miércoles,25 mayo 2022
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Quesnay y los fisiócratas en el París pre-revolucionario de Luis XV

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Verdaderamente París podía considerarse en 1770 la capital del mundo. Así lo atestiguaban sus edificios y calles, su liderazgo intelectual y su capacidad de atracción para visitantes de los más variados países, clases sociales y profesiones. Allí podría encontrar a Voltaire, Rousseau, D`Alembert, Diderot o a los fisiócratas Quesnay, Mirabeau y Turgot en un nuevo viaje por el tiempo de retorno al pasado.

 La parte monumental estaba garantizada. El paso del tiempo había acumulado en París joyas arquitectónicas como Nôtre Dame (una de las más bellas catedrales góticas), Les Invalides (hogar para soldados inválidos mandado construir por Luís XIV y posterior mausoleo de Napoleón), algunos de los más bellos puentes sobre el Sena (como el Pont Neuf, construido en 1606) ó plazas que seguirían siendo punto de referencia a lo largo de los años (como la Place de la Concorde, diseñada solo 13 años antes de mi visita).

Pero Luis XV no estaba dispuesto a dejarse eclipsar por los refinados gustos estéticos de su predecesor. Si este había transformado el antiguo castillo de Versalles en un palacio con grandes salones, fuentes y estanques, Luis XV no iba a quedarse atrás. Añadió nuevas zonas, embelleció el conjunto con residencias para los momentos de asueto, como el Grand y Petit Trianon e incluso implantó su propio gusto en todo tipo de mobiliario de palacio (el estilo Luis XV, que sería reconocido a través de la historia como un paso adelante en el recorrido del suntuoso barroco a las exquisiteces del rococó).

Sin embargo, la Francia del momento no estaba representada por el lujo de un monarca absoluto, ávido de placeres, que gobernó durante casi medio siglo entre fiestas y sus amores extramatrimoniales, primero con madame Pompadour y, desde hacia unos años, con madame Dubarry.

París era en 1770, ante todo, un torbellino intelectual que encaminaba al mundo entero hacia la Revolución que, dentro de diecinueve años, cambiaría Francia e irradiaría su transformación político-social a otros muchos países.

Charles Louis de Secondat, más conocido en la historia por ser barón de Montesquieu, había muerto hacía 15 años pero sus ideas eran motivo de discusión en las cultas tertulias parisinas del momento. Su exigencia de división entre los tres poderes (ejecutivo, legislativo y judicial) era revolucionaria en aquel momento. Pero aún lo era más su afirmación de que “en los estados despóticos no existen en absoluto leyes fundamentales; no hay un fundamento legal seguro”.

Ya que Monstesquieu había muerto, mi ilusión era encontrarme con otros pensadores aun en activo. Deambulando por el centro de París podía cruzarme con el excéntrico, rebelde y solitario Rousseau, que tendría por entonces 58 años y acababa de regresar a esta ciudad después de un largo destierro, consecuencia de la feroz reacción que, en ciertos ambientes, provocaron sus ideas. En 1762 había publicado El contrato social y la novela pedagógica Emilio, ambas obras plenas de ideas provocadoras sobre el escaso futuro de las monarquías europeas o la corrupción y las cadenas que la sociedad y la formación tradicional impone al hombre.

Pero, ¿por qué no iba a encontrar en cualquier momento (en alguna de sus visitas a París desde algunos de sus múltiples exilios) a ese diablillo malicioso (y ya septogenario) de Voltaire, en su día protegido de madame Pompadour y feroz crítico de abusos e injusticias? Incluso era posible que pudiera localizar a los gigantes de la divulgación científica de aquellos tiempos, los directores de los siete volúmenes ya publicados hace una década de la Enciclopedia. D`Alembert tendría en aquel momento 53 años, aunque su esfuerzo intelectual y la frustración ante la acogida inicial de su obra, seguro que le harían parecer mucho mayor. Cuatro años mas viejo era su compañero de aventura, Denis Diderot. Entre ambos habían sido capaces de estimular la redacción de la gran obra de consulta del momento en los más diversos campos del saber.

Pero mi objetivo era mantener una conversación con François Quesnay, médico de la Corte y economista por afición, al que encontraría en la madurez de su pensamiento, con sus 76 años cumplidos.

Inmerso en mis propias reflexiones y continuamente deslumbrado por el París de 1770 y la variopinta multitud que recorría sus calles y plazas, terminé por perderme en mi caminar hacia la dirección que me habían indicado, hasta que me encontré, de golpe, ante la verja de entrada a un magnífico edificio neoclásico. Mi lugar de destino era el palacete del marqués de Mirabeau, anfitrión de numerosas tertulias que se celebraban todos los martes en su residencia.

Aunque mis correrías por el tiempo ya me habían habituado a todo tipo de sorpresas, debo reconocer ahora que me sentí intimidado a mi entrada al coqueto salón (naturalmente estilo Luis XV) en que me esperaba el marqués junto a varios invitados.Con gran ceremonia se fueron acercando a saludarme los cuatro tertulianos presentes hasta el momento en el salón.

-Monsieur, permítame que le presente al barón de Aulne, al marqués de Condorcet, a monsieur Du Pont y nuestro maestro y amigo François Quesnay.

Yo esperaba poder hablar con Quesnay y, naturalmente, contaba con la presencia del marqués de Mirabeau. Pero ahora tenía ante mí otro marqués, un barón y un tal Du Pont de los que no sabía nada. Decidí inclinar ligeramente la cabeza ante el conjunto de invitados y salirme por la tangente con unas palabras de elogio hacia Quesnay, que era el de mayor edad de la reunión, del que yo sabía algo por mis lecturas previas y al que, al parecer, todos respetaban.

-Para mí es un placer conocerles a todos ustedes. En particular mi respeto para usted –dije dirigiéndome a Quesnay-  de quien todo el mundo habla en Europa como un sabio al que llaman “economista”.

Al parecer estas palabras fueron bien acogidas por los presentes y el ambiente se notaba más relajado mientras nos sentábamos en un amplio circulo.Yo sabía que Quesnay había sido el médico de cabecera de la marquesa de Pompadour, hasta su muerte hace ahora seis años. También conocía que, aunque protegido de la Pompadour, el rey le había concedido también su favor, manteniéndole como su primer médico y residiendo, por tanto, en Versalles. Incluso había leído una biografía completa que partía desde su nacimiento en 1694 en una explotación agrícola familiar, hasta su muerte, a los 80 años en 1774, recién iniciado el reinado de Luis XVI.

Ya antes de hablar con él, sabía que era un hombre de firmes convicciones, con la curiosidad de un investigador y la fortaleza de alguien que se había hecho a sí mismo. Quedó huérfano a los 13 años y no aprendió a leer hasta casi esta edad. Pasó de ser un barbero-cirujano de la época, a un prestigioso miembro de la nueva Real Academia de Cirugía de Francia. Ante la deformación que progresivamente afectó a sus manos como consecuencia de la gota, decidió hacer su reconversión como médico y así fue escalando prestigio y poder. El favor real le permitió disponer del tiempo y la seguridad necesarios para satisfacer su curiosidad por el papel social de la agricultura y otros aspectos de ese campo que se empezaba a conocer como economía.

Nuestro anfitrión, el marqués de Maribau, inició el debate:

-Todos nosotros somos partidarios de los planteamientos de Quesnay y aceptamos, con gusto, que se nos llame “fisiócratas”.

-¿Qué es ser fisiócrata? –pregunté mostrando una cortés ignorancia-.

Aquí ya intervino el maestro y fundador de la escuela:

-Como médico siempre me ha interesado la fisiología y, en particular, el papel de la circulación de la sangre en el cuerpo humano o de cualquier animal. Creo que la circulación de la riqueza proporciona al organismo nacional un vigor similar al que suministra la savia de las plantas o la sangre de los animales. Por similitud con la fisiología decidí llamar fisiocracia a mis reflexiones sobre la producción y consumo de todo tipo de productos.

Aquel noble que me habían presentado como barón de no sé donde, intervino ahora para apoyar la explicación. Más tarde supe que era otro de los protectores permanentes de Quesnay y que llegaría a ser en pocos años el poderoso Ministro de Finanzas del nuevo gobierno de Luis XVI. Ahora Turgot, (como era más conocido), tenía unos cuarenta años y ya transpiraba la autoridad de quien cree que ha nacido para mandar. Cara redonda, nariz amplia, labios finos y expresión amigable.

-Mire, la fisiocracia es una forma de mirar la realidad de un país. Nosotros no creemos en ese “mercantilismo” que adoraban algunos políticos y pensadores hace años, como el ministro Colbert. Defendemos que la base de un país es su agricultura y que es un error tratar de rebajar los precios de los productos del campo para abaratar los salarios en las ciudades y favorecer así a la producción industrial. Hay que dejar libertad de comercio, intervenir poco en las transacciones entre productores y compradores, no dejarse llevar por las presiones corporativas de los gremios, que tratan de fortalecer la industria a costa de la agricultura.

Ahora el que quería intervenir era el que me habían presentado como monsieur Du Pont. Lo hubiera escuchado con más atención de saber que era el más tarde célebre Du Pont de Nemours, ahora con unos 30 años y que dentro de otros tantos fundaría en EEUU una poderosa multinacional química que llegaría a ser una de las principales empresas de mi tiempo.

-Permítame que le hable como periodista de profesión. Hace cinco años fundamos el Journal de l´Agriculture, du Commerce et des Finances que personalmente dirijo y en que difundimos nuestras ideas. En él hemos escrito artículos todos nosotros y muy en especial el señor Quesnay, aunque la mayor parte con seudónimos como M.A., M.H. o M.N.

-¿Un periódico para defender sus ideas? –interrumpí-.

-Así es. Las ideas sólo tienen valor real cuando una sociedad, y en particular sus dirigentes, las aceptan. Queremos que se respeten nuestras máximas generales de política económica y social en un país agrícola, sobre los más diversos aspectos. Quesnay las ha resumido en 30 grandes principios que van desde la necesidad de una autoridad por encima de los intereses particulares hasta la conveniencia de evitar un tráfico financiero mediante empréstitos que ocasionan el aumento de las fortunas monetarias estériles.

-Por cierto –interrumpí de nuevo-. He oído que ustedes califican de clase estéril a los trabajadores de la industria y artesanos, mientras reservan la denominación de clase productiva a los trabajadores del campo.

Ahora era Quesnay quien se movía inquieto en su sillón. A pesar de que su voz no tenía la viveza de los otros asistentes, todos ellos más jóvenes, nada más empezó a hablar se hizo un silencio reverente. Sus 76 años estaban disimulados por una amplia peluca que cubría su calvicie, su cuidado vestir y la vehemencia de su hablar. Era un hombre de gruesas cejas, ahora blancas, ojos inquisidores y una expresión de atención y curiosidad permanente.

-Me gustaría, querido amigo, que usted tuviera tiempo, algún día, de leer el libro que considero mi testamento intelectual y que publiqué hace ya 12 años. Le titulé Tableau economique y en él explico cómo la economía de un país puede verse como una gran tabla de cálculo en que se representan las transacciones entre diferentes productores y también con los propietarios de la tierra o de los medios de producción.

Mientras Quesnay trataba de explicarme, con el confuso lenguaje de una ciencia en su etapa más primitiva, cómo funcionaba su tabla, yo pensaba en la extraordinaria intuición de este gran precursor de ideas de otros economistas que las desarrollarían más de un siglo después, como la teoría del valor de Karl Marx, el equilibrio general de León Walras o las tablas input-output de Wassily Leontief, por las que se le concedería a éste el Premio Nobel de Economía 200 años más tarde.

-Todo trabajo es estéril excepto el del campesino ya que sólo este crea un rendimiento adicional con la ayuda de la naturaleza, que hace fructificar lo que se siembra. En agricultura gastamos uno y podemos recoger por dos. En la industria sólo producimos por el mismo valor de lo que gastamos. Por eso es estéril: porque no crea nada adicional.

-Con todo respeto, maestro –intervine para demostrar a mis contertulios que algo sabía del tema- sus esquemas de flujos en zigzag, que tratan de mostrar la cadena de compras y ventas entre la clase estéril, la productiva y la propietaria son de difícil comprensión. He oído que incluso Voltaire los criticó o Adam Smith, el economista escocés que le visitó hace cuatro años, mostró sus reparos.

-Bueno, amigo, de Voltaire sólo puedo decir que es un indeseable que se ha atrevido a calificarnos de ridículos, aunque dice que cualquiera puede entendernos, … cuando él no ha comprendido nada. Respecto a Smith, creo que se ha enterado de lo principal, aunque tiene algunas ideas extrañas que no comparto. No creo que con esos planteamientos llegue muy lejos.

No iba yo a rebatir tal convicción, así que discurrió el resto de la tertulia sin más intervenciones “agresivas”. Sólo seis años más tarde Adam Smith publicaría su Riqueza de las Naciones, cuya estructura conceptual chocaría de lleno con algunas de las ideas que estaban defendiendo los fisiócratas y que llevaría a su práctico abandono. Ahora, en 1770, estaban en su momento de mayor aceptación y bueno era que disfrutaran de este momento de superioridad intelectual.

En todo caso, aun le quedaba a Turgot su próximo acceso al Ministerio de Hacienda. Entonces nombraría, a Du Pont, Comisario General de Comercio e Inspector de la Moneda al joven Marqués de Condorcet (que, con sus 27 años, no había abierto la boca, posiblemente por respeto a la edad de los presentes).

Antonio Pulido twitter.com/PsrA

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