los intereses particulares hasta la conveniencia de evitar un tráfico financiero mediante empréstitos que ocasionan el aumento de las fortunas monetarias estériles.

-Por cierto –interrumpí de nuevo-. He oído que ustedes califican de clase estéril a los trabajadores de la industria y artesanos, mientras reservan la denominación de clase productiva a los trabajadores del campo.

Ahora era Quesnay quien se movía inquieto en su sillón. A pesar de que su voz no tenía la viveza de los otros asistentes, todos ellos más jóvenes, nada más empezó a hablar se hizo un silencio reverente. Sus 76 años estaban disimulados por una amplia peluca que cubría su calvicie, su cuidado vestir y la vehemencia de su hablar. Era un hombre de gruesas cejas, ahora blancas, ojos inquisidores y una expresión de atención y curiosidad permanente.

-Me gustaría, querido amigo, que usted tuviera tiempo, algún día, de leer el libro que considero mi testamento intelectual y que publiqué hace ya 12 años. Le titulé Tableau economiquey en él explico cómo la economía de un país puede verse como una gran tabla de cálculo en que se representan las transacciones entre diferentes productores y también con los propietarios de la tierra o de los medios de producción.

Mientras Quesnay trataba de explicarme, con el confuso lenguaje de una ciencia en su etapa más primitiva, cómo funcionaba su tabla, yo pensaba en la extraordinaria intuición de este gran precursor de ideas de otros economistas que las desarrollarían más de un siglo después, como la teoría del valor de Karl Marx, el equilibrio general de León Walras o las tablas input-output de Wassily Leontief, por las que se le concedería a éste el Premio Nobel de Economía 200 años más tarde.

-Todo trabajo es estéril excepto el del campesino ya que sólo este crea un rendimiento adicional con la ayuda de la naturaleza, que hace fructificar lo que se siembra. En agricultura gastamos uno y podemos recoger por dos. En la industria sólo producimos por el mismo valor de lo que gastamos. Por eso es estéril: porque no crea nada adicional.

-Con todo respeto, maestro –intervine para demostrar a mis contertulios que algo sabía del tema- sus esquemas de flujos en zigzag, que tratan de mostrar la cadena de compras y ventas entre la clase estéril, la productiva y la propietaria son de difícil comprensión. He oído que incluso Voltaire los criticó o Adam Smith, el economista escocés que le visitó hace cuatro años, mostró sus reparos.

-Bueno, amigo, de Voltaire sólo puedo decir que es un indeseable que se ha atrevido a calificarnos de ridículos, aunque dice que cualquiera puede entendernos, ... cuando él no ha comprendido nada. Respecto a Smith, creo que se ha enterado de lo principal, aunque tiene algunas ideas extrañas que no comparto. No creo que con esos planteamientos llegue muy lejos.

No iba yo a rebatir tal convicción, así que discurrió el resto de la tertulia sin más intervenciones “agresivas”. Sólo seis años más tarde Adam Smith publicaría su Riqueza de las Naciones, cuya estructura conceptual chocaría de lleno con algunas de las ideas que estaban defendiendo los fisiócratas y que llevaría a su práctico abandono. Ahora, en 1770, estaban en su momento de mayor aceptación y bueno era que disfrutaran de este momento de superioridad intelectual.

En todo caso, aun le quedaba a Turgot su próximo acceso al Ministerio de Hacienda. Entonces nombraría, a Du Pont, Comisario General de Comercio e Inspector de la Moneda al joven Marqués de Condorcet (que, con sus 27 años, no había abierto la boca, posiblemente por respeto a la edad de los presentes).

Antonio Pulido http://www.twitter.com/@PsrA


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