miércoles,27 octubre 2021
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Carlos Blanco

«Ser superdotado no sirve de nada si uno no se esfuerza por ser buena persona»

Ángela López
Tiene 21 años y está a punto de terminar tres carreras en la Universidad de Navarra. El niño prodigio de ´Crónicas Marcianas´ es hoy un universitario lleno de ilusiones, que no ha dejado de estudiar desde que, con sólo dos años, sucumbió a los placeres de la lectura. Superdotado, sincero y muy humano, Carlos Blanco habla en IBERCAMPUS sobre la Universidad, sus proyectos y sobre cómo ha aprendido en tantos años de fama y prestigio, que lo verdaderamente importante es aprender a ser una buena persona.
P.- Cuéntanos, cómo es un día cualquiera en la vida de Carlos Blanco.
 
R.- Lo cierto es que un día cualquiera es bastante normal: clases por la mañana y por la tarde, también los sábados por la mañana, estudio, lectura, pasear, alguna que otra excursión, escribir, ir con los amigos… También me gusta mucho ver los informativos y leer la prensa en Internet, incluyendo periódicos extranjeros. Pero todo acaba convirtiéndose, de alguna manera, en rutina. De vez en cuando tengo algún aliciente extra, por ejemplo un viaje o un congreso (no hace mucho estuve en un congreso ecuménico en Barcelona), pero son cosas excepcionales. En comparación con el horario y el ritmo que tenía, por ejemplo, a los 13 años (cuando iba semanalmente a Barcelona para grabar Crónicas y también estudiaba varios idiomas y tenía actividades muy diversas) creo que es bastante más ligero. Lo importante, en cualquier caso, es estar contento con lo que se hace, y yo lo estoy.
 
P.- En una entrevista que te hicieron con apenas 13 años decías que de mayor querías ser sabio. ¿Qué significa para ti serlo? ¿Crees que lo has conseguido?
R.- “Ser sabio” es, indudablemente, algo muy complicado y también bastante ambiguo. Puede entenderse como una persona que ha acumulado muchos conocimientos, que ha estudiado mucho, que ha aprendido mucho… Lógicamente, uno de mis deseos siempre ha sido leer, aprender, formarme, explorar nuevos horizontes intelectuales. Pero creo que “sabio” debe ir más allá de la pura asimilación: debe ser, más bien, ilusión por crear algo nuevo, por descubrir algo, por proponer… No sirve de nada aprender si luego no se sabe transmitir. En esa entrevista en La Contra de La Vanguardia me refería a que de mayor tenía que estar siempre abierto al conocimiento; nunca darme por satisfecho o conforme con lo que ya hubiese logrado. Y lo sigo pensando.
 
P.- La Enseñanza Superior en España, como en el resto de Europa, se encuentra en un momento muy delicado y de grandes transformaciones. ¿Qué opinas sobre el presente y el futuro de la Universidad Española?
R.- Hace unos meses salió la lista de las universidades más prestigiosas del mundo, con Harvard, Cambridge y Oxford a la cabeza, y me dio pena de que ninguna española, y prácticamente ninguna europea (con excepción de esas dos británicas) estuviese a la cabeza. También me entristeció que todos los premios Nobel de 2006 en especialidades científicas y en Economía fuesen a investigadores que trabajan en Estados Unidos (algo que nos invita a aprender del valor que se da a la educación y a la investigación en esa gran nación). España tiene un potencial inmenso, pero creo que no se aprovecha. Me parece que falta una cultura de la ilusión por aprender y por conocer. Nos conformamos con lo que se nos da, con lo que nos enseñan en la escuela, pero no se nos transmite ilusión por descubrir, por aportar algo a la Ciencia o al pensamiento, por ganar el premio Nobel… Somos demasiado pragmáticos, pensamos a corto plazo, y creo que eso, en educación, acaba siendo muy negativo. Me gustaría que todas las fuerzas políticas se pusiesen de acuerdo en un proyecto de envergadura sobre la mejora de la educación, secundaria y superior, en nuestro país.
 
P.- ¿Cómo es tu relación con tus compañeros en el campus, los profesores, el ambiente universitario… ?

R.- La relación es buena. Con algunos tengo más trato, pero en general creo que es buena. Soy consciente de que, quizás por mi relación con los medios de comunicación desde que era bastante joven, puedo haber transmitido en ocasiones una imagen de “distancia” o de lejanía, sobre todo porque, por ésas y otras circunstancias, siempre me he relacionado más con adultos y he llevado una vida un poco atípica (televisión, radio, conferencias, clases, cursos, cenas con diplomáticos…). Pero debo confesar que uno de mis retos, y algo que intento hacer en la universidad y en otros ambientes, es mostrar que no soy una persona lejana o distante, y que me encanta tener amigos, conversar… Es más: muchas veces me encuentro solo y nada me reconforta más que poder compartir mis inquietudes con alguien.

 
P.- Viendo tu Curriculum parece que ya no te queda nada por estudiar y sin embargo, solo tienes 21 años. ¿Cuál es tu proximo objetivo académico?
R.- Me gustaría hacer algún doctorado, seguir con cursos de idiomas, y en un futuro combinar la docencia en varias universidades. Y también me haría ilusión colaborar en medios de comunicación y escribir libros.
 
P.- ¿A qué te gustaría dedicar toda tu sabiduría?
 
R.- Uno tiene que proponerse grandes ideales, por utópicos que suenen (de hecho, el filósofo Walter Benjamín decía que “la utopía es el motor de la Historia”), y en este sentido me gustaría que todo lo que he aprendido y lo que he tenido oportunidad de experimentar sirviese para construir puentes: entre las distintas culturas y religiones, entre la Ciencia y las Humanidades, entre el pensamiento occidental y el oriental… Indudablemente, me gustaría llevar a cabo trabajos de investigación en áreas específicas, por ejemplo en historia de las civilizaciones, exégesis bíblica comparada, filosofía de la cultura, teoría del conocimiento o filosofía de la ciencia, pero lo que verdaderamente querría es elaborar un pensamiento propio, una visión del mundo… No quedarme en el puro análisis, sino elaborar una síntesis propia. De hecho, para mí la Universidad es el espacio de la síntesis por antonomasia, aunque una cultura excesivamente tecnocrática como la nuestra que sólo valora lo que tiene aplicaciones inmediatas nos haga olvidarlo.
 
P.- ¿A quién admiras por encima de todo?
 
R.- Admiro a las personas que saben ver más allá de sí mismas y que se abren a los demás. Y admiro a los grandes genios que con su labor intelectual han abierto nuevos horizontes en campos diversos. Los ejemplos son abundantísimos: Jesús de Nazareth, Buda, San Francisco de Asís, Leibniz, Champollion, Mozart… Y, mucho más cercanos en el tiempo y en el espacio, admiro a mis padres, que siempre me han apoyado en todo y que me han hecho inmensamente feliz.
 
P.- Valorando tu experiencia vital, lo bueno y lo malo que te haya dado el ser tan inteligente… ¿desearías volver a ser superdotado si volvieras a nacer y pudieras elegirlo?
 
R.- Uno tiene que aprender a estar contento consigo mismo. Lo importante es mejorar y progresar, ser capaces de superarse, porque creo que siempre tenemos algo nuevo por hacer y algo que perfeccionar. En este sentido, si volviera a nacer, querría ser yo mismo, y por tanto, querer mejorar, progresar, cambiar en lo que tuviera que hacerlo… Y, por otra parte, ser superdotado no sirve de nada si uno no se esfuerza por ser buena persona y por ayudar a los demás. De hecho, cada vez estoy más convencido de que los títulos académicos, la fama, el prestigio, el dinero o la inteligencia, en el fondo, son totalmente secundarios con respecto a las cualidades morales de una persona. Gente con un gran currículum hay mucha; famosos y con prestigio, también; dinero en el mundo, en cantidades asombrosas; personas inteligentes, muchísimas… Pero no siempre encontramos a gente verdaderamente buena y dada a los demás, lo que las religiones llaman “santos”, y creo que todos debemos aprender de sus ejemplos y mirar más allá de los éxitos o de las apariencias. Sólo así podemos ser felices.
 

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