lunes,29 noviembre 2021
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Henry Miller / EDHASA

El coloso de Marusi

Lecturas de un viejo profesor
Los dioses eran de dimensiones humanas, ya que los creó el espíritu humano. Si los hombres dejan de creer que un día se convertirán en dioses, entonces no pasarán de ser gusanos. Nunca estuve más seguro de que la vida y la muerte son una misma cosa, y que no se puede disfrutar una de ellas si la otra está ausente.

Ir a pie a Epidauro es como caminar hacia la creación. No se busca nada más, no se pide nada más. Las palabras, si se pudieran pronunciar, se convertirían en melodía.

Tuve que ir a Epidauro para conocer el verdadero sentido de la paz. La paz del corazón es positiva e invencible, no exige condiciones, no requiere salvaguardia. Lo que el hombre quiere es paz para poder vivir. Lo que rige al mundo es el corazón, no el cerebro. Hemos vuelto la espalda al único reino donde se encierra la libertad, escribe el autor norteamericano que había publicado los “escandalosos para algunos” Trópico de cáncer y Trópico de capricornio.  Qué interesantes en un momento aciago para la Humanidad. Ah, pero que también publicó esa delicia de “La sonrisa al pie de la escalera”

Sé cuál es la salvación: abandonar, renunciar, rendirse, para que nuestro corazón pueda latir al unísono con el gran corazón del mundo…

Ser libre es reconocer la vanidad de toda conquista, incluso la del yo, que es el último acto de egoísmo.  La paz está en el centro y cuando se la toca, la voz brota en alabanzas y bendiciones. Y la voz va lejos, muy lejos, hasta los confines del universo. Y la voz, entonces, cura, porque lleva consigo la luz y el calor de la compasión. Y a este sentimiento tenemos que añadir el compromiso de empeñarnos en algo concreto y contrastado para alzarnos en la lucha contra la injusticia, la falta de recursos indispensables para una vida digna… de lo contrario mejor sería no haber nacido. De ahí nuestra lucha contra la explosión demográfica, la destrucción del medio en el que habitamos, nos movemos y somos “kai estin”.

Epidauro no es más que un símbolo en el espacio; el lugar verdadero está en el corazón del hombre, si quiere detenerse y buscarlo. Si se pudieran reunir en Epidauro a todos los médicos, cirujanos, psicoanalistas para debatir, en la paz y el silencio, las necesidades urgentes e inmediatas de la humanidad, la respuesta unánime no se haría esperar: revolución mundial, de arriba abajo, en todos los países, en todos los campos de la conciencia. El enemigo del hombre  no son los microbios: es el hombre mismo, el orgullo, los prejuicios, la estupidez, la arrogancia.

Es necesario que todos, individualmente, nos rebelemos contra una forma de vivir que no es la nuestra que exige vivir como muchedumbre que no respeta a las demás criaturas, que no sienten en sus carnes y en su corazón la destrucción implacable del medio ambiente, que confunden sexualidad con procreación, que no reconocen los derechos fundamentales e inalienables de todos los seres a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad.

La vida exige que se le dedique algo más: espíritu, alma, inteligencia, buena voluntad. Nada más que nuestro deseo de cambiarlo puede producir un mundo mejor y más justo. El hombre mata por miedo, y el miedo es una hidra de cien cabezas… ¿Quién ha puesto a los demonios en nuestro corazón para atormentarnos?

El único medio de encontrar respuesta es ir a Epidauro; por eso os encarezco que dejéis todo y vayáis allí enseguida. Como dice Miller: Me niego categóricamente a convertirme en algo que sea inferior a esa condición de ciudadano del mundo que, de pie ante la tumba de Agamenón, me otorgué.

José Carlos García Fajardo 

Profesor Emérito U.C.M.

 

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