martes,7 diciembre 2021
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Zen de la escritura y de la atención plena

El Envés
Saborear el instante, aquí y ahora; disfrutar y madurar cayendo en la cuenta de sabernos uno con el universo, en una vejez activa

 

Cada mañana, al alba, se reproduce el misterio. Al despertarte, te estiras a gusto, te sientas al borde de la cama y te masajeas un poco la cabeza y los hombros. Vas al baño, te alivias, lavas la cara y los dientes y te pasas un peine. Vistes ropa de trabajo, usada, calzas sandalias o zapatos cómodos.

Si preparas un zumo de naranja te lo bebes, sino un yogur líquido. Todo esto se realiza con atención en lo que estás haciendo mientras mantienes la respiración adecuada. No hay prisa ni lugar a dónde ir, ni nadie que nos esté aguardando, y te sientas durante un largo rato.

La comunidad está en mí. Haga lo que haga ya está en el orden de las cosas.

Al salir al jardín, respiras hondo y percibes la frescura del amanecer, el canto de los pájaros, los colores de las hojas, de las ramas, de los troncos y la belleza de las flores. Sientes la brisa y alzas los ojos al cielo azul, con nubes o como quiera que esté. ¿Qué más da?

Y comienzas a caminar. La Meditación caminando: respirar con sosiego, con el ritmo conveniente, inspirar, expirar y sentir la tierra bajo tus pies mientras se suceden las diferentes variedades de plantas, árboles y flores del jardín. No vas a por ellas ni las miras, vienen hacia ti y las acoges, así, sin más elucubraciones.

No se trata de analizar, de pensar, de aprender o de sacar conclusiones, se trata de caminar y de respirar, eso es todo.

Al cabo de una media hora, se encuentra un lugar tranquilo donde sentarse y, en la postura más adecuada, respirar en silencio para hacer el vacío y vivir la experiencia de ser uno con las cosas.

Después, te levantas, te estiras y vuelves a caminar durante un rato.

Al llegar a casa, tomas tu desayuno y te vienes a tu lugar de trabajo. Sentado ante el ordenador, se comienza a escribir sin cuidarse de nada más. Puede haber música instrumental encendida o, con la ventana abierta, sentir el viento en los árboles o los pájaros cantando.

Así hasta dar cuerpo a una historia, a un relato, a un cuento… a lo que sea.

Cada día, sin corregir nada, sin revisar nada. Sencillamente, el Zen de la escritura, continuar la atención plena en lo que estés haciendo, con sus despistes, pensamientos invasores que, en lugar de cabrearte, de hacen sonreír. Es cosa de la mente.

Más tarde, ya vendrá un vistazo rápido a la prensa digital, la apertura del correo para responder a quien lo precisa.

Es entonces, el momento de acometer la obra que tengas entre manos: los Cuentos de Riky, o la serie Creencias, o revisar las Máscaras, o el libro que preparas.

Cada hora o cada dos, más o menos, cuando sientas que lo necesitas, es bueno si puedes, caminar un poco o si es en verano acercarte a la piscina y nadar un poco. Es bueno para espabilarte, para mantener el tono muscular y ayudar a la recuperación de la espalda. De regreso a casa, vuelta al trabajo.

Comida con la familia y descanso. Superados los setenta es prudente saber descansar.

La tarde se puede dedicar a la lectura o a corregir algún escrito o a documentarse sobre algún tema o a pasear o a caminar con tu mujer, nietos o con algún amigo o por el jardín, con algún adulto activo, esto es, jubilado que ya anda por los 70, o con algún antiguo alumno que viene a visitarte.

Dar de comer a los pájaros cada día, regar las plantas, escuchar buena música…

Estas pueden ser alguna de las actividades de un adulto activo, aunque sin olvidar ir una vez por semana a clases de Informática en el Ayuntamiento… xq cuando llega la vejez, es cuando echas de menos a asistentes y alumnos destacados que tanto me han ayudado con esto de los ordenadores y demás que llevo casi treinta años utilizando, pero sin saber cómo funcionan, sobre todo cuando me atasco.

Por eso, cuando oigo o leo que alguien se aburre… me pregunto si no habrán descuidado nuestra formación para el silencio del hacer sin hacer, de lo que desde los chinos y más antiguos sabios hindúes y budistas se denomina vacar al otium, dejando el negocio, necotium.

Es la forma sabia de saborear el tiempo, que no existe, pero lo vamos haciendo. Ese tiempo que no es kronos sino Kairós. Y las estaciones, meses, o momentos se van sucediendo mientras tú saboreas el placer de saberte uno con la madre Tierra y con el Universo. ¿Y después? Después no existe, como su nombre indica, porque al fin puedes saborear, disfrutar, gozar de la soledad en la sobriedad compartida, sí, no eres una mónada, un ente abstracto, sino que vas des cubriendo, des velando cayendo en la cuenta de que hoy es siempre todavía.

José Carlos Gª Fajardo

Profesor Emérito, U.C.M.

 

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