viernes,15 octubre 2021
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Neurología de la intencionalidad y Perspectiva Dominante

Vanity Fea
El perspectivismo cognitivo aparece como una característica de la sociabilidad humana. Unas reflexiones a partir de un artículo de Brian Boyd sobre literatura y psicología evolutiva, y el desarrollo de modelos mentales de mundos posibles.

 

Brian Boyd, en "Literature, Evolution, and Cognition", con Hamlet como ejemplo analizado, dice lo siguiente sobre la neurología de la intencionalidad (traduzco):

"Los sistemas nerviosos, la consciencia y la inteligencia permiten reunir rápidamente información para reconocer problemas nuevos y manipularla de modo flexible para llegar a soluciones nuevas. El aprendizaje social a menudo ofrece soluciones todavía mejores que la inteligencia individual, ya que permite a los individuos evitar el costo de resolver problemas por cuenta propia. La evolución ha sintonizado a las especies sociales para entenderse unos a otros no sólo en términos de acciones y expresiones, sino también en términos de intenciones, en términos de los problemas que están intentando tratar y de las soluciones que están intentando obtener. Interpretamos los acontecimientos sociales no únicamente en términos de esquemas de acciones, sino especialmente en términos de esquemas de intenciones (Tomasello et al.). Una manera en que entendemos a los demás es con la ayuda de las neuronas espejo: unas neuronas en el córtex motor de nuestro cerebro que se activan no sólo, pongamos, cuando agarramos algo, sino cuando vemos a otro agarrar algo. Las neuronas espejo se activan de modo más intenso ante una intención que ante una acción al parecer carente de objetivo (por ejemplo más ante un movimiento dirigido hacia algo agarrable que ante un estiramiento casual del brazo en la misma dirección) (Iaconobi), o, para pensar esto de otra manera, podemos intuir en un abrir y cerrar de ojos qué problemas pensamos que están intentando resolver los demás con su comportamiento. Hay experimentos que demuestran que incluso los infantes interpretan acciones en términos de objetivos, en términos del problema que una acción resuelve (Premack y Premack)."

Las neuronas espejo aparecen otra vez como esenciales para entender el mundo intersubjetivo en el que vivimos: un mundo de intenciones, en el que las intenciones de otros (reconstruidas, hipotéticas, deducidas, ligadas a percepciones repetidas) son una parte esencial. Ahora resulta que son especialmente sensibles a las acciones que se perciben como intencionales. Esto supondría que en su actividad se da un proceso de retroalimentación, en interacción con otros sistemas cerebrales (memoria, etc.) que asignan intencionalidad a un comportamiento.

El mundo que cada ser construye es una estructura de información: de información sobre lo que hay, sobre lo que ha habido (intepretación de huellas, pistas, etc.) y sobre lo que puede haber en el futuro: sobre todo reconstruyendo las intenciones y los mundos intencionales de los demás, un juego en el que los humanos destacamos con ventaja sobre cualquier otro animal por la complejidad de nuestro mundo social. 

Es importante, en el juego de mundos enfrentados entre dos seres vivos que interactúan, el mayor o menor dominio perspectivístico de la situación: lo que en otros sitios se ha llamado topsight  "vista desde arriba" o "perspectiva dominante". Claro que esta vista dominante hay que definirla con respecto a alguna intención particular puede haber vistas dominantes entrecruzadas en una situación concreta, en la que los actores persiguen objetivos distintos o parcialmente distintos por ejemplo, un ladrón puede estar vigilándome a ver si me roba la cartera, y mientras yo observo, ajeno a ello, su pésimo gusto en cuestión de cortes de pelo.

Boyd sobre la Teoría de la Mente como marco analítico:

"Probablemente el área más activa en la Psicología comparada, del desarrollo, y evolucionista, en los últimos treinta años ha sido la Teoría de la Mente. La Teoría de la Mente cubre las maneras en las que los seres desarrollan su comprensión de otros de su especie es decir, de cómo la desarrollan tanto a nivel de especie como al nivel individual: entendiendo a los demás primero en términos de deseos, luego de intenciones, luego también, en los humanos, a partir de la edad de cuatro años aproximadamente, en términos de creencias (Perner; Saxe y Baron-Cohen). En los años 80, la investigación en Teoría de la Mente tendía a enfatizar lo que entonces se llamaba la hipótesis de la Inteligencia Maquiavélica (Byrne y Whiten). Ésta proponía que la inteligencia había surgido especialmente de la presión por comprender a los demás, y sobre todo intentando competir con otros, adelantarse a ellos, engañarlos y manipularlos. La competencia, ciertamente, siempre es un agudizador de la inteligencia, y Hamlet y Claudio en particular afilan sus ingenios en el toma y daca de tentativas y ocultamientos.

El esfuerzo de una mente para leer otra que no quiere que la lean produce una fascinación inherente. Conocemos estos combates desde ambos bandos, y la experiencia más que cualquier otra cosa nos puede hacer más conscientes del filo de navaja que hay entre la cooperación y la competencia, entre la comprensión compartida, y nuestra manera de atesorar información para nuestro propio uso. No es de extrañar que el enfrentamiento de un lector de mentes contra otro lector de mentes proporcione repetidamente tanta fuerza y forma a la tragedia de venganza."

Sobre lectura de la mente ya hablamos aquí en "Leyéndonos la mente: Dos artículos sobre narratología cognitiva."

La comprensión de las falsas creencias que es tan crucial en la Teoría de la Mente es crucia a su vezl para una definición de topsight: la visión dominante es la que ve las visiones de los demás como falsas creencias, y se sabe no englobada por la intencionalidad ajena es la posición que consigue una y otra vez Hamlet en la obra de Shakespeare, a pesar de todas las trampas que le tiende Claudio.

Vemos cómo la comprensión de la intencionalidad nos lleva desde la neurología de la percepción a la teoría de los marcos de acción y de los mundos posibles, pues unos y otros han de ser cotejados para descifrar la intencionalidad ajena, reconstruir el mundo de las otras intenciones, y determinar sobre esa base las acciones a tomar.

"Una vez captamos con claridad la noción de creencia falsa, podemos también darnos cuenta de que podemos tener creencias falsas, si resulta que nos hemos perdido alguna información clave. Nos damos cuenta de que quizá no sepamos lo que necesitábamos saber. Este reconocimiento amplifica la curiosidad humana mucho más allá de la de los chimpancés, que son la siguiente especie más curiosa, pero también sienta las bases de la angustia humana que nos es propia. Puede haber cosas que sabemos que necesitamos saber pero que no sabemos. Queremos entender las causas y consecuencias últimas. ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?"

Es decir, nos preguntamos sobre quién goza del topsight o punto de vista dominante sobre determinada situación, o sobre el universo. De ahí pasa Boyd a una discusión sobre la religión. Combatimos la ansiedad que produce el no saber sentando que (aunque no sepamos) al menos sí hay alguien que sabe, que domina perspectivísticamente la realidad, y a quien se puede propiciar con rituales o comportamientos adecuados.

La creencia en espíritus omniscientes, aparte de ser una consecuencia gratuita o desplazada de la evolución de nuestra inteligencia social (lo que Gould llamaría una enjuta o spandrel) tendría por tanto un cierto valor adaptativo, al hacer más utilizable esa inteligencia social, evitando embarcarla en problemas recursivos o apaciguando ansiedades surgidas de la percepción misma de las falsas creencias. (Sobre el valor adaptativo de la religión, como cohesionadora del grupo social y motivadora de acciones altruistas, también hablamos en "Programados para creer").

La cooperación típica de los humanos requiere según Boyd unas capacidades de la teoría de la mente todavía más elaboradas que los escenarios competitivos típicos asociados con los maquiavélicos chimpancés.  El esconder las propias creencias para competir es más sencillo que compartir de modo elaborado las propias creencias, un proceso que da lugar a la compleja colaboración social humana, al lenguaje, y a posibilidades de inteligencia social mucho más elaboradas (tanto para la colaboración como para la competición maquiavélica) que se abren en este mundo propiamente humano.

En el análisis de Hamlet que hace Boyd, quizá se eche en falta la cuestión de la perspectiva dominante. La perspectiva de Hamlet, por potente que sea, no puede ser la dominante en la obra, aunque domine las de los demás personajes—pues el propio Hamlet muere debido en parte a las limitaciones de su perspectiva. En el drama no hay narrador, y ninguno de los personajes, ni siquiera el más intrigante o inteligente, es dueño de la acción de la obra. Pero sí hay autor, e intencionalidad autorial. El autor nos sitúa como público (sistemáticamente es así en Shakespare) en la perspectiva dominante, aquélla en la que, aupados por él mismo y por Hamlet, podemos contemplar el panorama de las acciones, intenciones y motivaciones humanas. Pero la lucha por el topsight continúa en las interpretaciones críticas. (Ver otro ejemplo de enfrentamiento de inteligencias críticas en "Poe-tics of Topsight").

Una cuestión que sí sugiere el análisis de Boyd es el esfuerzo reflexivo de la mente de Hamlet por entenderse a sí misma como un empeño cognitivo. Quién se conocerá a sí mismo—quién tendrá topsight sobre su propia mente. Para ello se requiere, seguramente, no sólo una capacidad reflexiva superior, sino también el paso del tiempo: la atalaya retrospectiva, que nos da esa elevación espontánea sobre las intenciones y proyectos del pasado, hace surgir planes ocultos, y conoce, ya publicado, todo lo que se guardaba en un cajón. 

De esta retrospección obtenemos conocimiento. Pero el éxito en la acción depende no del conocimiento retrospectivo, sino del prospectivo, de la capacidad de construir y representar la intencionalidad más relevante o comprensiva en una situación dada, rápidamente, en medio de la acción para permitir reorientarla anticipándonos a lo que será nuestra propia evaluación retrospectiva de ese encuentro de mundos mentales, y del éxito o fracaso de nuestras intenciones. Un conocimiento retroprospectivo, que está mezclado intextricablemente con la suerte y con la contingencia del futuro.

 

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