martes,7 diciembre 2021
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Nuestras máscaras

Lecturas de un viejo profesor
Se utilizan en los ritos de muchos pueblos para expresar lo que las palabras no alcanzan. Las máscaras se danzan, pues el ritmo es el lugar de encuentro entre el tiempo y la eternidad. Es imposible acercarse al misterio sin el ritmo, y sin los pies descalzos.

 

     Por eso, se adornan las gentes, se pintan los rostros, cata el chamán el soma, y se abandonan en la ebriedad del frenesí que actúa como catarsis. Ciclo de nacer, vivir, morir y resucitar mediante símbolos visibles de realidades invisibles. Se trascienden los límites y, en plena libertad, se balbucea un lenguaje inédito. Los no iniciados hablan de enajenación y hasta de extravagancia. (Peores son las alienaciones que impone la sociedad entre globalizadores y globalizados).

     Las máscaras no sólo sirven para esconder el rostro, sino para ser muchos y a la vez el mismo. Sus rasgos de animales, de plantas, de nubes y de monstruos sirven para exorcizar y saberse otros, y para saberse uno, y para saberse todo. Las máscaras son espejos en los que se refleja la apariencia para que estalle en las mil aristas de la realidad oculta. Las máscaras no son buenas ni malas, hermosas ni feas; expresan el horror de la libertad aprisionada, de la inocencia perdida, que alumbrará una nueva inocencia: el despertar de lo más auténtico.

     En el teatro griego también se utilizaban para ocultar el rostro del personaje y que el público a cuya sensibilidad se dirigían, pudiera conformar la “imagen, el gesto, el sentimiento” que provocaban las palabras… y que cada espectador acogía y asumía de manera personal. De hecho, las más importantes obras teatrales eran conocidas en su trama y desenlace por la inmensa mayoría del público; salvo en un estreno, algo no tan frecuente. Pero los estados de ánimo de los espectadores eran distintos y no pocas veces afloraban con unas palabras que habría escuchado otras veces pero que en “esa representación” le abrían emociones y luchas que él mismo desconocía o llevaba arrastrando sin saberlo. De máscara de actor derivaría a persona, personaje, personalidad etc. 

     Algo, en apariencia ficticio o mítico, despertaba emociones que se resistían. Ahí reside la auténtica obra de arte, en que nos conmueve de manera distinta según la ocasión. Recordad a Miguel Ángel, su Moisés, o sus esclavos ¿inacabados?, su san Mateo ¿incompleto? ¿La Pietà del Rondanini? Por eso, volvemos una y otra vez a dejarnos ir por las salas de los grandes maestros del arte y no por casualidad unas veces nos perdemos por algunas y otras permanecemos impresionados, conmovidos, afectados por un cuadro o por una escultura que habíamos “visto” muchas otras veces. También nos conocemos los argumentos de las más hermosas óperas, de obras inmortales de Beethoven, Bach, Mozart, Haendel, Corelli y de tantos otros que, no sabemos por qué, en cierto momento “necesitamos” volver a escuchar, a acoger, a dejarnos conmover “a pesar” de haberlo hecho en tantas otras ocasiones. No podemos ir al “estreno” de una obra nueva de Esquilo, Shakespeare, Lope, Pirandello ni de tantos otros que felizmente acunamos en nuestro personal almario. 

     Hay paisajes, silencios, rumores, amaneceres o noches estrelladas que admiramos y sorprenden como si estuviéramos en los albores de la creación. Me permito sugeriros la relectura de Bodas, Verano, Tipassa… de Camus, comprenderéis por qué es un inmenso artista, un genio que atesoraba, asumía tanta belleza en esa etapa de “Gozo”, a la que pronto seguirían “El absurdo”, “La Révolte” y, según confesión suya, pocos meses antes de morir, “y ahora me encuentro en busca de la sabiduría” en quête de la sagesse, como le escuché a mis 18 años en París.

     La ocultación tiende a la transfiguración, a facilitar el traspaso de lo que es a lo que se quiere ser, dimensión mágica de la máscara. La máscara equivale a crisálida de una nueva personalidad. Y muchos buscamos una realidad no vivida, pero que exprese mejor el sentido del vivir pasado para afrontar con dignidad la bajada del telón.

     En estas “cartas o remembranzas”, escogeremos ser yunque antes que martillo. Pero sacaremos chispas de los golpes que a diario caen sobre las gentes, sobre los pueblos y sobre un medio ambiente que no soporta más agresiones. Seremos ese grito, esas manos que se alzan, ese reflejo de una realidad trucada y que ya carece de sentido porque ha perdido su armonía. El grito de pasmo pero que no se queda en eso, sino que nos mueve a la reflexión, a la acción y al compromiso

     Estas máscaras reflejarán la realidad que las culturas, los sistemas y los modelos han impuesto. Porque creemos que es posible la esperanza, nos echamos al camino abiertos a todos los vientos y a todas las suertes asumiendo riesgos porque, en tiempos de cambio, la rebeldía es una de las dimensiones fundamentales del ser humano. Hay urgencias esenciales. El indígena como realidad y metáfora del globalizado, el mestizaje deseable más que inevitable. Para que nuestros hijos no nos desprecien, porque habiendo podido tanto nos atrevimos a tan poco.

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