sábado,29 enero 2022
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El Estado de la Nación, sin debate

Infolítico
Este blog fue creado para presentar y debatir los cambios que promete la nueva economía, conscientes de que el modelo tradicional de la materia movida por la energía tiene que dejar paso al de la información movida por el conocimiento. Por ello debemos prestar atención a la fórmula que el presidente Zapatero anuncia contra la actual crisis económica en el debate sobre el Estado de la Nación de los días 12 y 13 de mayo: "menos ladrillo y más ordenadores e innovación, menos petróleo y más energías renovables".

 

La fórmula resulta en principio muy adecuada, por lo que hay que felicitar al presidente y sus asesores por expresarla en términos tan claros. El tiempo les dará la razón que buscan. La salida de la crisis conocida como del petróleo en los años setenta y principios de los ochenta se realizó gracias a la revolución digital, aumentando la intensidad en información y conocimiento de casi todas las economías. En los próximos años asistiremos a similares derroteros y hasta la energía será revolucionada aun más que en anteriores ocasiones por el conocimiento.

Sin embargo, ya desde días antes se anuncia que en este debate sobre el Estado de la Nación hay mínimo terreno para el pacto. Los medios han dicho que Zapatero “tenderá la mano”, pero no impondrá “líneas rojas”, inaceptables para el PP. Esto sintoniza con el objetivo atribuido a la Moncloa (enfatizar la confrontación entre izquierda y derecha) y al conjunto de la oposición (culpar al Gobierno de la crisis y mostrar su falta de salidas, como avanzadilla de una moción de censura que calienta muchos planes ante los efectos de la crisis ).

Error, craso error, de unos y de otros, que en caso de confirmarse los pronósticos protagonizarán un debate fallido, una ocasión perdida para llegar unos Pactos de la Moncloa-2 como los que propone Ramón Tamales en su último último y como siempre magnífico libro.La crisis económica. Cómo llegó y cómo salir de ella

Dicen que los científicos que la memoria política de los ciudadanos es siempre corta, de apenas unos meses. Yo al menos no recuerdo ningún debate del estado de la nación que no ganara el presidente del Gobierno que lo convocó, fuera Felipe González o José María Aznar. Esa mecánica, que escapa incluso a las adversidades del inexorable ciclo económico internacional, puede encontrar fácil explicación en un escueto inventario de las fuentes y los instrumentos de poder sistematizados por Galbraith con que concurre cada partido al debate: personalidad, propiedad y organización, amenaza, compensación y persuasión.

En cualquier caso, gane quien gane, habremos perdido todos, salvo que ganen todos al acertar al comprometerse ante la crisis. Porque ganar en ese juego no es convencer ni aprovechar la ocasión del Gobierno para involucrar a todos y de la oposición para hacer lo que debe: renovar el patrón del crecimiento, con una economía sostenible y social. Línea que, por cierto, no ha seguido siempre el presente Gobierno como podremos comprobar al pasar revista a los siete ejes del programa nacional de reformas que aprobó poco después de empezar la anterior legislatura. Se lo recuerdo para que le pongan los peros que quieran lo sucedido, aunque no esten entre los 30.000 científicos españoles que denuncian la escasa inversión en I+D en 2009:

  1. Refuerzo de la Estabilidad Macroeconómica y Presupuestaria

  2. El Plan Estratégico de Infraestructuras y Transporte (PEIT) y el Programa AGUA

  3. Aumento y mejora del capital humano

  4. La estrategia de I+D+i (INGENIO 2010)

  5. Más Competencia, Mejor Regulación, Eficiencia de las Administraciones Públicas y Competitividad

  6. Mercado de Trabajo y Diálogo Social

  7. El Plan de Fomento Empresarial

Salvo sorpresas que a la larga nos beneficiarían a todos, la representación de este Debate del Estado de la Nación en el Congreso dejará claro que Zapatero quiere convertirse en líder del desarrollo sostenible, sin que la oposición le diga que ese modelo es cosa de todos y no debe intentar capitalizarlo una parte. Incluso los países que eran más reacios a ese modelo cambiaron de actitud en la última reunión de los líderes mundiales en torno al G-20, como escribí el mismo día que concluyó para la revista CONSEJEROS con el titulo El mundo se convierte al desarrollo sostenible.

A la luz del G-20

En efecto, los resultados de la cumbre del G-20 que reunió el 2 de abril en Londres al 85% del PIB mundial, 80% del comercio y 64% de la población fueron algo más allá de lo esperado, aunque sin cumplir ninguna de las grandes palabras previas con aspiración histórica. Ni fue una nueva Bretton Woods como querían muchos países subdesarrollados, ni se ha refundado el capitalismo como vaticinaba Sarkozy para satisfacer a izquierda y derecha, ni ha levantado acta de defunción del consenso de Washington como deseaban los críticos de la globalización, ni ha dado lugar al nuevo consenso de Londres o a un nuevo Plan Marshall como indicó Brown al presentar los acuerdos, ni se esboza tras esta cumbre "un nuevo orden mundial” como predican todavía los grandilocuentes. Por no aprobar, ni siquiera logró una política de estímulos fiscales contra la recesión o un plan consensuado para rescatar a la banca y garantizar que su crédito nos libere enseguida de la recesión, como deseaban los mercados y buscaba Obama. 

Sin embargo, tampoco fue un fracaso, como la precedente presidida por Bush. Antes al contrario, el comunicado final contiene algunos elementos muy esperanzadores en la línea de todo lo anterior, por lo que será mejor que nada. De ahí que el primer día animó a los mercados, ya bien dispuestos en semanas previas, aunque sin llegar a entusiasmarles. Seguro que no pasará por eso a la historia como "la cumbre del siglo", tal cual otros la rotularon. Pero desde luego que sí ha sido la consagración del primer espaldarazo mundial a los principios del desarrollo sostenible, esa nueva forma de enfocar el progreso esbozada por Europa a finales de los ochenta y asumida 20 años después de Copenhague por la cumbre de la ONU de Río en 1992, aun con reticencias de EEUU, China y otros países subdesarrollados, que no terminaron de salvarlas el año 2002 en Johanesburgo. Ahora si parecen sentadas las bases para que hacia el año 2012 se haya globalizado esa forma de entender el desarrollo, aunque paradójicamente quienes más tiran del carro en la actualidad son los EEUU y China, por lo que Europa deberá esforzarse para que el deseado Gobierno económico mundial no se reduzca a un G-2, con Japón, Europa y otros emergentes de invitados. No por casualidad la próxima cita podría ser en Japón antes de que termine el año para evaluar concreciones y de paso ahuyentar primeros recelos.

No estamos ante un nuevo proceso de Bretton Woods porque han salido reforzadas, en vez de sustituidas, las tres grandes instituciones encargadas tras la II Guerra Mundial de encabezar la entonces sí nueva arquitectura de gobernanza económica mundial de la reconstrucción y el desarrollo, al surgir para coordinar la cooperación monetaria (FMI), la financiera (el Banco Mundial y su grupo) y la cooperación comercial (primero el GATT y luego la OMC frustrada al principio). Ahora no solo se les triplican sus recursos con el único billón de dólares comprometido en Londres como nueva financiación anti-crisis (en su gran mayoría, ya negociado y acordado por ellas mismas en los meses previos), sino que se promete su fortalecimiento, aunque mediante su reforma y modernización en sus competencias y funciones (en el futuro menos ligadas a que los destinatarios de sus dineros cumplan condiciones que a algunos países les llevaron a la ruina en lugar de sacarles de ella), dirección (elegida en el futuro a través de méritos y no por afinidades políticas o de poder), financiación (más abiertas a países emergentes como China, a la ampliación de los derechos especiales de giro, a las anunciadas ventas de oro o al propio mercado) a la consiguiente voz y representación. Todo ello según pautas y calendarios preparados por ellas mismas en los meses anteriores, incluido el anunciado nuevo Consejo de Estabilidad Financiera (FSB) que sucederá con mayores competencias al Foro de Estabilidad Financiera (FSB) y colaborará con el FMI en la detección de riesgos, incluyendo a sus actuales miembros, todos los países del G-20, España y la Comisión Europea.

La cumbre tampoco ha refundado el capitalismo en esta segunda convocatoria, ni lo hará en la anunciada para finales de año o en sus previas reuniones de ministros encargadas de concretar y ejecutar los acuerdos, porque aunque censuren la codicia o algunas de sus formas recientes, los acuerdos distan de vislumbran cauces o instituciones alternativas al ánimo de lucro, la apuesta por el beneficio, la consiguiente acumulación de capital, las técnicas del cálculo racional, o ni siquiera formalmente dan voz en su refundación a entidades como los sindicatos, como se decía del ánimo de Zapatero. Eso sí: la insistencia de Sarkozy, Merkel o nuestro presidente les ha permitido exhibir como trofeos ante sus opiniones públicas las numerosas medidas dirigidas a fortalecer la supervisión y regulación de las entidades y mercados financieros desde valores como el decoro, la integridad y la transparencia y con el fin de proteger el riesgo y amortiguar en lugar de amplificar el ciclo económico. Por ahí van las medidas para remodelar los sistemas reguladores y detectar riesgos, ampliar la vigilancia de mercados, instrumentos e instituciones como los fondos de cobertura, terminar con la era del secreto bancario publicando como sanción la lista de países que lo mantienen, ampliar la supervisión y el registro de las agencias de calificación de crédito, etc. Por no concretar, el comunicado ni siquiera anunció en ese giro anticíclico de las normas de solvencia financiera la revisión de las normas de solvencia de Basilea II a las que se resistía EEUU, aunque lo remite al plan de acción y al hablar de que “una vez asegurada la recuperación” se tomarán medidas para mejorar la calidad, cantidad y la coherencia internacional del capital en el sistema bancario” en el “futuro la regulación debe impedir un endeudamiento excesivo y exigir la acumulación de reservas de recursos en momentos de prosperidad.”.

No ha levantado acta de defunción del consenso de Washington porque, salvo esa llamada al fortalecimiento de la regulación financiera, se mantienen muy vigentes por acción y por omisión, las principales estrategias de ese consenso extendido sobre la economía mundial por los organismos internacionales desde los años ochenta: la apertura al exterior, el fomento de las políticas de competencia, las privatizaciones o incluso la desregulación, aspecto en el que ni se critica siquiera a la autorregulación financiera y su cobertura de falta de transparencia como causante de la actual crisis de confianza, de crédito y al final de demanda y actividad, como se temía cuando empezó, ahora casi hace dos años. Al contrario, tras las inyecciones de capital público a los bancos con la consiguiente presencia de los estados en su capital, nadie espera otro objetivo que el intento de recuperación posterior de esos recursos siguiendo el modelo de Suecia en los noventa, e incluso algunas de las críticas mas prestigiosas u nutridas proceden de la izquierda intelectual o del liberalismo progresista (casos de Stigliz o Krugman), al hilo de una mayoría de opinión pública contraria a los multimillonarios rescates bancarios. Y mucha muchas de las medidas van directamente digeridas a recuperarse de la fuerte caída del comercio internacional y aumentar la apertura “fomentado el comercio y la inversión globales y rechazar el proteccionismo para apuntalar la prosperidad; y construir una recuperación inclusiva, ecológica y sostenible.

Tampoco puede decirse en rigor que estemos ante un Plan Marshall (entonces las ayudas fueron de los EEUU a Europa y ahora son de cada país para sí o multilaterales, a través del FMI-BM-OMC). Pero lo menos bueno es que tampoco ha habido consenso de Londres para salir de la recesión, ni siquiera en las dos principales medidas propugnadas por EEUU: las de coordinación del estimulo fiscal de la demanda y los planes de rescate bancarios. Sólo el coste de estos últimos alcanzan en los EEUU durante el año y medio de crisis un 5,7% del PIB, proporción mayor que la de Gran Bretaña, el otro gran afectado hasta ahora. Ellos han tapado poco mas de la mitad de unos activos tóxicos bancarios estimados hace un año por el FMI en un billón de dólares, cifra elevada en enero ultimo a 2,2 billones .Otros países apenas han tenido que poner hasta ahora mas que avales, distantes de lo que costó la crisis bancaria española de 1977 a 1985 (5,6% del PIB), aunque menor a otras de los años noventa en Noruega, Suecia y Japón, si bien bastante mayor que las de EEUU en 1998-1991, pero incomparablemente menor a las posteriores de países emergentes como Argentina en 1980-82, Indonesia y Tailandia en 1997-2002, que les costaron entre el 55% y el 35% de su PIB. En esta línea, el comunicado de Londres va poco más allá de decir que “nuestras medidas para restablecer el crecimiento no darán resultado hasta que no restauremos el préstamo interno y los flujos internacionales de capital. Hemos proporcionado un apoyo significativo y extenso a nuestros sistemas bancarios para dar liquidez, recapitalizar las instituciones financieras y abordar con decisión el problema de los activos afectados. Nos hemos comprometido a tomar todas las acciones necesarias para restablecer el flujo normal del crédito a través del sistema financiero y garantizar la solidez de las instituciones sistémicamente importantes, aplicando nuestras políticas en concordancia con el marco acordado por el G-20 para restablecer los préstamos y reparar el sector financiero”.

Es cierto que en esto EEUU, aunque se ha culpado de la crisis, va a la cabeza y tiene motivos para sentir soledad , pues lo gastado, prestado y garantizado por los US y la FED se estima ya en 12,8 billones de dólares y –sin contar ese 5,7% del PIB en rescates bancarios ni el efecto de los llamados estabilizadoeres automáticos— lleva otro 4,9% en estímulos públicos, cantidad solo superada por Arabia Saudí ( (9,2%) y China (6,3%) o aproximada por el 4,5% de España, Austria y Corea, mientras que la mayoría de los países europeos se quedan en la mitad salvo Alemania (3,5% y Rusia (3,9%) .Pero los países europeos también tienen razón cuando dicen que así no se puede calcular el esfuerzo ante la crisis, sin tener el cuenta esos estabilizadores automáticos (menores ingresos y mayores gastos públicos ante la crisis, debidos sobre todo estos últimos a los mayores compromisos en desempleo, sanidad, pensiones, educación, etc, debidas a su mayor Estado del Bienestar).

Situación y oportunidades de España

Conviene por todo ello recordar España destaca a este respecto no tanto por el nivel de su Estado del Bienestar como por su estructura de empleo, con casi el doble de paro, que pasará del 8% de hace un año al 17% estimado para finales del 2009 por el Banco de España. En dos años, la economía mundial ha pasado de crecer un 5% a decrecer el 0,5% o a no crecer nada, según quien la valore. En ese mismo contexto, la economía española crecía al 4% y en el primer trimestre del 2008 habrá reducido su paso al -3%. España, si se compara con el resto de Europa, registra mayores oscilaciones que la mayoría de los países. Aquí tenemos una economía procíclica y amplificadora de los ciclos. Eso significa que, cuando Europa va bien, aquí las cosas van mejor, mientras que sucede a la inversa siempre que se tuercen. Así, los impuestos pagados por familias y empresas han disminuido un 4,1% del PIB, hasta el 36,5%, en tanto que las transferencias del Estado a ese sector privado se elevaron en otros 0,9 puntos de PIB. Por tanto, la parte de la tarta o renta española inyectada por el sector público para compensar la caída de la demanda de consumo e inversión privadas ha sido del 5% del PIB, medida en la que se ha reducido la presión fiscal neta, por lo que hemos pasado de un superávit del 2,2% en el 2007 a un déficit público del 3,8% y este puede tender del 6% al 8% del PIB al cerrar el 2009.

Por eso dicho punto se discutió más que ningún otro y se complicó con los techos sobre el PIB a los déficit y a la deuda pública marcados por el Pacto de Estabilidad Europeo, dando lugar no solo a discrepancias con EEUU y China, sino entre los propios países europeos, que por cierto han vuelto a demostrar en Londres su desunión política. De ahí que, al no llegar el G-20 a consenso sobre los estímulos fiscales contra la crisis, ni decir nada sobre ello en su comunicado, ha sido recibido como buena noticia en países como el Reino Unido, cercanos a sus techos fiscales y donde cualquier capacidad de endeudamiento adicional debe destinarse a arreglar los bancos. De ahí que el silencio y la falta de consenso sobre las políticas y sobre los rescates se compensara por EEUU y Gran Bretaña con la ausencia de controles más eficaces de los mercados financieros, que necesitarían mayores intervenciones en Wall Street y la City, donde americanos y británicos sacan parte de su poder económico y político.

Por ello también, y pese a todas las citadas ausencias de bases para "un nuevo orden mundial”, en la cumbre de Londres se han visto “los primeros ladrillos del nuevo orden mundial” (Financial Times) o “el camino hacia la recuperación económica” (The Times ) o “La cumbre del éxito” por ese y otros medios, aun tras advertir que permanecen las debilidades estructurales y la división política.

Por eso todos los participantes salieron contentos y confiados en su principal objetivo de ahuyentar el miedo y restablecer la confianza, aunque tendrán que concretar cómo va a actuar esa satisfacción para afrontar los principales desafíos, que eran estimular la recuperación sobre los planes anunciados por los gobiernos (prioridad de EEUU), regular el capitalismo (prioridad europea) y rediseñar la nueva arquitectura de gobierno monetario y financiero mundial (prioridad de China y países en desarrollo). Por eso los demás participantes han reafirmado su confianza en Obama, quien asumió las culpas de su país (de un Bush todavía al frente en la anterior cita del G 20) y mostró capacidad para organizar el consenso mundial, aunque este no fuera tan “enorme" como prometía. Al fin y al cabo, logró recuperar el multilateralismo y aprovechar su primera gira europea para, tras restablecer la comunicación con Irán, bandearse con China, Rusia y los aliados de la OTAN.

Aunque desde el principio era evidente que las principales decisiones se tomarán entre bastidores y después del G-20, al concretar los detalles decisivos, los mercados han expresado cierta confianza en que, como decía Zapatero, “será el inicio de la recuperación”. Pero el hecho de que incluso el primer día el petróleo subiera un 8%, el doble que las bolsas, refleja que esa salida puede resultar más vulnerable que sostenible o carente de graves problemas, como los alimentarios, del agua o en suma del cambio climático.

Por eso, más allá de lo que el G-20 ha callado o no ha logrado, merece prestar atención a que su comunicado final fuera sobre todo una apuesta, nada comentada hasta ahora pese a dedicarle toda su primera página y una veintena de referencias en apenas 9 páginas, por el desarrollo sostenible. Esa nueva visión a la que ahora se suman así los EEUU y China, dúo donde algunos analistas chinos ven el futuro G-2, fue incorporada desde los años ochenta a los tratados constitutivos de la UE y añade al desarrollo económico tradicional la perspectivas ecológica y la institucional o de inclusión, cohesión, equidad y equilibrio entre las actuales generaciones y las futuras.

Esto puede dar oportunidades adicionales a España con motivo de su tercera presidencia europea, de enero a junio del 2010. Si para entonces no se nota la recuperación y las elecciones alemanas de septiembre no cambian el signo, habrá que evitar que, en el contexto del proteccionismo que como en los años 30 amenaza al mundo en general y a la Unión Europea en particular, España siga relegada entre los llamados PIGS cuando se decida si Europa asume dos velocidades tras la puesta en marcha del Tratado de Lisboa, su séptimo constitutivo y sustituto de la Constitución. 

Zapatero ha dado muestras de ser consciente, al declarar a finales de marzo que su Gobierno ha hecho todo lo que debía ante la crisis y ahora cabe esperar unos meses a ver si fuera necesario un "esfuerzo diferente, consensuado y selectivo" para concentrarse en dos grandes sectores, que serán los factores centrales de la nueva etapa económica mundial, así como en los años 90 lo ha sido la economía de la información. Me refiero, en primer lugar, a la economía verde o sostenible, al ahorro energético, a las energías renovables y la reutilización del agua o de los residuos. Y, en segundo lugar, a todo lo que está relacionado con la innovación en las empresas, las biotecnologías y las ciencias de la salud y de la vida."

Aunque ni a prensa ni la oposición lo hayan advertido hasta ahora, el presidente parece albergar tras esas palabras el brillante e imperativo propósito de aprovechar el vencimiento de la Estrategia o Agenda de Lisboa, aprobada el año 2000 con el objetivo de convertir a Europa antes del 2010 en líder mundial de la economía del conocimiento, para lanzar una nueva iniciativa de similar calibre. Esto significaría un intento de poner al día todos los instrumentos para las reformas estructurales, incluyendo principalmente las políticas de la energía y su vinculación con las políticas de la Europa del conocimiento. Iniciativa más que justificada por el momento crucial de la humanidad y desde una perspectiva teórica (esperemos al éxito del libro que acaba de publicar Jaime Terceiro sobre la Economía del cambio climático), pues la energía será en las próximas décadas el mayor problema mundial y toda revolución energética se ha debido a innovaciones o aplicaciones del conocimiento para ganar eficiencia.  Efectivamente, el comunicado del G-20 parece imbuido en que es esa nueva revolución en ciernes la que, con acuerdo o sin acuerdo europeo, permitirá superar la crisis actual de la economía real una vez que se recomponga la financiera, al igual que la nueva economía de la información permitió sin una guerra mundial de por medio superar la anterior crisis de los años setenta e incluso favorecer el fin de la guerra fría a cuyo servicio surgió la primera base de la actual Internet. La ministra Garmendía lo acaba de corroborar: la apuesta gubernamental por el carburante competitivo y de productividad de la nueva economía –recordó la ministra– “nace con vocación transformadora”, enfocada a “dos nichos preferenciales, el de la biomedicina y el energético, donde las firmas españolas son líderes” internacionales, aunque con una decidida pretensión de propagar la innovación hacia segmentos como la construcción, el turístico o el textil.”.

*GUSTAVO MATÍAS es profesor titular de Organización Económica Internacional en la Facultad de Económicas y Empresariales de la UAM.

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