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Un retropost de 2011—o de 1711.

Viendo el mundo con la mente

José Ángel García Landa Vanity Fea
El inmaterialismo del siglo XVIII nos enseñó que el mundo que habitamos no es de naturaleza física sino básicamente informacional o semiótica. Yendo más allá del constructivismo psicológico y de la fenomenología, nos sugiere Berkeley que el mundo es una construcción mental—que habitamos, sin sospecharlo, en una realidad virtual, o que no hay otra realidad que la realidad mental y la realidad virtual.

A principios del siglo XVIII, George Berkeley exponía en su obra An Essay towards a New Theory of Vision la noción de que los signos visuales no son inmediatamente transparentes, sino que deben ser procesados mentalmente para construir representaciones de los objetos: por ejemplo, relacionando la información visual con la información proviniente del tacto. Y que esto se realizaba mediante la experiencia. Terminaba su ensayo con una alusión a una persona que, ciega desde la infancia, había recuperado la vista, y proponía que se probase su teoría experimentalmente. 

También Diderot escribió al respecto en su Lettre sur les aveugles, coincidiendo con Molineux y Locke en que la relación entre visión y experiencia táctil debería aprenderse y no sería innata. 

Ahora vuelve a estar de actualidad el tema, confirmando las hipótesis de Berkeley en gran medida. Aquí hay un audio de la BBC, de Science in Action, donde después de un reportaje sobre el origen del lenguaje hablan sobre experimentos actuales que estudian el reconocimiento táctil de objetos comparado con la información visual, en personas que han adquirido la vista gracias a una operación. El estudio lo publican Richard Held y otros en Nature Neuroscience ("The Newly Sighted Fail to Match Seen with Felt"). Contra lo que se esperaba, el reconocimiento de los objetos relacionando vista y tacto es mucho menos intuitivo de lo que cabría esperar, y hay que esperar a una asociación de las impresiones basada en la experiencia. Por suerte, los sistemas cerebrales que asocian tacto y vista son plásticos aun en los adultos y se puede desarrollar una asociación de vista con otras experiencias de modo relativamente rápido.

Vamos, básicamente se confirma lo que decía Berkeley—que partiendo de las especulaciones de Molineux las desarrolló para sacar toda una teoría del conocimiento en la que el mundo no existe como tal sino que es organizado por la mente y la experiencia humana. Yo siempre le he tenido simpatía a su noción del inmaterialismo, que supone que el mundo que habitamos no es de naturaleza física sino básicamente informacional o semiótica. Le veo grandes posibilidades de contacto con el constructivismo psicológico, y también cómo no con la fenomenología. Yendo más allá, nos sugiere Berkeley que el mundo es una construcción mental—que habitamos, sin sospecharlo, en una realidad virtual, o que no hay otra realidad que la realidad mental y la realidad virtual.

Podríamos sorprendernos de que tengan tantos puntos en común los mundos en que habitan los ciegos y los sordomudos—un mundo auditivo los unos, un mundo visual los otros—sin otro punto en común que la experiencia corporal y táctil. Pero, claro, el mundo en que habitamos todos los humanos es ante todo un mundo social, un mundo de relaciones y de comunicación—un orden imaginario y consensuado, pero que nos sirve para encontrar a local habitation and a name.

 

 

 

Repasando la Carta sobre los ciegos, para uso de los que ven, de Diderot, me he encontrado con esta impresionante escena que describe la última conversación de Nicholas Saunderson, el matemático ciego, tras decirles a sus visitantes que no entiende por qué el ha nacido sin vista y ellos con ella. Saunderson "ve" el mundo como un proceso evolutivo y combinatorio sometido a la selección natural. Nacen seres malformados, dice, y la mayoría mueren, pero él ha sobrevivido…

 

"Conjeturo, pues, que en el origen, cuando la materia en su fermentación hacía eclosionar el universo, seres como yo eran muy frecuentes. Pero ¿por qué no habría de afirmar sobre los mundos lo que creo de los animales? Cuántos mundos tullidos, fracasados, se han disipado, se vuelven a formar y se disipan quizá a cada momento en los espacios alejados, los que yo no toco, y los que ustedes no ven, pero donde el movimiento continúa y continuará combinando masas de materia, hasta que hayan obtenido alguna combinación en la que puedan perseverar? ¡Oh, filósofos! Transportaos, pues, conmigo a los confines de este universo, más allá del punto que yo toco, y donde vosotros veis seres organizados; paseaos por ese nuevo océano, y buscad a lo largo y ancho de sus agitaciones irregulares, algún vestigio de ese ser inteligente cuya sabiduría admiráis aquí!

"Pero, ¿para qué extraeros de vuestro elemento? ¿Qué es este mundo, señor Holmes? Un compuesto sometido a revoluciones, que indican todas una tendencia continua a la destrucción; una sucesión rápida de seres que se suceden unos a otros, se empujan, y desaparecen; una simetría pasajera; un orden momentáneo. Os reprochaba ahora mismo estimar la perfección de las cosas por vuestra capacidad; y podría acusaros aquí de medir su duración ateniéndoos a la de vuestros días. Juzgáis la existencia sucesiva del mundo, como la mosca efímera juzga la vuestra. El mundo es eterno para vosotros, como vosotros lo sois para el ser que no vive más que un instante. Y aún el insecto es más razonable que vosotros. ¡Qué prodigiosa sucesión de generaciones de efímeras atestigua vuestra eternidad! ¡Qué inmensa tradición! Sin embargo, todos pasaremos, sin que se pueda asignar ni la extensión real que ocupábamos, ni el tiempo preciso que habremos durado. El tiempo, la materia y el espacio quizá no sean más que un punto."

Saunderson se excitó en esta conversación algo más de lo que le convenía a su estado; le sobrevino un acceso de delirios que duró algunas horas, y del cual sólo salió para exclamar: "¡Oh, Dios de Clarke y de Newton, apiádate de mí!  y para morir".

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Otro pasaje dieciochesco interesante citaré sobre el mundo visual (o "el mundo") como una construcción mental. Se halla en las Cartas eruditas y curiosas (XXVI) de Benito Jerónimo Feijóo. Gran defensor de la indagación científica y filosófica moderna, combina sin embargo los razonamientos naturalistas con el vocabulario del dogma cristiano, y nos dice así que "No ven los ojos sino el alma":

 

¿Si los ojos no son el órgano de la vista, cuál lo es o en qué parte del animal tiene su ejercicio esta potencia? . . . 

En cuanto a la visión, procede el negocio de este modo. Los rayos visuales que vienen del objeto al ojo, pasando por sus humores aqueo, vítreo y cristalino, llegan a conmover la túnica llamada retina, que es término del ojo hacia la parte de afuera. Esta conmoción o impresión, que hacen los rayos visuales en la retina, se propaga en un momento por el nervio óptico, que es continuación de ella, hasta el origen del nervio, que está dentro del cerebro: lo cual no tiene más dificultad que la que vemos suceder en la cuerda de un instrumento músico, que, herida en cualquiera parte suya, en un momento se propaga la conmocón hasta su última extremidad. En llegando la impresión al origen del nervio óptico, resulta, o se excita, en el alma aquella percepción del objeto que llamamos visión.

El hecho es cierto, pero el modo impenetrable. Por lo menos nadie pudo explicarlo hasta ahora… Pero el que aquella conexión natural nos sea o ininteligible o de muy difícil inteligencia, en ninguna manera prueba que no la haya. ¡Oh, cuánto y cuánto hay en la naturaleza de cuya existencia estamos ciertos sin poder penetrar el modo! 

He dicho que el hecho es cierto. Porque, en primer lugar, es indudable que el alma es la que ve, la que oye, la que huele, etc., pues la materia es incapaz de percepción alguna y sólo organizada de éste o aquel modo,  puede servir de instrumento para aquellas perfecciones del alma; la cual tampoco, sin el órgano corpóreo, puede ejercerla.

Así, aunque el sonido de una campana llegue a herir el tímpano del oído de un hombre que duerme, éste no le oye hasta que el movimiento del tímpano sea tal que le despierte… 

Lo que he dicho de ver, de oír, y de la percepción del dolor, etc., se ebe entender asimismo de todas las demás sensaciones, porque para todas milita la misma razón. Sólo siente el alma, y siente en aquella parte del cerebro donde está el origen de los nervios…

De suerte que lo que se llama órgano de la potencia visiva comprende los ojos con todos sus humores, la retina y todo el nervio óptico hasta su origen, porque de todas estas partes consta el conducto por donde van las especies a aquel sitio donde han de servir al alma para las sensaciones. Esto es, con toda propiedad, ser órgano. (Carta XXVI).

 

Obsérvese que el ensayo y tesis de Feijóo muy bien pudiera titularse "no ven los ojos sino el cerebro", pues si "el alma" ve o siente, lo hace en aquella parte del cerebro donde está el origen de los nervios. De aquí a decir que el alma, como el Dios de Laplace, es una hipótesis inútil, no media sino un paso—si bien Feijóo no lo da por dos buenas razones. Una, preservar la división de funciones entre cuerpo material (incluido el cerebro) y alma espiritual y sujeto de la sensación y del pensamiento (aunque para ello tenga que admitir un alma sensorial y presumiblemente no inmortal ni espiritual en los animales, con lo cual se nos multiplican las entidades…). Otra, preservar la trascendentalidad de la consciencia frente a la materia, una cuestión que a la que aún seguimos dándole la vuelta con David Chalmers y otros, llamándolo el problema difícil de la consciencia.  Daniel Dennett proclama que tiene una solución obvia y fácil o que es un no-problema, pero el hecho es que el anclaje material y la naturaleza exacta de la consciencia en un paradigma materialista o naturalista todavía nos tiene rascándonos la cabeza—como en la década de 1930 a otro David, un aficionado a la filosofía materialista, el maestro socialista David de la novela de Gironella Los cipreses creen en Dios:

 

David contestó:

—¡Ah! Chicos…, creer o no creer es una cuestión de fe, no una cuestión matemática.

—¿Por qué?

—Pues… porque hasta la fecha nada de lo sobrenatural se ha podido demostrar, y por lo tanto, nada se sabe con certeza.

Otro alumno insistió:

—¿Qué es lo que no se ha podido demostrar?

David repuso:

—Ni siquiera lo primero: si fue verdaderamente un Ser omnipotente quien creó el universo, o bien si, como pretenden muchos científicos, Dios no existe y es la materia misma la que lleva en sí las leyes de evolución y continuidad. (….)

Hubo un momento de silencio. El mayor de los alumnos preguntó:

—¿Y lo del alma?

David se rascó la cabeza.

—Es otro de los campos de batalla, pues no existen signos visibles de ella. Más bien las teorías modernas afirman que todo se desarrolla en el plano físico, incluso actos como el pensar. (p. 271-72)

 

Entre los proponentes de esas "teorías modernas" podríamos nombrar a Wilhelm Wundt o a George Herbert Mead (ver por ejemplo "La cosa física"). Si el pensar y la conciencia, y ver el mundo con la mente, son fenómenos materiales, no quedamos sin embargo eximidos de investigar cómo la materia puede producir fenómenos materiales tan elaborados como ese mundo virtual, mental y sensorial, que tomamos por el mundo real y material, así como todos los fenómenos aparejados a él y que eran atribuidos (de forma también inexplicada) a una capacidad inherente al alma. 

Y así en un doble movimiento de encuentro mutuo o de dialéctica, el mundo supuestamente material se vuelve mental, y el alma supuestamente espiritual también queda explicada como una manera de resumir o englobar en una sola palabra una compleja variedad de fenómenos mentales.

 

 

 

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Traduzco de Lettre sur les aveugles, en Diderot, Supplément au Voyage de Bougainville. Pensées Philosophiques. Lettre sur les aveugles. Ed. Antoine Adam.  París: Garnier Flammarion, 1972. (GF 252). 1995. 105-6.

Feijóo, Benito Jerónimo. "No ven los ojos sino el alma." From Cartas eruditas y curiosas. In Feijoo, Antología popular. Ed. Eduardo Blanco-Amor. Buenos Aires: Ediciones Galicia, 1966. 265-6.*

 

Gironella, José María. Los cipreses creen en Dios. 1953. Barcelona: Círculo de Lectores, 1975.*

Para quien le asalte la duda, le aclararé que soy perfectamente consciente de que Arthur C. Clarke no era conocido en el siglo XVIII.

 

 
 
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