domingo,17 octubre 2021
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Humor y Comunicación Política

Escritores de discursos: una profesión en alza

Humor y Comunicación Política
Ya me he ocupado, en La Voz Libre, de Terrence Burns, ese asesor internacional que los asesores de la alcaldesa de Madrid, Ana Botella, contrataron para que ésta hiciera el ridículo en Buenos Aires a propósito de la presentación de la candidatura de Madrid, como sede de los Juegos Olímpicos de 2014. Pedí que la alcaldesa hiciera públicos los honorarios de ese "experto". Todavía estoy esperando a que tenga ese detalle de transparencia. Lo seguiré reclamando durante el tiempo que sea necesario.

Expuse mi opinión de que en España contamos con personas más efectivas que Terrence Burns. La única condición para identificar a esas personas, es no caer en el papanatismo ni en el complejo de inferioridad.

Para quien desee conocer a fondo esta nueva profesión en alza, que consiste en escribir discursos, recomiendo White House Ghosts (Presidentes and Their Speechwriters), de Robert Schlesinger, un autor cuyo abuelo fue el historiador Arthur Schlesinger. Su padre – Arthur Schlesinger Jr.- ejerció una considerable influencia en los Kennedy y escribió la historia de los mil días de John Kennedy y la biografía de su hermano Robert.

Ya sé que hay personas que están hartas de que tengamos que acudir a los libros sobre comunicación política que escriben los norteamericanos, porque su sistema funciona de manera distinta que el nuestro. Sin embargo, en las cerca de 600 páginas de este libro, vamos viendo la importancia de los escritores de discursos de once Presidentes- de Truman a Bush hijo. Lo anterior convierte a esta obra en uno de las más documentadas y más útiles que he leído sobre este asunto.

¿Por qué hay personas que se sienten atraídas a escribir discursos?

Después de leer este libro, encuentro que la razón fundamental de esa atracción es que quien escribe los discursos de un político está convencido de que puede influir en la Historia más que la mayoría de los políticos, a pesar de que el público no le/la conozca y no se presente a las elecciones.

Y lo mismo podemos decir de quienes escriben los discursos de los directores de empresas e instituciones.

Como dice Gustavo Bueno, los políticos elaboran planes y programas, pero para comunicárselos a su partidos, a los otros partidos y, sobre todo, a los contribuyentes, el instrumento con el que cuenta es la palabra. Por eso es tan importante aprender a hablar bien. Y más importante, todavía, nadie puede hablar bien si no dispone de unas ideas que antes ha preparado, o le han preparado. En el cine, hay una corriente que da más importancia al guionista que al director. ¿El guión es bueno? Un director mediocre puede lograr una buena película. ¿El guión es malo? El director más experto sólo podrá lograr una película mediocre, cuando no mala.

Las recompensas que tienen los escritores de discursos es comprobar cómo, quien le contrata para escribir discursos, logra convencer y persuadir a la mayor cantidad de personas posibles, esas personas que, si aceptan los planes y programas, pueden convertirlos en realidad. Y el escritor de discursos siente que ha colaborado decisivamente a ese convencimiento y persuasión.

Indispensable: Pasión por lograr mensajes bien escritos

Entre los diez párrafos que me han llamado más la atención en este libro, está uno que escribió precisamente el padre del autor: “La receta para una declaración sobre política exterior del Departamento de Estado era tomar un puñado de clichés (decir algo de una manera fresca podría crear problemas imprevistos), repetirlos cada cinco minutos (dejemos que el mensaje se convierta en claro e interesante), agregar la masa de la voz pasiva (puesto que la voz activa asigna responsabilidades y es, por tanto, azarosa) y decorar el conjunto con retórica egoísta (el Congreso sería infeliz a menos que proclamemos constantemente la rectitud de los motivos norteamericanos). (P.131).

Es decir, quien desee dedicarse a escribir discursos, ha de dominar los recursos retóricos con los que conseguirá una prosa vigorosa, que atraiga a los oyentes o televidentes. Para prosa aburrida, la que diariamente sale de muchos Gabinetes de Prensa o Agencias de Comunicación. En este libro encontramos no muchos sino muchísimos ejemplos sobre cómo elaborar frases y párrafos que unen ideas con sonoridad.

También es indispensable que quien escriba un discurso tenga acceso directo a quien va a pronunciarlo. De esta manera, sabrá ponerse en el lugar del protagonista y su trabajo será mucho más fácil. Si no tiene acceso directo al político o al empresario, no logrará que el discurso tenga efectividad.

La mayor dificultad al escribir un discurso es cuando los asesores del político o del empresario no se ponen de acuerdo a la hora de acentuar lo más importante de un discurso. Es decir, cuando hay ideólogos y pragmáticos. Las negociaciones pueden resultar estresantes, pero ese batir las ideas convierte el proceso en algo parecido al arte de saber cocinar, donde resulta indispensable lograr que sustancias muy diversas acaben componiendo un buen plato. Y es que la realidad nos demuestra cada día que las ideas no sometidas a discusión acaban por no atraer la atención de nadie y podríamos decir que se desploman.

En resumen, escribir discursos es una actividad que tiene un público potencial muy grande. Lo que hace falta es, ante todo, que los profesionales que encuentren obturadas sus salidas se convenzan de la importancia de la palabra escrita y hablada, que lleguen a dominarlas y que enseñen a sus potenciales clientes la necesidad de cambiar las rutinas que, hasta ahora, quizá han guiado su actividad.

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