martes,30 noviembre 2021
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La Escuela de Atenas en el siglo XXI

Hace unos días he tenido la oportunidad de debatir como probablemente se hacía en la Escuela de Atenas hace 2.500 años. Evocando el ambiente de los famosos frescos del Vaticano pintados por Rafael en 1510, Aspen Institute y Fundación Telefónica invitaron a una veintena de personas a La Granja de San Ildefonso para ensalzar el valor del pensamiento científico y la búsqueda de la verdad en un mundo en el que se está reconfigurando el futuro. Me siento un privilegiado por haber formado parte de ello.

Las ocasiones de disfrutar de un diálogo que sea un verdadero intercambio dialéctico son, por desgracia, cada vez más escasas. Vivimos en un mundo apresurado en el que las respuestas lapidarias y epigramáticas se han convertido en la única forma de comunicarse. En España lo llamamos la «cultura del zasca» y resume que hoy escuchamos no para aprender del otro, sino para contradecirle. Twitter es el ejemplo paradigmático de este intercambio vertiginoso y a menudo irreflexivo que en demasiadas ocasiones parece salir de las tripas y no del cerebro.

Por eso, el encuentro en el que participé en La Granja este pasado fin de semana tuvo el valor de permitir una escucha sin prisas y una atención profunda a los detalles, devolviéndonos a un mundo lento que parece anticuado pero no lo es.

Durante un par de días, el ser humano, nuestro destino, nuestra situación actual y nuestras perspectivas de futuro fueron el centro de un debate sosegado, bien estructurado, respetuoso y enriquecedor que contrasta fuertemente con esta sociedad robotizada en la que ninguna idea parece durar más de un minuto, por muy inteligente que sea.

La reminiscencia de esta Escuela de Atenas del siglo XXI que tuvo lugar en La Granja supuso un compendio de conocimientos que giraron en torno al humanismo tecnológico y sus implicaciones desde muy diversas perspectivas, que van desde aspectos normativos hasta importantes cuestiones éticas. Tuve la suerte de compartir dos días de conversación con un grupo excepcional de cerebros: periodistas, consultores, físicos, empresarios, abogados, innovadores, asesores públicos, especialistas en tecnología, ingenieros, investigadores, arquitectos, historiadores del arte y ejecutivos de empresas privadas, entre otros.

Nada de esto podría haber ocurrido sin la excepcional capacidad intelectual de un moderno Sócrates, profesor titular de la Sloan School of Management del MIT. Y por excepcional me refiero a un talento inusual para saber combinar diferentes visiones de forma singular manteniendo la cadencia y el tempo.

El objetivo no era llegar a una conclusión, ni acordar un fin, ni decidir una acción, sino participar en un ejercicio de inteligencia colectiva que permitiera a cada uno beneficiarse de la generosidad intelectual y las experiencias profesionales de los demás. Cada aportación iba encaminada a construir, fecundar y beneficiar a quienes la escuchaban, sin el egocentrismo estéril de la valoración ad nauseam del ego desmedido que hoy caracteriza gran parte del debate en las redes sociales, ya sea político, científico, social, ético, estético o filosófico.

Escribo estas líneas para agradecer al Aspen Institute (un Platón moderno, con el Timeo) y a la Fundación Telefónica (un Aristóteles moderno, con la Ética Nicomaquea) la invitación a este encuentro ateniense en La Granja de San Ildefonso. Volví a Madrid lleno de ideas, con el cerebro agitado y renovado, con una nueva perspectiva sobre las posibles relaciones entre los seres humanos y las máquinas, y sobre el lugar de la verdad en el nuevo mundo que está surgiendo. Hoy la verdad, o nuestra relación con el mundo, está siendo cuestionada. Vivimos en la duda sobre la posibilidad de acceder a la certeza, motivada en parte por la pérdida de confianza en las figuras que sancionaban la veracidad desde su autoridad.

Coincidimos en que aún podemos ir más allá de la regulación y el activismo tecnológico hacia la combinación de arte y ciencia, conocimiento e imaginación para crear una realidad nueva y confiable para el ser humano.

Para terminar, me gustaría dar las gracias a Google, nuestro moderno Rafael Sanzio de Urbino, por patrocinar la creación de un fresco del siglo XXI en el que me sentí parte activa de un notable debate sobre el humanismo tecnológico.

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