viernes,21 enero 2022
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¿Un presidente para Europa?

Enrique Barón Crespo (Presidente, European Foundation for the Information Society)
Si de algo no puede quejarse la UE es de presidentes. Además del diunvirato ejecutivo Comisión-Consejo, están el Eurogrupo y otras instituciones, con el Banco Central como más valorado. La gran pregunta es qué sentido tienen las elecciones europeas de 2014. Es decir, cómo puede la ciudadanía europea participar con su voto en la elección del presidente del Ejecutivo, entendiendo por tal la Comisión por su monopolio de iniciativa legal y presupuestaria, así como de guardiana de los Tratados.

La decisión del Partido Socialista Europeo (PSE) de nominar a Martin Schulz como candidato a la Presidencia de la Comisión está originando una curiosa situación. Hasta ahora, el Partido Popular Europeo (PPE) era la fuerza pionera en este terreno. Sin embargo, ahora mantiene un discreto silencio aunque alguno de sus miembros no oculten su impaciencia por presentarse. De hecho, su banquillo de actuales y exjefes de Gobierno, requisito no escrito desde Maastricht para ser presidente de la Comisión, es el más nutrido. Algunos grandes electores como Merkel o Van Rompuy han expresado reservas sobre convertir las elecciones en una contienda directa entre fuerzas políticas europeas. Prefieren que la decisión siga descansando sobre sus sufridos hombros. Más bien Santa Alianza que Comunidad.

Incluso, no faltan autoproclamados expertos y guardianes de las esencias europeas que consideran peligroso fomentar una investidura de carácter parlamentario y aconsejan evitar politizar las elecciones.

En esta situación, conviene recordar algunos rasgos básicos de la Unión Europea. El primer paso fue incluir la ciudadanía europea en el Tratado de Maastricht y dar participación al Parlamento en la elección del presidente de la Comisión, para lo que conseguimos cambiar su mandato de dos años renovables por cinco años coincidente con la legislatura. Igualmente, incluir a los partidos políticos europeos para contribuir a "formar la conciencia política europea y a expresar la voluntad de los ciudadanos de la Unión". Propuestas todas que formulé al Consejo de Maastricht en nombre del Parlamento y fueron aceptadas.

Después, a golpe de Tratados, crisis y práctica política se ha llegado al procedimiento adoptado en el Tratado de Lisboa. En virtud del mismo, el presidente será elegido por el Parlamento Europeo a propuesta del Consejo. La cuestión es cómo se tiene en cuenta el resultado de las elecciones. La interpretación más coherente es que lo haga entre los cabezas de lista de los partidos que han concurrido; el ganador sería propuesto a la Presidencia de la Comisión por el Consejo al Parlamento y ese debería obtener la mayoría absoluta de sus miembros. Candidatos no faltarán, ya que hay 18 agrupaciones europeas, de las cuales 10 son partidos políticos reconocidos con grupos en el Parlamento.

El Consejo europeo y los Gobiernos mantienen poderes clave: nominan a los comisarios y eligen al candidato a presidente por mayoría cualificada. Es decir, con un mínimo del 55 % de los miembros del Consejo, incluyendo al menos a quince Estados miembros con un mínimo del 65 % de la población de la Unión. Por lo tanto, habrá coaliciones tanto en el Consejo como en el Parlamento, pero eso es lo que pasa en cada país miembro.

El procedimiento tiene la ventaja de que se puede explicar a la ciudadanía para qué sirve su voto. En el fondo, tiene la misma lógica que en el fútbol europeo, donde las reglas fundamentales no son distintas a las nacionales. Lo que sería más difícil de explicar a estas alturas sería lo contrario. Cuando los socialistas han decidido, por fin, dar el paso adelante, no tendría sentido que los populares lo dieran hacia atrás.

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