domingo,5 diciembre 2021
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La verdad vista desde el perspectivismo

Opiniones sobre la verdad

Vanity Fea
Exponemos aquí una noción perspectivística, o relativista, de la verdad, inspirada por las teorías interaccionalistas y pragmáticas sobre la misma. Y lo hacemos por vía de un comentario a la brillante conferencia de Ángel Cristóbal Montes sobre la Verdad, concebida allí como un valor con voluntad de trascendencia y a la vez falible y relativo.

Voy a una conferencia de Ángel Cristóbal Montes sobre La verdad, en Ibercaja (el 26/01/11). El conferenciante es catedrático emérito de derecho civil de la UZ, y antiguo presidente de las Cortes de Aragón. Inaugura un ciclo titulado "Tres nuevas lecciones sobre lo trascendente" con conferencias sobre lo verdadero, lo bueno, y lo bello. El año pasado, en un primer ciclo, dio "Tres lecciones sobre lo trascendente" y trató sobre Dios, hombre, y la idea del mundo. Las nuevas conferencias versarán sobre la verdad, la bondad, y la belleza.  Presento aquí notas sueltas relativas a la conferencia sobre la Verdad, con algún comentario marginal mío en cursiva:

Verdad, bondad y belleza son valores permanentes en la filosofía occidental,  y a ellos se dedican cada una de las tres Críticas de Kant. La Crítica de la Razón Pura, o de la conducta teórica, trata de lo relativo a la verdad. Un tema complicado.

La sensación de lo verdadero, es fácil tenerla o sentirla—pero es difícil explicarlo, aunque el sentimiento sea claro.

Históricamente, en Occidente, ha habido 3 (o 4) versiones de la Verdad:

–    En la antigua Grecia, la noción de la verdad como "no ocultamiento" (Heidegger), desvelamiento, desocultamiento, lo que se arranca al ocultamiento. Aletheia. Es una conquista contra los factores que la ocultan: la verdad hay que desvelarla con esfuerzo y capacidad de penetración. (Yo apuntaría que a veces se desvela sola para nosotros, por la fuerza de los hechos, por la acción de los otros, o por azar… Por cierto que hay una interesante dimensión retrospectiva y narratológica, en la verdad como desvelamiento.)

–    Pese a Heidegger, no todos los griegos vieron así la verdad. Aristóteles decía que la verdad y la falsedad no están en las cosas, sino en la mente de los hombres ("in intellectu", dirán sus seguidores). En sí no son las cosas ni verdaderas ni falsas. Es nuestra mente la que encierra la verdad o falsedad. 

– Una derivación particular y hegemónica de esta noción aristotélica fue la de la Escolástica, por ejemplo en Santo Tomás de Aquino. La verdad se alcanza mediante la indagación del sujeto pensante: no está oculta en las cosas, sino en nuestra mente. La verdad se define como adecuación entre el intelecto y la cosa, "Adequatio intellectus ad rem". Hay un importante cambio aquí: el protagonismo cambia. Se llega a la verdad trabajando, como en los griegos, pero es un trabajo más tranquilo y cómodo: un trabajo de reflexión que busca adecuar el pensamiento a la cosa.

(Claro que es por otra parte una noción inadecuada de la verdad: porque ¿qué concepción tenemos de la cosa aparte de la que podamos tener en nuestro intelecto? La cosa que nuestro intelecto compara con "lo que tenemos en nuestro intelecto" tiene que habérsenos aparecido de alguna manera, para ejercer este criterio. El problema es que "la cosa" así definida también es una "cosa" intelectual, y esta definición no está lo bastante atenta a las consecuencias de ese hecho).

–    Tercera (o cuarta) concepción: frente a la verdad metafísica, está la verdad social. Es una noción que también puede remontarse a Aristóteles (toda la filosofía da vueltas en torno a Aristóteles). (Tenía Aristóteles por cierto una gran desconfianza de la historia – la ficción, dice, es más verdadera que la historia).

(Esto lo dice en la Poética. Y esta noción de la verdad como opinión también explica algunas expresiones extrañas de la Poética: por ejemplo, la noción de que las cosas verdaderas no son siempre verosímiles. Aquí vemos contrapuesta la verdad "objetiva" o vista por el pensador a la verdad "comúnmente aceptada", que es la que rige más adecuadamente para Aristóteles en poética. Por cierto que este gusto aristotélico también tiene sus límites. Podríamos decir que el realismo entendido así, como lo verosímil, y no como lo real inverosímil, es poco realista, desde un punto de vista más filosófico. Las imágenes de la realidad auténtica suelen herir o trastocar nuestra concepción de la realidad verosímil o comúnmente aceptada, y son una de las vías hacia un arte innovador—y casi siempre feísta).

La verdad, dice Aristóteles, está en la apariencia. (Podríamos decir que "lo que es verosímil" es "la verdad" comúnmente aceptada, aunque Aristóteles lo opone a lo "verdaderamente verdadero" que es lo que sabe el filósofo, o lo que sabe el que sabe más que la media, por oposición a la opinión común). Parece una boutade o contradicción, pero señala esto hacia la noción de una verdad social, en la que "lo que aparezca como verdadero debe ser tenido como verdadero". La realidad nos muestra en efecto, que en los EEUU ha funcionado esta noción en la filsofía actual: el pragmatismo. Busca cosas que funcionen en la sociedad—y así se define la verdad en términos sociales. La apariencia es lo que cuenta, a todos los niveles. Un asesor de Carter decía que en Washington se tiene el éxito que se aparenta tener. (Sería una verdad democráticamente entendida… Pero claro, los pragmatistas también distinguen entre tipos de consenso, y es distinto el consenso de los expertos que el consenso popular; Montes da una caracterización del pragmatismo un tanto despectiva e inexacta). Cuando algo aparece públicamente como verdad, desconocerlo como tal e intentarlo sustituir por una verdad venida de fuera es tarea casi imposible. La verdad, en esta concepción, se nos muestra, no hay que desescombrarla. La vemos directamente, contemplando la apariencia.

(Yo creo que esto no es así ni siquiera para un pragmatista convencido, porque para el pragmatista nunca va a haber un consenso global sobre la verdad. Lo que va a haber es un conflicto de verdades a distintos niveles, todas contestadas en algún contexto o por algún grupo. La verdad que un grupo se construye como seña de identidad es verdadera, o se aparece como tal, claro… dentro de ese grupo. Desde fuera, es sólo ideología, o consigna, o fe injustificada, o autoengaño, y el consenso ha de hallarse en otro lugar).

Así, para Richard Rorty ("pragmatista vivo" dice Cristóbal Montes por error, cuando murió en 2007) la verdad es aquello que aparenta ser verdad , "es lo que funciona" (cf. el relativismo de Stanley Fish… o de Woody Allen, Whatever works). Pero añade: "¿funciona, para qué?"  Cf. el Utilitarismo europeo de hace 200 años. Lessing decía por entonces "¿cuál es el uso del uso?" —Es decir, "¿para qué sirve la utilidad?"). (Es decir, no se puede evitar la cuestión de la fundamentación de los valores).

Para los pragmatistas, la libertad de la sociedad va unida al razonamiento filosófico, lo cual una noción extraña a la filosofía occidental. Esta asociación no se había hecho antes en la tradición occidental. Los pragmatistas ligan la reflexión filosófica a la sociedad libre. Mientras que los mejores filósofos europeos, observa Cristóbal Montes, han vivido en sociedades autoritarias.

Un enunciado verdadero es, desde el punto de vista pragmatista o relativista, aquél en que una sociedad libre se muestra de acuerdo en que es verdadero. Rorty dice, "cuidemos la libertad, que la verdad se cuidará sola". Vendrá por añadidura, no tendrá enemigos. Así se dice que el hombre no es aquí "descubridor" de la verdad, como en las concepciones anteriores, sino autor o fabricante de la verdad.

(Lo es—pero hay que enfatizar que no es el hombre aislado quien fabrica la verdad, sino que se genera en el seno de grupos sociales—ideologías que los cohesionan, a veces por el procedimiento de enfrentar esa verdad a la verdad de otro grupo. La noción del conflicto de las verdades es esencial, porque ¿a quién interesa una verdad que no es discutida o contestada en modo alguno? Ni siquiera nos paramos a pensar en ella, no nos llega a la atención. Es en la dialéctica verdad/error donde vive más propiamente la verdad, donde se alimentan sus consensos, y también sus iluminaciones retrospectivas).

Probablemente los hombres somos (para Montes) a la vez autores y descubridores de la verdad. Autores porque la formulamos y la emitimos, y descubridores porque se requieren para ello datos e indicaciones de algo externo a la mente.

Todo este pragmatimo y relativismo debería matizarse con afirmaciones como las de Goethe: que la verdad ha estado siempre con la minoría. Y, para Einstein, el mejor conocimiento no es más que una maraña de sospechas. Algo que poco tiene que ver con lo dicho hasta ahora.

(Pero algo que sí tiene mucho que ver con la verdad entendida como conflicto entre verdades sostenidas por grupos diferentes. Aunque sean escuelas filosóficas o teorías científicas. Contra lo que dice Goethe, yo diría que la verdad mayoritariamente creída siempre ha estado con la mayoría. Y que sólo deja de ser verdad vista desde fuera. —¿Y nosotros? A veces somos mayoría, a veces minoría).

Verdad frente a intuición:

Verdad e intuición parecen contradictorias, en principio, parecen oponerse como reflexión vs. intuición. Se pueden tener intuiciones de lo verdadero, pero la intuición no es un proceso de descubrimiento, es un relámpago, un golpe de luz, no se basa en indagaciones previas. Es una aparición. ¿Para qué pensar, pues? Es una pregunta falaz, porque la intuición respecto a la verdad no se da para todas las personas. (Los filósofos, como los poetas, han de ser pocos, dice Cristóbal Montes). La intuición sólo suele darse para aquellas personas que tienen por costumbre pensar. No se dan las súbitas intuiciones entre aquellos que no se dedican a la reflexión—y esto supone la conjunción de ambas modalidades de acceso a la verdad. El ejemplo de Descartes: una noche de 1616, tuvo un golpe de intuición que le llevó al cogito ergo sum. No llegó allí reflexivamente, pero sí llevaba muchos años reflexionando, y la intuición se produce sobre la base de una conjunción de pensamiento hondo y reflexivo. Poincaré también encontraba la solución al problema que buscaba, por intuición súbita…. Pero "la cuestión es cómo encontrar el camino para llegar a ella". Si no se había llegado, es que todavía faltaba trabajo de razonamiento. La intuición, pues, es una forma de conocimiento. Para Kant, todo conocimiento no es intuición, la mayor parte es reflexión, pero en cambio toda intuición es conocimiento. (Aquí creo que Kant utiliza los términos en otro sentido que no es el habitual).

Admitida la verdad— que estemos en posesión de ella; pongamos un ejemplo de una cualquiera (que a veces ha costado mucho llegar a ella o conservarla). Por ejemplo la concepción astronómica de la tierra. (Se atiene Cristóbal Montes a la noción un tanto simplista de que la Tierra geocéntrica era plana—cuando de hecho no lo era así para muchos de los entendidos, fuese cual fuese el concepto popular más generalizado). Para los árabes como para los romanos, era temible el occidente donde se pone el sol. Esto se juzgó verdadero durante siglos, hasta la revolución copernicana.  Esta nueva verdad, la del heliocentrismo, le costó la vida a Giordano Bruno, y casi a Galileo.

¿Qué sucederá pues con la contraposicón entre estos conceptos—

–    verdades absolutas / verdades relativas

–    verdades temporales / eternas?

Lo primero parecería un requisito de la verdad, el absolutismo. Pero de hecho es más bien al contrario. Es más bien la noción de "verdad absoluta" lo que es una contradicción en términos. Eso si la verdad emana del hombre (como lo hace en las tres concepciones discutidas, por unos u otros caminos).

(Aclara repetidamente Cristóbal Montes que no está atacando a ninguna creencia, que el suyo es un punto de vista filosófico, no un ataque a la religión. Es otro campo. Aunque me quedo con las ganas de observar que la noción misma de un concepto filosófico de la verdad desacredita de entrada las verdades reveladas, como el logos racional desacredita al mito—nos resulte incómodo o no para los tabiques mentales de cada cual).

Si el hombre es finito, temporal, limitado—entonces la verdad absoluta también está fuera de lugar, en un ser relativo por sustancia.

(El ergo que extraigo es que las verdades dogmáticas decretadas por la religión están fuera de lugar en una concepción filosófica de la verdad. Aunque, siendo "ficticias" y aceptadas por consenso, siempre gozarán de predicamento en determinadas comunidades: después de todo es nuestra especialidad, la de los humanos, vivir en una realidad simbóicia que es en cierto modo una realidad virtual o ficción consensuada).

Karl Popper decía que no hay saber seguro, que todo saber o verdad es contingente, aleatorio, o acomodado a las circunstancias. Incluso las leyes naturales son en esta concepción verdades hipotéticas o relativas, son conjeturales. También Wittgenstein decía que seguramente "mañana amanecerá" pero que no tenemos la seguridad. Es una verdad conjetural o contingente. En Grecia, decía Popper, había dos tipos de saberes: el saber absoluto, de los dioses, episteme, y el saber de los hombres: doxa—opinión, conjetura.

Para Cristóbal Montes, toda verdad humana es relativa. Una verdad absoluta nos serviría sólo para abocarnos al estancamiento, para caer en la excesiva confianza y en la soberbia intelectual. La verdad relativa es una verdad estimulante. Constituye un acicate para continuar avanzando. Lleva a mayores honduras en el pensamiento.

¿Es temporal o es eterna la verdad? (Insiste el conferenciante en mantener al margen el plano religioso, diciendo que es muy respetable, etc., —cuando en realidad un subtexto de su conferencia lleva al descrédito intelectual de la religión como vía hacia la verdad para seres pensantes—no para beatas o integristas, claro. El conferenciante quiere muy deliberadamente evitar esta alternativa. A mí las religiones me parecen respetables a un nivel emocional, ético, en su contexto adecuado, etc.—pero intelectualmente o filosóficamente hablando, no son presentables ni cotejables—me parece mucho más respetable la verdad consensuable que la creencia errónea, por definición no consensuable, que a otro le dicten su dogma de turno o sus compromisos con la tradición).

Filosóficamente, no hay verdades eternas. Toda verdad corresponde a un tiempo: brota cuando puede brotar y refleja las circunstancias del momento. La verdad eterna trasladaría a su autor a un campo distinto de la estricta humanidad. (Así lo considera Angel Cristóbal Montes. Cuando yo creo que la verdad absoluta y "eterna" es precisamente muy humana…. si bien es contemplada como un error humano por el filósofo).

Para Heidegger, "cada verdad tiene su tiempo", y esto es así. Nace cuando tiene que nacer, asume las características que ha de asumir, y dura lo que tiene que durar, y se esfuma cuando le toca desaparecer. Einstein negaba haber llegado al fin del conocimiento: los sistemas se suceden, e indefectiblemente vendrá otro que será mejor que el de Einstein.

¿Sufre quebranto la verdad con esta noción? – ¿su santidad?—se pregunta Cristóbal Montes.

No, más bien lo contrario. Esta concepción engrandece la verdad, a juicio del conferenciante. El hombre no puede contar más que con verdades relativas y temporales. Para las verdades absolutas y eternas existe el camino de la fe y la creencia (Si es que eso son verdades…. dado que son verdades sólo para la comunidad de creyentes, porque para los demás serán creencias, jamás verdades compartibles), o la resolución de que hay una verdad revelada, absoluta (Es decir: la resolución de creer en un error, si nos atenemos al punto de vista filosófico… contraposición que como digo Cristóbal Montes quiere a toda costa evitar en su formulación más sangrante). Creer no es pensar, decía Wittgenstein. Y Ratzinger dice que a Dios se le puede ver con el corazón, la simple razón no basta. (Pues allí no es tomista, Ratzinger). Schopenhauer decía: o creer, o filosofar—lo que se elija, que sea del todo.

(Y hay que decir entonces que el conferenciante no está con Schopenhauer, pues pretende compatibilizar ambas opciones. Claro que yo tampoco estoy con Schopenhauer, pues en unas cosas filosofamos, y en otras creemos sin plantearnos más cosas. Y además tenemos la mente modular que nos permite continuamente el credo autem impossibile… Insiste el conferenciante en que la fe y la razón son compatibles—y, sí, lo son en la misma cabeza, pero difícilmente si van referidas a la misma cuestión).

(Y más importante, por compatibles que sean con la razón, sobre todo para quien no la ejerza a fondo, por desconexión selectiva, y no explore sus últimas consecuencias, PARA MÍ es más importante el hecho de que las creencias infundadas o irracionales son combatibles con la razón. No siempre con éxito, pues la creencia busca sobrevivir, y desconecta oportunamente la razón, o le prohíbe el acceso a ciertas circunvoluciones cerebrales).

La fe trae consuelo y seguridad, que son valiosos (aunque sean falsos consuelos, es cierto, a veces se necesitan… "miénteme, Pinocho" como decía el chiste).  La filosofía por su parte trae dudas y problemas, pero la duda es la quintaesencia del hombre: "Señor, dame la duda" decía Unamuno.

Nos sugiere Juvenal vitam impendere vero. Dedicar la vida a la verdad.

(Es loable, como empeño, pero verdades hay muchas, como hemos visto, y el problema es a cuál de ellas dedicar la vida. Quizá más loable sea dedicarla a la duda, o a la verdad que se descubre, no a la verdad que se recibe ready-made, ni a la que se protege celosamente contra la crítica. Pero no hay tribunales de última instancia de la verdad, ni de lo loable. Lo que yo sé es que siempre me ha parecido un sarcasmo tremendo —un sarcasmo inconsciente de sí— el lema cristiano de "la verdad os hará libres". Y no, sobre todo, porque no comparta yo esas concretas verdades reveladas—sino porque creo que la verdad no te hace necesariamente más libre. Ni tampoco más feliz—y menos aún, más popular).

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