martes,7 diciembre 2021
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Los vascos: cuando la leyenda se impone a la verdad científica

Javier Laquidain, Periodista, comunicador corporativo y consultor.
A pesar de las evidencias que recomiendan su revisión, los ideólogos nacionalistas no están dispuestos a moverse de sus tesis y prosiguen con el proceso de euskerización y desespañolización.

«No se puede construir una prehistoria actual con tesis míticas que van contra todas las evidencias científicas», como está ocurriendo en el País Vasco. En contra de los avances en todos los campos de estudio, se mantiene en este territorio el origen ancestral vascón de sus gentes «por motivos ideológicos de tipo político (…) Este hecho es el que explica la falta de estudios actuales sobre etnogénesis en el País Vasco, precisamente donde la sociedad parece estar más interesada en ellos», como afirma el prestigioso arqueólogo Martín Almagro Gorbea en Etnogénesis del País Vasco: de los antiguos mitos a la investigación actual (Homenaje a Jesús Altuna. Munibe, Antropología-Arkeologia.  2005-2006. Sociedad de Ciencias Aranzadi Zientzi Elkarte).

La situación es tanto más lamentable, añade Almagro Gorbea, «si se tiene en cuenta que estas ideas se enseñan en las escuelas, lo que supone manipular a la juventud y a la sociedad para influir en su ideario colectivo. Esas circunstancias son un claro ejemplo de manipulación ideológica, utilizada por elites ansiosas de poder para controlar a la sociedad al servicio de sus intereses, hecho que no parece propio de una sociedad democrática del siglo XXI, cuando tenemos el derecho de comprender nuestra historia despojada de mitos, para decidir libremente cómo integrarnos en el mundo global al que estamos abocados y a cuyo desarrollo debemos contribuir dentro de una sociedad cada vez más abierta, por lo que resulta absurdo perder esfuerzos en luchas anacrónicas, cuando no fraticidas, vistas desde una perspectiva histórica».

La visión uniforme y aislacionista de la prehistoria del País Vasco ha quedado reducida a mito, no solo porque resultaría hiperevolucionista, precisa Almagro Gorbea, «sino porque entra en contradicción con todo lo que se sabe de la evolución de los pueblos y las culturas protohistóricas no solo de la Península Ibérica, sino de toda Europa, el continente donde la investigación es más intensa y eficaz». El marco interpretativo del mito quedó superado desde los años 1970 tras magníficos trabajos de campo (José María Apellaniz, Edad del Bronce, 1973, 1974, 1975; Armando Llanos, Edad del Hierro en Álava, 1968 [con Fernández Medrano], 1981, 1983, 1992). Estudios que evidencian dos grandes zonas geográficas en el actual País Vasco que rompen su supuesta unidad. A ello se suma la lingüística, que documenta la presencia de un substrato indoeuropeo muy antiguo.

 

“son pueblos celtas los que parecen ser más antiguos en el País

Vasco, según los datos actualmente disponibles”

 

Considerar a los vascones como indígenas y a las poblaciones indoeuropeas como invasoras, solo responde a un mito anacrónico, continúa el artículo pues está contra todas las evidencias, ya que, en todo caso, tal como indican la hidronimia (toponímicos de ríos, arroyos, lagos…) más antigua y el substrato cultural, son pueblos celtas los que parecen ser más antiguos en el País Vasco, según los datos actualmente disponibles. Los autrigones ocupaban el este de Cantabria, el oeste de Vizcaya y Álava y el norte de Burgos (Solana, 1978; Ortiz de Urbina, 1988; Santos y otros, 1992). El resto de Vizcaya hasta el Deva lo habitaban los caristios, igualmente extendidos hasta el norte del centro de Álava (Santos y otros, 1992). Los várdulos se extendían por Guipúzcoa y el nordeste de Álava (Santos y otros, 1992), mientras que la mayor parte de la Rioja era el solar de los berones (Villacampa, 1980). Todo esto se cuenta hasta en la Wikipedia, y no es, por tanto, materia reservada a minorías intelectuales y científicas.  

Desde la Guipúzcoa oriental al este del río Leizarán y a partir del Pirineo se extendían los vascones (Caro Baroja, 1988; Pérez Agorreta, 1986; Emborujo, 1987; Fatas, 1992), hasta la altura de Huesca, con penetraciones hasta el río Ebro; mientras que los aquitanos ocupaban la cuenca meridional del Garona, como indicaba César. Várdulos, caristios, autrigones y berones son de clara estirpe indoeuropea, como indican los nombres de sus poblaciones y sus antropónimos, y como confirman su etnogénesis, sus creencias y su organización social. Por su parte, vascones y aquitanos serían poblaciones de estirpe éuscara. Sin embargo, resulta difícil diferenciar unos y otros en sus formas culturales y en sus estructuras sociales e ideológicas, por su creciente celtización y sus formas de vida cada vez más próximas a las urbanas. Creencias profundamente arraigadas en el sistema ideológico vasco, como la sacralidad de las aguas o de ciertos robles o encinas considerados símbolo de la divinidad, como el roble de Guernica, el árbol de la Virgen de la Encina de Arciniega, en el Valle de Ayala, y de otros casos conocidos, forman parte del eje cultural celta.

Los estudios más recientes parecen confirmar que los vascones (Blot, 1990; Peñalver, 2001 y 2004), pueblo de origen no indoeuropeo, que mantuvo formas de vida también muy primitivas, como las de todas las áreas montañosas atlánticas, conservarían elementos de un substrato étnico no indoeuropeo de origen muy antiguo, gracias a su relativo aislamiento en sus valles pirenaicos y sus formas de vida autárquicas. Un substrato que ofrece ciertas relaciones lingüísticas con el mundo ibero (Caro Baroja, 1988; Anderson, 1993), como ocurre con sus divinidades, muy mal conocidas. Parece segura su extensión por la Aquitania (Gorrochategui, 1984, 1995, 2003), que se puede identificar con una lengua prerromana vasco-aquitana, que parece relacionada con la ibérica (Caro Baroja, 1988). Por otro lado, la supuesta proximidad del vasco al bereber o a lenguas caucásicas no acaba de dar resultados válidos (Tovar, 1995; Gorrochategui y Lakarra, 2001) que pudiera ser reflejo de su alejamiento respecto a las lenguas indoeuropeas, cuyo influjo parece percibirse de todos modos desde fechas tan antiguas como el II milenio antes de Cristo, si no antes.

 

“no se promueven estudios serios, salvo los que reafirmen

la vasquidad, en un seguidismo recalcitrante de las teorías aranistas”

 

Estas gentes pirenaicas parecen haberse mezclado con pobladores de los Campos de Urnas, cultura con un característico ritual funerario indoeuropeo, al descender a los valles de Lérida, del Lot, del Garona y de la parte baja de las cuencas de los ríos aquitanos, así como del Valle del Ebro. A lo largo de la segunda mitad del I milenio antes de Cristo se constata la celtización por influjo galo de la Aquitania, la iberización cultural del Valle del Ebro remontado el río y la expansión en sentido contrario de élites celtibéricas. Las poblaciones de tipo celta de la cultura de los Campos de Urnas, llegadas de Europa Central desde finales del II milenio antes de Cristo (Ruiz Zapatero, 1984), se establecen en el cuadrante nordeste de los Pirineos asimilando completamente el substrato de la Edad del Bronce con importantes cambios en la cultura material y en la organización social, ideológica y lingüística, «lo que da idea de la complejidad de los fenómenos de etnogénesis», puntualiza Almagro Gorbea.

En consecuencia, los vascones del Pirineo debieron mantener formas de vida ancestrales al margen de la romanización, lo que explica que su peculiar lengua y cultura llegaran hasta nuestros días, se cristianizaron en los albores de la Edad Media. Sin embargo, subraya Almagro Gorbea que los vascones de áreas más abiertas y urbanas, como el Valle del Ebro, al igual que autrigones, caristios, várdulos y berones del País Vasco, norte de Burgos y La Rioja, se romanizarían como los restantes pueblos circundantes, adoptando plenamente la lengua y las costumbres latinas. A lo que hay que sumar el influjo más o menos directo de los celtíberos.

Con todos los datos conocidos, necesitados todavía de mayor profundización y estudio, «mantener la simplista visión tradicional plasmada en el siglo XVIII que considera el País Vasco ocupado desde fecha inmemorial por éuscaros e invadido por celtas y romanos recuerda la postura mantenida en tiempos de Galileo por quienes se negaban a mirar por el telescopio para pretender seguir ignorando que la tierra giraba alrededor del Sol», mantiene Almagro Gorbea. Cabe agregar que los ideólogos nacionalistas tienen sus propias tesis, de las que no están dispuestos a moverse un ápice desde que hace ya mucho tiempo, decidieron que, si no eran distintos, querían serlo. Por eso, no se promueven estudios serios, salvo los que reafirmen la vasquidad con un seguidismo recalcitrante de las teorías aranistas. Mientras, el proceso de euskerización y desespañolización prosigue, con el añadido de constantes concesiones competenciales desde los gobiernos centrales y una absoluta falta de crítica científica y política a las posiciones nacionalistas. Bien podría decirse, para huir de tintes dramáticos, que los de Bilbao no quieren dejar de ser vascos, aunque nunca lo hayan sido.

 

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