martes,7 diciembre 2021
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Ante el incremento de los suicidios

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Cada hora, ciento veinticinco personas ponen fin a su vida, más de dos personas por minuto.

Hablamos de suicidios verificados, no de los camuflados como “accidentes”, previa ingestión de drogas, de alcohol o de broncas emocionales insoportables que conducen a pisar el acelerador sin freno.

Está entre las tres primeras causas mundiales de muerte en personas de entre 15 y 44 años, pero el sector que presenta mayor riesgo es el de los adolescentes. Entre poblaciones rurales, son las personas de edad que ya no se sienten útiles, ni necesitadas, ni queridas. También existen “suicidios” enmascarados en el abandono de tratamientos médicos, para hacer pagar culpas a la familia.

Muchos ancianos que viven solos en las ciudades grandes y que aparecen muertos, no se han pegado un tiro, ni se han tirado por la ventana ni han ingerido venenos. Se han dejado morir abandonándose en la comida y en la higiene, debilitándose, perdiendo fuerzas, y hasta intuyendo un descanso y una liberación en dejar de llevar; para ellos, luego, para el universo entero.

¿Se sabe cuántos soldados se han dejado morir por no poder soportar la tensión de una confrontación absurda? ¿Hay suicidio más eficaz que dejarse matar por el enemigo, y sin deshonor ante la familia pues te los rinden militares? ¿Acaso en la guerra de Vietnam, las drogas no se distribuían desde la propia intendencia?

Para el año 2020, prevé que el número de muertes por suicidio en el mundo superará el millón y medio. Por ello urge tratarla como corresponde. Con una aproximación psicológicamente cálida, acogedora, tranquilizadora. Con el arsenal terapéutico, realmente efectivo, del que disponemos y con tiempo, paciencia, con ese sumergirse en el drama del enfermo.

Los suicidios en España duplican a los muertos en accidentes de tráfico y es la primera causa de muerte violenta. Recordemos que ‘asistir’ (assistere) es, “estar al lado del otro”. Los profesionales que trabajan en la prevención de los suicidios, insisten en que se trata de muertes evitables que, en algunos países, alcanzan 12 por cada cien mil habitantes y, entre los adolescentes, el riesgo es del 30% por la misma proporción.

Sabemos que el suicidio se ha convertido en un tabú tan fuerte como el incesto o, hasta hace poco, las denominadas “desviaciones” sexuales. Como fue tabú durante siglos tratar de la pedofilia, pederastia o, como ahora denomina el Vaticano para las experiencias de sus clérigos, “efebofilia”, atracción por jóvenes de 11 a 17 años.

En algunos de medios de comunicación se reglamenta la publicación de estas noticias, “porque pueden provocar estímulo de imitación”. La OMS pide mejorar la educación en el tema, reducir la estigmatización y aumentar la conciencia de que el suicidio es prevenible. Todavía, en muchas legislaciones, el intento de suicidio se castiga como delito. Lo cual ya es el colmo del despropósito. Y a un enfermo, en no pocas legislaciones, no se le lleva al paredón, se le cura y después se le fusila. La Iglesia católica y otras religiones, castigaban al suicida con la prohibición de ser enterrado en “tierra sagrada”. Con el progreso en la conciencia de una mayor libertad y responsabilidad, se han avenido con el subterfugio de que “no sabían lo que hacían”, “locura transitoria”, “fuera de sí”, “enajenados”.

No hay más que ver las dificultades que tiene un enfermo terminal para tener una muerte digna, mediante suicidio asistido, o mediante eutanasia positiva, por compasión y por justicia. ¿Tanto cuesta reconocer el derecho a disponer de la propia vida? ¿Alguien nos ha pedido permiso para nacer? Algunos expertos piden más planes de prevención para intentar reducir el número de muertes y más información, algo que demandan también muchos familiares.

¿Pueden imponerse ideologías que parten de falsas premisas y de un fanatismo que condena a vivir, como durante siglos bendijeron las condenas a morir y hasta tildó la Santa Sede de Cruzada el alzamiento militar contra nuestra República?  Porque, de esa forma, si morías en combate contra “el infiel” … se te perdonaban todos los pecados.

Partiendo del reconocimiento de este derecho inalienable, es necesario prevenir las decisiones fatales que podrían evitarse mediante atención médica y psicológica, comprensión y tratamiento, información adecuada y medios eficaces para enfermos depresivos, alcoholismo, drogadicción y esquizofrenia. Adolescentes que no asumen su cambiante realidad, o de ancianos sin medios para vivir con la dignidad que la sociedad les debe siempre ya que “las cosas no son de su dueño sino del que las necesita”.  Y aunque la vida no tuviera sentido tiene que tener sentido vivir, pero con dignidad y sin padecimientos insoportables. No vamos de la vida hacia la muerte, sino hacia la felicidad de saberse uno mismo, libre y responsable.  Si no sabemos de dónde venimos por qué habría de preocuparnos adónde vamos, si es que vamos a alguna parte. Por eso, aún dicen en la Misa de difuntos Vita mutatur, non tollitur. La vida se transforma no se pierde. Pero, con palabras de un viejo amigo, vivir hasta morir es vivir lo suficiente. Lo que a nosotros toca, como personas y miembros activos de una sociedad de derechos, es que pongamos todos los medios necesarios para que todo ser humano pueda vivir con dignidad y disfrutar del derecho a la vida, a la sanidad, a la educación y a la búsqueda de la felicidad.

 

José Carlos García Fajardo

Profesor Emérito U.C.M.

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