sábado,23 octubre 2021
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Universidades ancladas en el neolítico

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Hoy día empieza a calar la idea de que las tecnologías de la información nos permiten a todos reducir barreras espaciales y temporales; es decir, nos ayudan a dominar dos de las principales restricciones de la actividad humana. Pero seguimos sin explorar muchos de sus efectos y potencialidades, debido en gran parte a que tampoco […]
Hoy día empieza a calar la idea de que las tecnologías de la información nos permiten a todos reducir barreras espaciales y temporales; es decir, nos ayudan a dominar dos de las principales restricciones de la actividad humana. Pero seguimos sin explorar muchos de sus efectos y potencialidades, debido en gran parte a que tampoco conocemos los de la propia información, a cuyo uso debemos casi todo el progreso humano; es decir, la Historia. El problema es la falta de conciencia al respecto, y en consecuencia la ausencia de valoración social y económica primero de la información y luego de sus tecnologías. Fallan así los incentivos. Ilustraré estas afirmaciones con un breve resumen de mi experiencia personal y académica, a modo de introducción y presentación de este blog.
 
El interés por la información y su impacto económico me llevó a licenciarme en Ciencias de la Información y a especializarme en economía, hace justo ahora la friolera de 30 años. Tras ejercer como informador e investigador de economía en medios como la agencia EUROPA PRESS, el diario EL PAIS y el periódico LA GACETA DE LOS NEGOCIOS, realicé la tesis doctoral en Ciencias Económicas y Empresariales sobre el poder en economía. Al año siguiente (ya mediaba 1994) lancé públicamente la tesis de que la economía tradicional de la materia movida por la energía está siendo sustituida a marchas forzadas por una nueva economía de la información movida por el conocimiento. Para contribuir a extender la conciencia sobre el proceso, cuando todavía los más avanzados se limitaban a decir que asistimos a una nueva revolución industrial, acuñé como neologismo el término infolítico, con el fin de captar la atención para explicar que la revolución actual tiene tanto calado histórico como el paso del paleolítico al neolítico.
 
Gracias a mi paralelo interés por los indicadores estadísticos, demostré con ellos que la tendencia a la baja de la intensidad energética de muchas economías tiene como contrapartida la tendencia al alza de la intensidad en información y conocimiento. Mis primeras aportaciones en este sentido indicaron que la nueva economía era ya en realidad más importante que la tradicional, como defendí en el artículo Telecomunicaciones en el umbral del infolítico: una introducción prospectiva, en "Telecomunicaciones", Revista Situación, Banco Bilbao Vizcaya, 1995. Allí y en el curso de doctorado sobre Nueva Economía de la Sociedad de la Información, que imparto desde hace 12 años en la Facultad de Económicas y Empresariales de la Universidad Autónoma de Madrid, insistí en explicar que la revolución digital que empezaba a extenderse entonces tendría mayor calado que la revolución neolítica. Y en los años 1999 y 2000 publiqué semanalmente una columna dominical en el diario EL MUNDO, para escribir por las mismas fechas junto al profesor José B. Terceiro el libro Digitalismo: el nuevo horizonte socio-cultural, así como otros sobre el comercio electrónico y el teletrabajo y colaboraciones con el Grupo de Regulación de las Telecomunicaciones creado hace una década por los ingenieros de telecomunicación.
 
Toda esta tarea, así como la de dirigir numerosos cursos de formación profesional sobre las posibilidades de Internet, me ha proporcionado tantas satisfacciones personales como exiguos resultados económicos y nulos reconocimientos académicos. Cuando solicité los primeros sexenios de investigación, la ANECA me los denegó; mi trabajo no encajaba en sus esquemas endogámicos. La ausencia de incentivos económicos me llevó a dejar los cursos e incluso a dejar de actualizar hace años la web personal www.gustavomatias.com Para apoyar la docencia me limito a usar las listas electrónicas, que 10 años después de su creación siguen tan olvidadas por los profesores como los ordenadores en el aula.Y ahora que afortunadamente a muchas administraciones se les llena la boca con términos como sociedad de la información y del conocimiento, la Comunidad de Madrid me acaba de denegar el último complemento anual de investigación, por la sencilla razón de que rellené el formulario por Internet, como otras veces, pero esta vez no lo entregué después en papel. Se han ahorrado así con su duplicidad de trámites, que no por mi menor dedicación investigadora, casi 3.000 euros en un solo año. Extraña rentabilidad la del culto que todavía algunos rinden a la materia industrial creada con árboles muertos, proceso productivo que por cierto consume cada vez menos energía y más conocimiento. Pero aquí estoy, y ahora espero que no gratuitamente, en esta nueva aventura de www.Ibercampus.es.
 
Gustavo Matias es profesor titular de Estructura y Organización Económica Internacional en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la UAM.

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