miércoles,26 enero 2022
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Terrorismo financiero

Final de la pesadilla: el abrazo del oso

Futurolandia
Juan Macro se sentía en su salsa explicándonos, como un profesor ante su pizarra electrónica, las armas más sofisticadas que podría utilizar el terrorismo internacional. En lugar de bombas, asesinatos selectivos o coches y aviones suicidas, quería que valorásemos los efectos directos y colaterales de utilizar los mercados financieros mundiales como base de una estrategia de destrucción.

-Hace días, John nos sugirió considerar la posibilidad de que se utilizase un sistema de empresas ficticias y fraudes en cadena con operaciones cruzadas de créditos avalados por letras de cambio. En un plazo entre tres y seis meses 1.000 millones de dólares, según su ejemplo, podrían llegar a quintuplicarse y sería muy difícil localizar a los responsables de aquel timo a gran escala.

-Así es –confirmó John Business-. Se trataría de una acción que los terroristas tendrían muy pensada de antemano utilizando todas las posibilidades de intrincados circuitos con intermediarios en paraísos fiscales, falsas identidades y cómplices que nunca habrían conocido la envergadura real de las operaciones en que estaban colaborando.

-Pues bien -continuó Juan-, dando vueltas a esta idea, me puse a pensar en otras posibilidades de mover grandes cantidades de dinero con cifras iniciales muy pequeñas. Es como el ejemplo clásico de utilizar una palanca para mover una gran piedra: la fuerza aplicada en un extremo se multiplica a lo largo del brazo de la barra metálica que actúa como palanca. A eso los financieros lo denominan «apalancamiento»: comprar o invertir por más valor de los recursos de que realmente se dispone.

-¿Te refieres a todo ese complejo mundo de los mercados de futuros, opciones y otros derivados financieros?- interrumpí.

-Naturalmente, Larry. Y las ideas básicas no son tan difíciles de entender. Veréis…

No quiero aburrir a mis lectores con la murga técnica que nos soltó Juan durante más de una hora, moviendo sus manos por la gran pizarra electrónica para presentarnos los conceptos y ejemplos que tenía preparados. Creo que todo puede resumirse para nosotros, los interesados sólo en los resultados prácticos sin más preocupaciones técnicas propias de especialistas, en pocas palabras.

La clave está en poder hacer apuestas a futuro, sobre la evolución de la cotización en las bolsas u otros mercados financieros, comprometiendo sólo una cantidad que puede ser muy inferior a los beneficios que tendríamos si nuestra apuesta resulta correcta.

En el fondo, la posibilidad de comprar o vender «futuros» es muy antigua. Recuerdo que Simón Ruiz, aquel comerciante y banquero de Medina del Campo, ya se refería, en 1570, a cómo en las ferias se comerciaba con cosechas futuras de productos agrícolas, que se adquirían y comprometían a un precio, a pagar en una fecha y lugar acordados, cuando aún no existían físicamente.

-Ahora viene lo más importante -nos dijo Juan con una sonrisa de complicidad-. Como se puede vender lo que no se tiene, lo único que importa es la diferencia de precios entre el momento en que se compra y en que se vende una acción de una empresa o cualquier otro activo financiero.

-¿Y por qué eso es lo más importante?- pregunté.

-Porqué así se puede ganar (aunque también perder) mucho dinero con pequeñas inversiones- contestó Juan.

-Yo sigo sin enterarme muy bien –insistí-. Todo esto de los futuros me suena, pero no termino de comprender ese milagro de ganar mucho exponiendo poco.

-No digo que uno no exponga. De hecho es uno de los mercados con más alto riesgo en que, en poco tiempo, uno puede perder toda la inversión, aunque también es posible duplicarla, por ejemplo.

-¿Te importa ponernos un ejemplo?

-Veréis. Imaginaros que compro hoy, cuando una acción de una empresa vale 100 euros, un futuro sobre esa acción a un mes. Si comprase realmente la acción en bolsa, debería pagar 100 y si dentro de un mes la cotización estuviese en 110 habría ganado 10 euros, es decir el 10% de mi inversión. Pero si compro un futuro, podría arriesgar sólo 10 euros. Si en un mes la acción vale 110, ganaría también 10 euros, como en el mercado bursátil normal, pero ahora sería el 100% de lo invertido.

-Mira Larry -terció John, que ahora se apuntaba al lado de los iniciados-. Es como un juego en que apuestas todo lo que puedes ganar o perder. Si tienes 100 euros, no compras una acción por este valor, sino, por ejemplo, 10 futuros cada uno de ellos de 10 euros. Ahora con 100 euros puedes doblar tu capital, aunque también puedes perderlo si el movimiento de la bolsa es a la baja.

-En realidad -precisó Juan- las instituciones que administran esos mercados de futuros lo que hacen es reunir las apuestas de aquellos que quieren vender y de otros que desean comprar a un precio dado, garantizando el pago del que pierde al que gana.

Al final y después de estas y otras explicaciones complementarias, terminé de entender la jugada: yo podía comprar o vender un futuro sobre una acción a un plazo establecido y a un precio dado. Cada día yo ganaba o perdía lo que el precio de la acción subía o bajaba según en que dirección apostaba. Y sólo tendría que depositar dinero por el riesgo razonable que tenía la operación. Si acertaba la dirección del cambio iría ganando, tanto más rápido cuanto más veloz fuese el movimiento su subida o bajada.

En resumen, si acertaba una caída fuerte de la bolsa o una subida explosiva, mis ganancias podrían irse acumulando a gran ritmo.Aquí llegaba ya la idea central de razonamiento de Juan Macro sobre la posibilidad de que los mafiosos utilizasen los mercados de futuro como medio de enriquecimiento personal y de desestabilización social.

-Unos terroristas -nos dijo- pueden provocar una caída bursátil mundial a través de los atentados tradicionales. Volar un edificio emblemático, una masacre colectiva, dejar sin abastecimiento eléctrico grandes ciudades, hacer explotar empresas importantes, conducciones petrolíferas, …. Lo nuevo sería, aprovechando esa información privilegiada sobre acontecimientos futuros, hacer apuestas simultáneas vendiendo hoy a un precio de 100 lo que podrá comprarse a, pongamos, 50 dentro de uno, dos o tres meses.

-¿A ver si lo he entendido! -protesté en aquel momento-. Los mafiosos apuestan esos 1.000 millones de dólares a que baja la bolsa en los próximos meses, porque unos cómplices del terrorismo tradicional saben que van a actuar. Pero, ¿cómo se desarrollarían los acontecimientos en la práctica?

-Es muy fácil. Con esos 1.000 millones comprarían contratos de futuro sobre diferentes bolsas mundiales por valor 10 o 20 veces superior. Esos contratos serían un compromiso de venta al precio actual dentro, por ejemplo, de un mes. El valor total de esos contratos sería, por tanto, de 10.000 o 20.000 millones de dólares. Si en ese momento la bolsa está en un índice de 50 en lugar de 100, habrán ganado entre 5.000 y 10.000 millones, es decir habrían multiplicado por cinco o diez su capital inicial.

-¿Y quién correría con esa pérdida? -terció John, nuestro empresario amigo.

-Lo que unos ganan, lo pierden necesariamente otros. Alguien habrá comprado, en su momento, esos contratos que nuestros terroristas quieren vender. Ellos pagan el doble de lo que valen al final del periodo de apuesta las acciones. Luego habrán perdido los 5 o 10.000 millones de dólares que los otros ganan. A esta estrategia de venta de futuros algunos la llaman del «abrazo del oso». Si aciertan la marcha y no sueltan, terminan asfixiándote.

-Bueno, ya has conseguido ponernos los pelos de punta. ¿Y ahora qué? -preguntó John, meciendo nerviosamente las gafas, como era su costumbre en momentos como aquellos.

-Ahora -respondió Juan -debemos seguir estudiando otras posibilidades. Durante los próximos días voy a profundizar en las variantes de otros mercados financieros, como las opciones de compra y venta. Además, quiero ver qué posibilidades tienen los fondos de inversión de alto riesgo. Ya os contaré.

Mientras tanto, James War, el ex-director de la CIA y propulsor de la Red Creso, repasaba una y otra vez el plan de operaciones, buscando cualquier posible fallo. Era el producto de muchos meses de trabajo, con sucesivos borradores que habían ido progresivamente perfeccionándose y destruyéndose para evitar posibles filtraciones.

Su residencia estaba en las afueras de Washington, lo suficientemente cerca del centro de poder político como para conocer e influir; y lo bastante lejos como para poder vivir una vida discreta y pasar desapercibido. Ahora, estaba menos nervioso que en ningún momento desde el inicio de la operación. Se acercaba el momento de la acción y eso le tranquilizaba. Después de todo esa fue su actividad diaria durante años.

El plan era relativamente simple en su base, aunque requisiese un gran apoyo económico y logístico. Se trataba de provocar una caída de las bolsas mundiales en una escala tal que el célebre crac de 1929 se convirtiese en un antecedente ridículo. Para ello se contaba con el efecto multiplicador de los mercados de futuro, con un muy superior volumen de operaciones en bolsas y con la conexión y realimentación de efectos ante una caída conjunta de cotizaciones en los principales países. Pero, además, el efecto se multiplicaría por una cadena organizada de acciones terroristas y desestabilizadoras también a escala mundial. El plan se había diseñado para durar 30 días. En un mes, los integrantes de la Red Creso serían inmensamente ricos en un mundo arruinado y socialmente descompuesto. Entonces, sería el momento de convertir éxito económico en poder político.

Finalmente, habían conseguido comprometer en la operación un total de más de 11.000 millones de dólares. Los cuatro miembros del grupo promotor inicial habían aportado 8.500 millones y el resto había sido suscrito, como una operación financiera normal, por los responsables de la Red en diferentes países, siempre procurando favorecer a personas o instituciones insatisfechas con el actual equilibrio mundial de poderes, pero a los que se informaba sólo de una inversión bursátil con gran beneficio potencial y un riesgo moderado, sin más detalles del plan. Adicionalmente, se había constituido un fondo de inversión especulativo (de los llamados “hedge funds”) por otros 2.000 millones de dólares, con sede en las Islas Caimán, uno de los paraísos fiscales más buscados para conseguir anonimato y eludir pagos de impuestos.

El día D se iniciaría la actuación, con una inversión simbólica de sólo 100 millones de dólares, vendiendo contratos de futuro a la baja, por un valor al menos diez veces superior por el efecto “apalancamiento” y repartiendo esta compra entre tres bolsas mundiales significativas: Nueva York, Londres y Tokio.

Como estamos actualmente en un momento de tendencia al alza en los mercados bursátiles, en los días siguientes se tendrían pérdidas en esa “pequeña” inversión inicial y se irían cubriendo progresivamente esas pérdidas. Por muy mal que fuese, un máximo de revalorización del 5% sobre 1.000 millones en contratos, es decir un coste de “sólo” 50 millones de dólares.

La estrategia financiera la había diseñado Abu al Hamadani, el príncipe árabe conocido dentro de la Red como “Águila Real”, junto con su equipo de asesores personales. Pero, para que tuviese éxito, había que conseguir que las bolsas cambiasen de tendencia y esa había sido la aportación del propio James. Sabía bien, dónde se podía hacer más daño.

Para el día D+3 había seleccionado diversas acciones terroristas en oleoductos y plantas petroleras de Kuwait, Irak, Arabia Saudí y Rusia. Un total de 25 explosiones múltiples bien repartidas. No había sido difícil encontrar grupos locales que, con un pequeño apoyo económico, llegaran a considerar estas actuaciones como propias. Naturalmente, James War ya se había encargado de que los contactos fueran puros peones desconocedores de la operación en su conjunto, a los que se había buscado, además, lugares para ocultarse de difícil localización, al menos en el plazo de un mes, que era nuestro horizonte temporal.

Ese mismo día D+3, a primera hora, se ampliaría la inversión en futuros de acciones en 2.000 millones de dólares adicionales, cubriendo contratos por valor de unos 20.000 millones. Con unas caídas estimadas de un mínimo del 10% en los siguientes tres días, se habría duplicado la inversión inicial.

A partir de D+6, cualquier intento de recuperación de la cotización de las acciones estaba previsto interrumpirla con atentados previamente programados, pero cuyo momento exacto decidiría Li Wong, “Alcotán”, desde su sede de Pekín, donde se localizaría la central operativa de la Red Creso.

James repasó mentalmente las operaciones programadas y los responsables de organizar cada una de ellas. Emily Doolittle, desde Nueva York, habría puesto en marcha meses antes una red de empresas “piratas” sin actividad económica real alguna, que habrían movido contratos e inversiones de otras empresas no implicadas, que nunca podrían cobrar o recuperar. Según se fuese necesitando se daría a los medios de comunicación noticia de estos fraudes empresariales que minarían, aún más, la confianza de las personas o instituciones dispuestas a respaldar una recuperación bursátil.

Hugo Gálvez, “Cóndor”, desde Bogotá y Rajiv Saravasti, “Gavilán”, desde Delhi, los otros dos miembros fundadores de la Red Creso, se repartían la supervisión de las otras “sorpresas” preparadas: contaminación fácilmente visible de alimentos y bebidas de primeras marcas de difusión mundial; unos cuantos centenares de torres eléctricas por los aires, estratégicamente repartidas por países, que trasmitiesen un sentimiento de impotencia a los muchos millones de usuarios; la mayor plaga de “virus” informáticos de la historia; … Para su adecuado reparto por el mundo entero de estas “plagas”, se contaba, además, con una amplia red de colaboradores coordinadas desde Roma (Mássimo Parese), San Petersburgo (Karolina Paulova) y Nairobi (Ndugu Umbu).

El golpe final se lo había reservado el propio James War. Cuando las bolsas estuviesen por los suelos, los gobiernos desorientados, las empresas haciendo planes de urgencia para tratar de supervivir y las familias desesperadas ante tal cúmulo de desgracias en cadena, él pondría la guinda al pastel. Unos cuantos conflictos azuzados en zonas de fácil tensión y unos pocos atentados simbólicos. Había pensado, en particular, en volar la estatua de Lincol con su Declaración de Derechos, a la entrada del Congreso en Washington.

Si salían bien las cosas, según el programa de acciones previsto, en un mes se habrían ganado más de 20.000 millones dedólares, se tendría la economía mundial encaminada hacia una gran crisis y el descontento social estaría en uno de sus puntos más álgidos.

James respiró con satisfacción. La verdad es que era un buen plan. Puede que ninguna de las medidas previstas, por separado, fueran una gran novedad. Pero el efecto conjunto podía ser demoledor. Su única preocupación real era que pudiera haber alguna filtración. En cualquier red, siempre es posible un roto. Pero aun así, la mayoría de las identidades eran desconocidas entre los propios miembros; del plan conjunto no había copia escrita ni quedaba ningún registro en el ordenador; y, sobre todo, ¿qué podrían hacer los gobiernos o las empresas para evitar el nuevo crac una vez iniciado el proceso, incluso aunque conocieran o intuyeran alguna parte del plan?

WIC-Strategy tenía noticias, aunque parciales y contradictorias, sobre la posible trama terrorista. Takashi Togo, el corredor bursátil introducido en el equipo de Li Wong, “Alcotán”, aseguraba conocer el plan de inversiones previsto para las bolsas de Pekín y Tokio. En total 100 millones de dólares en ventas de futuros a la baja. Desconocía qué pudiera estarse tramando por otros equipos de la Red Creso. Estaba convencido de que había algún tipo de confidencias para aceptar una estrategia inversora tan arriesgada, pero no sabía detalles sobre en qué podían consistir.

El agente que tenía WIC infiltrado en la organización del mafioso Hugo Gálvez, nos confirmó un importante levantamiento de fondos, que él cifraba en varios cientos de millones de dólares, así como algunos contactos con fuerzas paramilitares de Venezuela, Bolivia y Ecuador.Por otra parte, el grupo de vigilancia que seguía los movimientos de James War había avisado de ciertos contactos con radicales de diversas tendencias.

El diagnóstico que, con toda esa información, pasamos a Peter World, como director de la división de estrategia del WIC, días después supimos que era bastante acertado. Estaban en marcha una o varias operaciones financieras fraudulentas, utilizando el efecto multiplicador de fondos de los mercados de futuro en combinación con acciones (cuyo detalle desconocíamos) que debían afectar a esos mercados y garantizar una caída de cotizaciones.

Nuestra recomendación estratégica era dejar que la Red Creso se jugase sus dineros y provocar su quiebra. Pero eso requería mover bien las piezas de nuestra Operación Ajedrez, evitando convulsiones socio-políticas que pudieran afectar radicalmente a los mercados financieros.

Por el momento la misión de Juan Macro, John Business y la mía propia había terminado. Debíamos esperar acontecimientos. En pocos días, estos se sucedieron rápidamente. Tras las inversiones iniciales y los primeros atentados a oleoductos y refinerías de petróleo, todos los recursos de WIC entraron en acción. La detención de James War y Hugo Gálvez fue inmediata. Rajiv, la conexión hindú, se entregó a las autoridades del país al fracasar su primer golpe a centrales eléctricas que estaban fuertemente vigiladas, y detener a los integrantes de esos atentados frustrados e ir cerrando el cerco hacia su persona. El príncipe Abu, “Águila real”, se suicidó al conocer la noticia de su quiebra personal y las crecientes pistas que le señalaban como instigador, al menos, de la operación financiera. Li Wong intentó huir y fue abatida por la policía china en un breve tiroteo. Su red de colaboradores fue desarticulada.

Sin embargo, a todos nos quedó un sabor agridulce. Habíamos, sin duda, evitado un crac bursátil de profundas consecuencias y cortado en seco acciones terroristas que, aunque estaban diseñadas para evitar que se derramase sangre, siempre hubiera habido víctimas no buscadas, aparte del coste material de los atentados. Pero la trama terrorista había puesto de manifiesto dos cuestiones importantes: primera, los puntos débiles de nuestra actual forma de vida; segunda, la existencia de grupos radicales que se consideraban marginales y maltratados, con o sin razón, por el actual sistema… y eso a escala internacional. Descontentos políticos, desamparados económicos, fanáticos de diferentes credos y religiones. Todos ellos, juntos o separados, seguían siendo un peligro en el 2020.

Antonio Pulido http://www.twitter.com/@PsrA

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