viernes,28 enero 2022
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Volveré… dejen prendida una luz

El Envés
​​Me fascina la complejidad de la vida y por eso soy tan escéptico con los conceptos de tiempo y de espacio

Era un grafiti apresurado sobre una blanca fachada de un pueblo en donde la seguridad se buscaba en la huida. En escaparse y echarse al monte hacia otras tierras y pueblos, en donde vivir en libertad no fuera un acto revolucionario.

Cada civilización y cada mezcla de culturas e interactividad entre ellas trataban de acomodar sus tradiciones cambiando nombres, gestos e historias que se rememoraban junto a la lumbre; como se remueven los rescoldos del fuego bajo las cenizas, que permanece y que hay que saber cuidar.

En mi año sabático, al cumplir los 60 años, y 25 de docencia en la universidad, visité muchos pueblos de África, (veinte Estados subsaharianos, según impusieron los colonizadores) en un peregrinar por tierras animadas por tradiciones diversas. Los colonizadores se empeñaron en “clasificarlos” con fronteras inverosímiles en unos 50 estados. No eran los pueblos ni sus riquezas culturales lo que interesaba a las metrópolis europeas, sino delimitar los espacios para distribuirse las riquezas materiales y humanas para explotarlas como recursos. ¡Como si pudiéramos delimitar el cielo, contar las arenas del desierto o recoger a cántaros los océanos! Los límites sólo existen en nuestras mentes. 

En el pueblo gueré cambiaron mi nombre por el de Nesemu, que significa “el fuego no se extingue”. Así como a mi gran amiga, la doctora Imelda San Martín, que era parte esencial de nuestros proyectos de salud, le pusieron “Go”, la que todos buscan, a la que todos acuden porque la aman y necesitan.

El fuego lo llevamos dentro como luz, calor y vida; pero no deslumbra si sabemos cuidarlo, bajo cenizas, con pequeños hechos combustibles, como si fueran ramas. O resinas, incienso o mirra.

Ese motor de nuestro vivir diario permanece en sintonía con la energía del Cosmos, que todo lo anima y sostiene. Aunque parezca vacío, está lleno de vida y de armonía, de la misma sustancia que sostiene cuanto existe, lo que ha existido y existirá. Aunque tarde millones de años en hacerse perceptible, en forma de algo que llamamos lucero o estrella y que puede que haga millones de años que se ha transformado en otras formas o agujeros negros.

Me fascina la complejidad de la vida y por eso soy tan escéptico con los conceptos de tiempo y de espacio. Trato de vivir en el Kairós y adaptarme al Kronós por las circunstancias de haber nacido, vivir y transformarme en este planeta. Pero sé que somos “polvo de estrellas” y una estrella es nitrógeno ardiendo a unos quince o veinte millones de grados de “temperatura”, que es cuando explota y genera la energía de la vivimos. El Cosmos inefable es donde “vivimos, nos movemos y somos” en esa luz, esa energía y, como sostienen muchos, eso es lo único absoluto, la luz en el “vacío” del “espacio” a trescientos mil kilómetros por segundo. (Es nuestra forma de expresar lo inconmensurable, el misterio que es imposible describir con palabras ni siquiera concebir con nuestras mentes sino es en el silencio de saberse Eso, como dice el mantra milenario Yo soy Eso soy yo.)

Quizás radique ahí la celebración de fiestas con hogueras de fuego, bajo cualquier forma, hasta la de un dios avatar de lo inefable. ¿Qué más da? Nace Dios en cada persona que se entrega a los demás, que trata de comprender pero que, aún sin lograrlo, acoge.  Acoger, compadecerse, amarse en bondad y regocijo nos hace ecuánimes y solidarios con todo cuanto es, existe y saber que somos lo que no somos, sino que estamos siendo y el fruto de la justicia es la paz.  

Comenzando por uno mismo hasta caer en la cuenta de que nadie es más que nadie ni nada vale más que nada. Que todo cuanto existe y lo que es conforman una realidad que nos supera, y ante la que nos postramos celebrándola como misterio. De ahí danzas, ofrendas, cantos, ritos. 

Todo está animado, hasta rocas y metales, animales y  plantas, galaxias y el silencio que vibra en nosotros y en todas las cosas. Mientras dormimos o cantamos, mientras comemos o lloramos, mientras gozamos o nos inclinamos bajo la fuerza del huracán, como hace el junco ante la riada.

Todo tiene sentido y, al igual que el río, que no tiene necesidad de que lo empujen. Como las cuerdas de un laúd, “ni tan firmes que se rompan ni tan blandas que no suenen”, con palabras de Sidharta.

En nosotros hay algo que llamamos mente y que es causa de no pocos sufrimientos. Hemos inventado nombres como cuerpo, alma, espíritu, psique, memoria, energías, potencias… pero no son sino aspectos de una misma realidad real. Nuestro error consiste en tratar de apresarlas, de dominarlas para servirnos de ellas en nuestro provecho.

Un día, “caemos en la cuenta” de que todo compone una realidad que nos sostiene. Y que así como somos, la virtud más eminente es hacer sencillamente lo que tenemos que hacer. Con errores y logros, con risas y lágrimas, con fuerzas y debilidades. Que no puede existir destino ni karma que determinen nuestro vivir. Ni dioses caprichosos que nos gobiernen. De ahí la solidaridad, amor, bondad, justicia, armonía, equilibrio, prudencia y paciencia que son virtudes dinámicas y potentes. El kalós kagafós de los griegos, la hermosura y la verdad, la virtud,  el unum, verum et bonum de los latinos a los que añadimos el pulchrum; porque todo lo que es auténtico, verdadero y bueno tiene que ser hermoso.

Tres cosas nos suceden: nacer, vivir y morir. No sentimos los primero, sufrimos de morir y nos olvidamos de vivir. Aquí y ahora, conscientes de que vivir hasta morir es vivir lo suficiente. Y que la mente es un producto emboscado en nuestro crecimiento. De ahí que todos los sabios nos animen a ser nosotros mismos.

Debemos alimentar el fuego, respirar y dejarnos afectar por las cosas, por las gentes, por las transformaciones, por el ritmo que preside la armonía, la justicia y la alegría de compartir. La consigna es el agradecimiento, la celebración y sentido del humor para adecuar nuestra actitud a esa música callada que no hemos elegido y de la que sólo podemos ser solidarios.

 

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