sábado,29 enero 2022
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Sevilla 1570. ¡Tomás de Mercado en mi regreso al pasado!

Futurolandia
Antes de escuchar a Fray Tomás quiero aprender algo sobre la sociedad viva, observando como era Sevilla en ese momento. No podía haber elegido mejor sitio para empezar mi recorrido: en el muelle, justo debajo del edificio de la casa de la moneda, la Torre del Oro, en el Arenal, dónde la multitud se congregaba para hacer negocios o sólo para curiosear la entrada de los galeones provenientes de América que venían, remontando el Guadalquivir, desde San Lucar de Barrameda.

 Detrás de mí, una bulliciosa ciudad de unos 100.000 habitantes, la más poblada de la península junto con Lisboa. Un tráfico continuo de barcas por el Guadalquivir subiendo y bajando, pero también cruzando de orilla a orilla llenas, las más de la veces, de mercancías. En los muelles, una cola interminable de mozos iban portando la carga desde las bodegas de los galeones hasta la explanada más cercana, donde funcionarios de la Casa de Contratación tomaban nota del lugar de procedencia, tipo de contenido, peso y valor asignado. Alrededor, curiosos sin otra cosa que hacer y vendedores de todo tipo de productos y servicios, desde agua o pescado hasta alquiler de caballerías o ganchos para conducir al forastero a la taberna o posada más cercana.

La llegada de la flota de Indias era un acontecimiento que se producía varias veces al año y duraba semanas, hasta que todo estaba despachado y dispuesto. Este año, 1570, decían que alcanzaríamos un total de más de 150 buques que llegarían a Sevilla desde el Nuevo Mundo. Pero además, cuando no tocaba recibir, había que preparar la flota para la próxima partida. Durante días se embarcaban barriles y fardos de toda clase; animales, en particular caballos, asnos y bueyes; armas y municiones para la defensa frente a los corsarios ingleses; productos alimenticios duraderos para la alimentación de la tripulación y viajeros ( pescado seco, tasajos de carne, galletas, legumbres secas, …) y, sobre todo, lo más preciado para tan largo viaje, gran número de toneles y odres llenos de agua.

Toda esta carga, cuidadosamente vigilada y anotada por funcionarios de la Corona, que también debían autorizar el embarque de cualquiera de los variopintos pasajeros que deseaban ir al Nuevo Mundo. Religiosos en tareas de evangelización, hombres de negocios buscando nuevos mercados, militares, aventureros, …

La aparente exactitud y control de todo lo que entraba o salía de las naves no era más que una parte de la historia. La otra estaba en el contrabando con o sin intervención de funcionarios; la entrada o salida clandestina de mercancías en el trayecto de 80 Kms entre Sevilla y el mar; o incluso más allá, con amplio traspase de mercancías entre naves.

Al principio de los viajes a América esto prácticamente no ocurría. Pero, con cerca de ochenta años de experiencia sobre sus espaldas, se habían establecido corruptelas, tratando de evitar los crecientes impuestos, saltarse prohibiciones de exportación a otros países o alcanzar precios más beneficiosos para diversos productos, incluyendo el oro y, sobre todo, la plata.

Entre los personajes más ligados al aún incipiente pensamiento económico, convivían en Europa Juan Bodino, Thomas Gresham o los diferentes miembros de la Escuela de Salamanca, a la que, al menos de una forma indirecta, pertenecía el propio Tomás de Mercado. Todos ellos eran economistas en el sentido de estudiosos de los problemas económicos de la época, aunque su formación inicial fuese, en general, jurídica o incluso en teología y moral. Por cierto, que ser economista y apellidarse Mercado era toda una coincidencia.

Para mis lectores más curiosos diré que Juan Bodino (realmente Jean Bodin) era un jurista francés al que se le considera como precursor de las ideas mercantilistas, uno de cuyos principios clave era que un país debía buscar un superávit monetario como fruto de una balanza comercial positiva, es decir de un comercio de exportación superior a sus importaciones de otros países. En 1570 Bodino tenía 40 años y ya había establecido también su teoría de que la inflación de precios que se percibía en Europa, venía causada por la abundante entrada de oro y plata de las Indias Occidentales, que reducía el valor de los metales preciosos respecto a los otros bienes.

Sir Thomas Gresham, que en ese momento tenía 51 años, ya era célebre por su ley de que “la mala moneda expulsa a la buena”. Era un experto financiero al servicio de la reina Isabel I de Inglaterra y sus informes a la Corona incluían interesantes observaciones sobre la economía y la sociedad de la época.

En España, destacaban una serie de doctores, juristas o moralistas, que siguieron las enseñanzas de Francisco de Vitoria en la Universidad de Salamanca, al que se debe una explicación de la doctrina de Santo Tomás sobre la usura y que había muerto ya hace 24 años. En 1570 seguían su escuela, en Salamanca, Martín de Azpilicueta y Diego de Covarrubias y en Sevilla lucía, con luz propia pero conectado a esta red de pensadores, Tomás de Mercado. D. Luis Ortiz, contador financiero de Felipe II era un político precursor de muchas ideas mercantilistas sobre reforzamiento del poder del Estado y de defensa de lo nacional frente a lo extranjero que años más tarde defenderían Cromwell en Inglaterra, el marqués de Pombal en Portugal o Colbert en Francia.

Pero yo sólo quiero centrarme en la Sevilla de 1570 y en Tomás de Mercado, como representante genuino del saber socio-económico de la época. De él sólo sabía que era dominico, nacido en Sevilla hace 40 años y recriado en Nueva España, México, donde participó en la conversión de infieles y tuvo contacto con el mundo mercantil. Hacía 10 años que había retornado a España, pasando primero por Salamanca y afincándose definitivamente en Sevilla. Acaba de editar una primera versión de su obra más importante, Suma de Tratos y Contratos dedicada al Consulado de Mercaderes de Sevilla.

Fray Tomás era dominico,  la orden encargada por el Papa de mantener la limpieza de costumbres, el control de las ideas y la ortodoxia religiosa, principalmente a través de la Santa Inquisición. El tristemente célebre Torquemada era dominico y también lo eran la mayoría de los enemigos de Fray Luis de León.

Por eso tiene aún más valor el que, cuando a Fray Luis le habían presentado, para su censura, hace un par de años la obra de Fray Tomás sobre Tratos y Contratos, él informase con estas palabras: “Yo he visto este libro del arte y trato de mercaderes, con las demás obras que van junto con él; y paréceme que el autor de él es un hombre de mucho ingenio y doctrina y el libro, muy acertado y provechoso”.

En una reducida sala del convento de los dominicos de Sevilla, Fray Tomás me observaba con sus inquisitivos ojos (que no inquisidores, en su caso) como queriendo descubrir, debajo de mis ropas de funcionario relativamente acomodado, qué tipo de persona tenía delante. La vida le había enseñado a no fiarse demasiado de las apariencias externas, así que fue él quien empezó preguntando:

-¿Cuál es el motivo real de su viaje, licenciado?. Me dicen que está su merced recorriendo varias ciudades tratando de conocer las condiciones reales de vida de los españoles.

-Así es, Fray Tomás, soy escribano de juzgados  y mi inquietud sobre las tensiones políticas, sociales y económicas que vengo observando durante los últimos años me han llevado a solicitar esta misión.

-Las guerras siempre han de ser motivo de preocupación para todos, aunque puedan responder a la justa causa de defender la doctrina católica frente a protestantes o musulmanes. La rebelión empezada en nuestros Países Bajos hace una par de años nos está llevando a enormes ejércitos y gastos militares sin precedentes. Nuestro ejército tiene unos 200.000 efectivos y es, con mucho, el más grande de Europa, pero lo pagamos con una sangría de dinero que está endeudando a nuestra Hacienda.

-¿Pero un país rico como España, no puede mantener los gastos que conlleva administrar todo un Imperio?, -me atreví a preguntar sin ninguna convicción.

-Mire, licenciado, sólo la deuda exterior (principalmente a banqueros alemanes, genoveses o portugueses) durante el reinado anterior del Emperador Carlos, alcanzó los 37 millones de ducados. Para que se haga una idea de su magnitud, esta cifra supera en dos millones al valor de todos los metales preciosos asignados a la Corona que llegaron a Sevilla en esa época. Y el deterioro financiero del Reino continúa con nuestro monarca Felipe II al que dios guarde muchos años.

-Pero Fray Tomás, eso explica solamente una parte de las dificultades que parecen existir. Si el monarca tiene derecho al quinto de la producción de metales, ¿qué ocurre con el resto?

-Castilla y los otro reinos de la Corona han ido apartándose de la producción de bienes, como nuevos ricos que ven sus bolsas llenas de ducados y reales ganados por el rendimiento de juros y censos. Nuestros hidalgos (sólo aquí en Sevilla hay más de 6.000) viven sin crear directamente riqueza, como es obligado por su condición. Pero, cada vez más, el mundo del comercio y los intercambios monetarios va imponiéndose sobre la actividad de los agricultores o de los artesanos.

-Es decir, ¿qué compraremos fuera, con el oro y la plata que nos regala el Nuevo Mundo, lo que no producimos dentro?

-Así es, hijo mío. Aquí hay falta de muchos productos y los precios no paran de subir. A la Corona no le queda otro remedio que tratar de impedir que salga del país lo escaso que producimos y cambiar nuestro exceso de metales por nuestra falta de alimentos, vestido u otros bienes.

-¿Pero entonces, Fray Tomás, el oro y la plata del Nuevo Mundo, quedará finalmente en manos de otros países?

-Justa apreciación. De hecho, hoy día Sevilla va reduciendo su papel a ser el punto de reparto de esa riqueza en metal. Mientras, otras ciudades como Amsterdam van acumulando oro y plata y van creciendo en su importancia para el comercio y los pagos internacionales.

-Y a todo esto, ¿cuál es el papel de los mercaderes sevillanos o del reino, más en general? -pregunté sabiendo que le tocaba ahora en uno de sus puntos fuertes.

-En un mundo cambiante como el que nos está tocando vivir, con grandes movimiento de dineros y mercancías entre todos los países, incluidos los del Nuevo Mundo, los comerciantes se encuentran con frecuentes problemas de conciencia sobre lo que es lícito o no. La regla básica de conducta es que el cambio es lícito, pero no la usura -afirmó con convencimiento Fray Tomás.

-He estado con Simón Ruiz, como vuecencia conoce sin duda uno de los comerciantes castellanos más importantes. Él maneja elevados capitales moviendo, a través de letras de cambio, dinero por el mundo entero. Don Simón es un buen cristiano y está convencido de que su actividad es perfectamente lícita. ¿Es así?

-Mire licenciado. El trueque real de unas monedas por otras, incluso en diferente lugar, es legal y moralmente aceptable. La degeneración viene cuando a un préstamo inicial de dinero se le añaden recargos excesivos no justificados en la devolución. Ese es el «intercambio seco» o usura. Sólo resulta aceptable una operación de préstamo cuando sin engaño ni violencia se añada a lo prestado unas cantidades moderadas y justas, es decir que el interés sea piadoso, humano, no subido para la necesidad de otros.

-Permítame una última pregunta, Fray Tomás. Vengo observando una carestía creciente en todo tipo de productos. ¿A qué se debe esta subida de los precios?. ¿Es por falta de producción?

-En mi opinión -ahora Tomás de Mercado se sentía como pez en el agua- hay varias causas para el aumento que viene observándose en los precios. Están los gastos crecientes de la Hacienda Real, principalmente consecuencia de las guerras, que han elevado todo tipo de impuestos y gravámenes. También han contribuido las devastaciones de algunos años por causas naturales o la menor inclinación de las gentes hacia actividades productivas. Pero creo que la razón principal es el aumento de la cantidad de oro y plata, que hace que los demás bienes expresados en dinero exijan mayor cantidad de los mismos, es decir más ducados y reales.

Verdaderamente Tomás de Mercado, como algunos otros pensadores de la época, intuía la que, años más tarde, sería conocida como «teoría cuantitativa del dinero». Dada una cantidad de bienes disponibles, su precio debería elevarse o reducirse según aumentara o menguara la cantidad de dinero disponible. Faltaban algunas precisiones importantes sobre qué es dinero y la velocidad de circulación con que el mismo se mueve de unas manos a otras.Lo cierto es que en los alrededores de 1570 había en España y otros países europeos un conjunto de intelectuales procedentes del campo de la teología, la moral o el derecho, preocupados por los efectos de las nuevas remesas de metales, los movimientos internacionales de dineros y mercancías, la justificación de intereses en préstamos, la evolución al alza de los precios, los gastos de la Hacienda Real y la forma de sufragarlos, la defensa de lo nacional sobre lo proveniente del extranjero, … Serían conocidos como «arbitristas», por sus proyectos más o menos arbitrarios o irreales, aunque llenos de buena fe, para aliviar los problemas económicos de la época, en particular de la Hacienda. También se les llamaría «memorialistas» por sus frecuentes informes o memorandums. En el fondo eran aprendices de brujo en el complejo campo de las relaciones económicas y sociales, en el que actuaban intentando dar reglas morales de comportamiento y guías de actuación para la Corona.

Antonio Pulido twitter.com/PsrA

 

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