viernes,28 enero 2022
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¿Una excursión al Toledo de la Reconquista?

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Orientarme en el Toledo medieval me costó relativamente poco. Mis visitas turísticas en pleno siglo XXI me proporcionaban una visión de los principales puntos de referencia del casco antiguo. Estaba en una de las principales entradas a la medina o ciudad amurallada, la llamada Puerta del Vado, cercana al río Tajo por la zona este de la ciudad y que se integraba en la primitiva muralla musulmana de finales del siglo XI, con recientes retoques de artesanos mudéjares (árabes que conservaban su fe)

Como era habitual, la puerta incluía una reja metálica o rastrillo deslizante que se cerraba por la noche para mayor seguridad de los vecinos. Dada la pendiente de las calles que conducían al centro de la población y su cercanía al río, en la puerta confluían aguas de lluvia y otras menos limpias y desde allí se podía atravesar en barca el río, cerca de donde, más tarde, se construiría el Puente de Alcántara.

La ciudad, reconquistada en el 1085 a los árabes, ya en tiempos de los reinos de taifas, se había convertido en la capital del Reino de Castilla. Sin embargo, era de mucho menor tamaño e incomparablemente más austera que la Córdoba o Constantinopla que había visitado años atrás. Después de dos o tres siglos, en muchos aspectos parecía que había retrocedido en el tiempo en lugar de avanzar.

Para empezar, estaba en una ciudad de unos 40.000 habitantes, incomparable con los cientos de miles de Córdoba o Constantinopla. Pero además había instalaciones militares en lugar de lujosos palacios; la gran Catedral estaba a medio terminar (sólo llevaba poco más de 40 años de construcción sobre los casi 270 que terminó durando su edificación); no había frondosos jardines, fuentes, ni estatuas.

Todo era funcional, nunca ostentoso, dentro además de la limitación de recursos de la época y fruto de una guerra de fronteras con el mundo árabe que había reducido el potente y extenso Califato de Córdoba a un débil y concentrado Emirato de Granada, que incluso debía pagar, en vasallaje a los cristianos, unas “parias” equivalentes a la mitad de sus rentas.

Mientras la Córdoba del 970 estaba ya comunicada al sur por el amplio puente que cruzaba el Guadalquivir, en Toledo sólo hacía unos años que se había sustituido, en la zona oeste de la ciudad, el servicio de barcas que trasladaba pasajeros y mercancías de un lado al otro del Tajo, por el Puente de San Martín, un ejemplo de las muchas mejoras que estaba introduciendo, progresivamente, Alfonso X el Sabio.

Porque la realidad es que el Rey Sabio destacó en muchos frentes. Legisló sobre los más variados temas (medio ambiente, vestidos,…), recopiló el derecho romano (Las siete Partidas) e incluso mandó escribir sobre juegos (Libro del ajedrez, dados y tablas) y él mismo compuso música. En cuanto a su persona, la verdad es que no era agraciado físicamente (sufría de hinchazón en las piernas, úlceras en la piel e incluso perdida de visión en el ojo derecho).

Como estandarte de renovación cultural para todo el Occidente cristiano, hacia casi un siglo y medio que funcionaba una Escuela de Traductores, iniciada bajo la protección del Obispo Raimundo y, en el momento de mi estancia, ya bajo la tutela del Rey Sabio. Justo en esas fechas se empezaban a traducir obras al romance castellano ya que, durante años, la labor encomendada era pasar del árabe o griego al latín el conocimiento, perdido en Occidente, del legado greco-romano de la Antigüedad.

La mezcla de razas era evidente en todas partes. La Escuela de Traductores se había iniciado por un judío converso, Juan de Luna; la construcción recibía el apoyo estético de los alarifes o albañiles mudéjares (hasta hoy día sigue en pie el llamado Taller del Moro, utilizado para las obras de la Catedral); había mezquitas aún existentes, como la llamada del Cristo de la Luz, y sinagogas, como la de Santa María la Blanca, la más grande y antigua de las ocho de que disponía; la plaza central de la ciudad sigue siendo, entonces y ahora, Zocodover, el antiguo zoco árabe.

No se crea, sin embargo, que la convivencia entre culturas carecía de conflictos. Por ejemplo en el siglo XII se había construido la nueva iglesia cristiana de Santo Tomé en plena colaboración con artesanos mudéjares; pero, mientras, la de Santiago del Arrabal se edificaba sobre un antiguo minarete árabe reconvertido en torre de iglesia. La lucha de religiones estaba siempre presente, con más o menos crudeza.

Me contaron una leyenda de las que entonces circulaban por la ciudad sobre el Cid Campeador y la conquista de Toledo, que tiene que ver con el extraño nombre de “Cristo de la Luz” para una mezquita

Era época de juglares y trovadores. Yo había oído en una esquina de Zocodover a un juglar recitar de memoria, como era habitual ya que muchos no sabían leer ni escribir, la parte del Poema del Mío Cid relacionada con Toledo. Hablaba en un castellano primitivo que, desde hace más de un siglo iba arrinconando al latín como “lengua sabia”. En el poema se dice que ya el rey Alfonso VI había tomado Toledo cuando llama al Cid:

Decidle al Campeador, mío Cid el bienhadado, que de aquí a siete semanas se prepare con vasallos para venir a Toledo; esto le doy yo de plazo. Por afecto a mío Cid aquestas Cortes yo hago”.

La leyenda que contaban en otra esquina de la plaza, decía que un niño mozárabe fue quien dio la clave al Cid de la puerta menos protegida de la muralla por la que podía entrar. Una vez rota la puerta con un pesado ariete con cabeza de carnero de bronce y manejado por veinte hombres, caminan por una empinada cuesta cuando ven el jardín de una mezquita y al pasar por delante de ella Babieca, su célebre caballo que le regaló un rey moro, cae hincado de rodillas en el suelo. El misterio se aclara cuando al derribar un muro del que salía un gran resplandor, encuentran un Cristo oculto en una hornacina de una primitiva iglesia visigótica: de ahí el nombre de mezquita del Cristo de la Luz.

A pesar de los múltiples recelos religiosos, lo que se observa al circular por sus calles es una heterogénea multitud de descendientes de antiguos cristianos visigodos de la zona o traídos del norte por el afán de la reconquista, incluidos francos (para la época franceses o provenientes de tierras más allá de los Pirineos); mozárabes, mudéjares, moriscos (moros conversos) y judíos, conversos o no. Sobre todos estos últimos, pesan los prejuicios de los cristianos viejos; incluidos los mozárabes, a los que consideran demasiado tenues en su fe tras siglos de convivencia con los musulmanes.

En las zonas más alejadas del centro, principalmente extramuros, se encuentran el barrio mozárabe, la “judería” y la “morería”. Una parte considerable de la población es mudejar, sobre todo en el campo circundante a la ciudad. En Toledo se encuentra, por otra parte, la mayor concentración de judíos de toda Castilla, unos 2.000, algo así como el 5 por ciento de los habitantes de la ciudad. El número de mudéjares y judíos se estima en unos 200.000, cada uno, para toda Castilla.

El fanatismo religioso y los intereses económicos y políticos, llevaron a musulmanes y cristianos a enzarzarse en una guerra que calificaban de santa y que iba definiendo nuevas fronteras, en esa operación militar que llamamos Reconquista, vista desde el lado de los vencedores.

Pero, además, el extremismo religioso había hecho mella en las relaciones entre musulmanes y judíos. Las persecuciones de los almohades (los nuevos guerreros venidos del norte de África en ayuda de sus correligionarios de al-Ándalus) provocaron una emigración masiva de los hebreos hacia Sefarad, como ellos denominaban a la España cristiana.

En 1090, Alfonso VI, el conquistador de Toledo, manda aprobar una Carta Inter Christianos et Judeos que garantiza un trato legal similar para ambas comunidades. Eso sí, no podían los judíos casarse con cristianos, comer con ellos o hacer proselitismo de sus creencias. Progresivamente se introducen, además, ciertas restricciones sobre posesión y herencia de tierras, que hacen que la comunidad hebrea se aleje de las actividades agrícolas y ganaderas, mientras se acerca a las actividades artesanas (zapateros, tejedores, orfebres, …), al comercio, incluido el de dinero, y al mundo de la cultura.

En los casi dos siglos siguientes, hasta mi llegada  a Toledo, el conflicto entre cristianos y judíos ha ido tomando cada vez más cuerpo. Por una parte, los vientos que vienen del resto de Europa, en una época de Cruzadas, son poco propicios a la plena integración de las comunidades judías. Por otro lado, el sentimiento anti-judío se ha exacerbado en las iglesias y se alimentaba, además, por su enriquecimiento como gentes dedicadas a los negocios, al préstamo de dinero o a la recaudación de impuestos.

Aunque aún faltaba  un siglo para que el odio azuzado por dominicos y franciscanos acabase con las matanzas de 1391: del orden de 50.000 muertos y una conversión en masa de al menos la mitad de los 200.000 judíos que residían en Castilla. Otro siglo más y vendría el decreto de expulsión de 1492, decidido por unos Reyes que se decían Católicos.

Pero ya ahora, en el momento de mi visita, había avisos de tormenta. Solo hay que leer el número 18 de los Milagros de Nuestra Señora de Gonzalo de Berceo, el primer escritor en castellano con nombre y apellidos conocidos, compuesto hacia 1250 y dedicado precisamente a los judíos de Toledo. Primero los descalifica como responsables de la muerte de Cristo:

“Los que mala nazieron, falsos e traïdores, agora me renuevan los antigos dolores; en grand priesa me tienen e en malos sudores, en cruz está mi Fijo, luz de los pecadores”.

Después explica, para ejemplo de propios y extraños, lo que les pasó, para su escarmiento:

“Fueron bien recabdados los que prender podieron, diéronlis yantar mala cual ellos merecieron, mala muerte prisieron después lo entendieron que mal seso ficieron”.

En realidad no puede entenderse la vida social, ni la economía de la época sin tener en cuenta la fragmentación social y territorial que caracteriza el mundo occidental en esos momentos.

En la península Ibérica, aparte del Emirato granadino y el Reino de Castilla y León, encontramos a Jaime I el Grande en Aragón y Cataluña y a dos monarcas de ascendencia francesa en Navarra y Portugal. En total unos 6 millones de habitantes, de los que tres cuartas partes correspondían a Castilla-León.

La Europa Occidental (unos 50 millones de habitantes en total), mientras tanto, sigue dividida en múltiples reinos, condados y hasta ciudades-estado, como en el caso de Venecia, Génova o Florencia. Con lentitud, avances y retrocesos, van definiéndose los Estados de la Europa moderna.

 Según paseaba por las calles de Toledo y observaba a sus gentes, empecé a pensar en qué sabrían de la marcha del mundo. Aunque con retraso, dado el lento sistema de comunicaciones, seguro que llegarían las noticias (posiblemente deformadas en su camino boca a boca) del entorno más inmediato.

Me imagino la alegría con que todos sus habitantes recibirían, en la capital castellana, la noticia de la victoria del rey Alfonso VIII sobre los ejércitos musulmanes en las Navas de Tolosa. Supongo que ahora,  cerca de un siglo después de aquel 1212, seguiría formando parte de la memoria colectiva. Pero en una sociedad tan incomunicada, las principales noticias serían preferentemente locales y referidas a hechos puntuales: la boda o el nacimiento de un descendiente del rey o de alguna personalidad local, batallas ganadas a los enemigos del país, epidemias, …

¿Y del resto del mundo, qué noticias hay? Es fácil imaginar que, para el ciudadano de a pie, el mundo deja de existir más allá de sus fronteras. Para los más incultos y sedentarios, esas fronteras estaban marcadas por lo que sus ojos podían ver y poco más. China, Francia o incluso el reino de Aragón eran lugares lejanos y más de leyenda que de interés para sus vidas. Un grupo reducido de intelectuales y altos cargos de la Administración tratarían, con gran esfuerzo, de entender el mundo. Bueno, más que el mundo (aún desconocido por continentes enteros), los países más cercanos con los que tenían relaciones comerciales, diplomáticas ó conflictos armados.

Para un ciudadano informado del siglo XXI es relativamente fácil seguir la situación mundial día a día y tener, además, una perspectiva histórica de su evolución. Pero un campesino o incluso un habitante ilustrado de un núcleo urbano en plena Edad Media, carecía de esa visión.

Dejando ya aparte la Antigüedad y la Alta Edad Media, desde mi anterior viaje a Córdoba y Constantinopla han ocurrido grandes cambios en el mundo, sean o no conocidos por las personas con que me cruzo en Toledo tres siglos después.

Para empezar, lo sepan o no, se han debilitado o incluso derrumbado prácticamente los tres grandes imperios que gobernaban la mayor parte del mundo a finales del siglo X. El Imperio Romano Germánico está ahora reducido a un conglomerado de territorios dispersos (del que se han separado los estados del norte de Italia), en que el emperador es sólo una figura decorativa carente de poder real.

El Imperio Bizantino ha sido abandonado a su suerte, primero, e invadido, después, por los países occidentales. Hace dos siglos que se ha producido la separación definitiva de la iglesia ortodoxa (el Cisma de Oriente). Pocos años después viene una derrota importante ante los turcos y en 1204 la Cuarta Cruzada termina con el saqueo de Constantinopla. Hace sólo nueve años que se ha restaurado un Bizancio independiente de los cruzados latinos, pero ya muy débil.

Respecto al Imperio Musulmán, éste se ha ido dividiendo en múltiples zonas con su propia autonomía. Los mongoles (la Orda de Oro) se han establecido en la zona de Persia, además de dominar China y reducir el Principado de Kiev al vasallaje. En Siria, Palestina y Egipto hay un sultanato mameluco. El Norte de África está dividido entre diversas facciones. Del califato de Córdoba ya sabemos que solo queda un reducido reino de Granada.

Sin embargo, para los contemporáneos debió pasar desapercibido que se iban consolidando las nuevas grandes potencias de un futuro relativamente cercano: Francia, Inglaterra y España.

En Francia reina ahora Luis IX (al que posteriormente se concedería la santidad) que encabeza la octava y última cruzada cristiana, ahora contra Túnez. Atrás quedan aquellas aventuras de hace dos siglos del duque de Normandía, Guillermo el Conquistador, para invadir y dominar Inglaterra. Años después, los ingleses (que ya dominan Irlanda) cambian las tornas y extienden su influencia a la Normandía francesa, recuperada por Felipe Augusto de Francia hace ahora medio siglo.

Los incipientes reinos cristianos de hace tres siglos en la península ibérica de tiempos del Califato, se han expandido fuertemente. Aquel reducido y débil condado de Castilla se ha convertido en todo un extenso reino, a costa de los anteriores territorios musulmanes de la Mancha, Andalucía y Murcia. Pero, hace medio siglo que Fernando III el Santo, el padre del actual monarca Alfonso X, es rey de Castilla y, además, de León (que incluye Galicia, Asturias y Cantabria aunque ya no el norte de Portugal, que se ha independizado desde principios del siglo XII).

El otro gran reino de aquel futuro país que se llamaría España era Aragón-Cataluña, en plena expansión ahora con Jaime I el Conquistador y que ya extendía sus dominios a los territorios conquistados a los musulmanes en Valencia y Baleares. Entre Castilla y Aragón, el reino de Navarra buscaba mantener su independencia, acudiendo por el momento a una dinastía de origen francés.

La dialéctica entre unidad política e independencia de territorios es una constante de la historia de la humanidad. La consolidación de los estados de la Europa de la Edad Moderna se basa en un proceso de centralización del poder; unión de antiguos reinos o condados; renuncia a privilegios y fronteras locales; integración política, cultural y religiosa. Pero no conviene olvidar que ese proceso ha sido conflictivo a lo largo de la historia y ha exigido permanentes concesiones y acuerdos.

Aquellos nacionalismos vascos o catalanes de principios del XXI, que tanto dan que hablar en nuestros días en su momento de mayor efervescencia, tienen sus raíces políticas y culturales muchos siglos atrás. Un castellano de tiempos de mi viaje por el Toledo de finales del siglo XIII, tenía unas tradiciones culturales, una religión y unas Cortes propias, distintas incluso del reino de León, aunque este también formase parte de la Corona.

Lo mismo ocurre con Aragón y Cataluña, que siguen conservando su propia organización, intereses políticos y Cortes separadas dentro de su unidad política, reflejada en un monarca común. Naturalmente, Castilla-León, Aragón-Cataluña y Navarra se sienten entre sí casi tan diferentes como respecto a otros estados europeos. Sólo les une la cercanía de algunos problemas en común, como coordinar el proceso de reconquista de los territorios peninsulares aún bajo dominio musulmán.

Pero no sólo la península ibérica es un mosaico de estados. Además, los reyes tienen que hacer frente a continuas revueltas nobiliarias en su lucha por el poder. Los fueros, que los descendientes de vascos o catalanes verán como una garantía de su autonomía política, eran entonces una imposición de los nobles frente al poder real. En Castilla, Alfonso X tiene que enfrentarse con los nobles al tratar de adaptar a los tiempos el viejo Fuero de Castilla, favorable a los privilegios nobiliarios. Algo parecido ocurre con los Fueros de Navarra, Aragón o con los Usatges de la tradición catalana.

En último término, lo que está en juego no es la singularidad territorial sino la lucha por el poder. Las Cortes son reflejo de una sociedad estamental dividida entre los que rezan (clérigos), los que defienden el territorio (nobles) y los que trabajan (labradores y una burguesía incipiente de artesanos y comerciantes). Hombres de Dios y nobles de sangre quieren controlar al monarca de turno, decidir sobre los impuestos que pagan los otros y preservar sus privilegios. El estado llano tiene, por el momento, una escasa representación en Cortes y sus derechos están supeditados a los otros dos estamentos. Los monarcas se defienden buscando alianzas con parte de la nobleza o de la Iglesia (pagando por su apoyo) y retrasando la convocatoria de esas Cortes que limitan su poder.

La todavía habitual relación feudal señor/vasallo hacía que se establecieran contratos de arrendamiento o aparcería, con servidumbres de servicios de trabajo (corveas) para labores de siega, transporte o reparaciones; diezmos para las iglesias parroquiales; derechos sobre el bellotar de los cerdos o la fabricación de quesos; obligación de uso de molinos u hornos de pan del propietario de la tierra e incluso tributos en especie (p. ej. sobre gavillas).

A pesar de la elevada mortalidad infantil, que hacía que una mayoría de los nacidos no llegase a los 14 años, la pronta edad del matrimonio (habitualmente hacia los 20 años) y la elevada fecundidad (más de 4 hijos por mujer), permitía ver un campo atendido por gran número de adultos, jóvenes e incluso niños. La esperanza de vida era corta en comparación con la del siglo XX ó XXI, pero no era mucho peor que la de la Edad Moderna. Uno de cada cuatro nacidos moría durante el primer año de vida. Pero un joven de 20 años podía, en promedio, alcanzar los 40 años. Un hombre maduro, de alrededor de los 50 años podía confiar en vivir unos 15 años más. Los “seniles” de más de 60 años tenían aún 10 años de esperanza de vida. Se decía que había gente que incluso alcanzaba los 100 años, como un tal Yusuf, un jefe almoravide enemigo del Cid.

Frente a los amplios vestidos que llegan hasta el suelo de los clérigos, maestros de escuela, oficiales de justicia o monjes, el campesino lleva calzones y calzas (medias) que les llegaban hasta las rodillas, sujetas por una especie de liga. Se cubrían con una túnica de dos piezas que en el caso de las mujeres podía llegar hasta los pies y ocultaba así las formas de su cuerpo. Los campesinos y los viajeros llevaban habitualmente sombreros, que les protegían tanto del sol como de la lluvia. Estas ropas son parecidas para los artesanos e incluso son las habituales en la ciudad. Los más ricos se distinguirán por algún detalle adicional, como un bordado, alguna joya o cuero adornado.

Por supuesto, todo muy austero comparado con el esplendor de Córdoba o Constantinopla hace unos siglos. Pero aún me queda contaros mis conversaciones con el Padre Aniceto, un sacerdote imaginario pero par mí representativo de la época

Antonio Pulido http://www.twitter.com/@PsrA

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