miércoles,6 julio 2022
Espacio euroiberoamericano de diálogo sobre la innovación social, profesional y académica
InicioOpiniónDebatesResistir al idiomismo y promover el multilingüismo en la ciencia (1)
Replanteamiento del inglés como lengua dominante

Resistir al idiomismo y promover el multilingüismo en la ciencia (1)

Juan Luis Conde, Universidad Complutense de Madrid, Unidigna
Este artículo se publica en dos entregas. En esta primera comenzaré formulando una tesis general y a continuación trataré de describir el fenómeno que autoriza a formularla. En la segunda entrega extraeré algunas consecuencias perversas de su vigencia y, para terminar, propondré algunas posibles vías para prevenirlas u oponerles resistencia.

Juan Luis Conde, Universidad Complutense de Madrid, Unidigna

La tesis: la supuesta condición del inglés como lengua de la ciencia internacional no es algo que beneficie en ningún sentido al conocimiento, que lo impulse particularmente o lo encauce hacia formas más sabias y beneficiosas para la humanidad, sino un programa de dominación y colonialismo cultural, económico y político con una historia larga en ese sentido. Promovido desde los países angloparlantes (primero Gran Bretaña y fundamentalmente los Estados Unidos de América), en la actualidad apoyan ese programa fuera de los territorios angloparlantes bien sectores oligárquicos autóctonos y autoridades locales, a sabiendas de la existencia de este programa pero interesados en su propio medro personal o profesional en él, bien otros sectores de la población que, sumidos en la ignorancia por esas mismas élites y víctimas de su propaganda, creen de buena fe en los efectos beneficiosos para todos, inconscientes de estar colaborando en realidad con su propia dominación.

  1. UNA DESCRIPCIÓN DEL FENÓMENO

Un mito avanza con botas de siete leguas, a grandes zancadas, en nuestro mundo: el mito del fin de Babel. Babel encarna la creencia de que la diversidad lingüística (es decir, el multilingüismo) es un castigo divino para frenar la ambición humana de asaltar los cielos, un estorbo, un engorroso obstáculo. Esa creencia infundada tiene un duplicado exacerbado en la superstición del fin de esa maldición: la lengua inglesa parece la elegida por una mano prometeica e inocente para salvarnos del castigo de la incomprensión mutua y sostener nuestros esfuerzos por desalojar a dios de su fortaleza de nubes. Recomiendo leer el primer capítulo de Viaje lingüístico por el mundo, del catedrático emérito de la Universidad Complutense Enrique Bernárdez, para comprender que ni el mito de Babel es más que un mito (y que por tanto la diversidad lingüística, como la cultural o la biológica, viene de fábrica y no es un castigo de nadie, sino, muy al contrario, una riqueza) ni, por otro lado, el mito de su fin es más creíble. Tampoco es más beneficioso, si hemos de pensar como beneficioso en aquello que supone un salto cualitativo en el progreso de la Humanidad. Que la existencia de una lengua común de la ciencia no implica nada particular puede probarse mediante una simple observación histórica: pensemos que el “gran salto hacia adelante” de la ciencia europea no se produce mientras todos los eruditos comparten una misma lengua de comunicación -el latín- durante la Edad Media. Durante ese período histórico, la cultura europea, medida comparativamente con otras, como la árabe o la china, estaba en franca desventaja, paralizada precisamente por la ideología que sostenía la influencia de esa lengua, el cristianismo. El gran salto intelectual y científico europeo se produce, precisamente, a partir del Renacimiento, cuando los científicos e intelectuales rompen paulatinamente con la lengua común (y con la religión obligatoria) y se refugian en sus respectivas lenguas maternas, desarrollándolas hasta hacerlas capaces de suplir al latín como idioma del pensamiento y de la ciencia. Es el desarrollo de las lenguas maternas (con la consiguiente mutua incomprensión entre las naciones europeas) la que espolea la revolución científica, el esplendor de la novela o la cultura ilustrada. Y al revés: los árabes, que salieron perdedores del enfrentamiento con Europa, se han aferrado a una lengua basada en el árabe clásico pero casi artificial, supuestamente común aunque más bien elitista, sin que eso les haya permitido recuperar en absoluto la relevancia científica anterior. De hecho, lo que les había permitido el éxito en la Edad Media fue un sistema organizado metódicamente de traducción. Es por tanto la traducción la que obra el milagro: pero no de una sola lengua a todas las demás, sino de todas entre sí.

El mito del fin de Babel se denomina técnicamente vehicularidad. Hay una distinción en sociolingüística aparentemente inocente, la que separa las lenguas gregarias de la vehiculares. La batalla por la “lengua vehicular de la educación” ha popularizado estos términos. El sociolingüista francés Louis-Jean Calvet define así dos “polos” en nuestro uso de la lengua y de las lenguas:

[E]l polo vehicular define las formas que elegimos cuando queremos extender nuestra comunicación al mayor número posible de oyentes; el polo gregario define, al contrario, las formas que elegimos cuando queremos limitar la comunicación a un número pequeño, señalar nuestra especificidad, trazar la frontera de un grupo.[1]

Bajo esa cobertura aparentemente técnica, de apertura o cierre del alcance de nuestro mensaje, la relación vehicularidad/gregariedad encubre sencillamente relaciones de poder: en el contexto en que la usa Calvet (por referencia al África Occidental) es difícil no percibir un claro eurocentrismo al comprobar una relación directa entre, por un lado, las lenguas vehiculares y las de las antiguas potencias coloniales (inglés, francés, portugués) y, por otro, entre las lenguas gregarias y las indígenas de África. La coexistencia de unas y otras da lugar al fenómeno llamado “diglosia”, que implica la existencia de una variedad “alta” y otra “baja”, con su respectivo rango jerárquico y reconocimiento social. Más que vehiculares y gregarias, sería mejor denominarlas respectivamente, como sugiere el propio Calvet, lenguas dominantes y lenguas dominadas. Atentos al juego de palabras: el post-colonialismo se presenta así como un neo-colonialismo sustentado en buena medida sobre las ruinas del paleo-colonialismo o colonialismo de toda la vida.

Como resulta fácil de advertir, la oposición lenguas vehiculares/lenguas gregarias se articula por medio de la contraposición conceptual entre utilidad e inutilidad. Utilidad es la idea de alcanzar a mas gente directamente, sin necesidad de la traducción.  La contraposición mayoritario/minoritario se convierte así en criterio dominante al que se sacrifica todo lo demás, considerando prescindibles, decorativas y secundarias las cuestiones relativas a la identidad, a la “especificidad” -como dice Calvet- o al desarrollo integral de las lenguas minoritarias. Como lengua super-vehicular, el inglés pretende elevarse sobre cualquier forma de colonialismo, eludiendo cualquier cuestión relativa a los desequilibrios de poder, en nombre de la super-utilidad: esta ahí para nada menos que, generosamente, ayudarnos acabar con la maldición de Babel. El inglés existe poco menos que por nuestro propio interés. Pero si la vehicularidad es colonialismo encubierto, la super-vehicularidad no es más que super-colonialismo encubierto.

Para comprender qué supone realmente el “regalo” de una lengua, la difusión del latín por las provincias del imperio romano puede servir de oportuna ilustración. No he encontrado nunca nada mejor que un capítulo de la Vida de Agrícola, el librito que escribió el historiador Cornelio Tácito a finales del siglo I para relatar la biografía de su suegro, el famoso general Gneo Julio Agrícola. En ese libro se narra la conquista de -mira por dónde- Britania a mediados de aquel siglo, bajo la terrible tiranía de Domiciano. Durante el invierno, las legiones, como los osos, estaban acuarteladas y evitaban el combate. En el capítulo 21 Tácito describe la política que el general romano pone en práctica durante la temporada de la niebla y la lluvia en Inglaterra. Su relato suena como cuando se sorprenden hoy día las confesiones de un político que no sabe que tiene el micro abierto. Con absoluta desinhibición, Tácito describe la clase de política que sigue su suegro con el objetivo de extirpar de los britanos cualquier actitud rebelde. Para ello emplea una sutil y elocuente técnica de control social: para que se acostumbren a la pax romana, Agrícola pone a la gente a trabajar. En concreto recurre a la industria de la construcción: los pone a construir templos, mercados o viviendas. La actividad económica y laboral debe sustituir a la actividad bélica. El método predilecto para conseguirlo era el estímulo de la competitividad, de la rivalidad entre ellos mismos. Para describir de qué modo se practicaba un control que parecía una competición voluntaria por la excelencia, hay una brillante frase que describe el espíritu de la estrategia de Agrícola: “la competencia por el premio se convirtió en una exigencia.”[2] Divide et impera.

Un elemento fundamental de esa política de control civil era la lengua latina, que, en efecto, jamás trató de imponerse por la fuerza, ni legal ni física, sino como parte del sistema de oportunidades de promoción personal que describe Tácito. Engrasado con adulación y paternalismo, ese sistema de oportunidades, naturalmente, encubría la sumisión:

[Agrícola] instruía a los hijos de sus líderes en estudios liberales y ponderaba los talentos britanos por encima de la ciencia de los galos, logrando así que quienes hasta hacía poco rechazaban la lengua de Roma suspiraran por dominarla. También adquirió prestigio nuestra forma de vestir y la toga se puso de moda. Poco a poco los britanos cedieron a la seducción de los vicios: tiendas y termas y fiestas elegantes. Y entre aquellos incautos se llamaba “civilización” a lo que no era sino parte de su esclavitud.[3]

 Podemos extraer algunas conclusiones rápidas de ese pasaje:

. Exactamente igual que hoy el inglés, el latín se fomentaba asociado a la modernidad, a la elegancia y al entretenimiento. También a la alta cultura: los “estudios liberales” son el equivalente de la ciencia, aunque, por entonces, esos estudios superiores fueran de letras.

. Nótese que hay una discriminación social clara en el texto de Tácito: se habla de la clase alta del país invadido (sus líderes, los principes) como la más propensa al soft power, la primera interesada en colaborar con el invasor y “beneficiarse” del statu quo de la derrota. Son ellos quienes ponen a su hijos a estudiar en latín. Podría decirse que las élites locales empiezan a comportarse como franquicias del imperio (y esto se entenderá mejor luego).

. Tácito desvela el doble punto de vista sobre la dominación lingüística: el de los dominadores y el de los dominados. A esa particular forma de servidumbre encabezada por la oligarquía del país derrotado se la vendía (dice Tácito con una ironía rayana en el cinismo) como humanitas: “civilización” traduzco yo. Al desvelar ese doble punto de vista sobre el «regalo» de la lengua, Tácito hace patente también hasta qué punto los dominados colaboran sin saberlo con una estrategia ajena y le hacen el juego.  El gran historiador romano hace su particular retrato del que en otros contextos se ha llamado “tonto útil”: cuanto más creían aquellos “incautos” que lucía su talento y su cultura, más apretados tenían los grilletes.

La psicología del acceso a ese mercado de oportunidades lingüístico por parte de quienes sufren la “dominación simbólica”, de las víctimas de esa imposición, ha sido descrita por el sociólogo francés Pierre Bourdieu con particular comprensión y precisión pensando, justamente, a partir de la homogeneización lingüística en su país. Esa descripción subraya cuidadosamente la ilusión de voluntariedad o falta de resistencia que tiene su víctima:

Sobre todo por parte de quienes la sufren, toda dominación simbólica implica una forma de complicidad que no es ni sumisión pasiva a una coacción exterior, ni adhesión libre a los valores (…) Se inscribe en las disposiciones que se inculcan insensiblemente (…) por medio de las acciones del mercado lingüístico, disposiciones que se ajustan, pues, independientemente de todo cálculo cínico y de toda coerción conscientemente sentida, a las oportunidades de beneficio material y simbólico que las leyes características de la formación de precios en un cierto mercado brindan objetivamente a los poseedores de cierto capital lingüístico.[4]

Es el mercado, amigo. No hay violencia perceptible. Nadie parece forzarte, no sientes ninguna pistola en la sien, todo parece un sencillo cálculo de oportunidades… y, sin embargo, elegir en esas condiciones una lengua equivale a sufrir una violación aprovechándose de tu estado de semi-inconsciencia.

Quisiera ilustrar apropiadamente esta idea a través de las circunstancias en que se transmite y difunde en la actualidad el conocimiento universitario. Imaginemos un animado congreso científico, de convocatoria internacional. A fin de cuentas, un congreso científico es lo más parecido al mercadillo de los martes en mi pueblo: uno pone allí su chiringuito con su mercancía y se la ofrece a los compradores, que pasean aburridos de puesto en puesto. En unos puestos se congrega mucha gente, en otros, muy poca. De cuando en cuando, algún conocido te saluda. Imaginemos también que en ese congreso hay dos mesas o “paneles”, como debe decirse ahora. Una de esas mesas te permite dirigirte al público en tu lengua nativa, mientras la otra se reserva para intervenciones en inglés. Puedes elegir entre una u otra mesa. En un mundo, el académico, donde el conocimiento de la lengua inglesa es de facto obligatorio, ¿cómo lo decides? Como cualquiera te aconsejaría con buena intención, lo idóneo es ampliar el auditorio  y no restringirte a quienes hablan tu idioma. ¿Por qué? Porque de ese modo tus ideas se difunden más. Es puro pragmatismo. Pero, si así fuera -podríamos preguntarle a su vez a nuestro buen consejero con ingenuidad- , ¿qué ganan mis ideas con difundirse más? La respuesta es sencilla: lo mismo que ganan tus lechugas, tus repollos, tus berzas o tus coliflores con que las compren más: nada. Ganas , gana tu renombre, tu importancia. La elección de lengua de expresión en el mercado científico no se guía, pues, por el propósito de que la calidad del producto en sí gane, sino de que ganes , su propietario.

La lengua de la ciencia no es ningún beneficio para la ciencia. La promoción personal es el anzuelo mediante el cual se domina al colectivo. Se concentra el mensaje sobre cada individuo aislado, hablándole de las ventajas que puede obtener personalmente; se oculta que, en ese legítimo interés, las consecuencias serán negativas para todos. Tácito vuelve a darnos la clave del proceso en otro pasaje del Agrícola, esta vez en referencia a la resistencia armada de los britanos: Singuli pugnant, universi vincuntur [Combaten cada uno por separado – los derrotamos a todos juntos] Y de nuevo la ironía de la historia. Tácito lo decía a propósito de los britanos: hoy, los británicos pueden pensarlo tranquilamente de todos los demás…

Desde los años 90 del siglo pasado, la obra de Robert Phillipson viene denunciando la existencia de lo que describe como imperialismo lingüístico ejercido en nombre de la lengua inglesa. En un libro de ese título, Linguistic Imperialism, Phillipson proponía el término linguicism (que yo propongo traducir como) y que, como el racismo, el sexismo, el clasismo y otros feos ismos, denota una actitud inicua que debe combatirse o resistirse. Phillipson ofrece una definición operativa del imperialismo lingüístico del inglés, derivada de su propia definición de imperialismo lingüístico en general:

El dominio del inglés se afirma y mantiene mediante el establecimiento y continua reconstitución de desigualdades estructurales y culturales entre el inglés y otros idiomas.[5]

Por desigualdades “estructurales” entiende Phillipson las condiciones materiales en sentido amplio (por ejemplo, instituciones, dotaciones financieras y presupuestarias, etc.) y por desigualdades “culturales”, las características inmateriales o ideológicas (por ejemplo, actitudes, principios pedagógicos, etc.) Phillipson observa de este modo que el aspecto cultural y el estructural de la expansión del inglés se desconectan en el discurso ortodoxo, reduciendo la cuestión a asuntos técnicos, esto es, “al idioma y la educación en sentido estricto, excluyendo cualquier alusión a cuestiones sociales, económicas o políticas.”[6] Pero como nos recordaba el gran estudioso de la conexión entre colonialismo y conocimiento, el palestino Edward Said, estas dos esferas, la cultural y la política, no sólo se encuentran conectadas: en última instancia, son lo mismo. La separación, la desconexión de los supuestos beneficios que guían las políticas lingüísticas de unos países de los objetivos de dominio político y cultural por parte de otros resulta un espejismo intencionado. Con ayuda de la descarnada mirada tacitiana, en cambio, es el imperio (ya que no el emperador) el que queda desnudo. Phillipson se pone en su libro las “gafas” que le prestaTácito, por así decirlo, y permite seguir en detalle la historia de esta estrategia imperialista: la historia del establecimiento y continua reconstitución de desigualdades entre el inglés y las demás lenguas. Esa historia incluye los orígenes y el desarrollo de la política promocional del inglés, tanto británica  como estadounidense, desde la creación del British Council al servicio del “negocio de los mil millones de libras”, como se le ha denominado, hasta que la lengua inglesa se convirtiera para Estados Unidos en un instrumento fundamental de su soft power, de su “poder blando”, complemento indispensable de los “poderes duros” que la sostienen: un dominio militar, político, económico y tecnológico incontestables. Para ese neo-imperialismo, como escribió el sociólogo estadounidense Norman Birnbaum, en línea con Nebrija, “el triunfo más exquisito de la dominación imperial es la imposición de un idioma.”[7] Dicho de forma breve y resumida, la promoción de la lengua inglesa sería la táctica de invierno de los estrategas y generales del Pentágono.

La lectura de los trabajos de Phillipson sirve para probar una subtesis de mi tesis principal: en este momento, gracias al éxito de esa estrategia, la lengua inglesa se encuentra, a escala planetaria, exactamente en el mismo punto que la lengua latina tras la rendición de las poblaciones bárbaras en el occidente; no tiene que hacer el menor esfuerzo en imponerse — son las propias élites de los países subalternos, sus autoridades políticas, económicas y académicas, las que se encargan de su promoción y entronización. Como resume de forma diáfana el lingüista Enrique Bernárdez:

El inglés es la lengua única de la ciencia (…) porque un número muy elevado de anglohablantes se niegan a aprender una lengua extranjera y disponen de los medios coercitivos para que sean los demás quienes hablen, lean y escriban inglés (…) Lo malo es, además, que muchos grupos de poder político, económico, social y científico de otros países aceptan sin queja, sino más bien gustosos y convencidos, esa exclusividad del inglés, y la promocionan ellos mismos.[8]

Notas bibliográficas :

[1] L.-J- Calvet, La guerre des langues, Hachette, París 1999, p. 79: d’un cotê le pôle véhiculaire, définissant les formes que nous choissisons lorsque nous voulons élargir la communication au plus grand nombre, de l’autre le pôle grégaire, définissant au contraire les formes que nous choissisons lorsque nous voulons limiter la communication au plus petit nombre, marquer notre spécificité, tracer la frontière d’un groupe. Todas las traducciones en este artículo son mías.

[2] Tácito, Vida de Agrícola, Cátedra, Madrid 2013, p. 88: honoris aemulatio pro necessitate erat.

[3] Íbidem: iam uero principum filios liberalibus artibus erudire, et ingenia Britannorum studiis Gallorum anteferre, ut qui modo linguam Romanam abnuebant, eloquentiam concupiscerent. inde etiam habitus nostri honor et frequens toga; paulatimque discessum ad delenimenta uitiorum, porticus et balinea et conuiuiorum elegantiam. idque apud imperitos humanitas uocabatur, cum pars seruitutis esset.

[4] P. Bourdieu, ¿Qué significa hablar?, Akal, Barcelona 2001, p. 25.

[5] R. Phillipson, Linguistic imperialism, Oxford U. Press, 1992, p. 47: the dominance of English is asserted and maintained by the establishment and continuous reconstitution of structural and cultural inequalities between English and other languages.

[6] Íbidem p. 48: language and education in a narrow sense, to the exclusion of social, economic, and political matters.

[7] N. Birnbaum, “Reflexiones de un imperialista involuntario”, El País, 7-6-02.

[8] E. Bernárdez, El lenguaje como cultura, Alianza, Madrid, 2008, p. 77

De interés

Artículos Relacionados